7 de marzo de 2012

LA ABUELA CARMEN LEDDA BARREIRO HABLO DEL SECUESTRO DE SU FAMILIA Y DE SU NIETO, QUE SIGUE DESAPARECIDO.

LA ABUELA CARMEN LEDDA BARREIRO HABLO DEL SECUESTRO DE SU FAMILIA Y DE SU NIETO, QUE SIGUE DESAPARECIDO
“Los buscamos desde hace una vida”
Carmen Ledda Barreiro estuvo secuestrada junto a su marido. Su hijo mayor y su familia estuvieron desaparecidos y luego en la cárcel. Su hija Silvia dio a luz en el Pozo de Banfield y sigue desaparecida. Carmen le pidió a Bergés que le diga dónde está su nieto.
Por Alejandra Dandan

Carmen Ledda Barreiro pidió que los represores digan antes de morir dónde están los nietos apropiados.Imagen: Rafael Yohai

Cuando apenas se sentó en la silla, Carmen Ledda Barreiro buscó la forma de mirarlos. Los jueces le habían preguntado su nombre como parte del protocolo del comienzo de la declaración. Luego mencionaron a los represores, los acusados de la causa del Circuito Camps, que estaban sentados a sus espaldas. Le preguntaron si ella tenía algún pleito o deuda pendiente. En ese momento, Carmen interrogó a los jueces con un gesto y pocas palabras acerca de si podía mirar a los acusados. Le dijeron que sí. Carmen, entonces, giró la cabeza. Los observó y volvió a mirar hacia el frente. Nada más, como si buscase dejarles en claro que todo lo que iba a decir de allí en adelante iba a tener que ver con cada uno de ellos.

“¿Usted o su familia fueron víctimas de un secuestro?”, le preguntó uno de los abogados de Abuelas de Plaza de Mayo. “Llegó un momento –dijo ella, despacio– en que mi hijo menor, que tenía nueve años, era el único que no estaba desaparecido.”

Carmen es una de las Abuelas de Plaza de Mayo, madre de Silvia Muñoz, secuestrada a los 20 años con un embarazo; de Alberto, el más grande, que estuvo preso durante seis años, y de Fabián, el más chico, del que ella acaba de saber recién ahora –porque antes no fue capaz de preguntárselo–, qué hizo durante los tres meses en los que ella misma y su marido estuvieron secuestrados. “Mi hijo más chico se queda solo... El otro día supe cuando él declaró en Mar del Plata qué había hecho. Me enteré de que dormía en las plazas porque tenía miedo de dormir en la casa de la abuela o de los tíos y de que lo encontraran. Nosotros fuimos llevados a La Cueva, en la Base Aérea de Mar del Plata, tres meses estuvimos ahí, pero cuando uno sabe que el tiempo es relativo se puede decir que estuvimos veinte años.”

LA PERSECUCION
El teatro donde se lleva adelante el juicio por el Circuito Camps estaba completo. Los jóvenes de La Cámpora y de la Universidad de La Plata habían logrado pasar los controles, pero para entrar los obligaron a taparse las inscripciones y ponerse las remeras al revés. Durante los primeros minutos, la expectativa estuvo puesta en una supuesta visita del dictador Rafael Videla. El ex ministro de Gobierno de la dictadura, el abogado Jaime Smart, acusado en el juicio, lo había convocado como testigo, una decisión que, a un día de la nueva publicación de su entrevista en Cambio 16, donde volvió a presentarse como “preso político”, iba a ser rechazada por fiscales y querellas. Finalmente no sucedió. El secretario del tribunal anunció que Smart decidió desistirlo.

Entonces, Carmen entró en la sala. Su testimonio lo pidió la querella de Abuelas de Plaza de Mayo especialmente por la historia de su hija Silvia, el embarazo y el nacimiento del varón en el centro clandestino del Pozo de Banfield, al que todavía sigue buscando.

“La persecución empezó en 1975, en Mar del Plata –dijo–, con los civiles que estaban en la CNU; el acecho de mi casa empezó en ese momento.” Las patotas habían rondado varias noches, pero no usaron la fuerza hasta una madrugada. En la casa no estaban ni Silvia ni Alberto con su mujer. “Como no les dijimos dónde estaban, torturaron a mi hijo menor que tenía nueve años. El sabía dónde estaban sus hermanos, pero no dijo nada, ninguno de los tres dijimos nada.”

Silvia se instaló en La Plata y Alberto en Mendoza con su mujer y su hija. “Fue una pesadilla”, dijo Carmen. “Después de tres meses encontramos a un canillita que voceaba y hablaba de ‘una banda’ y resulta que en la portada del diario Los Andes estaba la foto de mi hijo, de mi nuera y de otras personas visiblemente torturadas. Con el diario en la mano, me fui al Comando. Me echaron. Después me metí en la comisaría, y les mentí, les dije que me mandaban del Comando porque mi hijo estaba ahí”. Ante su sorpresa, el jefe de la comisaría le creyó. “¡Traigan al recluso Muñoz!”, ordenó. “Y de esa manera encontré a mi hijo, que pasó después siete años en la cárcel”.

LA CAIDA
Silvia tenía 20 años, trabajaba en un estudio contable en La Plata, estudiaba psicología y militaba en la Juventud Universitaria Peronista. Se acercaba la Navidad de 1976: “Habíamos planeado quedarnos en una pensión intrascendente de La Boca para pasar unos días juntos. Habíamos inventado un sistema de correo, mandábamos comidas, poemas, mezclábamos lo material con lo espiritual y ahí decíamos cómo íbamos a pasar la Nochebuena”. Esa noche nunca llegó. El 22 de diciembre de 1976 secuestraron a Silvia. Ellos lo supieron rápidamente porque tenían una cita a la que no se presentó.

Con ellos estaba Gastón. Al anochecer se fueron a pensar cómo seguir a la República de los Niños. Carmen se acuerda de que en la estación de trenes de miniatura Gastón les dijo que la sorpresa era que iban a tener un hijo. Pese a las prevenciones y advertencias, él se quedó en La Plata y hoy permanece “doblemente” desaparecido, dijo Carmen. Nunca nadie dio cuenta de haberlo visto. De Silvia, en cambio, supieron que estuvo en Arana, La Cacha y el Pozo de Banfield. Adriana Calvo fue una de las sobrevivientes que le habló del parto y la llenó de los relatos de su hija en el campo de detención. Silvia murmuraba las canciones que Gastón le había enseñado por las tuberías del centro clandestino.

Carmen tardó dos años en volver a Mar del Plata. El 16 de enero de 1978, seis días después del regreso, la secuestraron a ella y a su marido. Cuando los liberaron tres meses más tarde volvieron a quedar detenidos por unas horas en una comisaría. Burlaron los interrogatorios y lograron alcanzar la esquina de la casa de su hermano. Ahí vieron a un patrullero detenido en la puerta: “¡Vieron que les dije que iban a volver!”, se jactó uno de los policías, abrió la puerta del patrullero y se fue.

Cuando la declaración había terminado, Carmen pidió lugar para unas palabras. Quizá entre las figuras que había estado buscando a sus espaldas había intentado adivinar dónde estaba el médico represor Jorge Bergés: “En mi calidad de abuela que busca a su nieto, digo que ahora son hombres y mujeres que a su vez tienen hijos. No hay una generación que no sabe quién es sino que hay dos. Les voy a pedir a estos señores que están atrás mío como Bergés... El sabe dónde está mi nieto. Una vez hasta pensé en sacar turno en el consultorio para saber, porque él sabe. Antes de morir, total alguna vez nos vamos a morir todos, déjennos una carta y digan dónde están, para que por lo menos ellos sepan quiénes son y que los estamos buscando desde hace una vida y que no fueron abandonados, que los amamos y los estamos esperando. Es un llamado con toda la nobleza de que soy capaz en este estado ante mis enemigos porque ellos saben”.


La presión de Etchecolatz
El comisario Miguel Etchecolatz dejó la silla en cierto momento del día, para ir una y otra vez a donde estaban sus defensores. No fue la primera vez que lo hizo. El Tribunal ya le había advertido en otras audiencias, a pedido de las querellas, que no genere esas situaciones en la sala. Ayer, empezó a pararse después de la declaración de Alejandra Santucho y cuando estaba por empezar Manuel Pedreira, ex referente de la JUP de La Plata. El Tribunal convocó a un cuarto intermedio. La audiencia recomenzó, pero Pedreira sólo llegó a la mitad del relato: la sala escuchó ruido de caída de cosas y al represor diciendo: “¡Soy el comisario mayor, hijos de remil putas!”. Así, Pedreira entró en una nueva pausa, después de todo el día de espera y en los momentos más difíciles del relato. Los médicos después explicaron que, con problemas de presión, el represor no quiso un inyectable
Fuente:Pagina12

Niños en el horror, embarazadas y un represor identificado
En una nueva audiencia por el Circuito Camps, tres testigos recordaron sus cautiverios y mencionaron cerca de medio centenar de personas con las que compartieron su encierro. También declararon tres familiares de desaparecidos.
06.03.2012
Los jueces del Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº1 de La Plata
Por Pablo Roesler
pabloroesler@gmail.com

“A la familia Santucho no la conocía, pero recuerdo que en la pared de mi calabozo de la comisaría Quinta había escrito: ‘Aquí hay que aguantar lo inaguantable’, y abajo decía: Mónica Santucho". Graciela Liliana Marcioni, sobreviviente del centro clandestino de detención que funcionó en esa seccional de la Policía Bonaerense de La Plata, llevó a la audiencia el recuerdo de la chica de 14 años secuestrada, torturada y desaparecida durante la dictadura cuya hermana declaró ayer en el juicio. La mujer fue la última de los seis testigos que declararon en una nueva audiencia del juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el Circuito Camps, quienes recordaron el horror de ese y los centros de Arana y Brigada de Investigaciones. Un ex detenido desaparecido señaló a un imputado y recordó cerca de cincuenta víctimas con las que compartió cautiverio.

Marcioni recordó en la audiencia el mensaje que la chica de 14 años secuestrada en 138, entre 37 y 38, había dejado grabado en la pared de la comisaría Quinta, donde permaneció cautiva luego de ser secuestrada el 3 de diciembre de 1976 en un operativo de fuerzas conjuntas en el que sus padres fueron asesinados al resistirse a ser detenidos.

La mujer relató que fue detenida en enero de 1977 por una patota que, en realidad, estaba buscando a otra persona, y que permaneció secuestrada ocho días: un día en la Brigada de Investigaciones de La Plata, ubicada en 55 entre 13 y 14, cuatro días en el destacamento de Arana y otros tres días en la Comisaría Quinta, ubicada en diagonal 74 entre 23 y 24.

En ese último centro de detención dijo haber visto a Silvia Muñoz, quien estaba embarazada al ser secuestrada y cuya madre, la Abuela de Plaza de Mayo Carmen Ledda Barreiro de Muñoz, declaró ayer en el juicio.

También recordó haber visto en esa comisaría a Beatriz Inés Ortega, la madre de Leonardo Fossati Ortega, un joven apropiado que recuperó su identidad en 2005. La mujer, dijo, estaba detenida sola en una celda “y con un estado de embarazo muy avanzado”.

Leonardo Fossati nació en la mesa de la cocina de esa seccional, fue apropiado y sus padres, Rubén y Beatriz, permanecen desaparecidos.

Otro testigo de la audiencia de hoy, Martín Elvio Trincheri, recordó a los papás de Leonardo de quienes era íntimo amigo.

El Tío. “Acordate de mi que yo soy bueno”. Esas fueron las palabras que uno de sus captores le dijo al ex detenido Hugo Marini, a quien le quitó la venda y lo obligó a mirarlo a la cara cuando estaba detenido–desaparecido en la comisaría Quinta. Esas pocas palabras todavía resuenan en la memoria de la víctima que en la audiencia indicó quién se las había proferido: el ex policía Luis Patrault, a quien apodaban “el Tío” y es uno de los 21 efectivos de la bonaerense imputados, junto a tres militares y un civil, en el juicio.

Marini era un estudiante de Chacabuco que fue secuestrado en enero de 1977 y llevado a la brigada de Investigaciones de San Nicolás. Tras permanecer allí un tiempo fue trasladado al destacamento de Arana y luego a la Quinta.

En su declaración Marini recordó y mencionó a unas 50 personas con las que compartió cautiverio, entre ellas a las mujeres embarazadas Estela de La Cuadra, Beatriz Inés Ortega, Diana Beatriz Wlichky de Martínez y Adriana Calvo. Las tres primeras continúan desaparecidas y sólo fue recuperado el hijo de Ortega. Calvo fue la única liberada con su hija.

Pero además de esas mujeres, Marini dijo que en esa comisaría había “por lo menos otras dos mujeres embarazadas”. También recordó que escuchó el día que fueron llevados a la seccional los niños apropiados y recuperados en democracia Sabino Abdala y María Eugenia Gatica Caracoche.

El hombre contó sobre las condiciones de hacinamiento, la escasa alimentación y la picana. Sin embargo dijo que no lo habían torturado. La afirmación llamó la atención de los querellantes que preguntaron porqué decía eso.

Entonces recordó que había dos patotas en la comisaría Quinta: una que se ocupaba de ellos y otra que se encargaba de los detenidos del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Y resaltó que comparado con lo que habían padecido Elena de la Cuadra y Jorge Bonaffini, ambos de ese partido, lo suyo no había sido nada.

Otros testigos. En la misma audiencia también declaró María Olga Bustamante, quien recordó que esposo y su cuñado –ambos ex policías y militantes peronistas-, fueron secuestrados de su casa de Gonnet en enero de 1977 y fueron vistos por ex detenidos desaparecidos en la comisaría Quinta.

Además, compareció la testigo Teresita Lucía Cassino, una mujer de Chacabuco que recordó que su hermano, que era presidente del Centro de Estudiantes Universitarios de esa localidad (CEUCH) y su cuñada fueron secuestrados el 3 de enero de 1977 en su casa de Tolosa cuando regresaron de su luna de miel y aún permanecen desaparecidos.

También declaro Daniel Zerillo, secuestrado en diciembre de 1976 y sobreviviente del destacamento de Arana.
Fuente:Diagonales                                              

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