25 de mayo de 2012

OPINIÓN: A NUEVE AÑOS DE LAS ASUNCIÓN DE NÉSTOR KIRCHNER.

25.05.2012
Néstor Kirchner 
Artículo publicado en mayo de 2002. Néstor Kirchner representa la nueva versión de un espacio tan legendario y trágico como equívoco en la Argentina: la izquierda peronista. En su rostro anguloso, en su aire desorientado como si hubiese olvidado algo en la mesa del bar, Kirchner busca resucitar esa izquierda sobre la castigada piel de un peronismo casi concluido después del saqueo ideológico, cultural y ético menemista.
Por: Nicolás Casullo 
Convocatoria kirchnerniana por lo tanto a los espíritus errantes de una vieja ala progresista que hace mucho tiempo atrás pensaba hazañas nacionales y populares de corte mayor.

Revolotean escuálidos los fantasmas de antiguas Evitas, CGT Framinista, caños de la resistencia, Ongaro, la gloriosa JP, la tendencia, los comandos de la liberación, ahora sólo eso, voces en la casa vacía. Por eso un Néstor Kirchner patagónico, atildado en su impermeable, con algo de abogado bacán casado con la más linda del pueblo, debe lidiar con la peor (que no es ella, inteligente, dura, a veces simpática) sino recomponer, actualizar y modernizar el recuerdo de un protagonismo de la izquierda peronista que en los’70 se lleno de calles, revoluciones, fe en el general, pero también de violencia, sangre, pólvora, desatinos y muertes a raudales, y de la cual el propio justicialismo en todas sus instancias hegemónicas desde el ’76 en adelante, renegó, olvidó y dijo no conocer en los careos historiográficos. De ahí que en las nuevas generaciones de jóvenes de los últimos 20 años, las crecidas entre Luder y Menem, aquel “peronismo de izquierda” no dejo datos ni rastros: las nuevas generaciones medias no alcanzan a descifrar ese rotulo como algo digno de ser pensado.

Por eso, como espacio histórico dramático y fallido, lo de Kirchner tiene el signo de la nobleza, del respeto a una generación vilipendiada con el mote de puro guerrillerismo. Es fiel a una memoria fuerte del país que ningún peronista “referente” se animo a aludir en la nueva democracia, y también signo de aquellos fatalismos. Larga es la lista de enemigos internos y externos de esa izquierda nacional en el movimiento desde 1953 hasta hoy: los “cobardes, entreguistas, traidores, claudicantes, negociadores, burócratas, mariscales de la derrota, antipueblo”, y finalmente esa extraña y exitosa ecuación de modernización y renovación justicialista que de-sembocó en el menemismo-liberal que enamoro a todos los poderes reales en la Argentina. Lista de defecciones tan eterna y concreta que casi termino siendo, desde 1955, la historia real del peronismo. La de sus defecciones. En esa temeraria pelea esta inscripto hoy el de Santa Cruz. Según muchos Kirchner asume la responsabilidad de una pieza semiarqueológica: los militantes peronista “setenteros”, ahora cincuentones, quienes viven la biografía del movimiento del ’45 como sentados en una estación abandonada y ventosa muy al sur del país por donde volver a pasar, aunque todavía no se note, ni se crea, ni se oiga, aquel verdadero tren de la historia que algún día podrá llenar de humo purificador la patria.

Sentados en el anden vacío y destartalado, como a una hora señalada, los del grupo toman mate, hacen muñequitos de madera con las navajas, parrillan corderitos en la estación sin nadie, miran de soslayo por si se acerca alguien, y achican los ojos cada tanto con las manos de visera en pos de un imaginario punto negro, lejano, que se vaya agrandando sobre las vías con su silbato anunciador. La cuestión es no dar demasiados datos de esa espera. Por eso Kirchner habla rápido, a veces medio desprolijo, o deambula confusamente entre cámaras de noticiero tratando de coincidir con la memoria de los mártires, con el subsuelo del tercer cordón ex industrial, o con una histérica cacerolera de Belgrano R. Porque en realidad esta diciendo algo difícil, complejo, discutible, pero a lo mejor por eso profundamente cierto en cuanto a por cual sendero se sale realmente de este entuerto donde el país se desbarranca por la ladera perdida toda idea de sí mismo, toda imagen nacional. Es posible que no sea candidato, o mejor dicho que no le alcance el envión entre los sueños solapados del presidente Duhalde, las encuestas optimistas de De la Sota, la coincidencia de los poderes con Reutemann, las infinitas “re-reelecciones” de Menem, el caradurismo simpático de Rodríguez Saá. Desgarbado, lungo, de palabra directa, está último en esa lista, cuando cada tanto viene del sur para exigir elecciones ya. Para decir que va por adentro o que va por afuera pero no va a entrar en ninguna trenza. Lo converso con mis amigos y el 80% no lo ubica, lo “semi tienen” en algún rincón de las imágenes del conciente pero no del todo. Les digo que es el fantasma de la tendencia que vuelve volando sobre los techos y sonríen como si les hablase de una película que no se va a estrenar nunca porque falta pagar el master.

Si rompe con el peronismo corre el eterno peligro de quedarse solo, ser simple izquierda, ser no “negocio”. Si se queda adentro, ya nadie sabe en qué paraje en realidad se queda: corre el peligro de no darse cuenta un día que él tampoco existe. En ese maltrecho peronismo que vendió todas las almas por depósitos bancarios, Kirchner es otra cosa: insiste en dar cuenta de que esta no fue toda la historia. Que hay una última narración escondida en los mares del sur.
* Nicolás Casullo murió el 9 de octubre de 2008 (Artículo publicado en mayo de 2002)
Nota publicada en Tiempo Argentino



25.05.2012
Año IX 
Un movimiento político está hecho de sus logros, de sus obstáculos y de sus encrucijadas. Los primeros, los conocemos: la reposición de la iniciativa estatal en el flujo de la economía general, la producción de símbolos de reparación colectiva que dieron plenitud a la noción de Derechos Humanos, el acompañamiento de movimientos sociales en la esfera de los nuevos derechos, el reconocimiento de la esfera comunicacional como constitutiva (y no un mero hecho subalterno) de la política en su sentido colectivo.
Por: Horacio González 
Agrego a todo esto la voluntad de asumir temas pendientes de la memoria social: la estatización de la mayoría del paquete accionario de YPF, hecho con el cual culminan una serie de acciones que señalan la misma intencionalidad de control social (esto es, un accionariado del poder público sobre la circulación social) en temas cruciales como la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y la reformulación de los códigos de sociabilidad y actividad civil.

Kirchner comenzó su tarea nacional como un gran evaluador de fuerzas –notó, en primer lugar, el hecho de su fragilidad de origen–, y como intuitivo diseñador de escenas. Esta enmienda escénica que se produce sobre el conjunto político nacional incluía una civilización de gestos diferenciales –desde el célebre descenso de un cuadro hasta frases de notoria multivocidad como “vengo a pedir perdón en nombre del Estado”–, que hasta hoy forman parte de la dificultad interpretativa reinante. Lo frágil parece fuerte; lo fuerte parece frágil. No asustarse por eso. Lo político, el ser mismo de la política, es esa dificultad y el proyecto de desentrañarla. Creo que había un goce profundo en el Kirchner que hace ahora nueve años –y parecen muchos más–creó grietas novedosas con argamasa tradicional y heredada. Un horizonte atípico y con insinuaciones fundacionales se abría con instrumental salido de antiguos subsuelos argentinos.

Dije insinuaciones, en Kirchner, porque la fuerza de lo que a la postre se denominó con su nombre (y no es fácil dejar un nombre en la historia, esto lo comparte con Yrigoyen, Perón y Alfonsín), se constituye en tal debido a su capacidad de interrogar al legado integral de una historia. Muchos dirán que una fuerza política funda su competencia en sus realizaciones palpables. Es así. Pero a condición de no olvidar que antes se sitúa en la condición del averiguador, del indagador del tejido previo a partir del cual distanciarse y con el cual confundirse. El peronismo es un movimiento escrito. El kirchnerismo deja textos en el aire sobre la base de los ya leídos y releídos. Está en estado de insinuación permanente. Se lo critica por eso. Puede saludárselo también por eso. Aquel tejido previo al que me refiero, entonces, tiene nombres establecidos: dos son obvios, peronismo y voluntad nacional y popular. Otros lo son menos: republicanismo social, constitucionalismo crítico –esto es, hacer su ronda sobre el nivel constitucional de la relación entre las instituciones y la vida justa–, y búsqueda de puntos de estabilidad en medio de la marejada tenaz.

A nueve años de una actividad donde la voluntad perseverante se combina con hesitaciones que son las marcas inevitables que la historia universal pone sobre nosotros (“se nos cayó el mundo encima”), el kirchnerismo actúa sobre y con distintas capas simultáneas de hechos. Tiene un presente cuya espesura se percibe en cotidianas turbulencias, y enlaces de libre selectividad sobre el pasado y el futuro. Quiero decir: no solo el futuro está notablemente abierto, sino que el pasado es también otra insinuación cambiante, inestable.

Su rara originalidad consiste en que promueve situaciones de transformación a la que los conservadores se oponen, y ante las que muchos transformistas se molestan. Sin decirlo explícitamente, en nueve años se ha reelaborado en el país la idea misma de obstáculo. Si se pudiera decirlo con una proposición existencial, la frase sería: el kirchnerismo nos induce a la forma de la democracia donde el aprendizaje mayor es tratar con los obstáculos que surgen no sólo del trámite corriente del duro enfrentamiento actual, sino de la inmanencia misma de la política. De ahí que podríamos redefinir la vida democrática que transcurre ante nuestros ojos en el noveno año kirchnerista como el de la formación de un saber superior al que todos nos debemos. El saber sobre las encrucijadas, la productividad del obstáculo.
Nota publicada en Tiempo Argentino



25.05.2012
Los espectros del pasado y la anomalía del presente 
La historia muy pocas veces es lineal. Imaginar, entre nosotros, un recorrido causal y necesario es suponer que el hilo del tiempo discurre con placidez, alejado de tormentas y sorpresas, de situaciones inesperadas y de bruscos giros que suelen sacar de quicio aquello que supuestamente responde a una racionalidad subyacente.
Por: Ricardo Forster 
El tiempo, el de un país, el nuestro, zigzagueante y espasmódico, entrañable y trágico, suele responder a una extraña alquimia de materialidades realmente existentes y acontecimientos que dislocan lo previamente anunciado como esperable. Ruptura y continuidad se entrelazan marcando a fuego la complejidad de un presente anómalo; de un presente capaz de persistir atravesado de viejas matrices, a la vez que nos ofrece el panorama de lo nuevo que disloca lo establecido hasta configurar una escena inimaginable de acuerdo a la fuerza inercial de una historia que, eso parecía evidente e inmodificable, seguía una marcha hacia una decadencia siempre anunciada como destino irrevocable. Muy de vez en cuando, cuando no se lo espera, algo sucede, algo intenso, que viene a alterar las escrituras del poder. Algo de eso, en su excepcionalidad, aconteció a partir del 25 de Mayo de 2003.

Lo insólito, lo que no podía estar pasando, simplemente comenzó a derramarse sobre una época descreída que, en muchos que continuaron aferrados a su incredulidad, condujo a la teoría de la impostura. De una suerte de relato de ficción astutamente desplegado por el saltimbanqui y prestidigitador venido del sur y dispuesto a engañar para que todo siguiese igual. Hubo que esperar hasta su muerte, también inesperada, para terminar de desgarrar el velo de la impostura de la impostura, de ese relato mentiroso y autoexculpatorio que tanto les sirvió a ciertos intelectuales y políticos supuestamente progresistas a la hora de consolidar su opción por el poder corporativo y la restauración conservadora.

El vértigo estaba marcado por la caída en abismo, por esa espera del cumplimiento de lo peor que venía arrojándonos, en tanto que habitantes de esta geografía sureña y destemplada, a la intemperie. Sin horizonte, pero también sin pasado a redimir. Puro presente de angustia, corroboración de un destino estrellado contra el muro de ilusiones vanas o de engreimientos ahuecados después de años de horrores, miedos, desilusiones, banalidades, fiestas dispendiosas, cualunquismos diversos y profetismos quiméricos. Años en los que los puentes entre las generaciones se rompieron y en los que lenguajes y tradiciones emancipatorios se transformaron en objetos arqueológicos, piezas de colección de un museo temático en el que el presente, como tiempo de llegada al fin de la historia, se volvía escenario de un mundo sin sueños ni esperanzas. Apenas entre sus pliegues o en sus napas soterradas, persistían legados y herencias maltratados por las inclemencias de una realidad despojadora de ilusiones y de proyectos alternativos al de un capitalismo neoliberal que parecía devorarse todo a su paso.

Kirchner, su nombre, vino a invertir esa inercia, vino a enloquecer la marcha del tiempo argentino quebrando la repetición maldita y abriendo fisuras, cada vez más hondas, en el muro de un sistema (amasado entre la dictadura y el menemismo) capaz de aniquilar memorias de equidad y tradiciones populares al vil precio del consumismo y la exclusión como etapa final del miedo destilado sobre cuerpos y conciencias. Su impronta, su firma que era un jeroglífico para la mayoría de una sociedad que no sabía quién era ni de dónde venía (sabía, apenas, que era gobernador de Santa Cruz pero desconocía su pasado, sus antiguas lealtades, la persistencia, en él, de historias clausuradas por la violencia dictatorial pero a la espera de una reparación), su firma, decía, selló lo inesperado, aquello caudaloso que se liberó en un discurso alocado, inusual, antiguo y lozano, admirable y sorpresivo que pronunció, entre la seriedad de la investidura presidencial y la informalidad de un personaje subvertidor de todo protocolo, lúdico en momentos de extrema gravedad y serio para aliviar, con sus malabares simbólicos con el bastón de mando, la incredulidad de una sociedad demasiado lastimada y, también, envilecida.

Una doble reparación comenzó en un país incrédulo. Reparación del pasado al reabrir no sólo los expedientes cerrados por las leyes de la impunidad y los indultos, sino al destrabar una memoria que lograba, con esfuerzos pero con intensidad, interrogar críticamente por una época decisiva, preñada de utopías y de errores, de sueños revolucionarios y de violencias, de generosas entregas generacionales y de poderes asesinos que se preparaban para quebrarle el espinazo a un tiempo crepuscular y soñador pero potente en su capacidad para jugar a fondo los destinos del país. Una época que dejó una marca indeleble en cuerpos y memorias pero que había sido arrojada a la pieza de los trastos viejos, formas espectrales de un pasado tabicado y ausente que, pese a todo, seguían susurrando desde una lejanía que se volvió, en el giro loco de la historia abierta de nuevo, actualidad e interpelación. Kirchner, haciéndose eco y cargo de los mil hilos resistentes de los movimientos de Derechos Humanos y de antiguos mandatos que se guardaban en su propia deuda impaga, habilitó, como no se lo hacía desde los comienzos del gobierno de Alfonsín, la dimensión entrecruzada de la memoria, la verdad y la justicia.

Pero también, y allí se guarda lo no previsto, oxigenó el debate sellado de los ’70 y lo hizo recobrando las luces y las sombras de una extraordinaria apuesta generacional. Lo que parecía ya no tener lugar, lo destinado a ser invisible o a convertirse en polvo que se lleva el viento huracanado del “progreso”, interrumpió el presente reescribiendo las páginas de la memoria que siempre transforman lo heredado, lo guardado en lo recóndito del recuerdo y lo vivido como tiempo presente supuestamente alejado de esas deudas con un pasado “olvidado”.

En ese giro reparador hacia el pasado (en esa suerte de imposible redención de las víctimas devolviéndoles rostros, ideas, convicciones, sueños, pesadillas, cuerpos, justicia) también se abrieron las puertas de una casa que habían permanecido cerradas hacia el futuro. Una doble maldición pendía sobre Argentina: la maldición de un pasado irresuelto, cuyas figuras espectrales permanecían irredentas, y el borramiento de toda esperanza en el mañana. Sin pasado y sin futuro, arrojados a un puro presente impiadoso y descreído. Kirchner, emergiendo de lo previo y de lo anómalo, heredero de fuerzas sociales y de tradiciones en disonancia con una época hegemonizada por la práctica y el relato de los vencedores, giró la inercia del tiempo histórico y le dio forma, en un mismo movimiento, a la reparación, todavía en curso, del pasado y del futuro.

El peronismo le debe demasiado al flaco desgarbado que inició su rescate del envilecimiento menemista; en él, en su lenguaje y en sus gestos, lo que se hizo presente fueron los espectros fundacionales del 17 de Octubre, sus metamorfosis en la generación del ’70 y los desafíos de una realidad cargada de sus propias novedades. Allí, en esa alquimia renovadora, en esa apropiación salvaje de viejos y nuevos símbolos, se encuentra eso que llamamos, con cautela pero con entusiasmo, kirchnerismo. El pueblo, el olvidado y el dañado durante tantos años, lo supo y por eso dio testimonio caudaloso de su profunda tristeza entramada, como no podía ser de otro modo, con la fuerza del agradecimiento y del apoyo decidido a su compañera de toda la vida.
*Publicada en la edición impresa de Tiempo Argentino



25.05.2012

Atesoremos lo que nos dejó 
Cuántas cosas puede encerrar un mismo día, un mismo mes? ¿Cuántas cosas tenemos que recordar, reivindicar, amar, no olvidar, un mismo día? ¿Y si empezáramos a romper con los días y que los días fueran todos y las horas fueran todas?
Por: Hebe de Bonafini 
Yo creo que lo que hizo Néstor va mucho más allá de un 25 de Mayo, va mucho más allá de una hora, de un día o de un momento de un año. Nos dejó algo que parece un centenario. Nos mostró un camino único. Nos los dio sin que lo sintiéramos. Nos los puso en nuestras manos sin que nos diéramos cuenta. Se fue sin que nos diéramos cuenta. Nos dejó sin que nos diéramos cuenta. Y ahí es donde frenamos, ahí es donde paramos, ahí es donde empezamos a pensar qué nos pasó, qué fue esto, qué tsunami nos atravesó de la mañana a la noche, por la cabeza, por el corazón y por el cuerpo. Y ahí pegamos como una frenada y salimos todos como locos a la calle, a luchar y a pelear. Y a sentir con más fuerza el legado de él. Y brotaron pibes por todos los lugares, y jóvenes y no tan jóvenes que quieren seguir.

Pero, ojo, pibes, no quieran un puesto. Hagan como él, que llegó por su propio esfuerzo, que llegó porque lo eligieron. No quieran llegar sin que los elijan, chicos. Luchemos y peleamos por esta patria, luchemos y dejemos lo mejor que tenemos por ella, porque hacer la patria es hacer la patria para otros, para los que menos tienen, para nuestros hijos, para nuestros nietos, para el futuro. Para eso que vendrá.

Es demasiada suerte la que tuvimos: que este hombre en tan poco tiempo nos diera tanto. Es demasiada fortuna. No la despilfarremos, no la derrochemos. Las fortunas hay que atesorarlas para que nos sirvan a todos. Atesoremos lo que Néstor nos dejó: sus discursos, su forma de ser, su pensamiento, su alegría, su inquietud, su fortaleza, su sinceridad, su sonrisa, su mano abierta.

Parece que pasó tan poco tiempo y es tanto tiempo sin él. Cuánto nos duele estar sin él. Cuánto, cuánto. Es un vacío demasiado grande. Por eso somos tantos lo que salimos para llenar lo de un solo cuerpo.

¿Ustedes se pusieron a pensar cuántos tuvimos que salir para sentir que estábamos llenado ese vacío? Millones. Y todavía no sé si alcanza.

Ojalá que el proyecto maravilloso e increíble que él tenía en su cabeza y en su corazón, y le estalló en el corazón, seamos capaces de llevarlo adelante, de ponerlo en práctica y de defenderlo.
Nota publicada en Tiempo Argentino 



25.05.2012

Imposible apagar tanto fuego 
Hoy hace nueve años que Néstor Kirchner asumió la Presidencia. En esa asunción nos propuso un sueño colectivo: ser dueños de nuestro presente y futuro a partir de la reconstrucción de nuestra identidad como pueblo y Nación. Nos alentó a sumar y no dividir, a avanzar y no retroceder en la refundación de una patria con inclusión y justicia social que nos exprese a los 40 millones de argentinos y argentinas que habitamos esta tierra.
Por: Alicia Kirchner 
Con la política como herramienta de transformación y la recuperación del compromiso solidario y militante, el modelo nacional y popular logró revertir los índices alarmantes de la crisis de 2001-2002. Fue así que el mundo contempló cómo la Argentina –por medio de un Estado fortalecido en su condición de agente promotor y garante de los derechos sociales– sorteó la crisis más grave de su historia y desde entonces disfruta de un inédito período de crecimiento social, político y económico.

Esta realidad, producto del desendeudamiento del país con los organismos internacionales de crédito, resulta tangible en la creación de 5 millones de puestos de empleo, en el salario mínimo más alto de América Latina, en una tasa de cobertura previsional del 96%, en la Asignación Universal por Hijo, en el 6,47% del PBI destinado a Educación, en las 1,8 millones de netbooks entregadas a estudiantes y docentes de secundarias públicas, y en la construcción de escuelas, viviendas, hospitales, autopistas y rutas mediante la obra pública tildada de “improductiva” por la doctrina neoliberal.

El camino trazado por él ese 25 de Mayo de 2003 nos devolvió también el sentido de pertenencia latinoamericana que las falsas promesas de ingreso al primer mundo nos hicieran perder. Con Néstor, el sueño de un continente estable, integrado, unido, próspero, democrático y con justicia social empezó a tomar forma. Así como se materializaron la renovación de la Corte Suprema de Justicia y una política de Derechos Humanos que derribó el muro de impunidad que habían levantado las leyes de Obediencia Debida, Punto Final y los indultos. Finalmente, la esperanza de transitar hacia una sociedad más pluralista y diversa se vislumbra gracias a la promulgación de leyes como la recuperación de YPF, medios audiovisuales, Aerolíneas Argentinas, matrimonio igualitario, identidad de género y el proyecto de reforma del código civil y penal.

La fuerza y la prédica de Néstor Kirchner están en el liderazgo de nuestra presidenta Cristina Fernández de Kirchner y en el compromiso militante y solidario de las agrupaciones juveniles, movimientos sociales y organizaciones de trabajadores que buscan profundizar un modelo al que todavía le quedan muchas asignaturas pendientes. Porque fueron muy claras las palabras del presidente Néstor Kirchner aquel 25 de Mayo: volver a tener una Argentina con todos y para todos, sin dejar las convicciones en la puerta de entrada de la Casa Rosada.

Continuamos su legado y abonamos a que florezcan mil flores en cada espacio militante, construyendo una patria libre y soberana. Y ahora me voy a permitir algo que tiene que ver con la práctica política diaria y lo afectivo y es para vos, Néstor, el militante, mi hermano querido.

Sos el presidente del cambio, que se atrevió a hacer un giro en la historia de fracasos de las últimas décadas. En cada acto y obra que inauguramos estás presente, en cada mueva medida que tomamos cumplimos con tus sueños que son los del pueblo argentino. En realidad en nuestra vida estás siempre, y los ¿por qué no estás? No tienen respuesta. Tu fuerza está en los jóvenes, en los sueños que se cumplen y creo que se potencian como quizá nunca imaginamos. Tus convicciones que son las nuestras nos permiten, todos los días, seguir adelante y también el amor al pueblo.

A veces nos colocan palos en la rueda, pero reforzamos nuestra voluntad porque después de vos es imposible apagar tanto fuego.
*Publicada en la edición impresa de Tiempo Argentino 

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