27 de septiembre de 2012

ENTREVISTA CON JOSÉ CÉSAR ANDINO-CRIMEN DE MARIANO FERREYRA.


20.09.2012
  
En exclusiva, José César Andino reconstruyó para Veintitrés el ataque de la patota que en octubre del 2010 asesinó al joven militante e hirió a otros tres. La incógnita sobre quién disparó con un arma larga comienza a develarse. 
Un nuevo testigo corroboró la presencia de otro tirador dentro de la patota que el 20 de octubre de 2010 atacó a un grupo de manifestantes que protestaba en Barracas contra las tercerizaciones en los ferrocarriles, hecho donde perdió la vida Mariano Ferreyra, militante del Partido Obrero, y resultaron heridos Elsa Rodríguez, Nelson Aguirre y Ariel Pintos. José César “Cacho” Andino (61 años), militante del Movimiento Teresa Rodríguez (MTR), habló en exclusiva con Veintitrés, antes de declarar en el juicio por el crimen de Ferreyra, y dijo que aquel día vio a un hombre con aspecto de “patovica”, vestido con ropa de trabajo y con un arma larga apoyada sobre el pecho. Su testimonio apunta hacia otras responsabilidades, puesto que, hasta el momento, los únicos acusados de haber disparado son el barrabrava de Defensa y Justicia Cristian “Harry” Favale y el ferroviario Gabriel “Payaso” Sánchez. Por la descripción de Andino, el perfil del otro tirador responde a uno de los ferroviarios que participó del grupo de choque.

Este testimonio aporta información clave para la causa, pues hasta ahora se presumía la presencia de otros tiradores (ver recuadro), pero ningún testimonio describía al tirador con escopeta, que todos sospechaban que existía pero que nadie había visto. Lo que dirá Andino cuando le toque testificar es que vio a ese hombre con la escopeta, y si se comprueba que de allí salieron los disparos, Nelson Aguirre sabrá de dónde salió el perdigón que se le alojó en el glúteo. El informe Nº 61.819 de la Dirección de la Policía Científica presentado el 24 de julio pasado, solicitado por el Tribunal Oral en lo Criminal 21, abona la hipótesis sobre la utilización de un arma larga durante el ataque de la patota de la Unión Ferroviaria. El estudio concluye que el proyectil extraído del cuerpo de Nelson Aguirre es “una posta de plomo ‘0’ ó ‘00’”, con un diámetro menor de 7.93 milímetros y un diámetro mayor de 8.52 milímetros, la cual es constitutiva de “un cartucho múltiple, utilizado en armas de fuego tipo de escopeta, no pudiéndose (determinar) en forma fehacientemente (sic) el calibre del arma que lo disparó”.

Consultada sobre la existencia y uso de armas largas ese día en Barracas, la abogada de Correpi, María del Carmen Verdú, apoderada de Nelson Aguirre, afirma que si bien los agentes de la División Operaciones Urbanas de Contención y Actividades Deportivas (Doucad) de la Policía Federal, apostados a cuatrocientos metros del lugar donde fue herido su patrocinado, tenían armas largas, se comprobó que estas estaban cargadas con cartuchos antitumulto, con postas de goma.

Por su parte, Mariano Ferreyra recibió un disparo de calibre 38 en el epigastrio derecho que le atravesó el hígado, Elsa Rodríguez fue herida por un proyectil encamisado en la región fronto-parietal izquierda, que se fragmentó cuando impactó en su cabeza (se sospecha que podría ser calibre 38). En tanto, no se pudo determinar el calibre de la bala que rozó el muslo izquierdo de Ariel Pintos. En Luján y Perdriel, por otra parte, la instrucción a cargo de la fiscal Cristina Caamaño secuestró un proyectil calibre 38 que, se confirmó, no había sido disparado por la misma arma que mató a Mariano, y otro calibre 22.

Andino no había vuelto al lugar de los hechos desde aquel fatídico día. En el andén de la estación Hipólito Yrigoyen de la línea Roca, una pintada con aerosol hecha por el Frente Popular Darío Santillán exige que se cambie el nombre a las paradas de tren y reza: “Estación Mariano Ferreyra”. Cacho Andino reconstruye: “Venían con todo, tiraban piedras y gritaban. Uno de ellos se levantó la camisa. Sentí un estampido, para mí era un revólver”, describe el primer disparo. El atacante era morocho e iba ataviado con ropa azul, como el uniforme de los ferroviarios dirigidos por Pablo Díaz, delegado de la Unión Ferroviaria y sindicado como uno de los reclutadores de la patota. En el primer estruendo, Cacho se tiró de cabeza detrás de un automóvil rojo. Al incorporarse se llevó una sorpresa mayor: a 15 metros de distancia observó a otro hombre y lo describe: pelo corto, robusto, “tipo patovica”. También vestido de azul, este tirador tenía “un arma larga, con un mango como de rifle de aire comprimido. Llevaba el arma cruzada en el pecho; la culata en el hombro y el caño hacia abajo”, completa. Después vino el tumulto y lo perdió de vista. Reconoce haber escuchado entre cuatro y cinco disparos.

El importante testimonio que Andino dará ante la Justicia deja a las autoridades ante un hecho incontrastable: no están sentados en el banquillo de los acusados todos los autores materiales del ataque. Tal como se sospechaba, y así lo reflejan varias crónicas de aquel momento, hubo varios tiradores entre los reclutados por la patota de la Unión Ferroviaria. Se deberá seguir investigando, entonces, hasta dar con todos los que ese día tiraron a matar.

Cacho Andino llegó acompañado a la reconstrucción que realizó ante esta revista acompañado por otro militante del MTR, también testigo en la causa, Darío “Chino” Orellana. Ambos afirman que su agrupación había llegado temprano a la estación Avellaneda, desde Florencio Varela. A las 10 de la mañana descendieron de la formación de la línea Roca y se quedaron sobre el andén. Debían esperar al resto de las organizaciones sociales que iban a participar de una protesta para denunciar las tercerizaciones y la explotación de trabajadores en las empresas ferroviarias. Entre las 10.15 y las 10.30, un tren del servicio eléctrico que viajaba rumbo a Constitución arribó a la estación avellanedense. “Bajó un montón de gente con ropa de trabajo azul y camisas sucias”, afirma Andino, y recuerda que al frente iba un hombre calvo. Reconoce, en una foto tomada en la tarde del 20 de octubre, a Marcelo “El Petiso” Suárez –trabajador de los Talleres de Escalada señalado por Leonardo Franzin como uno de los reclutadores de los ferroviarios que fueron liberados de sus tareas por la Unidad de Gestión Operativa Ferroviaria de Emergencia– como líder del grupo que desembarcó en la estación. Suárez, Aldo Amuchástegui, Ricardo Arias, Miguel Toreta y Alberto Carnovale (sospechado de haber convocado a Gabriel “Payaso” Sánchez) fueron denunciados por Franzin y Jorge Hospital, guardatrén de la estación Llavallol, por haber alistado a los trabajadores para impedir el corte de vías en Avellaneda. Por el momento todos se encuentran en libertad, fuera del juicio oral que busca determinar las responsabilidades por el crimen de Ferreyra.
“¿Empezamos por acá?”, escuchó Andino que Suárez les preguntó a los ferroviarios que lo acompañaban cuando pasaron delante de los manifestantes del MTR. “El Petiso” y los 50 trabajadores de Escalada bajaron las escaleras de la estación, caminaron por el túnel para aparecer en el andén donde corre el tren que va hacia La Plata. Pablo Díaz conversaba con “policías que conocemos de las marchas”, afirma Cacho. “Hablaban entre ellos y miraban hacia donde estábamos nosotros”, agrega. Salió de la estación, con sus compañeros de agrupación, para participar de una asamblea en la cual decidieron costear las vías del Roca, rumbo a la estación Yrigoyen. El MTR marchaba al final de la columna de tercerizados y militantes de izquierda en forma pacífica. Pero una lluvia de cascotes y piedras cayó sobre los manifestantes cuando cruzaban el puente Bosch. Entonces se refugiaron en un pasaje ubicado a la vera del Riachuelo, del lado de Barracas. Volvieron a reunirse, con el resto de las organizaciones, en la esquina de Santa Elena y Pedro de Luján. En una segunda asamblea se votó desconcentrar hacia la avenida Vélez Sarsfield y organizar un acto político en otro punto de la ciudad.

Los primeros que vieron a la patota descender de las vías fueron los militantes del MTR. Como había dos patrulleros entre los manifestantes y los ferroviarios, el resto de las agrupaciones desestimó la advertencia. Dos grupos de ferroviarios y barrabravas reptaban por el terraplén. El segundo grupo en bajar corrió embravecido por Pedro de Luján mientras los móviles de la Policía Federal abrían el paso.

Frente a la empresa Chevallier hay 21 cocheras, más cuatro reservadas para personal jerárquico. Andino repasa con paciencia cada instante y afirma que uno de los tiradores apareció sobre la calle de la empresa de transporte, entre las cocheras 7 y 8. Otro lo hizo entre las cocheras 10 y 11, en el medio de la calle.

El “Chino” Orellana también reconoce a Suárez como el hombre calvo. Además, afirma que Pablo Díaz iba a hablar con los comisarios y después regresaba donde estaba “El Petiso” Suárez. “El pelado nos decía: ‘Llegan a cortar las vías y los matamos a todos, vamos a hacer cagar a las mujeres, zurdos de mierda’”. En la esquina de Santa Elena y Pedro de Luján se encontró con compañeros de otras organizaciones sociales que llegaban lastimados. “Ahí vienen, ahí vienen, ahí vienen”, escuchó gritar Orellana y ayudó a formar un cordón de seguridad para cuidar a las mujeres. Respondieron con piedras a las que volaban desde el sector de los ferroviarios.

En ese intercambio, los militantes de izquierda corrieron a la patota y ganaron unos metros. En el medio de Pedro de Luján, a la altura del estacionamiento 19, vio a un hombre “medio gordo”, de pelo corto y barba candado, de un metro setenta de altura, remera oscura, pantalón de jean gastado y botines, sacar un revólver. Tiraba con el arma apoyada contra la cintura, con la mano derecha. “Estaba en su misma línea, vi que el chabón gatillaba y salían los tiros. Cuando se le terminó el cargador, se dio vuelta con el arma en la mano y corrió hacia donde estaban los otros”, dice. Orellana avanzó con los militantes de izquierda hacia donde estaban los ferroviarios, pero cerca del portón de la empresa Chevallier recibió un piedrazo en los testículos que lo tumbó en el suelo. Para “El Chino”, como lo conocen en su organización, hubo entre cinco y seis disparos. “Por la forma en la que se replegaron, nos estaban llevando a una emboscada”, analiza Andino. “Desde la esquina de Luján y Perdriel se sentían los gritos desaforados del tipo de cuello ortopédico, que le decía a la periodista de C5N y al camarógrafo que apagaran la cámara, que no filmaran más”, recuerda Cacho. La persona que describe es Jorge González, ferroviario de Escalada, sentado en el banquillo de los acusados en el juicio oral y público que se desarrolla en Comodoro Py cada lunes, martes y jueves.

Aquella jornada vuelve a la memoria de Andino cada vez que pasa con el tren por el puente de la estación Yrigoyen. “Cualquiera de mis compañeros o yo pudimos haber estado en el lugar de Mariano”, reflexiona el militante del MTR. Siente impotencia porque sólo estaban peleando para que los tercerizados trabajaran “como corresponde, sin que tengan que ser explotados”. “A uno de mis compañeros le dije que me parecía que (los ferroviarios) venían de Remedios de Escalada por las pilchas sucias que llevaban”, menciona el militante, y no duda de que el ataque fue digitado. Fue mecánico en Frenos Morón, durante 27 años, hasta que a principios de 2000 quedó desocupado. Sus diecisiete años como gremialista en SMATA le dieron cintura en el activismo político. “Toda mi vida fue de lucha contra las injusticias”, confiesa con una satisfacción que asoma en esos ojos que se esconden detrás de una gorrita con visera. También asume: “Si pierdo, voy a perder peleando, no porque me quede sentado en una silla”. “Desde que llegué me vinieron a la mente todas esas imágenes, pasar con el tren y recordar ese pasillo…”, suspira el Chino. Entre esos recuerdos, destaca a sus compañeros corriendo, la cara de Mariano agonizando en la esquina y “el charco de sangre de la señora (Elsa Rodríguez)” más allá. “Es feo, más que nada siento bronca”, sostiene. “El gran responsable es Pedraza”, sentencia Andino, y anhela: “Ojalá se haga justicia”

Otra declaración en el mismo sentido
Otro testimonio en relación con el presunto uso de escopetas lo aportó, en la etapa de instrucción, Omar Esteban Merino, también militante del PO y de la agrupación Causa Ferroviaria. Este jueves, al cierre de esta edición de Veintitrés, Merino –cuyo lugar físico de trabajo es el sector Evasión de la estación Avellaneda– ratificaría en la audiencia del juicio los dichos que hiciera cuatro días después del crimen de Mariano Ferreyra. En esa oportunidad declaró que el 20 de octubre de 2010, en un momento determinado, se paró detrás de un Torino rojo, sobre la calzada izquierda de la calle Luján, mirando hacia las vías, y observó a un hombre de tez morena, morrudo, pelo corto crespo y oscuro, de alrededor de un metro setenta y ocho de estatura y vestido con ropa de ferroviario que corría en dirección al puente Bosch, con una mano extendida hacia el grupo donde estaban los tercerizados y en la que llevaba “algo oscuro”, que presumía se trataba de un arma. En total escuchó tres disparos. Merino señaló que desde el momento en el que comenzaron a enfrentar al grupo de la UF escuchó “estruendos de petardos o de armas de fuego tipo escopeta”, remarcando que el efecto de esos sonidos “era similar al ruido que hacen los petardos, como también las escopetas”.
Fuente:RevistaVeintitres

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