9 de septiembre de 2012

ENTREVISTA CON MARÍA ADELA ANTOKOLETZ: “Olga era mi hermana".

09.09.2012
habla maría adela antokoletz, íntima amiga de aredez 
“Olga era mi hermana" 
Es hija de "Adela" y durante 20 años fue amiga de quien en Jujuy encabezó el reclamo de justicia frente a la complicidad del Ingenio Ledesma con la dictadura. 
Por: Daniel Enzetti 
La vi por primera vez en Nicaragua en febrero de 1986 –recuerda María Adela–, cuando nos cruzamos en una serie de caminatas que el canciller nicaragüense Miguel D'Escoto denominaba 'Resurreción Evangélica'. Era una suerte de resistencia a los contras y al obispo de Managua Miguel Obando, para defender al gobierno sandinista de ese tiempo." Y agrega: "La peregrinación iba de Matagalpa hacia la capital, y yo pude sumarme en un pueblito intermedio, Tipitapa, repleto de peregrinos que se curaban las ampollas de los pies, pero le daban para adelante. Cuando te arrimabas para ayudar, te contestaban: 'Gracias, estamos tomando el fresquito'. En un momento me acerqué a D'Escoto y le dije que lo saludaba en nombre de las Madres de Plaza de Mayo. 'Las Madres son nuestro paradigma, un ejemplo mundial', me respondió, y mientras hablaba, sentimos una voz que se abría entre la gente a los gritos, entusiasmada: '¡Yo también soy de la Argentina, soy familiar de desaparecidos!' Era Olga, que había llegado sola, interesada por la Revolución. Desde ese momento, no nos separamos nunca más hasta su muerte." 

–¿Qué pudo haberla impulsado a viajar? 
–Lo hablamos después. Nos impresionó el fuerte contenido religioso en ese proceso político. Fijate que llegaron a tener dos sacerdotes ocupando ministerios, y otros dos en distintas funciones, como Planificación. Hasta a Fidel Castro le llamó la atención eso, y lo vio con mucho respeto, al punto de organizar varias charlas con Frei Betto sobre la cuestión. La magnitud de aquello se nota leyendo el libro Un sacerdote en la Revolución, de Fernando Cardenal. Porque el poeta Ernesto Cardenal ocupó un lugar destacadísimo desde el Ministerio de Educación y Cultura, pero su hermano, Fernando, fue el verdadero estratega de esos años. Más allá de lo que influyó Cuba en nosotros, todos queríamos ir a Nicaragua. Lo veíamos como un país con frescura, incluso menos estructurado que el cubano, y seguramente a Olga la impulsó ese sentimiento. A ella la apasionaba mucho la cuestión latinoamericana. 

–¿Sabías lo que hacía en Jujuy? 
–Sí, por mi madre y una compañera que la apoyaba en Ledesma. Me hacés acordar de algo que me dijo mi mamá en esa época sobre una de las hijas de Olga: "Adriana Aredez es la que movilizó a las madres de Salta. Esa mocosa es la que las ha formado, tiene un empuje extraordinario." Mamá iba a la Marcha del Apagón cuando la realidad era bien distinta a la actual. En los actos no eran más de 30 personas. Incluso en 1987, cuando viajé por primera vez, no llegábamos a esa cantidad. Adela, como le decíamos a mi madre, nos contaba que estaba muy preocupada. "Olga organiza todo, la acompañan algunas madres y la familia, pero cuando termina el acto se queda absolutamente sola, en un pueblito perdido." Entonces, se quedaba con ella 15 días más, hasta que la cosa se calmaba.

–Ese "quedarse sola" también recuerda aquellas vueltas que daba a la plaza de Libertador, con la foto de Luis, su marido desaparecido. 
–Bueno, pero me parece que las cosas hay que entenderlas siempre como parte de un proceso, porque Olga no estuvo sola en los primeros años. Hagamos honor, por ejemplo, a la presencia del sacerdote capuchino Antonio Puigjané, y al padre Eloy Roy, un canadiense increíble que la pasó mal cuando le puso el pañuelo blanco a la Virgen de Tilcara. El "camino hacia la soledad" se produjo por varios motivos. Las madres jujeñas iban envejeciendo, muchas tenían miedo, y sentían una mezcla de tristeza y decepción cuando se daban cuenta de que sus hijos no volvían a casa. 

–¿Te hablaba de eso? 
–Sí, y se ponía un poquito nerviosa. Olga comparaba una ronda con la anterior, y me decía: "Somos cada vez menos, ¿qué va a pasar el día que no venga nadie?". Comía algo en su casa, a dos cuadras de la plaza de Libertador, y salía. Se sentaba, esperaba un poco a ver si aparecía otra madre, y cuando se cansaba de esperar, empezaba a caminar. Un día le dije de todo (sonríe). Estábamos paseando por el barrio, y la saluda un policía. Ella, por supuesto, devolvió el saludo, amable. A los pocos metros me dice bajito: "No te des vuelta, pero desde hace tiempo sospechamos que ese es uno de los que metió a Luis en el baúl del auto cuando lo secuestraron." Yo no lo podía creer. "¡Pero vos estás loca! ¿Y por qué le hablás?". Me dijo: "Acá sabemos quién es quién, nos saludamos todos." En ese lugar, sola, Olga veía con naturalidad lo que a nosotros nos producía terror e indignación. El poder le daba señales, mensajes: "Cuidate, porque nosotros hacemos lo que queremos." Una tarde fuimos a caminar, y a la noche, cuando entramos, vimos que las luces del primer piso de su casa estaban todas prendidas. Yo me moría de miedo. "No te preocupes, lo hacen seguido", me decía. Las cartas le llegaban abiertas, todas atadas con un hilo, en paquetes de varias. Hasta que algunos organismos de Derechos Humanos denunciamos públicamente. Después, eso nunca volvió a ocurrir. Existen muchas historias alrededor de ese domicilio de los Aredez, donde vivía Luis cuando se lo llevaron, y que durante varios años funcionó como una especie de "casa pública" desde donde se organizaba la Marcha del Apagón. Eran días intensos, increíbles. Mucha gente joven, compañeros, periodistas amigos. Y grandes comidas (se ríe). Alba Lanzillotto, de Abuelas, se plantaba en la cocina con Carmen de Castiglione, la inolvidable Carmiña, y se encargaban de todo. Hacían locro, lentejas o guiso. Acordate que estábamos en julio, muertos de frío. Olga iba y venía, ayudaba a los pibes a fabricar carteles, conseguía tachos para salir a pintar paredes, pedía un local prestado. Una vez, la actriz María Ibarreta había preparado una obra de teatro en la Escuela Normal, y antes de la función se cortó la luz. Llamamos al Municipio, a la policía, pero nada. Y María se puso enérgica: "Chicos, juntemos plata, vayamos a comprar velas." Los encargados fueron Adriana y Ricardo, otro de los hijos de Olga. María actuó igual, con las velas en el escenario. 

Resabios del Apagón. El apagón es un recurso habitual de Ledesma, aunque hoy (Carlos) Blaquier diga que él no tuvo nada que ver con aquello de 1976, y que la responsabilidad fue solamente de la provincia. Pero Olga no se doblaba, tenía una fuerza descomunal. Los pibes pintaban a la tarde, y si al otro día el paredón aparecía tapado, ella les pedía que fueran otra vez. Era tranquila, pausada, pero la acción política la encendía. Esa mujer necesitaba militar, moverse, era feliz con eso. Si me venía a visitar a esta casa, y de repente la llamaba Adolfo (Pérez Esquivel), o se enteraba que las Madres hacían un acto, salía corriendo. Escribía mucho. Una vez, Nora Cortiñas le preguntó por qué tomaba nota de todo. "Porque después no me acuerdo de las cosas. Cuando llegue a casa voy a ver si me hacen espacio en alguna radio, así hablo." 

–Olga murió de cáncer, y algunos estudios, como el de profesionales cordobeses, vincularon la enfermedad con el bagazo, y la contaminación que produce el Ingenio Ledesma en toda la región. ¿De qué manera creés que influyó en su pelea lo que sufrió en su propio cuerpo? 
–El Instituto de Previsión no le reconoció los exámenes, que eran carísimos, y tuvo que tratarse en varios lugares. Un médico amigo nuestro, Carlos Alberto Macagno, le dijo: "Olga, acá hay algo que no me gusta, le recomiendo que se revise", pero ella no lo hizo. Tal vez no hubiera servido, pero a lo mejor sí, no lo sabemos. Con respecto a su propia enfermedad, si sintió bronca por lo que le pasaba a ella, por lo menos nunca lo manifestó con palabras. De repente yo le sacaba el tema: "Qué lugar terrible, contaminado, ¿cómo lo aguantás?" Y ella cerraba la conversación: "Es el mío, es mi lugar en el mundo." Prefería no gastar energías en cosas inútiles, en discusiones, y ponerla en cosas buenas. Su actitud frente al tumor y la muerte fue consecuencia de ese sentir. Ella siempre me decía: "Estoy con cáncer, pero lo único que pido son dos años más." 

–¿Por qué? 
–Porque quería dejarle todo arreglado a sus cuatro hijos, y porque deseaba vivir un poco más todas las cosas increíbles que estaban ocurriendo. Me refiero a que el gobierno ayudaba en forma notable, y colaboraba con reclamos que para nosotros eran históricos. Cuando Néstor Kirchner fue a Jujuy, para el acto de la declaración como patrimonio universal de la Quebrada de Humahuaca, Olga esquivó la custodia, se metió entre la gente, y se le puso enfrente a Néstor, ante la sorpresa de todos. ¡Nadie sabía cómo había podido escabullirse, pero llegó, como aquella vez en Nicaragua! (se ríe). Néstor la abrazó, le dijo que él era su hijo, y la invitó a la Casa de Gobierno. Un día me llama, ella estaba en la casa de Ricardo: "María, me comuniqué con Presidencia, y me están esperando, ¿me acompañás?". Fuimos, le llevamos varias carpetas con información de Ledesma, el rol de la Gendarmería en la represión, las escuelas de pibes policías que estaban poniendo en la zona, la complicidad del Ingenio. Charlamos, y se hicieron las 7 de la tarde. Una madre pidió algo, y Néstor armó ahí mismo la audiencia para ese día a las 11 de la noche. "No te preocupes, Alicia (Kirchner) te espera hoy." No lo podíamos creer, en ese gesto veíamos plasmado el entusiasmo de los que tienen proyectos de verdad. Me acordé de mi hermano Daniel, que había sido nombrado jefe de Gabinete del canciller de Héctor Cámpora. Llegaba al Palacio San Martín a las 7 de la mañana, y volvía a la medianoche. 

–Ella tenía razón. Necesitaba un par de años más para vivir todo eso. 
-Efectivamente, y para terminar de moldear lo que entendía como resistencia, algo que le había inculcado su mamá indígena. Olga era mi hermana. A las Madres las hacía un poco mejores, y a todos nosotros nos volvía más personas. 

"Ahí va a descansar olguita" 
Los últimos años de Olga fueron vertiginosos. Es como si el bagazo que el Ingenio Ledesma incrustó en sus pulmones le hubiera dado más aire, en lugar de sacárselo. Con el asesoramiento del juez español Baltasar Garzón, se dedicó a reordenar la documentación que prueba la complicidad de la familia Blaquier en la desaparición masiva de trabajadores en Jujuy. Y a clasificar distintas carpetas con datos sobre el secuestro de Luis, su marido y ex intendente de Libertador. Esa es la base sobre la cual su hija Adriana impulsa, junto a sus hermanos Ricardo, Olga y Luis, el proceso contra el empresario Carlos Pedro Blaquier como principal responsable de aquellos operativos. 

Olga Murió en marzo de 2005. En julio de ese año, la Marcha del Apagón fue especial. Arrancó, como siempre, desde Calilegua hasta San Martín. Y después del acto final, sus cenizas fueron depositadas en un árbol al costado de la plaza, la misma que ella caminaba sola cada semana. Un día antes de aquello, mientras la casa de los Aredez era un torbellino con pibes, militantes y vecinos organizando cada detalle, el primer piso del edificio parecía de otro mundo. Si cualquiera subía, escuchaba silencio. Y entre un silencio y otro, delante de la urna con las cenizas, las voces de doña Damiana, trabajadora boliviana del zurco, y Josefina, coplera jujeña: “Mañana la tierra estará vendecida, porque ahí va a descansar Olguita.”
Fuente:TiempoArgentino

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