6 de noviembre de 2012

A LOS 74 AñOS, MURIO LEONARDO FAVIO, ARTISTA UNICO, FIGURA DE LA CULTURA POPULAR DEL ULTIMO MEDIO SIGLO:Adiós, Chiquito.

A LOS 74 AñOS, MURIO LEONARDO FAVIO, ARTISTA UNICO, FIGURA DE LA CULTURA POPULAR DEL ULTIMO MEDIO SIGLO
Un niño solo, un cine grande
En sus películas pueden encontrarse ejercicios íntimos y movimientos operísticos; como cantante encontró la popularidad antes que en el cine. En cualquiera de sus facetas, Favio fue un artista personalísimo, caracterizado por la integridad y la coherencia.
Por Luciano Monteagudo
Imagen: Pablo Piovano
Hacía tiempo que su salud lo tenía frágil, muy guardado, cada vez más reacio a los reconocimientos y los homenajes, que por otra parte nunca le gustaron (“Los valoro mucho, son como caricias, pero ya no quiero más”, dijo hace poco). Y aunque estaba internado en terapia intensiva desde varias semanas atrás, por una afección pulmonar, la noticia de su muerte –ayer, a los 74 años, en el Sanatorio Anchorena, de Capital; sus restos son velados en el Salón de los Pasos Perdidos de la Cámara de Senadores– no fue menos dolorosa. Leonardo Favio fue, qué duda cabe, un cineasta enorme, único, de un talento y un vuelo lírico sin parangones en el cine argentino, al que le entregó algunas de sus películas más bellas, desde Crónica de un niño solo (1964) hasta Aniceto (2008).

Pero Favio fue, también, mucho más que eso: una figura singularísima, incomparable, de la cultura popular del último medio siglo, a la que marcó no sólo con sus canciones –incorporadas al inconsciente colectivo de varias generaciones– sino también con su perenne, incondicional adhesión al peronismo, del que se convirtió en una suerte de encarnación de su imaginario. Hay algo básico, esencial, de la identidad argentina que siempre se expresó en Favio, en su vida y en su obra.

Aun en sus facetas más disímiles, que podían parecer antagónicas, Favio logró ser siempre él mismo, un hombre de una sola pieza, de una integridad y una coherencia que provenían de su humildad y de su franqueza a toda prueba. “Cuando canto no hago cine y cuando hago cine no canto. Pero las dos cosas me apasionan, me gustan... Y son cosas de Favio”, le dijo al autor de estas líneas en un reportaje publicado en Página/12 en agosto de 2006. “Yo no me separo. Y como yo digo, cada uno vuela hasta donde le dan sus alas, ¿no? A mí me gustaría haber tenido el vuelo poético del Serrat de los primeros discos. 

Bueno, llegué nada más que a Favio, pero estoy contento. Yo sé que estoy en el corazón de casi todo el mundo de habla hispana con mis canciones. Son simples, muy simples. Hasta hay un libro que escribió el chileno Luis Sepúlveda que está basado en una canción mía. A mí me gusta todo lo que hago. Pueden parecer cosas distintas, pero yo lo vivo con la misma pasión.”

Esa pasión se remonta a un callejón de tierra de Luján de Cuyo, en Mendoza, donde Leonardo Favio nació, el 28 de mayo de 1938, como Fuad Jorge Jury. Desde que tuvo memoria, su padre siempre estuvo ausente, pero ese abandono lo compensaron el amor de sus abuelos –que habían formado una compañía de teatro en el pueblo– y el de su madre y su tía, Laura Favio y Elcira Olivera Garcés, actrices que lo iniciaron en la magia del radioteatro, donde Leonardo también hizo sus primeras incursiones como actor. Esa vida lenta de provincia, en la que había tiempo para contemplar la luna y las estrellas, y en la que las mujeres de su familia rezaban a la luz de las velas, unida a la revelación de un mundo hecho de ficciones tan ingenuas como desbocadas, contribuyó –según el propio Favio– a su cosmogonía artística. Su paso triste por el Hogar El Alba, un correccional de menores, también, como lo probaría su primer largometraje, Crónica de un niño solo, al que llegó de la mano de su querido maestro y mentor, Leopoldo Torre Nilsson.

El descubrimiento del cine
Babsy, como le decía cariñosamente Favio, lo había descubierto en papeles menores en la televisión, mientras buscaba desesperadamente al protagonista de El secuestrador. Corría el año 1958 y Torre Nilsson ya era –después de su película inmediatamente anterior, La casa del ángel (1957), premiada en Cannes– el director más importante del cine argentino. “Fue la primera vez que yo identifiqué el nombre de un director”, le contó Favio a Adriana Schettini en Pasen y vean – La vida de Favio (1995), un libro esencial para conocer su biografía y su obra. “Yo nunca me había fijado en que las películas tenían director. No sabía lo que era un director. Para mí en las películas sólo existían los actores y las hacían los actores.”

A partir de allí, Favio y Torre Nilsson se hicieron grandes amigos, y no parece arriesgado afirmar que Leonardo tomó a Babsy como una figura paterna. Fue Torre Nilsson quien le dio vuelo a Favio, que de pronto pasó a convertirse en una estrella del cine argentino de esos años, como coprotagonista de El jefe (1958), de Fernando Ayala, junto a Alberto de Mendoza; En la ardiente oscuridad (1958), de Daniel Tinayre, con Mirtha Legrand; y Dar la cara (1961), de José Antonio Martínez Suárez, con Lautaro Murúa. El propio Torre Nilsson también lo volvió a convocar para Fin de fiesta (1960), La mano en la trampa (1961) y La terraza (1963), pero Favio nunca se sintió verdaderamente un actor de cine, donde, a diferencia del radioteatro, se sentía incómodo.

“No me gusta mucho acordarme de eso, porque pasó por mi vida como quien lee un diario rápido. No quedó en mis sentimientos. Quedó El jefe, de Ayala, porque en la época en que trabajaba en esa película descubrí mi cuerpo, pero eso es algo que está más relacionado con lo hermoso de ser joven que con la película en sí. Las películas con Babsy quedaron, por el hecho de que me permitían estar con un amigo. Pero la única película que para mí fue trascendente es Cuando en el cielo pasen lista, en la que participé cuando estaba internado en el Hogar El Alba. Esa película la recordé toda mi vida porque ese día –yo tendría ocho años– nos dieron chocolate.”

El cine, sin embargo, le permitió conocer a María Vaner, el primer gran amor de su vida y a la que se propuso conquistar dándose aires como director, primero con un corto, El amigo (1960), sobre sus recuerdos de adolescencia en el Parque Japonés, y luego con la seminal Crónica de un niño solo (1964), también de origen confesional, inspirada en su paso por el instituto de menores.

La revelación como director
Relato de iniciación, la ópera prima de Favio sigue sorprendiendo hoy por la clásica modernidad de su puesta en escena, que ha logrado atravesar indemne la prueba del tiempo. A casi medio siglo de su realización, Crónica de un niño solo parece hecha casi ayer, al punto de que no es casual que buena parte del llamado Nuevo Cine Argentino –desde los pibes chorros de Pizza, birra, faso hasta el Rulo de Mundo Grúa– pueda reconocer su origen en esta película. En un momento en que el cine nacional solamente parecía confiar en los diálogos (y a cual más impostado), el debut de Favio vino a demostrar cómo era posible hacer del sonido un elemento dramático: el silbato del celador del correccional es tan elocuente como el silencio que impone la disciplina o los gritos de furia que de pronto estallan en una forzada pelea en el baño.
Como en Los olvidados, de Buñuel, Favio no embellece la pobreza. 

Simplemente la expone en todos sus sentimientos, por complejos y crueles que sean. “Por Crónica... pasa la vida, no es ni triste ni alegre, es la vida contada con ternura. No tengo rencor con los personajes”, dijo. La materia de su película está viva, respira, se reconoce como una parte intransferible de la realidad argentina y, al mismo tiempo, la trasciende, con una belleza auténtica, completamente ajena a la sensiblería y la complacencia. Hay aquí un lirismo, una poesía que no teme trabajar con los elementos más oscuros, que en manos del director se vuelven extrañamente luminosos.

A este film primordial le siguió otro no menos fundante: Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más... (1967). Basado en un estupendo cuento, “El cenizo”, escrito por su hermano y permanente colaborador, Jorge Zuhair Jury, Favio depuró aún más el ascético estilo que había desarrollado en su película anterior y –en el que muchos consideran el mejor film de toda su obra y, por consiguiente, de todo el cine argentino– narró la tragedia de un triángulo amoroso condenado por el destino con un laconismo y una hondura mítica casi borgeanas (de hecho, Borges, a pesar de su antiperonismo, siempre fue uno de los pocos autores que Favio reconocía como de lectura permanente, además de la Biblia y el Corán).

En el papel protagónico, el de ese galán de pueblo dueño de un gallo de riña, descubrió a un joven actor llamado Federico Luppi, un Aniceto inmejorable, a quien acompañaron a la perfección Elsa Daniel como la Francisca y María Vaner como Lucía, la otra, “la intrusa”, desencadenante de la tragedia. Multipremiada por la Asociación de Cronistas de la Argentina y por el Instituto Nacional de Cinematografía, El romance... también fue reconocida en el exterior, pero Favio siempre descreyó del circuito de festivales internacionales, a los que siempre les dio la espalda, por lo cual su obra nunca fue bien conocida fuera del país.

Otro tanto sucedió con El dependiente (1969), su tercer largo y el último de su obra filmado en blanco y negro, basado también en un cuento de su hermano Zuhair Jury. De un minimalismo extremo, la anécdota volvía a girar alrededor de la pequeña vida de pueblo, en este caso el amor tácito del dependiente de un almacén (Walter Vidarte) por la señorita Plasini (Graciela Borges). Pero a diferencia de El romance..., se percibe en El dependiente una mirada menos sensible y más crítica a la mezquina, sórdida vida de pueblo. La cámara y las actuaciones también se vuelven más expresivas, anticipando el giro copernicano que dará su obra.

El cantante
Para entonces, ninguna de sus películas había sido un éxito de público, pero Favio conoció de pronto el fervor popular gracias a sus canciones. En 1968 grabó el single “Fuiste mía un verano”, que se convirtió en un hit de ventas no sólo en Argentina sino en toda América latina. Por primera vez se hablaba de “vos” y no de “tú” en una balada, se incorporaba la palabra “piba” y con ella el lenguaje argentino. Le siguieron otros éxitos, como “Ella ya me olvidó”, “O quizás simplemente le regale una rosa” y “Quiero aprender de memoria”, donde en una época de rígida censura –eran los años de la dictadura militar de Juan Carlos Onganía– asombraba el erotismo de la letra, que decía: 

“Quiero aprender de memoria, con mi boca tu cuerpo, muchacha de abril”. Y para las orquestaciones, Favio –que nunca estudió música de manera académica, como tampoco cine– pedía oboes y cellos, por su pasión por la música barroca, que ya había utilizado de manera magistral en sus tres primeras películas.

Utilizando una comparación de orden musical, se podría pensar que si en sus comienzos Favio hizo un cine íntimo, equivalente a la música de cámara, luego sintió la necesidad –una necesidad expresiva, pero también ideológica, que se correspondía con su naturaleza popular y con su fervor por el peronismo– de cambiar el curso de su obra hacia un cine de masas, de dimensiones primero operísticas y luego sinfónicas. A su vez, con la llegada del color, su cine reveló una naturaleza desmesurada, orgiástica, dionisíaca: de los susurros de Crónica de un niño solo pasó a los gritos de Nazareno Cruz y el lobo; de la soledad que habitaba en el alma gris de El dependiente saltó a las multitudes embanderadas de Gatica; del ascetismo monocromático del Aniceto y la Francisca viró al rojo sangre de Juan Moreira.

El sonido y la furia
En mayo de 1973 (un mes antes de la masacre de Ezeiza, donde salvó de la muerte a una docena de militantes, amenazando a los torturadores con su suicidio público), Favio entregó uno de los mayores éxitos de público de la historia del cine argentino, Juan Moreira, protagonizada por Rodolfo Bebán. En retrospectiva, es imposible no ver a ese gaucho renegado, que se resiste a ser sometido por la “milicada”, como una sintonía absoluta con el espíritu de la época: la primavera democrática y el regreso del peronismo al poder.

Los recursos formales ya no son los del rigor y la austeridad bressonianos sino los del folletín, del spaghetti western y de las telenovelas. Ese desborde lo llevó inmediatamente después al exceso verdiano de Nazareno Cruz y el lobo (1975), basado en un radioteatro de Juan Carlos Chiappe, un film lleno de sonido, de amor y de furia, que con sus tres millones y medio de espectadores sigue siendo el film más popular de toda la historia del cine argentino. Pero que por su uso de los estereotipos despertó las suspicacias de la crítica de izquierda, que antes lo había celebrado, como sucedió con Enrique Raab y un memorable y polémico artículo publicado en el diario La Opinión.

El golpe militar del 24 de marzo de 1976 sorprendió a Favio en pleno rodaje de Soñar, soñar, una fantasía de ambiente circense protagonizada por Carlos Monzón y Gianfranco Pagliaro como dos grotescos artistas trashumantes. Y una vez más, Favio pareció sintonizar intuitivamente con su época. El que en su momento fue un auténtico film maldito, ignorado por el público y vilipendiado por la crítica, hoy puede ser leído como el reflejo de esa época violenta y oscura, con esos dos tristes personajes como los restos heridos del pueblo peronista después del brutal asalto al poder de Videla.

La sangre derramada llegaría con Gatica, el Mono (1993), un proyecto largamente acariciado por Favio y que hizo del célebre boxeador una parábola cristiana y peronista, el mártir del pueblo envuelto en una bandera argentina teñida de rojo.

Con Perón, sinfonía del sentimiento (1994-1999), Favio se permitió contar la historia del peronismo a su manera. En las seis horas de duración de este documental en muchos sentidos fuera de serie –por su extensión desmesurada; por su estética entre anacrónica y naïve; por su insólita producción, asumida tanto por Eduardo Duhalde como por Héctor Ricardo García–, Favio se sumergió en la mitología antes que en la política, como si hubiera querido encontrar el paraíso perdido de su infancia.

La síntesis
Finalmente, Aniceto (2008), su versión-ballet de la película original, con el bailarín Hernán Piquín en el papel protagónico, vino a expresar un momento de síntesis en la obra de Favio; de síntesis en el sentido de summa, donde conviven por fin esos dos grandes bloques en que hasta entonces parecía dividirse de manera irreconciliable su filmografía. Es, al mismo tiempo, volver al principio –al principio de su cine, pero también al pueblo y a las historias de su infancia– pero con el bagaje expresivo y la paleta multicolor adquirida en sus años de madurez. Este Aniceto tiene mucho de paradoja: es la intimidad, pero a gran escala.

La voz en off del propio Favio –dulce, temblorosa– que introduce la tragedia confirma también el carácter casi confesional de un proyecto como Aniceto: Favio habla de esta historia como una que nunca ha dejado de “poblar mis noches de insomnio”. Se trata de ingresar en su mundo más personal, el de sus sueños y sus desvelos, esa frontera del alba que alimentó obsesivamente su imaginación. Por eso es coherente que Aniceto haya sido filmada íntegramente en el interior de un estudio: allí Favio pudo reproducir su idea de ese pequeño pueblo de provincia, simbolizarlo con unos pocos elementos escenográficos, casi como si fuera teatro kabuki, pero con una identidad inexorablemente argentina. Como la de toda su obra.


OPINION
El pibe que miraba
Por Mario Wainfeld
Descolló como director de cine, también hizo lo suyo como cantante y actor. Uno de sus pininos en cine fue su actuación en El jefe, dirigida por Fernando Ayala, donde encarnaba curiosamente a un “niño bien” que se sumaba a una patota liderada por Alberto de Mendoza. El no era, justamente, un niño bien: su dura infancia marcó su vida, su trayectoria y su obra.

Como cantautor tuvo años de muchos éxitos y masividad. Es pasado lejano ya, vale recordar que las letras de sus temas incorporaban innovaciones. El voseo, el vocabulario propio de los argentinos, la ternura que supo ser la respuesta a lo malo y a lo bueno que le ofreció la vida. Afectividad sencilla, que no simple. Un cierto sentido del humor que le permitía bromear en uno de sus temas sobre un competidor de esa época. La letra es, como tantas, en primera persona. Leonardo habla con una chica, busca levantarla, dirimen gustos musicales: “Ella dice que Los Beatles/ yo digo ‘The Rolling Stones’(...) / ella dice que Los Gatos/yo digo ‘Pintura Fresca’/ ella dice ‘mejor Favio’/yo digo ‘Palito Ortega’”. Al final, se reconciliaban, a los dos les gustaba Leo Dan, un intérprete exitoso en la popular de aquel entonces.
Exigía la voz, así era en todo: siempre se exigió.

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Como cineasta fue un genio, opina uno que es un espectador raso. Capaz de narrar con ascetismo formidable (merced a una gran elección y conducción de autores, otra de sus marcas) una historia casi de interiores como El dependiente. O de permitirse los desbordes en color, vibración y fantasía de Nazareno Cruz y el lobo. O de tantos tramos de Juan Moreira o Gatica, el Mono. Las dos versiones del romance de Aniceto y la Francisca podrían ser de autores distintos, excelsos ambos.

Pudo recrear como pocos, uno intuye que como nadie, las fiestas populares tanto como los momentos de dolor, desde los bailes y las riñas de gallos hasta “el entierro del Angelito” en el Moreira.

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“Peronistas somos todos” decía el creador del Movimiento, que era muy socarrón. Podrá ser, en trazos gruesos, pero hay peronistas y peronistas. Favio integraba el conjunto de los que habían nacido en la privación y la marginación, lo que tiñe toda su biografía, su mensaje y su legado. Jamás se tradujo en resentimiento, a veces en apología, a menudo en la mejor pintura del peronismo que haya producido el cine (¿la cultura?) nacional. Sólo Fernando Solanas, supongo, le compite. Pero Pino privilegia un mensaje político preciso, lleno de evocaciones, de denuncias, de despojos, de exaltaciones y de propuestas. Favio, me parece, transmite la cifra del peronismo en una gama incomparable de registros y lo describe con hondura impar, que incluye el amor.

La desbordante (en tantos aspectos) Sinfonía de un sentimiento es un fresco enorme, que rebasa su envase, por ponerlo de algún modo. No termina nunca y uno quiere que no termine. Nada puede objetarse al título, precioso y redondo como tantos de los suyos. Acaso sí puede agregársele como nota musical al pie, que Favio siempre lindó la ópera, ese género que exalta en trazos coloridos y firmes acerca de los sentimientos, las pasiones, el poder, la sangre... Sobre todo lo central y básico de la condición humana.

De cualquier modo, uno piensa que la marca mayor de Favio en su recorrida sobre el peronismo y, aun, la historia argentina es haber sido el gran narrador de sus epopeyas a través de personajes reales, dulcemente ficcionados: Moreira (en cierta medida) y Gatica, a todo vapor. Dos hombres no perfectos ni ejemplares, dos tipos plagados de defectos ostensibles. Mandarlos al frente como exponentes del pueblo en general y del pueblo peronista en especial, y conseguir un cuadro enternecedor, poblado de pertenencia y de calidez, es una hazaña accesible a pocos, tan pocos. Con una pizca de incorrección política, uno supone que Gatica especialmente podría ser pan comido para que un gorila se explayara sobre el peronismo, haciéndolo bolsa, con la linealidad del caso. Es, en cambio, una hazaña que se consagre a eso un peronista y consiga contagiar sus convicciones y plasmar una elegía a lo popular sin macanear ni un poquito.

Autodidacta al mango, sabía mirar y aprender, capturando sin remilgos ni prejuicios. Admiró a Leopoldo Torre Nilsson y supo saludar a Osvaldo Soriano en algún guión. Combinó recursos de vanguardia con esas musiquitas que sonaban en barrios humildes.

Eventualmente usaba la palabra “niño”, como una caricia. También decía “pibe”. A todo lo largo de su existencia fue, como un personaje incidental de una inolvidable canción, el pibe que miraba. Jamás dejó de asombrarse con la realidad, jamás dejó que le dejaran de brillar los ojos, jamás permitió que no brillaran los de los espectadores.

Uno es reacio a los rankings, aunque en esta nota alguno ya se coló. Con esa salvedad, se apunta que Favio tal vez fue el más grande director de cine de su patria. Que su ausencia deja un vacío en el cine y en el cuore. Con ese bagaje, van la pena y un agradecimiento que escribe uno de sus tantos admiradores.


OPINION
Adiós, Chiquito
Por Horacio Verbitsky
Temía estar solo en ese momento, pero no fue así. Terminó de apagarse poco después del mediodía, tomado de la mano por sus afectos más íntimos.
Hace dos meses, cuando la Cámara de Diputados le entregó un premio, Leonardo Favio, tal vez nuestro mayor artista popular, me pidió que lo acompañara. Fui porque el premio se lo daban a él y él fue porque el premio se llamaba Néstor Kirchner, quien le devolvió la felicidad por las transformaciones que puede producir la política y que para tantos llegó como una sorpresiva primavera. Le cautivaba Cristina y estaba orgulloso del homenaje que ella le tributó hace unos años. Como muchos, sentía como un privilegio haber llegado a vivir este presente.

Si el Chiquito te pedía algo era difícil negarse. Cuando me invitó al estreno de su última obra, Aniceto, le dije que no me sentía cómodo en esa situación social. Pero me insistió hasta la intriga. Para colmo me hizo sentar entre Fito Páez y los bailarines de la película. No había dónde esconderse. Al entrar al cine me dijo que quería hablarme cuando se encendieran las luces, como si supiera que planeaba escaparme un segundo antes de eso. Recién al final de la proyección entendí por qué me obligó a quedarme. No creo haber hecho nada para merecer que me dedicara el Aniceto, aunque él sentía que siempre estuve cuando me necesitó, desde aquellos años de mate con bombilla en la terraza en que me contaba escena por escena cómo sería su próxima película. Soy uno de los que le dijeron que no era una locura volver a filmar El romance del Aniceto y la Francisca con bailarines en vez de actores. Uno diría, ¿y qué podía importarle lo que pensara un tipo que entendía tan poco de esas cosas? Le importaba, porque era un creador tan grande como inseguro. Su cine y su música se basaban en la intuición, alimentada en el universo de su infancia y hasta su último proyecto inconcluso tiene que ver con eso, el pantalón cortito con un solo tirador y el mantel de hule. Pero como cineasta además era un obsesivo que medía y pesaba cada detalle hasta la exasperación y al Tano Stagnaro le hizo hacer cosas con el color que hoy parecen fáciles con el digital pero que entonces eran una proeza. Rita Hayworth decía que las únicas joyas de su vida eran las dos películas que filmó con Fred Astaire. Yo atesoro el guión, las indicaciones de escenografía y el disco con la música del Aniceto. 

Mañana quiero volver a leer ese texto y las líneas con que me lo mandó, así como hoy escucho sus canciones, de las que decía que “perdurarán mucho más allá de nuestras sombras”, por las que “me recordarán al momento de empacar para no volver”, aunque al mismo tiempo se definiera como “un compositor rasante, de tono y dominante”.

Desde los shows de su juventud siempre hablaba de la muerte, con una idea de la trascendencia que en los últimos años lo acercó a una experiencia mística de Dios y el universo. Era bastante asustadizo y cuando tuvieron que operarlo para un reemplazo de cadera, me mandó las cajas con el montaje final de Perón, sinfonía de un sentimiento, y un escueto mensaje aterrador: “Si me pasa algo vos decidís qué hacer con esto”. Pocas veces en la vida sentí tanta responsabilidad. Para rendirse ante esa obra superlativa, como casi todo lo que filmó en su vida, no hace falta coincidir con todas sus ideas políticas, y de hecho no comparto su visión del último Perón y todo lo que vino con él. Tampoco me olvido de que hoy es fácil exponer esos desacuerdos, pero cuando estas cuestiones no eran parte de la filosofía y de la historia sino de la vida (y sobre todo de la muerte, omnipresente), el Chiquito salvó la vida de una docena de rehenes a quienes torturaban guardaespaldas descontrolados el día del regreso de Perón en 1973. Una cosa es la ideología y otra cosa la decencia.

No sé si tiene alguna importancia decirlo hoy, pero mi preferida de sus películas es Gatica, el Mono. Sé que es muy subjetivo. Sobre todo en una filmografía con varios puntos altos para elegir. Esa película es la historia de la sangre, de la sangre vertida por nuestro agobiado pueblo, de la humillación y la derrota y la aridez, de la impotencia y del fracaso. Algunos críticos han señalado que su duración es excesiva. Yo no quería que terminara nunca, y la vi varias veces en una semana. Creo que sólo me había pasado antes con La conspiración de los boyardos, de Eisenstein, en mi adolescencia; con Vivir y Kagemusha, de Kurosawa; con Rocco y sus hermanos, de Visconti. Varias buenas películas han encarado el pasado terrible de este país, desde distintos ángulos, muchos encomiables. Pero me parece que nadie había conseguido una mirada tan abarcadora como la de su reflexión, de algún modo no política. 

Pertenece a otro orden de la realidad, establece un nexo distinto con el espectador, multidimensional, envolvente, iluminador e inexplicable, como la poesía. Y además les llega a todos, no sólo a los que saben y les importa.
Walsh abrió las primeras ediciones de Operación Masacre con una cita de Elliot, en inglés: “Una lluvia de sangre ha cegado mis ojos. ¿Cómo, cómo podría volver alguna vez a las suaves, tranquilas estaciones?”. Pero luego la sustituyó por otra, del comisario a cargo de los fusilamientos: “Agrega el declarante que la comisión encomendada era terriblemente ingrata para el que habla, pues salía de todas las funciones específicas de la policía”. Ni poesía inglesa ni la implacable precisión de los datos. La estética de Gatica para decir aquello mismo que obsesionaba a Walsh es la que el Chiquito y su hermano y coguionista, el Negrito Zuhair Jorge Jury, aprendieron de los radioteatros que hacían su mamá Laura Favio y su tía Elcira Olivera Garcés. 

Cuando un talento torrentoso recupera esta marca de infancia, para narrar la vida de un ídolo del más aluvional barro, amasado con lágrimas en la tierra de la Patria sublevada cuyo subsuelo Scalabrini Ortiz vio emerger aquel 17 de octubre, se produce el milagro de una ópera popular, en la que los temas más complejos pueden transmitirse de un modo accesible a todos. La obra de arte regresa al pueblo que la originó, y a su vez lo ennoblece, al ofrecerle esa nueva dimensión de sí mismo. Así se forja la cultura de una Nación, esa categoría tan desmedrada y, sin embargo, indeleble.

La antológica secuencia de la misa, con los dos cuerpos bañados en sangre y los rostros retorcidos por el dolor y el odio es una rendición de cuentas minuciosa de la infinita capacidad de infligir daño que ha sido nuestra historia, pasada y moderna, desde el fusilamiento de Dorrego en adelante. Los artistas capaces de recrear los mitos populares de ese modo deslumbrante, revelan rasgos ocultos de los pueblos, que tal vez ellos mismos ignoran.

Te despido así, con el nombre que sólo muy pocos teníamos permiso para usar, tal vez porque nos conocíamos desde que salimos de la adolescencia. Me cuesta escribir de vos en tiempo pasado. Me cuesta escribir sin llorar, mientras escucho tus canciones que alguna vez me parecieron una desviación de tu obra cinematográfica enorme y que me llevó años entender y amar como parte inseparable de una misma narrativa. Adiós, Chiquito.


LOS REPORTAJES EN PAGINA/12
Palabras propias
A lo largo de los años, en distintas entrevistas concedidas a Página/12, Favio fue ofreciendo no sólo definiciones intransferibles sobre los más diversos temas sino también su particular manera de decir, su tono único, tan reconocible como el de sus películas y canciones. Aquí van algunas de ellas.
El circo
“Los actores de circo y yo somos iguales porque ambos amamos el arte por el arte mismo. ¿Querés un anónimo más grande que un payaso de circo, que un trapecista, que un enanito? Ayer, un enanito me mostró sus fotos y me advirtió: ‘Te tengo una más chiquita’, y sacó orgulloso la foto de su hija, ‘enanita como yo’. ¿Querés algo más grande que el orgullo de ese hombre que está contento simplemente porque va a hacer sonreír a alguien? Yo me formé en esa corriente. Mis orígenes están en el radioteatro más popular. Soy un hombre de radioteatro, pero nunca me pude despojar del hecho de que trascendiera mi nombre. Aunque pasar por la vida haciendo reír a la gente y vivir de eso sin quitarle las ganas de vivir a nadie es más importante que la necesidad de descollar y de lucir que nos impone nuestra profesión y que además nos seduce de esta profesión. Cuando yo llamo ‘mis iguales’ a los actores de circo, lo digo con envidia. Me habría gustado ser uno de ellos, pero Dios me colocó en otro lugar.”

Las canciones
“Para mí, el cine y las canciones no son dos vías distintas. La gente tiene que entender que amo tanto una cosa como la otra. Muchos dicen: ‘Leonardo canta para ganar la plata que le permita hacer cine’. Eso no es cierto. Yo canto porque me gusta tanto o más que el cine. Y si soy un compositor de vuelo rasante, bueno, cada uno vuela hasta donde le dan sus alas, pero estoy orgulloso de mis canciones. Como suelo decir, mis canciones están en el inventario familiar de todo el mundo de habla hispana. Canciones como ‘O quizás simplemente te regale una rosa’, que es un himno en toda Latinoamérica. Las generaciones van cambiando y los coliseos se llenan con jóvenes que corean esas canciones que nacieron en la intimidad de mi hogar como un divertimento, como una broma, y que trascendieron las fronteras e hicieron milagros. Mis canciones hicieron milagros como que yo comiera más a menudo, que pudiera pagar el alquiler, que pudiera ser solidario con quien yo quiero, porque tengo los medios para hacerlo, hicieron de los aviones una alfombra mágica que me llevó a países insólitos. Mis canciones hablan idiomas que yo ignoro. Han sido traducidas al francés, al hebreo... En fin, con todo eso, ¿cómo no voy a amar la profesión de la canción o cómo voy a renunciar a ella, que me permite continuar en la pelea?”

La religión
“Yo amo la teología de barrio. Recuerdo que una vez el padre Mugica se cagó de risa porque yo tenía un rosario. ‘¿Te creés que Dios es tarado –me dijo–, que quiere que le estés repitiendo quince o veinte veces el Avemaría con ese podrido rosario que tenés ahí? Con todo eso lo estás aburriendo a Dios.’ ‘¿Vos te creés que Dios no mira con ternura todo esto?’, le contesté. Yo sé que mi rosario no ayuda en nada a Dios, pero él se da cuenta de que yo estoy repitiendo letanías que vienen de mis ancestros. Ese sonido me comunica con mis muertos queridos y con un universo de gente que se inclina ante la fe. Yo cuando rezo el Rosario lo hago con un profundo amor, y sé que Dios se sonríe frente a todo eso, como se sonríe Jehová cuando el judío se pone frente al Muro de los Lamentos, o frente a los que en la India le encienden sahumerios. Dios se sonríe con ternura porque nos ama.”

El país
“¿Cómo lo veo hoy (N. de la R.: 27 de agosto de 2006)? Maravillosamente bien. No es fácil la tarea en la que está envuelto este hombre. Yo diría que finalmente, después de más de cincuenta años, no tenemos un político en el gobierno, tenemos un conductor, un tipo que te convence con hechos concretos. Y despojado de toda hipocresía política. Pero además con mucha visión y mucho talento. Me gustaría que lo supiéramos preservar. Antes tenía una gran expectativa con la mujer de él, cuando la oía en sus exposiciones dentro del Congreso. Me llamaba la atención. ¡Qué brillante! Y veo que lo que decían se va cumpliendo, y más. Es como un nuevo milagro, porque vienen de un pueblo chiquito, y sin embargo están ahí, dando una batalla que la gente entiende poco a poco.”

El peronismo
“No hay ni nueva etapa ni vieja etapa. Es como decir que hay un nuevo cristianismo. El peronismo siempre fue uno. ¿Se da cuenta? Yo tengo carnet de conductor, pero yo no manejo, ¿me entiende? Vos podés llegar a los más altos estamentos de un partido político y no tener nada que ver con ese partido. Porque uno es lo que hace y hace lo que es. ¿Qué tiene de cristiano el papa Borgia? O tantos otros. O muchos obispos que hemos tenido acá. Y de golpe te encontrás por ahí con una persona en China, por ejemplo, que ni oyó hablar de Cristo, y es más cristiana que Su Santidad. Entonces... el partido, como partido, nunca me expresó. Ni como cineasta, ni como nada. Lo que yo amé es lo que vi, el trato con el niño que fui, con la ancianidad, las obras que se realizaron, la visión, el talento... Vos escuchás un discurso de Perón en aquella época o algo que respondía y te quedás perplejo, porque estaba cien años adelante de todo. Y todo lo que él dijo se fue dando. Entonces, ¿qué es ser peronista? Yo digo que todo el que se sensibilice frente a un niño desvalido, o frente a un salario injuriante de un obrero, o no vea en una marcha de protesta un tumulto de gente que molesta sino un conjunto de individuos que tienen algo que reclamar, ése es mi compañero, milite donde milite. Yo no le pregunto a nadie quién es ni de dónde viene. Mientras sea buena gente... Esto puede ser también producto de mi ignorancia. Yo no conozco la Constitución, por ejemplo. Pero no necesito leer la Constitución para saber qué es lo que corresponde. No sé, estoy muy feliz con esta etapa que se está viviendo. La llegué a ver, Dios me dio esa posibilidad.”


Otras voces
Toda la filmografía de Favio fue editada en DVD por Página/12.


- Graciela Borges (actriz): “Tengo el recuerdo más grande. También la conmoción más grande, a pesar de que tengo aceptación por la muerte. Tengo el corazón roto, no tengo más ganas de filmar. Hay una cosa muy poderosa que pasó con Favio: era una persona del Universo, y de nosotros especialmente. Estoy tan triste... Era mi amigo, mi confidente. Una persona con la que podía pelear, disentir, amar. Tenía completud. Lo voy a extrañar con mi corazón triste, rota. Como director era fantástico. En esa cámara tenía piedad, tenía amor. A los personajes más despreciables los vestía de luz. Tenía una compasión enorme con su cámara”.

- Federico Luppi (actor): “En su partida hay un poco de piedad. La estaba pasando mal, pobre. Conocí a un ser humano excepcional en muchos sentidos. Un director magnífico por la pasión que ponía, por lo que sabía de cine, por cómo trataba a los actores. Quería la materia con la que trabajaba. Me da pena que se vaya un tipo de tremenda lucidez, de gran sensibilidad, que cuando hubo que jugarse, se jugó. Y con una coherencia que muchos le envidiamos. Trabajar con él era un aprendizaje constante. Era una cosa curiosa: yo oí muchas veces hablar de la incultura de Favio y resulta que me encontré con un tipo de una agudeza poco común, con un sentido de lo dramático, por cómo planteaba las situaciones, por cómo escribía y cómo de cada secuencia pescaba lo esencial. Y en cada película aparece siempre un gesto de grandeza de él como creador. Me da pena que se vaya con esa enorme cabeza que tenía. Sin exagerar, diría apelando a una figura extrema: sin Favio no habría historia del cine”.

- Alfredo Alcón (actor): “El clima que creaba en las filmaciones era de pasión. Era muy querido por todos los técnicos porque sentían que con él iban a volar. Todavía no me ha llegado la tristeza porque pienso cuando trabajaba con él, cómo nos reíamos. Era un artista y por eso había momentos en que uno no podía estar cómodo mirando una película de Favio, te sentías incómodo en la butaca. Trabajando con él sentías que contaba con vos, no era el gran Leonardo que venía desde arriba a darte órdenes, era más de pedir que ambos nos diéramos cosas. Era un buscador del alma, un creador y cuando cantaba o hacía películas, todo lo hacía con pasión. Definirlo sería maniatarlo y él quería ser libre”.

- Esther Goris (actriz): “El Paraíso bien pudiera ser ese lugar donde uno pudiera ver tus películas por la eternidad, queridísimo Leonardo Favio”.

- Edgardo Nieva (actor): “Significó mucho; fue el primer cineasta que creyó en mí. Fue el que, de alguna manera, descubrió que yo servía para esto. Y con él tejimos juntos un sueño que era dificilísimo: hacer una película costosísima para la época como Gatica. Era un ser pasional que ponía la sangre en lo que hacía. Y se encontró con otro loco como yo. Trabajamos codo a codo durante cuatro años para hacer realidad esa película, sorteando mil escollos. Salió lo que salió porque pusimos un montón de amor, y esencialmente porque era un genio como director. Supo plasmar como nadie la época. El me decía que Gatica fue el lápiz a través del cual pudo contar los diez años de mayor felicidad del pueblo argentino. Se fue el mejor embajador de la cultura que tuvo la Argentina. Un militante de esos que nace cada cien años. Un gran militante peronista y un militante de la vida, porque él amaba todo lo que hacía”.

- Víctor Laplace (actor y director): “Fue el más grande. Siento una enorme pena. Yo lo conocía bastante, había sido muy importante para mí. En mi primera película como director, El mar de Lucas, tuvo palabras más que elogiosas: ‘Este el camino, Víctor, por acá’. Tomé todo lo que me dijo y me da mucha pena porque no podrá ver Puerta de Hierro, la película que él sabía que yo iba a dirigir y con la que estaba muy entusiasmado. Hay gente que uno quiere que no se muera nunca... En el trato era muy afable, una persona profundamente religiosa, también casi mística. En ese sentido, hacía de las relaciones una cosa quizá muy esporádica porque él estaba siempre encerrado trabajando. Era un gran trabajador. Y me parece que estaba muy a gusto con su soledad. Pero esa soledad era muy creativa”.

- Horacio González (director de la Biblioteca Nacional): “Fue autor de un cine sacramental que mezcla ingredientes y elementos de la tragedia popular argentina. Puso el énfasis en el candor de las vidas populares, en la arcilla de lo popular. Su cine expresa la reconstrucción de esas leyendas desde un refinadísimo sentimiento de lo trágico popular. Es un cine evangélico inspirado en las vanguardias más reconocidas del siglo XX. Además fue una figura desgarradora de la política argentina. Su nombre está antes y después del peronismo. Su arte fue un intento de llegar a una forma exquisita de la política, toca puntos muy hondos de la historia argentina, no sólo los populares”.

- Raúl Perrone (cineasta): “Cada vez que alguien me preguntó por una de mis referencias o sobre mis tres grandes directores, siempre decía: ‘Favio, Favio y Favio’. Cuando yo era pendejo despertó en mí meterme en los cines una y otra vez. Creo que vi Juan Moreira treinta veces. Y no tenía la posibilidad de bajar películas de Internet o comprar un DVD: había que ir al cine. El dependiente y las siguientes sí las vi en TV cuando tenía 13 o 14 años. Fue siempre un gran poeta de la imagen, nuestro gran director argentino. Lo que más me motivó tiene que ver con lo que alguna vez le escuché decir y llevé como bandera: ‘No podés hablar de las cosas que no sabés’. Sabía de lo que hablaba y tenía una sensibilidad asombrosa. Y manejaba a los actores como nadie, tenía una gran personalidad para dirigir. Lo que más me gustaría es que no se lo olvide. Hoy puse en el Facebook: ‘Habiendo tantos hijos de puta, se va él’. Es el mundo del revés. Ha sido el tipo que más influyó en los últimos veinte años. Hacía poesía con la cámara. Y no hemos tenido tantos acá, y no sé si tendremos”.

- Ricardo Darín (actor): “Me crié cantando sus canciones y después descubrí su cine. Estoy shockeado por la pérdida de una persona tan auténtica y sincera”.

- Manuel Antín (director y rector de la Universidad del Cine): “Fue una compañía muy entrañable a lo largo de todo el camino que hice por el cine. Trabajamos juntos en mi segunda película, Los venerables todos, donde él hacía de extra. Me pidió aparecer, ya que no estaba en el elenco. Fue un gran amigo, un gran cineasta que no olvidaré. Su gran película fue El romance del Aniceto y la Francisca y, en segundo lugar, Crónica de un niño solo: son las que han hecho de Favio lo que es para todo el cine argentino. Deja una marca de gran respeto y de gran afecto porque con los años se convirtió en una figura ejemplar. Por ejemplo, en la universidad, los chicos que prácticamente no lo conocieron y que, quizá, no vieron ninguna película suya, sin embargo lo veneran como la gran figura del cine argentino. Y es una de las grandes figuras del cine argentino”.

- Jorge Coscia (secretario de Cultura de la Nación): Perdimos al más grande cineasta argentino de todos los tiempos. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y tratarlo pudimos confirmar que la grandeza y la sensibilidad de su obra iban de la mano de su grandeza como persona. Favio era como filmaba, no se quedaba con nada en el tintero. Todo su talento y su instinto artístico, hijos de su profundo humanismo, estaban presentes en cada plano, en cada movimiento de la cámara, pero también en cómo te abrazaba. Su fervor político era una expresión de ese humanismo, que a la vez marcó su mirada del peronismo y la manera de plasmarlo en su trabajo. El peronismo de Favio es, sobre todo, una mirada desde el amor de la Argentina de Perón y de Evita. Las películas de Favio, profundamente populares y refinadas a la vez, capturan la fibra íntima del peronismo como expresión cabal de una gran obra colectiva de amor al pueblo. Por eso resultan tan emocionantes. Porque así como para orientarse en el bosque sólo basta una brújula que señale el norte, en la cultura pasa algo parecido: una película argentina hecha desde la propia perspectiva genera inmediatamente pertenencia cultural. Favio ha sido eso: una formidable brújula cultural que permite saber quiénes somos, dónde estamos y de qué formamos parte”.

- Fernando “Pino” Solanas (cineasta): “Era dueño de un cine con un realismo poético muy intenso. Se fue dejando una obra descomunal, un testimonio cultural y cinematográfico único. Era una figura múltiple. Tenía la conjunción precisa entre sensibilidad popular y la mirada culta. Fue un artista popular único. Se fue un gran poeta del cine”.

- Leonor Manso (actriz): “Fundamentalmente fue un gran artista. Nos representa en todo su cine de una forma muy profunda y esencial, desde Crónica de un niño solo hasta Aniceto. Fue un creador. Nos queda su obra, que nos representa. Como artista, eso es lo más valioso. Así hay que recordarlo. Recuerdo que cuando filmábamos Boquitas pintadas con Leopoldo Torre Nilsson, venía a las grabaciones. Era un joven muy inquieto, curioso. Tenía un vínculo estrecho con Nilsson, siempre lo apoyó”.
Producción: Daniela Rovina y Oscar Ranzani.
Fuente:Pagina12

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