40 años: Nunca Más terrorismo de Estado
El 27 junio se cumplen 40 años de la disolución del Parlamento y del inicio de la huelga general con la cual los trabajadores, los estudiantes y los sectores populares democráticos enfrentaron y resistieron la medida que conduciría al terrorismo de Estado.
Las FFAA promovidas al escenario político desde el 13 de junio de 1968 cuando el presidente Jorge Pacheco Areco decretó las Medidas Prontas de Seguridad para congelar los salarios de los trabajadores y militarizar a los bancarios y otros gremios, ya eran un factor de poder al servicio de un proyecto político que pretendía descargar los efectos de la crisis económica en las espaldas de los sectores populares.
La dictadura cívico militar no fue un producto autóctono de los sectores conservadores y privilegiados del país. Tampoco fue el resultado, directo o indirecto, del accionar de un grupo de jóvenes radicalizados que en el invierno de 1963 robaron armas en el Tiro Suizo de Colonia en una interpretación histórica simplista e interesada políticamente. Ya en esa época el Gral. Aguerrondo y el Gral. Ballestrino estaqueaban trabajadores en el Cerro y comenzaban a esbozar sus planes golpistas copiando el modelo brasileño que destituyó a Joao Goulart.
Las dictaduras que en las décadas de los 60 y de los 70 sacudieron a todo el continente latinoamericano, algunas con intervenciones directas de tropas estadounidenses como en Santo Domingo, fueron la estrategia diseñada por el Departamento de Estado para hacer frente a las movilizaciones y reclamos de independencia, soberanía, libertad y transformaciones radicales en las estructuras sociales para poner punto final al hambre, la miseria generalizada, la pobreza y las indignas condiciones de vida que afectaban a la mayoría de la población del continente.
La dictadura cívico militar, el proceso, que tuvo como presidentes a Juan María Bordaberry, el Dr. Aparicio Méndez y al Tte. Gral. Gregorio Alvarez, fue una tragedia nacional cuyos efectos y daños colaterales se mantienen y perduran hasta el día de hoy en la sociedad. La deuda externa que entorpece y dificulta el desarrollo del país creció exponencialmente en dicho período. Los trabajadores vieron reducido en un 50% el poder adquisitivo de sus ingresos que fue engrosar las arcas de los sectores sociales que apoyaban al régimen. Los jubilados y pensionistas perdieron el aguinaldo, nunca recuperado como tal. La industria nacional se debilitó frente a las transnacionales y se llevó a límites extremos la concentración de la riqueza.
El modelo de Vegh Villegas y las violaciones a los DDHH.
Para aplicar el modelo económico del Ing. Vegh Villegas se suprimieron todas las libertades y se reprimió salvajemente toda oposición. La tortura, abyecta, degradante, con secuelas perdurables y sostenidas a largo plazo, junto con la prisión masiva y prolongada fue la metodología deliberadamente seleccionada por las fuerzas armadas para destruir a sus opositores, aterrorizar a la población y mantenerse en el poder. Decenas y centenares de los integrantes de los aparatos represivos estuvieron directamente involucrados en ellas, mientras El país y los grandes medios, radiales y televisivos, proveían la cobertura publicitaria que presentaba como salvadores de la nación a quienes la ejecutaban.
En el marco del Plan Cóndor centenares de uruguayos fueron detenidos-desaparecidos dentro y fuera de las fronteras nacionales. Centenares fueron asesinados extrajudicialmente en hechos presentados como enfrentamientos. Decenas murieron en la tortura, en los campos de concentración como Punta de Rieles o el Penal de Libertad o fallecieron como resultado directo de ella. Miles de niños y adolescentes, familiares directos de los presos políticos fueron víctimas de un trato inhumano y degradante que marcó sus vidas para siempre.
Por razones políticas, gremiales, culturales o ideológicas, miles de uruguayos fueron despedidos del Estado y de la actividad privada. Para preservar su vida y su libertad, miles de uruguayos debieron emigrar del país y exiliarse.
Una transición democrática inconclusa.
La resistencia de los trabajadores y el pueblo, dentro y fuera del país, incluso dentro de las cárceles, hirió de muerte a la dictadura. La gesta épica del pueblo uruguayo, expresión de la cual fue la huelga general del año 1973 y el triunfo del NO en el año 1980, condujo a que el 1° de marzo de 1985 asumiera el Dr. Julio María Sanguinetti, resultado de un acto electoral en el cual se prohibió la participación del Gral. Líber Seregni y de Wilson Ferreira Aldunate. Se inició la transición democrática que restableció la libertad y la plena vigencia de las garantías constitucionales y legales, indispensables para una convivencia democrática.
A lo largo de estas décadas se han dado pasos constantes, en un proceso complejo y de grandes obstáculos, con pronunciamientos militares amenazantes de por medio, para erradicar el legado, traumas y secuelas del pasado dictatorial. La transición como tal, desde la perspectiva de las normas de DDHH que Uruguay ha ratificado, no plenamente vigentes en cuanto al terrorismo de Estado, permanece inconclusa y con desafíos pendientes de implementar.
La investigación y el esclarecimiento de todas las graves violaciones a los derechos humanos, la identificación de los responsables de ellas, tanto materiales como intelectuales, y la sanción penal y administrativa con las garantías del debido proceso, es la única manera de evitar que ellas vuelvan a repetirse.
El cumplimiento de la Resolución 60/147 de las Naciones Unidas es el estándar de la calidad institucional al respecto junto con la sentencia de la Corte IDH en el caso Gelman vs Uruguay.
El Estado uruguayo aún no ha expresado sus disculpas públicas y oficiales a todas las víctimas ni ha establecido un día de homenaje y recordación a ellas condenando y repudiando a los terroristas estatales. Las circunstancias de los detenidos-desaparecidos aún están pendientes de esclarecimiento. Con cárceles abarrotadas por delitos menores, solo un puñado de criminales han sido juzgados y condenados penalmente aunque continúan integrando los cuerpos de las FFAA por no haber sido sometidos a los correspondientes Tribunales de Honor. La debida reparación a las víctimas sigue pendiente de resolución como lo ha manifestado recientemente la Institución Nacional de DDHH y Defensoría del Pueblo en mensaje enviado al Poder Ejecutivo.
Hasta el momento, ante las presiones explícitas y las encubiertas de los golpistas de ayer y de los partidarios de la impunidad hoy, el sistema judicial no ha cumplido, salvo excepciones, con su obligación de investigar, esclarecer y sancionar los crímenes de Lesa Humanidad que son imprescriptibles e inamnistiables. Ha tolerado incluso que puedan gozar de beneficios extraordinarios como la prisión domiciliaria, cuando tienen todas las condiciones necesarias para preservar sus vidas adecuadamente y recibir el tratamiento humanitario que merecen en el Hospital Militar aunque sean asesinos seriales.
Afirmar y profundizar la transición democrática iniciada en 1985 con la plena vigencia de las normas de DDHH, asumiendo y cumpliendo con las recomendaciones de la Institución Nacional de DDHH y Defensoría del pueblo es la mayor garantía de que Uruguay podrá continuar el camino del progreso, del desarrollo de la soberanía, de la justicia y de la liberación nacional con desarrollo en infraestructura, con educación y convivencia civilizada y plena en el marco de las normas de DDHH.
La incorporación de la profundización democrática es un punto básico e imprescindible en el orden del día de una verdadera agenda hacia el desarrollo del país, que entusiasme y convoque a la participación de la sociedad civil y de los ciudadanos. Declarar el 27 de junio de cada año Día Nacional por la Memoria, la Verdad y la Justicia, feriado no laborable, repudiando el terrorismo de Estado, en homenaje a las víctimas del mismo, afirmando y promoviendo las normas de DDHH, es una medida legislativa impostergable y afirmativa cuando se cumplen 40 años.
Opinando N° 29 – Año 2 – Jueves 31 de enero de 2013 -
Saludando a la bandera
Saludando a la bandera
Brecha – 25.1.13 – Por Samuel Blixen
La demora del Ministerio del Interior en la instalación de una unidad que investigue delitos cometidos por el terrorismo de Estado, para auxiliar a la justicia, plantea el primer desconocimiento del gobierno a la Institución Nacional de Derechos Humanos, ese organismo autónomo creado por el Parlamento cuya integración fue tan debatida y negociada. El Observatorio Luz Ibarburu formuló una denuncia; había recabado un consenso de aceptación generalizada que no se concreta en los hechos.
EL GATOPARDISMO, CONCEPTO popularizado a partir del libro de Guisseppe Tomasi de Lampedusa, expresa la idea de que en determinados momentos históricos se impone la voluntad de crear una apariencia de cambio con el fin último de que la base, el núcleo del sistema, permanezca inalterado.
Eso es exactamente lo que pasa en Uruguay con la impunidad de que gozan los criminales del terrorismo de Estado. Ningún rebuscado argumento formal, ningún sofisma sobre tiempos políticos, ninguna excusa sobre la diferencia entre voluntad y posibilidad podrán justificar la inacción, cuando no el retroceso, respecto de la obligación de investigar los delitos y castigar a los culpables.
La responsabilidad es compartida entre magistrados de la Suprema Corte, jueces, ministros y altos funcionarios de la administración. Al finalizar 2012 en los juzgados de Montevideo estaban radicadas 138 causas por denuncias relacionadas con violaciones a los derechos humanos durante el terrorismo de Estado: sólo dos tienen sentencia firme y el 71 por ciento permanece en presumario. Había, además, otras 89 denuncias ingresadas en seccionales policiales que no están registradas en los juzgados.
Algunas situaciones que expresan el gatopardismo del discurso oficial uruguayo –que dice eliminar la impunidad pero la tolera– tienen que ver con el mirar para el costado de una justicia penal que –salvo honrosas excepciones– no investiga y espera que las propias víctimas averigüen para en todo caso entonces actuar; o con las presiones de un ministro sobre jueces y fiscales, o con las afirmaciones lanzadas a la prensa para generar opinión y denostar a los denunciantes; o con el infalible método, tan caro a los ministros de la Suprema Corte, de plegarse a las chicanas de abogados vinculados a los centros de poder de la derecha, de dejar correr los plazos ante recursos inconsistentes y aun ilegales cuando el acusado (en este caso un general) es agarrado con las manos en la masa, como quien dice; o con la inquebrantable postura de oponer recursos legales para evitar el pago de indemnizaciones; o con el manejo discrecional de la información reservada y el secretismo sobre los archivos de la represión. Y todo eso cuando, simultáneamente, se reitera que estamos en un Estado de derecho donde todos los ciudadanos son iguales ante la ley; y se desarchivan denuncias y se elimina la caducidad y se anuncia que se aplicarán los criterios internacionales en materia de genocidio, desaparición forzada, prácticas sistemáticas de torturas, robo de niños, violaciones, y se promete finalmente que se concretará una reparación integral.
Una última muestra del gatopardismo uruguayo está registrada en una denuncia que formula el Observatorio Luz Ibarburu para el seguimiento de las denuncias penales por violaciones de los derechos humanos. Dicha denuncia se refiere a la dilatoria para instalar una Unidad Especial de Investigación y Apoyo al Sistema Judicial, en la órbita del Ministerio del Interior.
En los últimos meses del año pasado el Observatorio había formalizado un reclamo sobre la instalación de esa unidad ante los organismos que integran la comisión interministerial encargada de supervisar el cumplimiento de la sentencia que, sobre el llamado “caso Gelman”, emitió la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En opinión del Observatorio, una dilatoria en ese sentido podría implicar que “Uruguay cayera nuevamente en responsabilidad internacional por la persistencia de la impunidad ante la falta de un proceso eficaz de justicia”.
El reclamo se realizó no sólo ante los ministerios y la Secretaría de Seguimiento de la Comisión para la Paz, que integran la comisión interministerial, sino también ante otras autoridades estatales con responsabilidad específica en materia de derechos humanos, como lo son las direcciones de Derechos Humanos del Ministerio de Educación y Cultura y del Ministerio de Relaciones Exteriores, y autoridades del sistema judicial (magistrados, fiscales, abogados y funcionarios judiciales). La idea era “construir consensos para enfrentar y resolver adecuadamente los hechos de nuestro pasado reciente, con las herramientas construidas por el derecho internacional”.
GENERAR CAPACIDADES.
Todos los consultados estuvieron de acuerdo –al menos de palabra– en implementar esa unidad de investigación. Y a ese consenso se sumó la recomendación que la Institución Nacional de Derechos Humanos (INDH) formuló al ministro del Interior, Eduardo Bonomi, el 14 de diciembre, a raíz del planteo del Observatorio Luz Ibarburu. La recomendación de la INDH recuerda que la Convención Americana sobre Derechos Humanos establece “el deber de los estados parte de organizar todo el aparato gubernamental y, en general, todas las estructuras a través de las cuales se manifiesta el ejercicio del poder público, de manera tal que sean capaces de asegurar jurídicamente el libre y pleno ejercicio de los derechos humanos”.
El texto enviado al ministro Bonomi recuerda, asimismo, que la sentencia de la Corte Interamericana en el caso Gelman versus Uruguay, de febrero de 2011, “impone claramente al Estado uruguayo la obligación de generar las capacidades técnico-operativas necesarias para la investigación de violaciones a los derechos humanos cometidas en el marco del terrorismo de Estado”.
Puesto que la propuesta del Observatorio es funcional a la obligación señalada por la Corte, la dirección de la INDH resolvió recomendar “que en el plazo más breve posible, preferentemente antes de la finalización de la Feria Judicial Mayor (el 1 de febrero) se constituya una unidad especial para auxiliar al Poder Judicial en la investigación de las denuncias” sobre delitos cometidos durante el terrorismo de Estado, y que la misma funcione en la órbita del Ministerio del Interior, “integrada por personal profesional de esa secretaría de Estado con especialización en las diferentes disciplinas involucradas en investigación criminal”, y también por “personal especializado en atención y seguimiento a las víctimas de graves violaciones a los derechos humanos y sus familiares”.
La INDH explica en su recomendación que la subordinación de la unidad al Ministerio del Interior se debe a que ese ministerio cumple una función específica de auxiliar de la justicia; pero igualmente señala que la unidad especial “deberá coordinar y recibir el apoyo técnico de otras instituciones y dependencias públicas no subordinadas al Ministerio del Interior”.
Al emitir esa recomen dación, la INDH se estaba ajustando a las competencias adjudicadas por el Parlamento cuando la creó por ley y debatió extensamente la designación de sus autoridades. En su oportunidad el debate sobre los nombres reveló la jerarquía de ese organismo que, aunque en última instancia es dependiente del Parlamento, tiene una excepcional autonomía para indagar, hacer seguimiento sobre cuestiones de derechos humanos y formular las recomendaciones pertinentes.
Esta recomendación sobre la creación de una unidad de investigación, a partir de una propuesta del Observatorio (integrado por representantes de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, Secretaría de Derechos Humanos del PIT-CNT, Hijos-Uruguay, Crysol, ONAJPU, SERPAJ Uruguay, IELSUR, Mesa Permanente contra la Impunidad, Pro Derechos, Colectivo Denunciantes de Octubre de 2011 y la Fundación Mario Benedetti), de hecho pone sobre el tapete la cuestión del reconocimiento de su autoridad.
Sin embargo, a más de un mes de adoptada la decisión, no hay reacción conocida del Ministerio del Interior. El 15 de marzo el Observatorio emitió un comunicado en el que manifestaba su “preocupación ante la situación denunciada (la ausencia de una resolución), que se suma a las dilatorias que padecen muchas causas por improcedentes recursos insólitamente demorados ante la SCJ”.
Todos están de acuerdo con instalar la unidad de investigación, pero igual marche preso. Si se concreta el gatopardismo en esta cuestión no sólo se estará contradiciendo en los hechos lo que se prometió en la Corte Interamericana; también se revelará que la trajinada votación en el Parlamento para la integración de la Institución Nacional de Derechos Humanos fue un saludo a la bandera.
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