La primera marcha del 24 de marzo del último nieto recuperado
En nombre de mis padres
Por Tali Goldman
27.03.2013
El año pasado se acercó a la Plaza de Mayo como Leandro Girbone. Ahora, Pablo Javier Gaona Miranda, el nieto 106, participó junto a su agrupación y recibió el cariño de todos. De las dudas a una nueva vida.
El 24 de marzo del año pasado, Leandro “Guirba” Girbone, un joven morocho de ojos negros, se tomó un remise desde Liniers y desembarcó en Plaza de Mayo. Solo, recorrió los alrededores, observando las agrupaciones políticas y de derechos humanos. Estuvo un rato y se fue a cenar a lo de unos amigos. “¿Dónde fuiste, Guirba?”. “Se cumplían 36 años de la dictadura, fui a la marcha”. Ninguno lo sospechaba, pero él sí. Sabía que tenía mucho que ver con lo que estaba pasando y que Leandro Girbone –alias Guirba– en el fondo no era él.
El 24 de marzo de 2013, Pablo Javier Gaona Miranda, un joven morocho de ojos negros a punto de cumplir 35, desembarcó en esa misma plaza, ahora como el nieto restituido número 106. Leandro y Pablo, ese doble yo, comenzaron a hacerse uno solo el 1º de agosto del 2012, cuando le dijeron que era hijo de Ricardo Gaona y María Rosa Miranda, dos militantes del ERP desaparecidos en 1978.
“Estoy nervioso, igualmente creo que es normal, la expectativa es enorme, va a ser mi primera marcha con mi verdadera identidad”. Los preparativos comenzaron unos días antes. Pablo viajó a Corrientes a dar unas charlas para estudiantes secundarios y el sábado 23 a la noche participó como espectador de la obra La marca en el orillo, basada en la vida de su amiga, compañera y “hermana” Victoria Montenegro, la nieta 66. Al finalizar la representación, Victoria, que estaba sentada junto a él, lo agarró fuerte de la mano y fueron juntos hacia el escenario. “Él es Pablito Gaona Miranda, el nieto 106, y mañana va a marchar por primera vez con su verdadera identidad”. La platea repleta estalló en llanto y aplausos y Pablo, tímido, apretó aún más la mano de su amiga.
Hacía varios años que lo sospechaba. Desde el 2003, cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia y las políticas de derechos humanos se convirtieron en banderas del nuevo gobierno, Pablo comenzó a sentirse diferente. “Cuando aparecían nietos recuperados, yo me conmovía de una manera muy especial. Yo sabía que era adoptado y empecé a dudar. Ese sentimiento era cada día más fuerte, fue como un despertar”. En 2008 tomó la decisión y sentó a su madre adoptiva a charlar. Le dijo lo que ella no quería escuchar: que iba a acercarse a Abuelas de Plaza de Mayo. “No, no quiero que vayas a hacerte el examen de ADN”, le dijo ella llorando. A partir de ese momento, él no quiso hablar más del tema: sabía que era hijo de desaparecidos. Pero no lo comentó con nadie. “Me tomé cuatro años para pensarlo solo, no quería que hubiera influencias de nadie para que cuando yo me sintiera listo pudiera dar el paso”. Y así fue. Desde hace ocho meses, Leandro fue Pablo. Conoció a sus tíos, primos y a su abuela, la mamá de su padre. “Ella está muy viejita, pero fue muy fuerte cuando nos encontramos porque el parecido que tengo con mi viejo es increíble”.
Son las 12 del mediodía del 24 de marzo y el sol se asoma a todo terreno en la City porteña. En un lugar típico de comida chatarra de la calle Florida, la charla sobre política se impone en la conversación. Hace algunos meses, Pablo decidió incorporarse a Kolina, el espacio de militancia que lidera la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner. “Siento que el compromiso con la política y lo social lo llevo en la sangre”, cuenta Pablo mientras corta el teléfono con un programa radial del interior del país. Está nervioso. Chequea una vez más por teléfono que la agrupación se concentra en Avenida de Mayo y 9 de Julio. “Vamos”. La caminata se vuelve entretenida por las veredas del centro, de esas que en un momento se convierten en un laberinto. “Che, estoy recontra perdido”, confiesa cuando advierte que hace media hora damos vueltas manzana. De pronto, el Obelisco se asoma y aclara el camino. “Por allá”. La concentración comienza a vislumbrarse. Adultos, jóvenes y niños se dirigen hacia un mismo lugar. Con paso firme, Pablo camina. Las banderas de Kolina se observan a lo lejos. Sonríe, mirando para todos lados, observando a su alrededor, imaginándose a él mismo un año atrás, siendo otro, siendo él mismo. Sus compañeros lo vislumbran a lo lejos y le hacen señas. Pablo se acerca y se abraza con los que ya estaban encabezando la columna. La gente comienza a señalarlo. Le piden notas, le sacan fotos. A los pocos minutos llega Victoria Montenegro, actual secretaria de Derechos Humanos de la agrupación, junto a sus tres hijos y su marido. El mayor saca de una bolsa algunas remeras y un marcador. Termina de escribir “Gaona Miranda” y se la entrega a Pablo. En la remera están dibujados sus padres. Él la mira, se emociona y se la pone. Sus “hermanos” también tienen la remera con el dibujo de sus padres: Victoria, Andrés La Blunda (referente de la agrupación), Gonzalo Javier Reggiardo Tolosa y Patricia Olivestre.
Los bombos comienzan a sonar más fuerte. “Vengo bancando este proyecto, proyecto nacional y popular, te juro que en los malos momentos, los pibes siempre vamos a estar”. Con los dedos en V, Pablo entona la canción junto a sus compañeros. El sol de las dos de la tarde se impone con más intensidad. Las columnas se engrosan cada vez más y la impaciencia por comenzar a marchar es mayor. “Vamos a ver si encontramos a nuestros viejos en la bandera de las Abuelas”.
Pablo, Victoria y Gonzalo caminan por Avenida de Mayo hasta dar con la bandera de los 30 mil desaparecidos que encabezan las viejas de pañuelo blanco y otros organismos de derechos humanos. Algunos lo reconocen y apoyan su mano en la cara de sus padres que lleva en su pecho, como haciéndole un mimo. “No encontramos a nuestros viejos en la bandera, es un quilombo, son un montón”.
Vuelven a atravesar Avenida de Mayo en contra del tránsito de a pie para ponerse atrás de la bandera de Kolina. Los vaivenes y la dinámica de la marcha atrasan la caminata, pero a eso de las 18 horas logran ingresar a la plaza. Pablo escucha el documento que lee Estela de Carlotto junto a otras abuelas, familiares e hijos de desaparecidos. Está agotado. El día fue intenso, pero sabe que no tendrá descanso. A las 10 de la noche llega a su casa en Mataderos y hace el bolso. A las 7.20 de la mañana del día siguiente su avión parte rumbo a Ushuaia, Tierra del Fuego, para seguir con las actividades en el marco del mes de la memoria. “Conocer la verdad fue sacarme de encima una mochila de cincuenta kilos de encima”. La militancia recién comienza. Y su vida, también.
Fuente:Veintitres
Envío:Agnddhh

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