LAS CLAVES PARA ENTENDER LA PROTESTA SOCIAL EN UN PAIS SIN TRADICION DE RECLAMO DIRECTO
Brasil cruje
Aunque Brasil cuente con una sociedad civil variada y densa, al mismo tiempo no está acostumbrado al reclamo directo y masivo en el espacio público. Una historia de pactos entre elites, que son las que realmente gobiernan.
Por José Natanson *
Las masivas movilizaciones registradas en los últimos días en diferentes ciudades brasileñas producen desconcierto y una inevitable perplejidad en el análisis, que debe evitar las conclusiones fáciles y los paralelismos apresurados para avanzar con cuidado.
Señalemos primero que Brasil es un país que cuenta con una sociedad civil variada y densa, que incluye desde expresiones territoriales potentes como el Movimiento sin Tierra hasta una vasta red de organizaciones de carácter religioso, sindical o étnico, muchas de ellas con una vitalidad cultural asombrosa, pero que al mismo tiempo no está acostumbrado al reclamo directo y masivo en el espacio público. La “política en las calles”, por usar la fórmula que el sociólogo Fernando Calderón acuñó para Bolivia, pero que se aplica perfectamente a países como Argentina o Venezuela, está ausente en Brasil (salvo, claro, en el carnaval, esa ceremonia de inversión de roles –el rico se disfraza de pobre, el pobre toma la ciudad que lo explota– en la que la catarsis del baile precede siempre una vuelta a la dura normalidad).
Los motivos de este rasgo idiosincrático brasileño habrá que buscarlos en una historia en la que el pueblo movilizado –o el pueblo a secas– ocupa un lugar relativamente secundario, y en la que las que los grandes cambios tendieron a procesarse a través de acuerdos cupulares graduales, relativamente pacíficos y casi siempre lentos. En contraste con las guerras sangrientas que marcaron la independencia de la América española, Brasil se separó de Portugal por una decisión política de Pedro I, el príncipe heredero, aceptada sin resistencia por su padre, y más tarde, en 1889, se convirtió en república mediante una disposición no menos administrativa (esto ha hecho que la historia brasileña sea una historia desprovista de héroes: no hay allí ni un Bolívar ni un San Martín a los que venerar). Del mismo modo, la versión brasileña del populismo, el varguismo, fue un movimiento popular, redistributivo e incluyente, pero donde el componente movilizatorio estaba notablemente atenuado (digamos: un peronismo sin 17 de octubre). Mucho más tarde, la ebullición de los 60 creó un movimiento guerrillero entusiasta pero disperso y sin fuerza, al menos en comparación con Argentina, Uruguay o Chile, y luego la dictadura, aunque desde luego torturó y mató, no creó un sistema de campos de concentración al estilo argentino ni desplegó, por ejemplo, un plan sistemático de robo de niños. La recuperación de la democracia se realizó también de manera serena y pacífica, “segura”, según la famosa definición de Geisel, el general que la inició, a punto tal que, pese a los reclamos de la población, el primer presidente democrático no fue elegido por voto directo sino mediante el viejo sistema de colegio electoral creado por los militares.
Lo que quiero decir con esto es que la historia brasileña es en esencia una historia de pactos entre elites, que son las que realmente gobiernan Brasil, como no sucede en ningún otro país de la región salvo los de Centroamérica. Y esto se explica básicamente por las características de una estructura social en la que la distancia entre las clases es oceánica: Brasil fue, de hecho, el último país latinoamericano en abolir la esclavitud (fue en 1888 y, una vez más, mediante una decisión pactada, que evitó por ejemplo los 360 mil muertos de la guerra civil que quince años antes acabó con el flagelo en Estados Unidos).
Los efectos de esta tradición de cambios graduales son paradójicos: si por un lado le ha permitido a Brasil evitar “pisos de sufrimiento” como los registrados en Argentina (las luchas entre unitarios y federales, la dictadura, Malvinas, el 2001), por otro lado limitó severamente la incidencia de la población en las decisiones nacionales. La significativa ausencia en Brasil de una Plaza de Mayo, ese centro simbólico de la política argentina al que la gente marcha cada tantos años para festejar o voltear gobiernos, no responde tanto una cuestión urbanística como de historia política. Y también, claro, a la decisión de Kubitschek de trasladar la capital al medio de la selva, explicable por la estrategia desarrollista de llevar la civilización al desierto pero también por la intención de alejar el centro de las decisiones políticas de las masas que habitan los grandes conglomerados urbanos (en este sentido es interesante pensar qué hubiera pasado en la Argentina, por ejemplo en diciembre del 2001, si se hubiera concretado el proyecto alfonsinista de capitalizar Viedma).
Pero no nos desviemos. Mi argumento es que estos rasgos típicamente brasileños explican la sorpresa que generan las movilizaciones tanto como la reacción de la clase política, incluyendo a la derecha. En efecto, alcanza con revisar la prensa de estos últimos días para comprobar que los sectores más conservadores no saben bien qué hacer. Sucede que el reclamo, aunque está básicamente dirigido al gobierno nacional, los involucra, en la medida en que también apunta a gobiernos estaduales y municipales bajo control de los partidos opositores, y además incluye una impugnación general contra la clase política al estilo del “qué se vayan todos” argentino. La comparación, sin embargo, apenas funciona. En contraste con lo que sucede en Argentina, donde desde 17 de octubre hasta ahora los dirigentes políticos están acostumbrados a valerse de la gente en las calles para empujar sus objetivos, en Brasil la movilización social es un recurso que se utiliza con mucho más cuidado, como si ante momentos de crisis las elites prefirieran cerrarse sobre sí mismas (tal vez el único ejemplo moderno sea el impeachment a Collor, pero las marchas lideradas por el PT sucedían cuando el establishment ya le había soltado la mano). En este sentido, comparar las movilizaciones brasileñas con los cacerolazos opositores argentinos, como intentaron aquí algunos analistas un poco apurados, sería un error: no hay allí, por decirlo de algún modo, una Patricia Bullrich dispuesta a instrumentar la protesta a su favor.
La complejidad también deriva del hecho de que, a diferencia de lo que sucede en países con movimientos de “indignados” como España, en Brasil no gobierna la derecha sino una presidenta de izquierda, continuidad de un ciclo que combinó tasas muy moderadas de crecimiento (en los últimos diez años Brasil creció en promedio la mitad que Argentina) con una serie de avances sociales impresionantes. El ciclo del PT permitió que 35 millones de personas salieran de la pobreza, redujo la desigualdad a su nivel más bajo desde los 60 y expandió una nueva clase media baja que hoy conforman nada menos que 105 millones de brasileños y que ha generado un desembarco plebeyo muy visible en espacios antes reservados a los blancos, como universidades, restaurantes y aeropuertos. La presidenta, igual que Lula, conserva una imagen pública excelente, incluso en los sectores medios urbanos.
El análisis debe entonces esquivar los caminos directos (no se trata, al menos hasta ahora, de simples protestas de la clase media ni de una rebelión de los pobres contra el gobierno) para recorrer trayectos más sinuosos, señalando por ejemplo la conversión del PT de un partido de oposición en un partido de gestión. Hasta la llegada de Lula al poder, en el 2003, el PT y las organizaciones que controla, en particular la CUT, podían canalizar políticamente el malestar social: había una opción de izquierda a la cual apoyar y que generaba expectativa en millones de personas. Desde hace ya diez años que esa opción no existe, y no porque el PT haya defraudado esas esperanzas sino porque, como consecuencia de sus propios éxitos, no ha habido lugar para la emergencia de una oposición sólida por izquierda.
Al mismo tiempo, el PT produjo una renovación –siempre siguiendo la pauta gradual y pacífica– de las elites gobernantes, que creó nuevas zonas de confort para dirigentes que hoy viven un poco amodorrados en el calor burocrático de un Estado que siempre ha sido muy generoso con quienes lo integran, en el gobierno pero también en las empresas estatales, los directorios de las compañías privadas, los bancos, los organismos descentralizados, los fondos de pensión controlados por los sindicatos... Los históricos núcleos de resistencia anticonservadores –el movimiento campesino, el sindicalismo combativo, las iglesias progresistas– hoy forman parte del núcleo de poder o son sus aliados. Y en ese sentido, un comentario adicional: la idea de Lula como un obrero que llegó al poder es una construcción política sólo a medias verdadera. Lula, por supuesto, nació en una familia pobrísima y trabajó como tornero mecánico tras emigrar a San Pablo, como se cuenta con ternura en El hijo de Brasil, pero fue la mayor parte de su vida un sindicalista, con todo lo que implica en términos de estilo de vida, educación política y roce internacional. A juzgar por su gestión, no olvidó sus orígenes ni sus valores, pero esto no convierte a su gobierno en un gobierno de pobres y obreros. El suyo fue, y el de Dilma lo es todavía más, un gobierno de sindicalistas y burócratas.
En el medio, además, ocurrió algo notable. El PT, históricamente apoyado por los trabajadores de las industrias modernas del sudeste y los sectores medios progresistas, cambió su composición social hacia los sectores más pobres del nordeste beneficiados por las políticas sociales como el Bolsa Familia. Este cambio, catalizado por las denuncias de corrupción contra Lula del 2005, se vio claramente en los comicios del año siguiente, donde el oficialismo perdió en San Pablo y ganó en Bahía. En su notable libro Los sentidos del lulismo, André Singer define este tránsito como el paso del petismo al lulismo, que es el encuentro, a mitad de mandato, entre el líder y una fracción de clase, el subproletariado, que rompe con el tradicional caudillismo popularconservador para situarse bajo su órbita. Se trata, sin embargo, de un lazo frágil, reflejo de una inclusión que se da esencialmente vía consumo y que no ha sido acompañada por un esfuerzo militante equivalente de construcción comunitaria y territorial (como sí hizo, con todos sus problemas, el chavismo).
Rebobinemos entonces para concluir. Las crónicas desde Brasil cuentan que el movimiento de protesta comenzó alrededor de un tema puntual y en apariencia menor, un pequeño aumento del precio del transporte, y se fue ramificando en una serie de reclamos muy diversos, que van desde la salud y la educación hasta la corrupción y el despilfarro de recursos en la infraestructura del Mundial y la olimpíadas.
Se respira, dicen, un clima de rechazo general a los políticos (militantes del PT y la CUT que querían sumarse a las protestas fueron agredidos), con un fuerte protagonismo juvenil construido horizontalmente a través de las redes sociales. Se trataría entonces de la versión brasileña de la tendencia a la repolitización de las juventudes observada en los últimos años en países tan distintos como Turquía y España, Chile y Túnez, Portugal y Estados Unidos.
Por si hiciera falta, un elemento más para sumar a un análisis que debe avanzar un poco a tientas ante la fluidez de una situación inédita y sobre la cual es imposible extraer conclusiones limpias.
* Director de Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur www.eldiplo.org
OPINION
Un nuevo comienzoPor Atilio A. Boron *
Las grandes manifestaciones populares de protesta en Brasil demolieron en la práctica una premisa cultivada por la derecha, y asumida también por diversas formaciones de izquierda, comenzando por el PT y siguiendo por sus aliados. Si se garantizaba “pan y circo”, el pueblo –desorganizado, despolitizado, desmoralizado– aceptaría mansamente que la alianza entre las viejas y las nuevas oligarquías prosiguieran gobernando el país sin mayores sobresaltos. La continuidad y eficacia del programa Bolsa Familia aseguraba el pan, y la Copa del Mundo y su preludio, la Copa Confederaciones, y luego los Juegos Olímpicos, aportarían el circo necesario para consolidar la pasividad política de los brasileños. Esta visión, no sólo equivocada sino profundamente reaccionaria (y casi siempre racista), quedó hecha añicos esta semana, lo que revela la corta memoria histórica de la clase dominante y sus representantes, a los que se les olvidaron las grandes movilizaciones populares exigiendo la elección directa del presidente a comienzos de los ochenta; las que precipitaron la renuncia de Collor de Mello en 1992; y la ola ascendente de luchas populares que hicieron posible el triunfo de Lula en el 2002. Del olvido brota la sorpresa, que enmudeció a una dirigencia política de discurso fácil y efectista, que no podía comprender –y mucho menos contener– el tsunami político que irrumpía nada menos que en los fastos futboleros de la Copa Confederaciones. Fue notable la falta de respuesta gubernamental, desde las intendencias municipales hasta los gobiernos estaduales y el propio gobierno federal.
Opinólogos y analistas adscriptos al gobierno insisten ahora en colocar bajo la lupa estas manifestaciones, señalando su carácter caótico, su falta de liderazgo, la ausencia de un proyecto político de recambio. Harían mejor en dirigir su mirada hacia los déficit de la gestión gubernativa en todos sus niveles, desde el municipio hasta Brasilia. Plantear que todo esto tiene que ver con el aumento de 20 centavos de real en el transporte público de San Pablo es lo mismo que, salvando las distancias, suponer que la Revolución Francesa se produjo porque algunas panaderías de la zona de la Bastilla habían aumentado en unos centavos el precio del pan. Confunden el detonante con las causas profundas de la rebelión popular, que dicen relacionar con la enorme deuda social de la democracia brasileña, apenas atenuada en los últimos años del gobierno de Lula.
Temas tales como la pésima situación de los servicios de salud pública; el sesgo clasista del acceso a la educación; la corrupción gubernamental (un indicador: la presidenta Dilma Rousseff ha echado a varios ministros por esta causa); la ferocidad represiva impropia de un Estado que se reclama como democrático; y la arrogancia tecnocrática de los gobernantes, en todos sus niveles, ante las demandas populares. ¿Cómo exigirles claridad ideológica y política a los manifestantes (hasta hace poco llamados “¡vándalos!”) cuando tal cosa brilla por su ausencia en el partido gobernante?, se preguntaba días atrás el analista Carlos Eduardo Martins. Y seguía: ¿qué pasó con la reforma agraria, congelada por la alianza con el agronegocio?; ¿por qué no se escuchan los reclamos de los pueblos originarios?; ¿qué se está haciendo ante la bomba de tiempo de la deuda pública, para cuyo pago se sacrifican las políticas sociales que deberían ser la seña de identidad de un Estado realmente democrático? Martins afirma con razón que mal podría el pueblo brasileño deslumbrarse ante los 20.000 millones de reales del programa Bolsa Familia cuando el pago de sólo los intereses de la deuda pública asciende 240.000 millones de reales. No se trata de disminuir la importancia del primero, sino de poner fin a la sangría originada por una deuda pública –ilegítima hasta la médula– que ha hecho de los banqueros y especuladores financieros los principales beneficiarios de la democracia brasileña o, más precisamente, de la plutocracia reinante en el Brasil.
Es imposible prever cual será el futuro de estas manifestaciones, pero de algo estamos seguros. El “¡que se vayan todos!” de la Argentina del 2001-2002 no pudo constituirse como una alternativa de poder, pero por lo menos señaló los límites que ningún gobierno podría volver a traspasar. Más aún, como ocurrió con las grandes movilizaciones populares en Bolivia y Ecuador, demostró que sus flaquezas y su inorganicidad, como las que hoy hay en Brasil, no les impedían tumbar a gobernantes que sólo gobernaban para los ricos.
Las masas que salieron a la calle en más de cien ciudades brasileñas pueden tal vez no saber adónde van, pero en su marcha pueden acabar con un gobierno que claramente eligió ponerse al servicio del capital. Brasilia haría muy bien en mirar lo ocurrido en los países vecinos y tomar nota de esta lección. Porque, tal vez, un nuevo ciclo de ascenso de las luchas populares esté dando comienzo en el gigante sudamericano. Si así fuera, sería una gran noticia para la causa de la emancipación de nuestra América.
* Director del PLED, Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.
MARCHAS EN VARIAS CIUDADES
Otro día de protestas en BrasilPor Gustavo Veiga
Hubo violencia en Minas Gerais y gestos pacíficos en Río. Los manifestantes esperan refuerzos para hoy.
San Pablo, Salvador y Belo Horizonte fueron los principales escenarios de las marchas de protesta que siguen sacudiendo a Brasil, mientras que la playa de Río de Janeiro amaneció tapizada de pelotas de fútbol como “instalación” de protesta contra los gastos en la Copa de Confederaciones que se realiza en estos días y del Mundial del año que viene. Hubo choques entre manifestantes y policías en la capital de Minas Gerais cuando las columnas se acercaban al Estadio Minerao, donde México le ganaba a Japón por dos a uno. Los agentes golpearon a los que protestaban y los atacaron con balas de goma y gases. Hubo tres civiles muertos y cuatro policías fueron llevados al hospital, uno grave. Lo mismo ocurrió en Salvador, Bahía, donde Brasil le ganó a Italia por cuatro a cero. Ni siquiera la selección nacional frenó la marcha al estadio Arena Fonte Nova, cerca del que hubo también duros enfrentamientos.
Los choques ocurrieron pocas horas después de que la presidenta Dilma Rousseff convocara por cadena nacional al diálogo a los dirigentes de las concentraciones que conmueven al país y que causaron al menos dos muertos. La mandataria convocó anoche a un “gran pacto” a gobernadores y líderes de las protestas sobre tres ejes: la elaboración de un plan nacional de movilidad urbana que privilegie el transporte colectivo, la asignación de la totalidad de las regalías petroleras a la educación y la contratación de médicos extranjeros para ampliar la atención del Sistema de Salud.
“Nos preocupa el hecho de que Rousseff haya hablado de la violencia de los saqueadores, lo que es justo, pero no mencionó con el mismo énfasis la necesidad de que las fuerzas policiales no cometan abusos de poder; es sintomático que las manifestaciones ocurren en plena Copa de las Confederaciones”, dijo Carlos Costa, fundador de Rio de Paz, la ONG que colocó 500 pelotas en la playa carioca de Copacabana como protesta.
“Este es el tipo de discurso que hizo que el pueblo vaya a las calles; son palabras sueltas dichas al viento, ella debería decir al público que oyó la voz de las calles y adoptará las siguiente medida: reducir a 20 el número de ministerios (actualmente son 39)”, dijo por su parte el senador Alvaro Dias, del opositor Partido de la Socialdemocracia.
En pleno centro de las críticas, la FIFA indicó ayer que no considera hasta ahora suspender la Copa Confederaciones, según su vocero Pekka Odriozola. “En ningún momento la FIFA ha considerado o discutido abandonar la Copa Confederaciones con las autoridades locales”, dijo Odriozola en una rueda de prensa en el estadio Maracaná, luego de que dos minibuses de la organización fueran atacados a pedradas el jueves por manifestantes en Salvador. “Estamos monitoreando la situación con las autoridades”.
La organización internacional Reporteros sin Fronteras denunció ayer que veinte periodistas fueron agredidos y varios heridos durante las manifestaciones de las últimas dos semanas. “Aunque la mayor parte de esas agresiones, a veces acompañadas de detenciones, hayan sido cometidas por policías militares, algunos manifestantes también se han mostrado hostiles hacia los periodistas que cubrían las protestas”, detalló la ONG.
El masivo movimiento de protesta, que se apoyó y organizó en las redes sociales, también cuestiona el modelo de medios que impera en Brasil, país con una muy alta concentración en la propiedad y las licencias. Esta semana, el periodista Caco Barcellos de la influyente televisora Globo –por lejos la mayor del país– fue cercado e insultado por unos cien manifestantes en San Pablo. Los manifestantes lo empujaron y le gritaron “manipulador”. En otros momentos, manifestantes incendiaron una camioneta de la TV Record apostada al frente a la intendencia paulista para transmitir la protesta del martes, y un automóvil de la televisora SBT en Río de Janeiro. El informe de Reporteros sin Fronteras recoge el caso de una reportera que recibió un chorro de vinagre en el rostro. Los manifestantes usan vinagre para mitigar el efecto del gas lacrimógeno que utiliza la policía. Pero, hasta ahora, los periodistas heridos fueron víctimas de la represión policial.
En otro desarrollo, el movimiento Pase Libre, paraguas de las protestas, denunció la presencia de “conservadores” en las marchas y ocasionales agresiones a grupos que participaron. “Consideramos que grupos conservadores se infiltraron en los actos para defender propuestas que no nos representan”, dijo Rafael Siqueira, portavoz de Pase Libre. Siqueira habló de grupos que piden la penalización del aborto o la reducción de la edad de responsabilidad penal, y hasta de un grupo neonazi. En particular, Pase Libre se dijo alarmada por las agresiones contra grupos que llevan banderas o carteles con consignas de izquierda.
Entre los grupos que denunciaron ataques está la Unión de Núcleos de Educación para Negras/os y la Clase Trabajadora, Uneafro. Su vocera, Bruna Provazi, dijo que sus militantes fueron atacados en San Pablo.
OPINION
Llegaron los muchachosPor Emir Sader *
¿Las grandes movilizaciones de las dos últimas semanas en Brasil llegaron como rayos en un cielo azul? ¿O eran previsibles e incluso tardaron en llegar? ¿Cuál es su significado, o son sus significados? ¿Qué puede alterar en la vida política brasileña?
Los gobiernos de Lula y Dilma promueven, desde hace mas de una década, un inmenso proceso de democratización social en el país más desigual del continente, más desigual del mundo. Junto con las trasformaciones dirigidas por Getúlio Vargas (entre los años 1930 hasta 1954, con un interregno entre 1945 y 1950) son los procesos más importantes de la historia brasileña, con varios aspectos comunes.
Por eso Lula logró ser reelecto y elegir a su sucesora, que se presenta como favorita para seguir dirigiendo Brasil a lo largo de la segunda década de gobiernos posneoliberales en el país (Ver “10 anos de governos posneoliberais no Brasil - Lula y Dilma, org. Emir Sader: www.flacso.org, con acceso libre e integral, lo cual ha permitido que ya lleguen a 500 mil los downloads del libro).
De repente surgieron las manifestaciones, a partir de la resistencia al aumento de tarifas del transporte urbano, para extenderse por todo el país con una rapidez y una masividad impresionantes. Se constituyó un movimiento –llamado Movimiento del Pase Libre (MPL)– que coordinó las manifestaciones, hacia el que han convergido un gran número de otras reivindicaciones, un movimiento protagonizado básicamente por estudiantes, con simpatía generalizada de la mayoría de la población.
Esta expansión fue posible porque se insertó en dos espacios respecto de los cuales el gobierno presenta debilidades particularmente concertadas. Por una parte, la ausencia de políticas hacia la juventud, segmento que buscó, con las manifestaciones, más allá de sus reivindicaciones concretas, afirmar su existencia como segmento específico, con voz y con poder de movilización.
En segundo lugar, el monopolio privado de los medios de comunicación –en contraste con los procesos de democratización en tantas otras esferas de la sociedad brasileña– sigue siendo intocable, derrotado sistemáticamente por el voto popular, pero manteniendo su poder de influencia, especialmente las cadenas televisivas.
En principio, como ocurre con todas las manifestaciones populares, la prensa privada buscó descalificarlas por la violencia que, desde su comienzo, se hizo presente al final de las manifestaciones, con actos vandálicos que, a su vez, tuvieron respuestas aún más violentas de las Policías Militares –uno de los factores que favorecieron la rápida difusión y expansión de las movilizaciones–. Pero enseguida los monopolios mediáticos se dieron cuenta de que las movilizaciones podrían desgastar al gobierno y pasaron a actuar de forma concentrada para magnificar las manifestaciones, intentando, a la vez, influenciarlas, buscando imponer los lemas de la oposición sobre las manifestaciones.
La combinación de esos dos factores explican, en lo esencial –además de otros, como la dureza de las condiciones de vida urbana, que hicieron que, no por caso, el movimiento se haya iniciado en San Pablo, la ciudad más rica y con mayores desigualdades del país, que sólo hace pocos meses dejó de ser dirigida por la oposición, con la elección de un alcalde del PT–, la irrupción brusca y poderosa del movimiento.
Después de vacilaciones de los gobernantes municipales, el movimiento logró su primera gran victoria, con la cancelación del aumento de las tarifas urbanas. Que es acompañada del triunfo de poner en discusión nacional la precariedad de los transportes, así como el tema crucial de su financiamiento, el rol de los sectores público y privado –uno de los temas recogidos por la presidenta Dilma Rousseff para proponer un Plan Nacional del Transporte urbano, organizado conjuntamente por el gobierno federal, autoridades provinciales y municipales, así como por movimientos vinculados con las manifestaciones y otras fuerzas populares.
Asimismo, más allá de esos aspectos específicos, el movimiento representa el ingreso a la vida política de una nueva generación de jóvenes, con sus formas específicas de acción y sus reivindicaciones propias. Hasta aquí, a pesar del inmenso apoyo popular y del amplio proceso de respaldo de las fuerzas populares a los gobiernos de Lula y Dilma, la vida política brasileña no contaba con la participación de los sectores emergentes de la juventud. Se supone que, a partir de este momento, serán un factor nuevo y con capacidad de movilización con el que tendrán que contar el gobierno y la política brasileños.
Pero, a la vez, las movilizaciones han tenido, desde su comienzo, un aspecto ya mencionado, que ha significado un factor de debilidad –las acciones violentas al final de las manifestaciones, con enfrentamientos con la policía y la destrucción de edificios públicos y de tiendas del comercio, de forma generalizada–. Cuando el movimiento logró su primer triunfo, su propia dirección suspendió nuevas movilizaciones, por ese elemento externo de violencia que se insertó en las concentraciones, así como por los intentos de la derecha –especialmente a través de los medios– de imponer lemas conservadores al movimiento, especialmente la hostilidad hacia los partidos políticos y hacia los movimientos sociales, que ha desembocado en agresiones a sus militantes por hordas, algunas de ellas, explícitamente identificadas con lemas y formas de acción fascistas.
A partir de la reducción de las tarifas, el movimiento afirmó que seguirá luchando por la gratuidad del transporte público, pero suspende nuevas manifestaciones, por los intentos de influir de sectores externos al movimiento. Pero los que promueven la violencia han intentado dar continuidad a las movilizaciones, ahora ya sin la masividad de las convocadas anteriores por la dirección del MPL, donde ya priman las acciones violentas, sin las reivindicaciones originales y sin la simpatía de los otros sectores de la población.
La presidenta Dilma Rousseff, después de una intervención inicial, donde reconocía la legitimidad del movimiento y reconocía que el gobierno estaba atento a las demandas de las movilizaciones, intervino de forma más sistemática el día 21, por cadena nacional. A la par de alabar la capacidad de movilización y las demandas del Movimiento, Dilma mostró amplia receptividad hacia ellas y propuso medidas y encuentros concretos para su discusión e implementación.
Mucho ya se ha escrito sobre las movilizaciones, con apresurados intentos –sociológicos y otros– de captar sus significados, mal disfrazando sus intereses y deseos propios. Desde que se agotaron los gobiernos del PT, hasta que los partidos habían desaparecido, pasando por los intereses de fuentes europeas de que el Campeonato Mundial de Fútbol no se realizara en Brasil, los rencores en contra de Brasil y de su gobierno se acumularon, como si se tratara de un final apocalíptico de una quimera pasajera de avances –en realidad extraordinarios– de una década, que en Brasil –junto a la figura de Lula– se han proyectado como referentes mundiales.
La oposición interna, asociada a sus aliados externos dirigida siempre por las pocas familias que controlan los principales medios privados de comunicación, buscan, desesperadamente, impedir la victoria de Dilma Rousseff en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Todo su terrorismo económico respecto de un supuesto y nunca concretado “caos energético”, así como sobre un supuesto “descontrol inflacionario” –que anda alrededor del cinco por ciento anual en condiciones, cuando la actual oposición convivió con índices de más del mil por ciento al año– están en función de las elecciones presidenciales, cuando la derecha puede cosechar su cuarta derrota consecutiva, sumada al fantasma de que Lula podría volver a candidatearse en 2018, prolongando para más de una segunda década el posneoliberalismo en Brasil.
Movilizaciones con la amplitud de éstas, de todas maneras, representan de-safíos para todos –antes de todo para el gobierno, para el PT, para los movimientos sociales y todo el campo político de la izquierda, así como del pensamiento social–. Visiones economicistas de la izquierda tradicional tienen dificultades para comprender la juventud como categoría específica y todos los temas vinculados con ella.
El gobierno brasileño no ha puesto en debate el tema del derecho al aborto, el de la descriminalización del consumo de drogas, tampoco avanza en la democratización de los medios de comunicación –para mencionar apenas algunos de los tantos temas que atañen más directamente a la juventud–. Arrastra así una gran fragilidad respecto de esos sectores, fenómeno para el cual fue obligado a despertar de forma brusca e inesperada y tiene una posibilidad de ponerlos en la agenda, en la disputa por la conquista de esos sectores entre la derecha y la izquierda.
Es todavía temprano para saber cómo esas movilizaciones afectarán el futuro político de Brasil –volcado, en lo esencial, hacia las presidenciales del 2014–. Los medios tratarán de manipular, como siempre, las consecuencias, con sus encuestas amañadas y su nunca disfrazado rol de partido político de una oposición debilitada. Con candidatos sin apoyo popular buscan desgastar al gobierno, sin esperanzas de que sus posibles candidatos puedan conquistar los sectores jóvenes. Algunos sectores de éstos podrán votar por Marina Silva y su discurso ecologista ya desgastado, pero los otros posibles candidatos de la oposición, empezando por el más importante, Aecio Neves, no tienen ninguna receptividad entre esa juventud.
El gobierno y la izquierda, habiendo demostrando gran fragilidad e incapacidad de reacción frente a las movilizaciones, podrán ser afectados negativamente o ser capaces de renovarse y no buscar únicamente soluciones a los problemas planteados por el movimiento, sino incorporar temas que interesan directamente a los jóvenes, así como la juventud como tal, como agente político sin el cual difícilmente se pueda proyectar el futuro del país.
Lo peor que podría pasar a Brasil –un país con un contingente inmenso de jóvenes en su población– sería contar con una juventud ausente, pasiva, volcada hacia otros temas que no sean los de la política, la sociedad y el Estado.
Esos jóvenes no han golpeado a la puerta de la política, sino que la han tumbado, con sus gritos y sus formas de ser. Han tomado de sorpresa a viejos políticos que todavía ocupan los espacios centrales de la política brasileña, en contraste con la juventud de su población. Es hora de renovar la política y sus cuadros, para que la irrupción de esos jóvenes no se reduzca a un fenómeno mediático y de aburridos estudios sociológicos, que hablan más de sí que de la realidad.
Brasil, que supo colocar el tema central en el continente de la desigualdad social como prioritario, tiene ahora el desafío de pasar de la democratización social a la democratización política –empezando por el financiamiento público de las campañas electorales– y por la democratización cultural –empezando por el fin de los monopolios mediáticos– y la discusión de los temas que ocupan más directamente a la juventud.
* Intelectual brasileño, autor de El Nuevo Topo, Los caminos de la Izquierda Latinoamericana (Siglo XXI), coordinador de Latinoamericana Enciclopedia Contemporánea de América Latina y el Caribe (Akal), así como de 10 años de posneoliberalismo no Brasil - Lula e Dilma (Boitempo).
Fuente:Pagina12
Brasil
Un movimiento inédito y sorprendente
21/06/2013
Por Emir Sader*
Las movilizaciones de las últimas semanas en Brasil, encabezadas por jóvenes, ponen en evidencia, a partir del intento de aumento del transporte público, las contradicciones de un modelo que, si bien ha avanzado en la democratización de la sociedad, todavía tiene deudas pendientes, especialmente con la juventud.
Quienquiera que busque encontrar interpretaciones acabadas de las movilizaciones de las últimas semanas en Brasil seguramente estará dando una interpretación reduccionista de lo que sucede en las principales ciudades del país. El detonante del movimiento fue el aumento -pequeño en cifras- de las tarifas de transporte público, pero ya en sus comienzos se autodenominaba como “de pase libre”, esto es, reivindicando el derecho al transporte como derecho público y que, como tal, debiera ser gratuito.
Fueron básicamente jóvenes. El principal programa televisivo de debates invitó a dos líderes del movimiento -porque sí, el movimiento tiene liderazgos-, los dos, un chico y una chica, estudiantes de derecho y de historia de la Universidad de San Paulo, por lo tanto, originarios del medio estudiantil. Muy politizados, de izquierda, no antipartidarios, con conciencia de los intentos de la derecha -vía medios de comunicación- de utilizarlos en contra del gobierno.
Las manifestaciones se replicaron prácticamente por todas las grandes ciudades brasileñas -empezando por la rica y con mayores contrastes y dificultades de la vida urbana, San Paulo-, lo que revela el grado y la intensidad de las contradicciones sociales en las metrópolis brasileñas.
Brasil -el país más desigual del continente, más desigual del mundo- en los últimos diez anos atraviesa un proceso formidable de democratización social, que ha cambiado radicalmente la fisionomía de su sociedad, a favor de los más pobres. Sobre eso no queda ninguna duda.
Pero, en ese marco, no hay políticas para la juventud por parte del gobierno federal. Consultados, seguramente la gran mayoría de los jóvenes vota al candidato del gobierno. Pero, sobretodo por los efectos de la mejoría en la situación general de las familias, así como por la existencia de muchos más cupos en las universidades, y también más puestos de trabajo.
Sin embargo, los temas específicos de la juventud no son atendidos por programas dirigidos directamente hacia ella. Ni respecto a la descriminalización de las drogas livianas, ni respecto a la legalización del aborto, entre otras cuestiones.
El mayor líder político que Brasil ha tenido -Lula- no tiene un discurso específico hacia los jóvenes, no dialoga directamente con ellos.
El movimiento logró su primer objetivo, con la cancelación del aumento de las tarifas públicas. Haber logrado conquistar ese objetivo genera más ánimo al movimiento para seguir adelante.
La oposición -los medios privados, que hacen como de partido da la oposición- pasó de condenar a las movilizaciones a promoverlas de manera desproporcionada, cuando se dio cuenta que podría desgastar al gobierno, buscando introducir sus consignas. Así como, desde otro lado, sectores extremistas trataron de terminar con las marchas, con actos generalizados de violencia, con la destrucción de espacios públicos.
El movimiento se encuentra ahora frente a la disyuntiva sobre los próximos pasos. Por su formulación original, pretende poner en debate la gratuidad del transporte público -tema mucho más complicado, porque, entre otras cosas, supondría elevar mucho los impuestos-. Pero el debate del financiamiento de los transportes públicos está planteado, lo cual es otro logro del movimiento.
En las próximas semanas se podrán mensurar los efectos que este movimiento inédito y sorprendente tendrá sobre la política brasileña.
Fuente:RedaccionRosario
Referentes del arte y el deporte dan su apoyo
Los ídolos celebran la reacción popular
Caetano Veloso destacó que las marchas sirven para poner a pensar a los brasileños
Referentes de la música y el deporte no quedaron ajenos a las multitudinarias manifestaciones vividas en Brasil en las últimas semanas. La mayoría celebró la reacción popular y depositó su confianza en que, a partir de ahora, su país experimentará un cambio positivo. "Las protestas están dando voz a sentimientos aún no articulados, pero sirven para poner a pensar a los brasileños", resumió el cantautor Caetano Veloso.
Milton Nascimento, con un largo historial de militancia, también se expresó emocionado con las protestas y consideró que el pueblo está pasando la cuenta y que va a "cobrar caro". La cantante Daniela Mercury se hizo eco de los reclamos en el mismo sentido. "Viva la democracia. Finalmente el pueblo brasileño despertó y resolvió tomar para sí el poder que es suyo. Soñé con este momento", afirmó la intérprete en su cuenta de Twitter.
El ex futbolista Romario, que actualmente es diputado por el Partido Socialista Brasileño (PSB), también respaldó las protestas y atacó a la FIFA, a quien acusa de ser "el verdadero presidente de Brasil hoy". Por último, crítico al también ex goleador de la selección, Ronaldo, por haberse integrado al Comité Organizador Local del Mundial 2014.
Ronaldo se defendió señalando que "el pueblo no está contra el Mundial, sino contra el desvío de dinero". Finalmente, celebró que el pueblo haya "despertado".
En soledad
Pelé
Pelé pidió "olvidar las protestas" y apoyar a la selección. Un mensaje repudiado por sus pares.
Se registraron marchas masivas en Belo Horizonte y algo menores en Salvador de Bahía, donde se jugó el partido Brasil-Italia
Hubo choques con la policía, pero disminuyen las protestas en Brasil
Al tiempo que bajaba la tensión luego del discurso de Dilma Rousseff, las consignas de ayer fueron virando y el reclamo inicial por un boleto gratuito y una mejora en la educación y la salud públicas quedaron en segundo plano.
Las calles brasileñas parecen recuperar, aunque lentamente, su ritmo habitual. Al menos esa es la sensación que quedó el día después de que la presidenta Dilma Rousseff asegurara en cadena nacional haber escuchado los reclamos de la calle y prometiera impulsar un pacto nacional para mejorar los servicios públicos y una reforma política. En algunas ciudades se repitieron las movilizaciones aunque con menor concurrencia y consignas más amplias. La mayor se produjo en Belo Horizonte, donde una manifestación de 60 mil personas culminó con enfrentamientos con la policía.
Entre los carteles con consignas escritas a mano que llevaban los manifestantes en la capital de Minas Gerais se destacaban, principalmente, aquellos que pedían una mejora en el transporte público y que repudiaban el proyecto de reforma constitucional conocido como PEC 37. Esta propuesta generó controversia porque plantea que las policías federales y estaduales deberían tener la exclusividad de las investigaciones por delitos penales, un hecho que restringiría el poder del Ministerio Público Fiscal y que algunos leen con suspicacia como parte de un enfrentamiento entre el Ejecutivo y el Poder Judicial.
También se observaban pancartas que se oponían a otro proyecto de ley aprobado por la comisión de Derechos Humanos de la Legislatura y que considera a la homosexualidad como una enfermedad para la que propone un tratamiento psicológico de "cura". La marcha fue pacífica hasta que un grupo de personas intentó superar el vallado interpuesto por la policía. La respuesta de los uniformados no tardó en llegar en forma de gases lacrimógenos y balas de goma.
En Salvador de Bahía, donde la selección brasileña de fútbol se enfrentó con su par italiano, también se vivieron manifestaciones que se caracterizaron por la falta de una clara organización. Pasado el mediodía, unas 5000 personas se reunieron en la céntrica plaza Campo Grande y tras permanecer allí un rato con carteles que pedían "tarifa cero" de transporte, el grupo se partió. Una columna menor, en la que había varias personas encapuchadas, decidió dirigirse al estadio Fonte Nova. Allí se topó con el perímetro de seguridad. Un nuevo enfrentamiento con la policía terminó con más gases lacrimógenos, balas de goma y un contenedor de basura prendido fuego.
El tenor de las marchas también decreció en las ciudades de San Pablo y Río de Janeiro, principales protagonistas de las manifestaciones de los últimos días. Hacia la tarde de ayer, el diario Folha de São Paulo informaba que unas 30 mil personas habían logrado cortar la avenida Paulista en reclamo también contra la PEC 37.
Entre ellos no había ninguno que se identificara como miembro del Movimiento Pase Libre (MPL), uno de los grupos referentes de las convocatorias hasta el jueves, y que al día siguiente señalaron que dejarían de participar de las marchas ante el aprovechamiento que estaban haciendo de ellas los grupos de derecha.
Ayer el MPL explicitó su posición en la red social Facebook, aunque aclaró que "no van a interrumpir su lucha hasta lograr la tarifa cero".
El perfil de los manifestantes
Casi ocho de cada diez paulistas apoyan las protestas, consignó la consultora brasileña Datafolha, que además realizó un perfil de las personas que concurrieron en San Pablo a la masiva marcha del jueves por la noche que reunió en la capital económica del país a más de 65 mil personas. Según la empresa, que pertenece al grupo editor del diario Folha de São Paulo, la mayoría de los manifestantes son jóvenes, con estudios universitarios y que confían en la democracia como el mejor sistema político posible.
La mayoría de los ciudadanos de San Pablo que participaron de las manifestaciones tenía entre 21 y 35 años (63%), había cursado o estaba cursando estudios universitarios (78%) y no se sentía representado por ningún partido político (72%). Datafolha apenas registró que un 6% de los más de 800 encuestados eran simpatizantes del gobernante Partido de los Trabajadores (PT) o del conservador Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB). Los manifestantes se consideraron principalmente de centro (31%) y, en segundo lugar, de izquierda (22%).
Fuente:TiempoArgentino
La rebelión de los hijos de Lula
Año 6. Edición número 266. Domingo 23 de junio de 2013
Por Eduardo Vior
internacional@miradasalsur.com
Después de trece días de crecientes movilizaciones, el Movimiento Passe Livre quería festejar el jueves pasado la cancelación del aumento en las tarifas del transporte público en las principales urbes, pero perdió el control de las masas. El desplazamiento del centro de agitación de San Pablo a Río de Janeiro marcó un cambio en el movimiento. En la antigua capital, favelas gigantescas colindan con barrios residenciales, la red de contención social es nás tenue, las elites son más corruptas y la policía es más violenta. Allí es mucho más difícil encontrar canales de negociación. El movimiento se desbordó y nadie sabe hacia dónde. Por eso es tan aguda la lucha por su control entre la Presidenta y los medios reaccionarios.
Dos millones de personas se manifestaron en 80 ciudades, triplicando la suma de dos días antes. 300.000 lo hicieron en Río, 110.000 salieron a la calle en San Pablo, 80.000 en Manaos, 50.000 en Recife y 20.000 en Belo Horizonte y Salvador. Desde las manifestaciones que llevaron a juicio político a Fernando Collor en 1992 no se movilizaba tanta gente. Luego se repitieron las escenas de días anteriores: pequeños grupos se desprendieron de las manifestaciones, atacaron organismos públicos y saquearon comercios. En Internet puede verse cómo operan, sin que la policía intervenga; acto seguido, comienzan las refriegas callejeras, con gases lacrimógenos, gas pimienta y balas de goma. En Brasilia, la Policía Militar logró impedir que manifestantes invadieran el predio del Congreso Federal, como había sucedido el martes. Corresponsales de la BBC denunciaron haber sido atacados directamente por la policía al identificarse como periodistas. La novedad del jueves fueron los masivos ataques que sufrieron militantes del PT y de partidos de extrema izquierda, para que bajaran sus banderas y abandonaran la marcha en San Pablo.
Las protestas comenzaron el 6 de junio contra los aumentos de veinte centavos de real de los pasajes de los ómnibus urbanos en San Pablo y Río. En la capital paulista, los boletos pasaron a R$ 3,20 (U$S 1,40). Con sueldos brutos para las categorías bajas iguales o menores que los de los argentinos, los costos que el pueblo brasileño paga por los malos servicios públicos, su endeudamiento con las tarjetas de crédito a tasas del 40% anual y la inflación del 6,5% que, aunque baja, perfora los bolsillos de quienes viven con lo justo, hicieron que veinte centavos fueran la gota que rebasó el vaso. Los gigantescos gastos estatales con las obras preparatorias de la Copa de las Confederaciones actualmente en curso, la venida del Papa a Río de Janeiro en julio próximo, la Copa Mundial de Fútbol el año próximo y los Juegos Olímpicos de 2016 se perciben como un insulto. Los constantes malos tratos policiales humillan e indignan. “Basta de corrupción - Cambiemos Brasil”, reza una pancarta repetida; “Alto a los malos tratos”, pone otra; “Vamos a las calles: es el único lugar donde no pagamos impuestos”, convoca la tercera; “Si el gobierno no trae educación, vendrá la revolución”, amenaza la cuarta.
Dilma Rousseff canceló su planeado viaje a Japón, el vicepresidente Michel Tenner (PMDB) regresó raudamente al país y el viernes ambos se reunieron con los principales ministros y los líderes del oficialismo en el Congreso, para decidir el curso a seguir. La presidenta ya se había solidarizado el martes públicamente con las reivindicaciones de los manifestantes, pero no bastó para apaciguarlos.
“Ningún político nos representa –dijo Jamaime Schmitt, una joven ingeniera que estuvo en las marchas–. Ya no se trata solamente de los pasajes de ómnibus. Pagamos altos impuestos y somos un país rico, pero esto no se nota en nuestras escuelas, hospitales y carreteras”. Una encuesta entre los manifestantes que asistieron a las marchas de esta semana en San Pablo llevada a cabo por el grupo Datafolha dice que el 77% de los que protestan tienen un título universitario, el 53% son menores de 25 años y el 84% dice que no pertenece a ningún partido político.
La Policía Militar multiplicó en Río sus efectivos por diez en el transcurso de la semana. Las críticas contra las represiones violentas se escuchan en todo el país. “Estábamos completamente tranquilos, cuando comenzaron a arrojarnos gas. La gente estaba aterrorizada,” declaró Alessandra Sampaio, una de las manifestantes. Victor Bezerra, estudiante de Derecho, comparó la acción policial con la de la dictadura: “La policía está actuando como hace treinta años”.
Los jóvenes organizadores del Movimiento por el Pase Libre (que se dicen de izquierda) respiraron aliviados el miércoles pasado cuando acordaron con el alcalde paulista Fernando Haddad la cancelación del aumento y la constitución de una comisión para explorar la posibilidad de instaurar el transporte público urbano gratuito. Tenían miedo de que el movimiento se saliera de cauce y se convirtiera en un alzamiento contra el gobierno federal.
Mientras tanto, el presidente de la Cámara de Diputados, Henrique Eduardo Alves (PMDB) postergó el debate sobre la Propuesta de Enmienda Constitucional (PEC) 37, que limita el poder de investigación criminal del Ministerio Público Fiscal. Aunque la Constitución de 1988 da a la Policía Federal el monopolio de las investigaciones criminales, se hizo habitual que las fiscalías pesquisaran por su cuenta. Este uso permitió que salieran a la luz muchos casos de corrupción. Por ejemplo el “mensalão” fue investigado por el fiscal general Roberto Gurgel al margen de la policía. Para limitar este poder descontrolado, se presentó en el Congreso la PEC 37 que acentúa la disposición constitucional dando como única a la policía la facultad de investigar hechos criminales. Sin embargo, como el juicio contra los líderes del PT en el Supremo Tribunal Federal (STF) fue muy popular, los manifestantes también exigen que se retire la PEC.
Es sintomático que todas las manifestaciones transcurran pacíficamente hasta que pequeños grupos organizados se desprenden para cometer vandalismo, atacar organismos públicos y saquear comercios. En ese momento, las policías militares atacan a la masa con gran violencia y las cámaras de TV los siguen. Las características de Pierre Ramon Alves de Oliveira, el más exaltado de los manifestantes que depredaron el edificio de la alcaldía de San Pablo el martes pasado, explican el perfil de casi el 80% de los 69 presos de ese día: hijos de familias de clase media baja, estudiantes, trabajadores ocasionales, usuarios habituales de gimnasios, consumidores compulsivos de internet y enojados con la situación nacional. La mayoría tiene entre 17 y 22 años y no está vinculada a partidos u organizaciones como el Movimiento “Passe Livre”. Una minoría pertenece a los punks que se infiltran en cualquier movimiento.
La represión policial es señalada generalmente como uno de los factores determinantes de la masificación de las protestas en las últimas semanas. A esto se añaden la insatisfacción con los altos costos de vida y los pésimos servicios públicos y la ola internacional de los movimientos de indignados.
El movimiento se expandió por las redes sociales y la policía ya sabía quiénes, cuándo y dónde cometerían desmanes. Bajo la influencia de las recientes revelaciones sobre el accionar cibernético de los servicios de inteligencia norteamericanos algunos periodistas de Carta Maior y blogueros buscan en ese rincón a los responsables de la asonada y las acciones violentas.
Cláudio Couto, profesor en Fundación Getulio Vargas (FGV) de Río de Janeiro, tiene un diagnóstico pesimista: “¡Qué burra y peligrosa es la clase media brasileña, que creció gracias a este gobierno y a la actual política económica de crédito fácil e intereses reducidos! Se incentiva un consumo desenfrenado y sin límites, pero no se habla de educación ni salud. La renta per cápita puede haber aumentado, pero la disparidad entre el 10% más pobre y el 10% más rico no ha cambiado en los últimos 25 años. La mitad de la renta total de Brasil está en las manos del 10% más rico y el 50% más pobre se divide entre sí apenas el 10% de la riqueza nacional,” señaló.
“¿Ahora viene una clase media torpe a tomar las calles con un movimiento que se inició con una consigna que favorece específicamente al pobre marginalizado que no tiene el derecho básico de circular libremente por la ciudad?”, pregunta retóricamente. “Porque era eso lo que se veía ayer entre los más de 150 mil manifestantes”, continuó. “Fue impresionante ver cómo la mayoría de las personas no estaba allí por ideales políticos, por el cambio social o indignados con las pestes que asolan nuestro país. Era pura y simplemente interés en luchar por algo que se desconoce o por un cambio no en relación a la voluntad y a los anhelos de los pobres, sino a los intereses de la clase media”, concluyó.
Un ex alumno brasileño preguntó a este periodista desde San Pablo si pensaba que la nueva clase media puede aprovechar el momento para poner en práctica sus ideas conservadoras camuflándolas con consignas libertarias. Excepto la exigencia de que el Congreso rechace las PEC, no se notan reivindicaciones políticas progresistas y las manifestaciones sólo se dan en los ejes centrales de las ciudades, sin participación de los arrabales. Por supuesto que es imposible dar a la distancia una respuesta definitiva a tal pregunta, pero que la misma se plantee ya indica lo fluido de la situación.
Según Saúl Leblon, de Carta Maior, las calles están imponiendo una nueva agenda política. No necesariamente contra las conquistas de los últimos años, pero sí contra las maniobras parlamentarias y palaciegas a espaldas del pueblo. En cambio ve como muy grave el accionar policial: “Tenemos una Policía Militar que no cambió con la llegada de la democracia”, constata. “Sigue actuando como en la época de la dictadura. Esa manera de operar de la policía es un tema que también debe ser tratado”, propuso.
Para el sociólogo Ricardo Antunes, profesor de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), “el proyecto en curso en los últimos años que beneficia a las clases dominantes, al sector financiero, al agronegocio, a la minería, aunque combinado con la minimización de los niveles de miseria, no alteró estructuralmente el orden económico y social”. El profesor de la Unicamp destaca que el descontento de las clases medias se da en un contexto internacional que provoca un “efecto demostración”. Todo ese movimiento en Europa y EE.UU., según Antunes, adquiere mayor proporción gracias a internet. “La comunicación no depende más de los medios oficiales”, comentó.
Un movimiento que creció tanto en tan poco tiempo y sin consignas claras desorienta a sus intérpretes y alienta los esfuerzos para imponerle un sentido. Especialmente los medios conservadores intentaron apropiarse del fenómeno, pero fracasaron. Al principio interpretaron las protestas como dirigidas contra los gobiernos locales progresistas. Luego comenzaron a denunciar a los “vándalos”. Enseguida fueron sobrepasados por la violenta represión policial, por lo menos en San Pablo protegida por la misma gestión estadual que estos medios apoyan. La semana pasada quisieron nuevamente presentar las movilizaciones como opositoras. Sin embargo las protestas se dirigieron también contra el gobernador conservador de San Pablo, G. Alckmin, y los periodistas de O Globo fueron expulsados de las manifestaciones.
Uno de los reclamos más enérgicos de los manifestantes se dirige contra la policía. Herencia maldita del Imperio, la república conservadora y, sobre todo, de la dictadura, la Policía Militar es a la vez reserva del Ejército y única policía desplegada en todo el territorio. Depende de los gobiernos estaduales y, por lo tanto, es un instrumento privilegiado para defender los intereses de los poderosos locales. Todas las PM están formadas y entrenadas para la “guerra contra el crimen” y así encaran la seguridad: no les interesa ni la prevención ni la contención, sino la represión masiva. 10.000 hombres entrenados en la lucha antiterrorista protegen en Brasilia el palacio presidencial y el Congreso. Aviones no tripulados fotografían cada centímetro de manifestación. Todos los intercambios en las redes sociales están registrados.
El movimiento de masas se salió de cauce. Superó la reivindicación originaria por la anulación del alza del boleto de ómnibus, intensificó sus demandas contra la corrupción y la violencia policial, pero rechaza a todos los partidos políticos por igual. Puede todavía convertirse en un movimiento democratizador, pero para ello debe liberarse de la maniobra de cooptación de los medios conservadores y organizarse para prevenir las provocaciones.
El PT y los partidos a su izquierda deben repensar su modo de hacer política. El primero, encapsulado en el poder, perdió la sintonía de las calles. Los segundos hicieron estos días gala de un sectarismo suicida y también fueron raleados de las marchas.
Brasil está viviendo un movimiento de masas vigoroso y bastante espontáneo que se extiende y amplía, sin que nadie pueda todavía conducirlo o aprovecharlo. El juego está todavía abierto. Si el PT y las fuerzas de izquierda consiguen reconectarse, puede derivar en una profunda democratización que acabe con los resabios dictatoriales que todavía frenan el país. La Presidenta debe hallar la palabra justa para interpelarlo, pero aún más debe encontrar los gestos que lo conformen. La derecha no logró cooptarlo... todavía. Puede dispersarse, pero reaparecerá con más fuerza la próxima vez, porque en estas dos semanas Brasil cambió radicalmente. Ya nadie más podrá gobernar sin las masas movilizadas. Es bueno que las dirigencias políticas lo tengan en cuenta.
Fuente:MiradasalSur
Paz y negociación: Dilma quiere acordar en armonía
Año 6. Edición número 266. Domingo 23 de junio de 2013
Por Ricardo Romero. Sur en América Latina
internacional@miradasalsur.com
Dilma acuerda. Paz social que excluya a los violentos.
Propuesta presidencial tras las manifestaciones.
Oportunamente, la presión de la Federación Internacional del Fútbol Asociado (FIFA) por la habilitación de venta de bebidas alcohólicas y por la realización de las obras de infraestructura, con licitaciones ad hoc en tiempo récord, provocaron incluso la renuncia de un secretario de Deportes. En tal sentido, el intento de trasladar los costos de inversión en transporte a los habitantes de las sedes del evento fue la punta del iceberg del conflicto que irrumpió en las calles brasileñas.
Las primeras convocatorias fueron realizadas por el Movimiento Pase Libre, impulsado por organizaciones de izquierda, pero a lo largo de las jornadas fueron desbordados por la convocatoria de las redes sociales (y los medios de comunicación) que desplazaron la protesta contra el opositor Geraldo Alckim (gobernador de San Pablo) hacia todo el espectro político, alcanzando a la misma presidenta Dilma Rousseff.
Así, el reclamo contra el aumento en las tarifas del transporte se vio incrementado por reclamos que van desde el pedido de mayor transparencia e inversiones en educación y salud, hasta ataques a la política en general. Si bien es destacable el componente juvenil de los manifestantes, algo que hacía recordar al Impeachment contra Fernando Collor de Melo en 1992, el perfil antipartidario y apolítico del mismo es muy diferente al movimiento que provocó aquella destitución hace veintiún años.
Esta situación provocó la suspensión de un viaje a Japón de Dilma Rousseff, quien se reunió de emergencia con su equipo para analizar la canalización de esta protesta y sus perspectivas, teniendo presente que la visita de Francisco I a la Jornada Mundial de la Juventud Católica se produciría el próximo 22 de julio.
Por cadena nacional, la presidenta se dirigió al pueblo brasileño para exponer una propuesta de negociación que, aclaró, queda condicionado a la paz social. En su alocución, Rousseff celebró las “movilizaciones pacíficas y democráticas”, pero remarcó que actuará con firmeza contra los violentos. “El gobierno y la sociedad no pueden aceptar que una minoría destruya el patrimonio público y privado”, sentenció.
Así, Rousseff propuso una gran negociación, con los gobernadores, las autoridades locales y hasta con los mismos líderes de la protesta, que permita avanzar en mecanismos de transparencia y que garantice no sólo inversiones en un sistema de movilidad urbana, sino que además aporte a las partidas presupuestarias en salud y educación, destacando especialmente el proyecto que presentó para orientar los ingresos petroleros prioritariamente hacia esas áreas. Con estas acciones, la presidenta espera volver a un marco de paz.
Fuente:MiradasalSur








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