11 de junio de 2013

LEOPOLDO MARECHAL.

Fragmento de Adán Buenosayres.
Leopoldo Marechal 
A tu regreso habías realizado aquella nueva confrontación en dos mundos. Volvías a tu patria con una exaltación dolorosa que se manifestaba en urgencias de acción y de pasión, y un deseo de hacer vibrar las cuerdas libres de tu mundo según el ambicioso estilo que te habían enseñado las cosas de allende. Pero tu mundo escuchaba en frío aquel mensaje de grandeza; y en su frialdad no leías, ciertamente, una falta de vocación por lo grande, sino el indicio de que todavía no era llegada la hora. Después había caído sobre ti la noche verdadera. Adán Buenosayres vuelve a cargar su pipa: llueve otra vez con fuerza detrás de su ventana. Quiere aferrarse aún a las imágenes que ha revivido y calentado en su memoria; pero las imágenes huyen, se pierden en la lejanía, regresan a sus horrorosos cementerios. Lo pasado es ya una rama seca, nada le anuncia lo presente, y lo porvenir no tiene color delante de sus ojos. Queda un Adán vacío frente a una ventana desierta. “Qué tan doloroso extremo lo conducía...”


LEOPOLDO MARECHAL
Nació el 11 de junio de 1900, en la ciudad de Buenos Aires. Era hijo del uruguayo, Alberto Marechal y de la argentina, Lorenza Beloqui. En 1916, ingresa al Instituto Mariano Acosta. Al morir su padre en 1918, su familia sufre una grave crisis financiera. Su hermano menor, Alberto, ocupa el trabajo de su padre en la fábrica, y Leopoldo ingresa en la Biblioteca Popular Alberdi, como Bibliotecario. Fue docente de nivel primario y secundario, y Director de Bellas Artes. Colaboró en el periódico “Martín Fierro” y en la revista “Proa”. Sus primeras obras son fundamentalmente poéticas: “Los aguiluchos” (1922), “Días como flechas” (1926) y “Odas para el hombre y la mujer” (1929), que obtuvo el Premio Municipal de Poesía. Enrolado en el ultraísmo, utiliza versos libres, metáforas vanguardistas y manifiesta preocupación por el orden y la armonía, basado en el clasicismo y en su inspiración platónica. Sus poesías posteriores adoptan la forma clasicista como: “Laberinto de amor” (1936), dedicado a su esposa María Zoraida Barreiro, quien falleció en el año 1947, “Cinco poemas australes” (1937), “El Centauro” (1940), “Sonetos a Sophía” (1940) y “Heptamerón” (1966), donde revela una profunda introspección y una búsqueda de su propia esencia. La vida, la patria, la alegría y la muerte se conjugan en esta obra. Ese mismo año la influencia teológica lo conduce a reflexionar sobre el avance tecnológico como fuerza destructora de la naturaleza y de la vida espiritual. Así nace “El poema del Robot”. Profundamente católico, imbuido en la escolástica, la manifestó en “Descenso y ascenso del alma a la belleza” (1939) y “Autopsia de Creso” (1965), donde se observa la impronta de Platón, Aristóteles, San Isidoro y San agustín. Viajó a Europa en vísperas y posteriormente a la Segunda Guerra Mundial y fue un ferviente partidario del peronismo. Ocupó cargos oficiales entre 1944 y 1955. Se destacó también en teatro, sobre todo con “Antífona Vélez” (1951) y “Las tres caras de Venus” (1966). Mención especial merece su novela “Adán Buenosayres” (1948), donde relata una Buenos Aires convulsionada de repente, a tres días de la muerte del protagonista, donde con descripciones dantescas recorre distintos escenarios y comparte ideas con distintos y singulares personajes. El apellido Buenosayres proviene del seudónimo con que lo denominaban los niños del pueblo de Maipú (a donde viajaba de pequeño a visitar a sus tíos) por ser de la capital. “El banquete de Servio Arcángelo” (19659 y “Megafón o la guerra” (1970), son otras de sus novelas. Falleció en Buenos Aires en 1970. 

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