Mendoza. La novela de Osvaldo Tramontina relata la historia de jóvenes militantes
Memoria de los silenciados
Por María Eva Guevara
24.07.2013
Amapolas de plomo, puñaditos de arena es una ficción bien mendocina. Narra la vida de quienes protagonizaron el Mendozazo e irrumpieron en la crítica ideológica al sistema, proceso que epilogaría con los años de plomo.
Memoria de los silenciados
Por María Eva Guevara
24.07.2013
Amapolas de plomo, puñaditos de arena es una ficción bien mendocina. Narra la vida de quienes protagonizaron el Mendozazo e irrumpieron en la crítica ideológica al sistema, proceso que epilogaría con los años de plomo.
Balas, corridas y tiroteos son ingredientes comunes a toda historia inspirada en los años de plomo, pero no son suficientes si lo que se quiere es retratar lo más nítidamente posible qué fue lo que pasó en Mendoza durante ese arco de tiempo finalmente sería definido por la perversidad de la tortura y el genocidio: los dos pilares de la represión antisubversiva. A la postre, la muerte de toda una generación.
Osvaldo Tramontina ficcionó una historia bien de esos años, 1957-1977, para ser más precisos; se titula Amapolas de plomo, puñaditos de arena. El ejemplar consta de 344 páginas y en su tapa luce una ilustración de Luis Scafatti, ex compañero de la Facultad de Artes del recordado “Chiquito” –tal es el sobrenombre de Tramontina–. Según dice Scafatti, el libro seguramente será fuente de consulta porque mantiene fresca la memoria de las cosas compartidas. Como esas de los pibes que “sin pensarlo fueron al muere por una idea y que están ahí en la novela, contados como poco pocas veces lo hicieron. Lo escribe un sobreviviente, un hermoso poeta”.
Podría decirse que en un mundo donde el deseo de la revolución se perfilaba como el único posible, poco espacio había para algún otro más. Esa es la marca de la generación que Tramontina califica como “silenciada” y no como de los “desaparecidos” puesto que eso sería todo un anacronismo.
“El término ‘desaparecido’ resulta ser muy posterior a los acontecimientos, no sería creíble. Se decía que tal había ‘caído’ o que había sido ‘chupado’, aclara el escritor tras explicitar que su relación con la literatura es la que puede tener un simple habitante con sus particulares urgencias. En su caso, eso que poéticamente encara Paco Urondo al escribir: “Nos vamos a morir de todas maneras. Nos juguemos o no nos juguemos, el problema en todo caso no consiste en morirse joven, sino en haber vivido al pedo”
–¿Cuál fue tu militancia? ¿Cómo empezó?
–En el ’71, cuando llegué a estudiar a Mendoza. Yo venía de San Rafael y no quería saber nada de hacer política, siendo que mi viejo era un peronista de la primera época, claro que era más afectiva la cosa en mi familia, lo que yo realmente deseaba era escalar profesionalmente, mejor dicho, hacer algo que me permitiera comprar el último equipo de música y toda la colección de los Beatles, o una moto quizás. A mediados de ese año hubo una asamblea en la Facultad de Artes y escuché hablar a una chica que venía de Medicina; recuerdo que nos trató de “compañeros” y le salí al cruce, tal como hace el protagonista de la novela –Juan Sánchez– que por más que no quería, la militancia política se te metía por todos lados. Al otro año estábamos armando el centro de estudiantes y ya no nos daba igual quién ganaba. Casi que no podíamos parar de hablar de quiénes éramos, si peronistas, socialistas, pero sobre todo, qué marco político e ideológico se le iba a dar a la conducción del centro de estudiantes. En ese entonces, la derecha tenía todo ese discurso de que a la universidad se iba a estudiar nada más. Nosotros decíamos que además de estudiar, necesitábamos saber el para qué de todos esos estudios.
–La novela es claramente setentista, pero antes que nada hace pensar en un ejercicio de escritura “a la mendocina”. ¿Es así?
–El lenguaje resulta creíble por estar profundamente compenetrado con la forma en que usábamos las palabras en los ’70, con respecto a lo otro puedo decir que no sé si existe una literatura mendocina. Tampoco sé si tengo alguna autoridad para avanzar en ese tipo de definiciones. Lo que sí creo es que hay obras que son mendocinas y universales a la vez. Zama, de Antonio Di Benedetto, es un ejemplo de ello. En el caso de mi novela, no hay tal universalidad, es absolutamente mendocina por el protagonista, por el lenguaje, por los lugares, y por ciertos cruces que tienen un sentido local, por más que se puedan encontrar parangones con tantas otras historias en otros lugares.
–¿Cómo es esto de que se junten cosas del pasado con el presente por más que uno no quiera?
–Se trata de un descalabro, de eso está hecha la novela. Si el personaje ve un rostro, se le aparece un recuerdo, es como un hilo kármico que hace que se le venga el pasado encima y por más que busque su destino, no hay modo de encontrarle un sentido. Por otra parte, eso le trae asombro, por las revelaciones que le hace ese pasado, se va entonces de la casualidad a la causalidad, como la ficción que trae realidades. Como por ejemplo, todo lo relativo al Mendozazo en la novela está ficcionado como una película de realismo mágico, pero trae la cruda realidad.
–¿Es real que estabas en el preciso momento en que se produjo el ataque a la vidriera del Citibank?
–Sí, por supuesto que estaba ahí. El relato, aclaro, está ficcionado aprovechando que aquella confluencia que hubo en esos días del ’72 fue casi de realismo mágico. Pero para llegar a eso logré que muchos me fueran contando también lo que allí había pasado. No es casual que en la novela el Mendozazo tenga tanta relevancia, yo recuerdo que nos marcó profundamente. Cómo olvidar la represión a las maestras en la puerta del Sindicato del Magisterio; fue tan alevosa esa acción que no podíamos entender la brutalidad de que a mujeres con guardapolvos blancos las cagaran a fustazos y las corrieran como lo hicieron. Recuerdo que los tacheros hicieron sonar las bocinas, mucha gente de a pie reaccionó, más las columnas de los sindicatos, todo derivó en una explosión impresionante que a todos nos asustó muchísimo. Era algo por completo impensado.
–Un personaje bien reconocible en la novela es Alberto Martínez Baca, el ex gobernador a quien le hicieron un juicio político en 1974 por haberse acercado a la Tendencia y a la militancia de la Juventud Peronista Regional, afín a Montoneros. ¿Sabías que cuando fue presidente del partido en San Rafael aceptó ceder el local para velar a Balbuena, un militante de las FAP que había caído durante una acción armada?
–Eso no lo sabía, y eso que mi papá, como idóneo de farmacia, trabajó con Martínez Baca. En la novela es uno de esos nombres icónicos, no sólo por lo que fue –un tipo honestísimo, devoto de los leales como lo fue el “Tío” Cámpora– sino también por lo que significó para la Juventud Peronista que haya sido atacado por la derecha peronista aliada a los gansos para desbarrancarlo con ese juicio político. Hay que decir que nuestra generación no sólo sintió el impacto del Mendozazo, también lo de Trelew nos marcó muchísimo a todos. Primero por tratarse de una “picardía”, esto de querer hacer el gran escape sin pegar tiros, sin matar a nadie, digamos, salvo ese error de haber matado a un colimba, que no era la intención. Y después por haberse escapado a Chile luego de haber desviado el avión. Era la época en que de repente un avión era desviado por ejemplo a Cuba, es decir, a un destino querido por los refugiados. Finalmente lo que ocurrió en Trelew nos volvió a golpear, diez o quince días después cuando supimos que tras haberse rendido en el aeropuerto con la condición de que les respetaran la vida y les dijeran que sí, los hubiesen fusilado a todos. De hecho este año llegó la condena al capitán que dio la orden y que lo hizo por la afrenta que significaba que se le hubiesen escapado.
–En uno de los pasajes del libro se describe el festejo del triunfo electoral del Frejuli del ’73 en la puerta del Diario Los Andes. Mucho furor militante con cantitos y saltos están allí presentes como algo verosímil y lo que llama la atención es la demanda que hace la gente para que el diario tocase ese noche la sirena…
–En el libro abundan muchas digresiones pensadas para movilizar al lector, para que este no se quede sólo con la primera ficción verdadera que encuentre y se procure otra fuente de información histórica. Es el caso de lo de la sirena en el golpe del ’55, no es que la hayan hecho sonar aunque obviamente sí salieron a festejar. Lo que se cantó en el ’73 en la vereda de Los Andes sí es textual o casi, en ese momento se le pedía al diario que era el gran referente de la excelencia periodística que tocara la sirena porque había habido una elección contundente. Lo de la sirena era propio de los grandes diarios de la época de posguerra; se hacía sonar por alguna catástrofe o hecho tremendo que afectaba a una parte de la humanidad y estaba reservada además para grandes acontecimientos. En ese momento sabíamos que las noticias venían de la mano de las grandes agencias informativas. Recuerdo que uno de los tantos libros que tuvieron que ser ocultados, enterrados y quemados ya en 1975 se llamaba La red y la tijera. El libro señalaba que la red era el imperialismo y la tijera, el comunismo, que iba a romper con esa red mafiosa, impenetrable. Para nosotros, Los Andes era parte de esa red porque lo que decía sobre el Mendozazo, por ejemplo, previamente había pasado por la AP, UPI, France Press o ANSA, o sea, el hecho pasaba primero por Nueva York, España o Italia, y de ahí es que venía la noticia impresa al otro día.
–Mucho del bagaje informativo de aquellos años pasaba por decenas de diarios y revistas, estaba por ejemplo Claves, el semanario que hacía la diferencia por el valor que demostraba al publicar ciertos hechos.
–Es cierto, es que en el fondo había una ética personal muy extendida, por eso funcionaba tanto la información contada de boca en boca, así era como siempre terminábamos enterándonos de las cosas, más allá de que se publicara o no se publicara. Se imponía como la obligación ética de comentarlo y compartirlo. Claves, en efecto, fue una muy buena revista, aparte de mendocina, bien creíble y pegada a los hechos. No sé si decir que tenía independencia, sí que no tomaban partido y se podía leer sin tener que leer entrelíneas como también ocurría con tantas revistas o semanarios que fueron un boom entre el ’72 y ’73. Eso sí, pasados los años y visto el comportamiento de una de las plumas de Claves que era Aldo Giordano –desacreditando a los sobrevivientes de delitos de lesa humanidad que van a dar su testimonio– uno no puede dejar de preguntarse qué fue lo que le pasó. Cómo si en un momento fue un escritor profundo o periodista y tuvo por tanto una intencionalidad ética, pudo haberse ido tan al pasto.
–¿Cómo se vivió la muerte de Perón? ¿Es cierto que te arrastraba una vorágine en la que quieras o no del otro lado estaban los “malos de la película”, o sea, la derecha peronista?
–La muerte de Perón ya transitaba por una cantidad de cosas que decíamos en la JP Regional, afín a Montoneros. Por supuesto que cada uno tenía su verdad revelada, los que estábamos en la izquierda peronista éramos lo que la teníamos más clara, y por supuesto los otros, o sea la derecha peronista, decían exactamente lo mismo sobre “su verdad”. Si de lo que se trata es de encontrar algunas esencias hay que decir que había coherencia en la derecha peronista ya que siempre fue tomando del peronismo íconos como “Ni yanquis ni marxistas” o “Patria sí, colonia no” y entonces, llegado el momento de la muerte de Perón y sin un líder que tomara la posta orgánicamente, sus ideólogos encontraron la posibilidad que tanto buscaban, la de decir “esto es el peronismo”. Claro que nosotros pasamos de inmediato a ser aquellos a los que se debía hacer mierda. Y nosotros, todos, creíamos que Perón estaba cercado, que no le dejaban pasar la información, como a Yrigoyen, que le editaban un diario a propósito para ocultarle lo que estaba pasando en la realidad del país. O sea, ignorábamos que muchas de esas cosas que pasaban Perón no sólo las sabía sino que algunas las propiciaba, él los dejaba que nos hicieran mierda. Con lo cual, toda esta influencia de López Rega, Osinde, más una senectud perversa, derivó en esa echada de la plaza aquel 1º de mayo que fue un verdadero cisma, y no estábamos ni remotamente preparados para lo que se vendría después.
–A esa creencia sobre el cerco de la que hablás se le suma esa otra que aparece en la novela, sobre un Perón que desde Puerta de Hierro había dicho que si tuviera 20 años él también estaría poniendo bombas por ahí.
–Todo eso estaba en la atmósfera y en el cálculo que el mismo Perón había ideado al plantear el trasvasamiento generacional. Creíamos eso, que si se moría, sería el turno de toda la sangre joven digamos, si no Montoneros, muy vinculados a ellos. Con Perón vivo había a quién achacarle que no trasvasaba, en cambio cuando se murió fue el desconcierto, no sólo porque se moría el fundador sino porque Montoneros entraba a la clandestinidad y ya no hacíamos sino enterrar los diarios, quemar los papeles y hacer cosas para sobrevivir. Decíamos “militar” pero no se podía hacer más que alguna cita de contacto porque una de las cosas que no podíamos creer es que estábamos siendo infiltrados. ¡Qué casualidad, a nosotros que nos trataban de infiltrados en el partido!
–Eran lo que se dice el blanco de los ’70…
–Que al principio costaba mucho entender, fuera de la persecuta típica de que estábamos siendo seguidos, buchoneados. Al principio debíamos estar pendientes de los ruidos en el teléfono para hablar en clave o usar metáforas pero después hubo persecuciones tan alevosas como la de Juan José Galamba, cuya causa ocupó todo el segundo juicio de delitos de lesa humanidad. Y es que desaparecieron todos los que alguna vez le dieron refugio, de hecho él estuvo en mi casa, en lo de mis padres, con lo cual nosotros nos salvamos de milagro. Fui uno de los últimos en verlo al Pepe vivo, se había venido caminando desde San Juan y estaba en las condiciones narradas en la novela. Recién se lo pude contar a Alicia Morales, su compañera, hace tres años. Antes no pude hacerlo.
–¿Creés que es necesaria la autocrítica de las organizaciones?
–Depende para qué. Todavía nadie lo ha hecho al menos orgánicamente, siendo que se cometieron errores estratégicos graves en la conducción de Montoneros como fue el haber creído que teniendo “especialistas” y a esa altura de la militancia, se iba a evitar que no nos encanaran o cayéramos. También puede ser válida la autocrítica para los casos de juicios revolucionarios, de traición, o las acciones que terminaron por hacer más dura la represión, pero tampoco los ha habido, y el problema ahora es que algunos de aquellos que fueron fundadores del ERP, PRT y Montoneros, si hicieran la autocrítica, difícilmente serían creíbles. Es decir, no podrían ser tomados en serio luego de revelarse que en vez de guerrilleros eran otra cosa, llámese “infiltrados”, “topos” o “doble agentes”. Distinto es el caso de tener memoria para construir y construirse en todo caso, eso sí que es muy necesario. Entiendo que si de lo que se trata es de reideologizar a las organizaciones comprometidas hoy con el pueblo, o sea, que se profundice un proceso de formación política, hay cuestiones que las actuales generaciones tienen que saber y revisar. Como señaló una vez Ángela Urondo, “ojo con la cuestión mesiánica” y la falta de autocrítica. Estoy totalmente de acuerdo porque a la complejidad de la historia pasada no la podés borrar, no queda otra que analizarla, no sólo para saber qué nos pasó sino sobre todo para entender cómo fue que nos pasó. En ese sentido rescato el comentario que hizo Luis Scafatti sobre que si algo de bueno tiene la novela es hacer reconocible muchas de esas cosas que realmente pasaron, lo cual puede servir para revisarlas, ir ampliándolas y que se siga consolidando ese ejercicio.
–¿Pero como algo que es parte del presente?
–Como algo que sirva para contrastar qué está pasando ahora. Por dar un ejemplo muy obvio, no es lo mismo el concepto de revolucionar ahora que cuarenta años atrás. Antes creíamos que íbamos a dar vuelta el mundo, ahora entendemos que no es así, que la cosa pasa por profundizar lo más que se pueda en aquellos aspectos que están en ciertos partidos políticos o frentes dirigidos a dar respuesta a las necesidades del pueblo. O también el tema del odio. Para que se entienda: está muy bueno esto de poder expresar cualquier cosa y tener total libertad para rebatirla, pero también hay que estar atentos porque si 40 años atrás por este tipo de polémicas te mataban, o ligabas un cadenazo o cachiporrazo, no menos cierto es que frente a expresiones como “hay que matar a la yegua de Cristina” o “que la bóveda del sur les va a servir para ponerlo al nieto” ponen fin a toda polémica al ser nada más y nada menos que la naturalización del odio. No es lo mismo una cosa que la otra, y nosotros, los que tenemos demasiadas muertes detrás, no vamos a darle espacio al odio, no vamos a equivocarnos con eso ya que son razones demasiado pesadas como para no salir hoy a liberarnos del odio. Esa es la razón fundamental por la que escribo.
–¿Cómo ha sido tu relación con la escritura?
–Ha pasado por etapas como una forma de poner en soporte papel lo que uno piensa de las cosas, filosofar poéticamente digamos. Del ’71 al ’77, la cosa pasó no sólo por decir, sino también por describir, reflejar, fotografiar, comentar y compartir. Del ’78 al ’92 es otra historia diferente aunque indisolublemente unida a la anterior. Es la que deriva en la segunda parte de Amapolas…, próxima a editar. En particular lo que me mueve son los compañeros y las compañeras, que no son los 30 mil, esa cifra para mí son los cadáveres, no las mentes ni los corazones ni los brazos de esa generación silenciada. Romper ese silencio para mí es fundamental porque va contra el imperio del individualismo que es tan perversamente neoliberal y supone exponerse, desnudarse, y también disfrutar de la devolución que los otros te hagan sobre lo que has escrito.
–¿Qué tan hondo caló esto del “algo habrán hecho” en la sociedad?
–Muchísimo. En esto de la inteligencia perversa el sistema sí que fue muy eficiente. Recuerdo que cuando lo metieron preso a Antonio Di Benedetto todos nos quedamos muy impactados porque no había una razón para que le hicieran lo que le hicieron. Por eso es que a Di Benedetto no lo mató la tortura, lo mató el no saber por qué lo torturaban. Si era por algo que alguna vez había escrito o publicado… Eso era la perversidad psicológica, como nadie sabía por qué, todos decían: “y bueno, algo habrá hecho”. Tiempo después otros que fueron encarcelados junto a Di Benedetto pudieron declarar y contar hasta con humor cómo fue que lo trasladaron en el avión, o sea, hablaba desde la tranquilidad de haber militado políticamente que no era el caso de Di Benedetto. Recuerdo haberlo visto una sola vez, tenía una fisonomía muy “impenetrable”, el rostro serio, adusto, pero él lo que tenía para decir lo decía, por eso sospechábamos que tenía un corazoncito peronista o socialista. Evidentemente era un persona que no trasuntaba cosas, la forma en la que se le alumbraba la cara era escribiendo, y muchos sí, lo veíamos como parte de una Mendoza conservadora, que si bien no llegaba a la autocensura, sí empezaba a elegir el cómo contar los hechos.
–¿De qué trata la segunda parte de la novela? ¿Se puede saber?
–La historia es bien diferente y apunta a una escritura desde las orillas, eso que los mendocinos desconocen casi por completo. Como cuando 40 años atrás te preguntaran qué te dicen las siguientes palabras: “Vizcacheras, Altos Limpios, Paso del Pehuenche o Castillos de Pincheira, o sea, algo lejano que sin embargo nos completa. El antropólogo Luis Triviño lo explicaba de una manera muy matemática, decía que el 95% del territorio era secano y el 5% oasis irrigado, pero en el 5% vive el 95% de la población, mientras que el 5% vive en el desierto. O sea que decir desierto es decir sobrevivencia y reaprendizaje de lo que es el interior, término que no me gusta decididamente porque si existe un “interior” entonces existe un “exterior” y ese tendría que ser Buenos Aires o el mismo oasis de Mendoza, cosa por demás absurda. Lo que puedo decir de la segunda parte de la novela es que tiene que ver con el completamiento, con el seguir militando políticamente que es algo que afecta al personaje y que no podía agotarse en lo urbano ya que si bien eso sería muy interesante literariamente hablando, queda fuera todo aquello de lo que hablaba Triviño sobre un desierto que forma parte del adentro.
–¿Un desierto resignificado en clave literaria?
–Entiendo que la realidad te obliga a resignificarlo, porque en definitiva oasis y desierto son parte de una misma realidad. Son si querés como el yin y el yang, podés a efectos de un análisis separarlos, pero no podés dejar de pensarlos como parte de lo mismo. Con los huarpes, por ejemplo, pasa lo mismo, se supone que algo hay que hacer por ellos, ¿no? Pues bien, nunca me terminó de convencer cada alternativa dada, que a lo mejor son cosas necesarias, que hay que hacer, pero son sólo una parte y lo fundamental es poder concretar una revolución bien profunda, para lo cual entiendo que el kirchnerismo, como posibilidad de concretarlas, tiene en manos una tarea pendiente. Me refiero a concretar la entrega de las tierras, que avance la propiedad colectiva de esos territorios ancestrales, no sólo porque está en la Constitución sino porque así debe ser. Yo por mi parte entiendo que puedo aportar al acercamiento con el huarpe, como producto de un deliberado ejercicio estético. O sea, no basta con decir que se perdió la cultura de ese pueblo con el exterminio, tenemos la obligación de resignificarla ahora, tomando todo aquello que ya retrataron otros como Draghi Lucero.
–¿Una cosmogonía huarpe digamos?
–Exacto. Es lo que he desarrollado y pienso editarlo bajo el título Pinkanta huarpe. Su gran dios tiene forma de cóndor y crea a un hombre y una mujer de la chala del maíz, y todo se va relatando como una historia de ficción donde tenés por un lado todos los saberes académicos, todo ese discurso folclórico que queda como cuando alguien se da ínfulas y se queda encerrado adentro de su propio discurso. Y por el otro lado está toda la revelación de que los antiguos habitantes estaban acá mismo, a tres cuadras de donde estamos hoy hablando luego de 500 años de evolución humana. Algo podremos hacer con todo aquello. Y siempre será preferible hablar del duende Aparendo los Terobi –el que supuestamente vivía en Bermejo, entre los árboles carolinos y los plátanos e inspiró a los músicos de los Enanitos Verdes a que le pusieron ese nombre a la banda en su homenaje– que de algún gnomo de Irlanda que con seguridad es producto de otra cosmogonía .
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Una Maga en los ’70
Amapolas de plomo, puñaditos de arena está dedicado a María del Carmen Marín Almazán, apodada Ave. En el contexto de la novela es una suerte de Maga simbolizando todo lo que un ser humano persigue: el sueño, la posibilidad del amor en un presente que siendo fugaz, se vuelva eterno, cosa que no se concreta en Rayuela, ni tampoco en la novela de Osvaldo Tramontina, quien para complejizar aún más su de por sí complejo sentimiento de culpa del sobreviviente –Ave está entre los 30 mil desaparecidos– compone tres Marías, aunque la real es una sola mujer, a la que no le podemos conocer el rostro.
“Ni sus amigos ni sus compañeros de militancia pudimos conseguir una foto de ella, ni una foto carnet de su Libreta Cívica por eso no aparece en las pancartas ni en los videos”, dice el escritor dispuesto a discurrir esta asociación entre la ausencia del rostro que trae recuerdos y ficciones que traen realidades dolorosas:
“Yo sólo tengo el recuerdo de su pelo, castaño claro, menuda, fresca, risueña, en la casa de un compañero, probablemente su contacto de célula, no lo sé, creo que era zapatero, o trabajador de cuero, artesano en la Plaza Independencia, a la luz de una luz o de vela, o muy amarillenta, leyéndonos a Ave y a mí, Carta para Julia: ‘Tú no puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja, como un aullido interminable, interminable’…”.
Probablemente sea un mazazo emotivo lo que sigue, pero es estrictamente real. Según testimonios recogidos en el MEDH, María del Carmen fue secuestrada por el Ejército junto a ese compañero y trasladada a Las Lajas; es la chica que se toma la pastilla de cianuro en abierto desafío a sus torturadores, decisión que precipita en ellos la venganza, la cual consuman secuestrando a su padre, Carlos Marín, quien continúa desaparecido. Lo poco que se sabe de su familia es que vivía en un departamento ubicado en la planta alta de la heladería Soppelsa, a cuatro cuadras de la estación de ferrocarril, es que su hermana, como sobreviviente del desastre, decidió dar su sangre para ingresarla al banco de datos de ADN, pero después no quiso saber más nada del “asunto”. Los autores de tan atroces asesinatos, posiblemente miembros de la Fuerza Aérea, no han sido identificados ni por tanto llevados a juicio.
En cuanto a lo de las tres Marías, hay algo que apuntar. Gisela Tenembaun, Susana Bermejillo, Graciela Santa María, Margarita Doltz, Rosa Luna, todas eran mujeres proveedoras de símbolos, como dice Tramontina, “una misma frescura de aquellos 20 años, la misma alegría en sus miradas, el mismo horizonte de ternuras: recuerdo a Graciela y a Rosa, compañeras de facultad; a Susana cuyo afecto tengo muy guardado, como imborrable una charla que tuvimos en el bufet de Filosofía donde me habló de sus deseos de bailar en el parque, desnuda a la luz de la luna; de Margarita, con quien nos juntábamos en un grupo experimental donde hacíamos poesías, música, audiovisuales, pura pasión de mate y mate y mate, cagarnos de hambre, y a la noche juntar monedas para hacer una vaquita y comprar unos bollos de pan y un sachet de salsa golf, y eso era todo. Y de Gisella, su frescura y ternura, en las reuniones de militancia, un ángel tierno; partes de esas vidas reales están ficcionadas en la novela, retazos de una y otra compusieron las tres marías de la novela, retazos, un patchwork de cuerpos y actitudes, pasiones, sentimientos en la mayoría de los personajes en el Juan Sánchez “médico”. También están allí trozos de la realidades de los “malos de la película, como el interventor de la UTN, entreguista, fascista, de la CNU, y probable ideólogo de la muerte de Susana y su compañero, y quién dice si no, de varios otros”.
Fuente:Veintitres
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