Ponen la primera baldosa por un desaparecido
Será en la memoria de Carlos Correa, que fue secretario adjunto del gremio AOMA, secuestrado en el ‘77. El acto es organizado por Kolina y sus excompañeros. Por Viviana Pastor
miércoles, 24 de julio de 2013
Las últimas. En Buenos Aires, el pasado 7 junio, se colocaron baldosas en memoria de los periodistas del diario Clarín desaparecidos durante la última dictadura.
Carlos Esteban Correa fue secuestrado por hombres de civil en la puerta del Banco Nación, el 18 de julio de 1977. Tenía 29 años y ocho hijos. En su memoria, colocarán la primera baldosa por un desaparecido en San Juan, en la misma vereda donde hace 36 años lo subieron a la fuerza a un Peugeot 404. Nunca más se supo de él, ni siquiera hay testimonios de que haya pasado por algún Centro Clandestino de Detención.
Su hijo Sergio Correa es el único que milita en Kolina, desde donde organizan el acto junto con la agrupación H.I.J.O.S, aun no han definido la fecha exacta pero creen que podría ser el mes próximo.
Correa era empleado de Loma Negra, como lo había sido su padre, hasta que lo “obligaron a renunciar” por su actuación gremial, era secretario adjunto de AOMA, y por su simpatía con Montoneros. Siguió trabajando en el sindicato, pero por las persecuciones se fue a vivir a Buenos Aires con su mujer e hijos. Ese mes había viajado a San Juan para asistir al sepelio de su madre, cuando fue interceptado y luego desaparecido. Dicen que lo venían siguiendo desde que pisó la provincia.
“Es poco lo que sabemos de mi viejo, cuando pasó eso yo tenía dos años, no me acuerdo de nada. Hay pocos datos de él, nadie lo vio en los centros de detención, por eso esperamos ansiosos los próximos juicios, porque puede que aparezca alguien que lo haya visto”, contó Sergio.
Luego de su desaparición, su esposa e hijos volvieron a San Juan, todos viven acá actualmente. “El único que milita soy yo, el resto de la familia no quiere saber nada de política”, señaló Sergio.
Los amigos
Aldo Morán y Oscar Olivera fueron compañeros de Correa en el gremio y lo conocían bien.
“Le decíamos Negro, era un compañero muy querido, muy amigo. Había sido boxeador, y árbitro. El me bancó después del golpe de Estado en su casa, siempre estaba dispuesto a ayudar a los compañeros. El no era orgánico de Montoneros, era simpatizante”, dijo Morán.
A Correa lo vinculaban mucho con Morán que sí era oficial de Montoneros.
“Con esa baldosa queremos recordar a un compañero muy cercano. Rendirle un homenaje como creemos que se lo merece, no nos mueve ningún otro motivo”, recalcó Olivera.
Para el acto serán invitadas las autoridades provinciales y agrupaciones por los derechos humanos, también el gremio AOMA del que era activo trabajador Correa.
Dos historias con final feliz
Morán y Olivera, ambos exmiembros de AOMA, también fueron perseguidos por la dictadura, pero lograron zafar y viven para contarla. Olivera vivía en Cañada Honda, trabajaba en las caleras de Los Berros y le habían advertido que habría un operativo para secuestrarlo. “Sabían que andaban atrás mío y alguien me dijo que irían por mi casa. Así fue, patearon la puerta, dieron vuelta todo, amenazaron a mi mujer, lo mismo que hacían en todos lados”, dijo. Para entonces Olivera estaba escondido en la casa de unos familiares. La zona de Los Berros era fuertemente custodiada por los militares por el uso de explosivos de la actividad minera, y porque el trabajo del gremio era “muy fuerte”, aseguraron. Olivera logró mantenerse siempre en San Juan, aunque en la clandestinidad.
A Morán le tocó el exilio. En enero del ’77 se fue de San Juan y pasó por Paraguay, Brasil, incluso llegó a Suecia. Volvió en el ’79 para la Contraofensiva de Montoneros y estuvo en varias provincias. En el ’80 tuvo que salir del país y estando en Perú se salvó de ser secuestrado junto a otros cuatro compañeros: María Inés Raverta, Julio Ramírez, Noemí de Molfino y Farías en uno de los episodios más conocidos de la Operación Cóndor.
Ese día Morán tenía que juntarse con Raverta en una pensión, llegó y ya habían secuestrado a sus compañeros. Al otro día compró el diario y salía publicado que cinco argentinos habían sido secuestrados, entre ellos estaba su nombre. “Ella no me delató, si no me hubieran atrapado”, dijo.
Los nuevos contactos lo mandaron a Cuba, estuvo un par de meses y lo pasaron a Praga como diplomático cubano. De ahí viajó a Roma y luego volvió al país en el ’81, por Mendoza y se quedó clandestino ahí. En el ’83 vino a San Juan a votar; y aunque quería quedarse a vivir acá, no conseguía trabajo, “ya me habían hecho la cruz”. En Buenos Aires consiguió empleo y sigue viviendo allá, “aunque siempre vuelvo, acá está mi hermana, mi hijo, mis sobrinos”, apuntó.
El año pasado, Morán declaró en el juicio de Lesa Humanidad en la causa de Mariane Erize, “me di el gusto de decirles a los represores cobardes, asesinos. Ellos –los genocidas- mantuvieron siempre esa mirada desafiante como diciendo ‘ya te vamos a agarrar’”, dijo.
Las primeras baldosas
El movimiento "Barrios por memoria y justicia" tuvo la iniciativa de colocar baldosas en Buenos Aires en memoria de los desaparecidos. El 24 de marzo de 2006, a 30 años del golpe, querían generar una intervención urbana, colocando plotters en las puertas de los lugares donde habían vivido, estudiado o trabajado los desaparecidos -o donde habían sido secuestrados- y se iban a pegar en la vereda. “La idea era la gente que pasaba supiera que estos compañeros habían sido vecinos del barrio y que no eran marcianos que habían bajado: que quedara una marca”, dijo Gustavo Sales, integrante de la agrupación. “Terminó siendo una baldosa, pero no queríamos que pareciera una lápida, sino todo lo contrario. Se decidió que dijeran: "Aquí vivió", "aquí estudió", "aquí enseñaron", "aquí trabajaron", los nombres con las fechas de desaparición. (Fuente: culturaymedios.com.ar)
Fuente:TiempodeSanJuan
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