22 de septiembre de 2013

BRASIL.

Rousseff contraataca en Nueva York
Año 6. Edición número 279. Domingo 22 de Septiembre de 2013
Por Eduardo J. Vior Periodista
contacto@miradasalsur.com
Otros tiempos. Barack Obama y Dilma Rousseff antes del replanteo de la relación bilateral.
La presidenta brasileña dio un golpe de efecto. Aprovechó la crisis provocada por el espionaje norteamericano a Petrobras para demostrar que no tira la toalla. Canceló la visita oficial a Estados Unidos y va a la ONU a defender un Internet democrático, neutro y al servicio de la paz.
Las Naciones Unidas no parecen servir para compensar el unilateralismo de los Estados Unidos, pero las reuniones anuales de su Asamblea General siguen ofreciendo buenas cámaras para enviar mensajes al mundo. Herida por la invasión electrónica norteamericana, la presidenta Dilma Rousseff está aprovechando por estos días su doble rol de disparadora de los debates y oradora para marcar distancias y proponer una estrategia alternativa para el orden mundial.

Por primera vez en la historia de la ONU una mujer abrió el miércoles el período de sesiones plenarias de la Asamblea General. Con un discurso programático, la representante brasileña retomó el rol que su país tuvo ya en 1947, cuando su presidente fue el primer orador del debate general. En su discurso, Rousseff abordó la grave crisis financiera mundial, la reforma de la ONU, el cambio climático y el desarrollo sostenible, entre otros temas. “Hoy, más que nunca, el destino del mundo está en las manos de todos sus líderes, sin excepción. Hoy es menos importante decir quién causó los problemas, lo que importa es hallar soluciones colectivas y verdaderas. O nos unimos todos y salimos juntos vencedores o todos seremos derrotados”, subrayó.

“Esta crisis es demasiado seria, como para que sea administrada sólo por unos pocos países”, continuó. Sus gobiernos y bancos centrales se han arrogado la responsabilidad mayor en la conducción del proceso, pero como todos sufrimos las consecuencias de la crisis, todos tenemos el derecho a participar en la búsqueda de soluciones”, continuó. “No es por falta de recursos financieros que los líderes de los países desarrollados aún no hallaron una solución a la crisis, sino por falta de recursos políticos y algunas veces por carecer de ideas claras”, remató.

“Brasil está listo para asumir sus responsabilidades como miembro permanente del Consejo de Seguridad”, anunció. Afirmó, además, que para que no surja el terrorismo donde no existe y para que no comiencen nuevos ciclos de violencia y se multipliquen las víctimas civiles en los conflictos, son esenciales las actuaciones del Consejo de Seguridad que serán más acertadas cuanto más legítimas. En ese sentido, la presidenta brasileña sostuvo que la legitimidad de ese órgano depende cada día más de su reforma.
Con este discurso, la presidenta brasileña abrió el período de sesiones de la Asamblea General. 


Seguramente, cuando hable el martes próximo en nombre de su propio país como primera oradora del período, no será tan delicada. Después de las denuncias de E. Snowden publicadas por O Globo sobre el espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) a las comunicaciones privadas de la presidenta y a la conducción de Petrobras, el Planalto y el Alto Mando militar brasileño asumen que Brasil fue atacado por una potencia extranjera y se encuentra en una guerra de nuevo tipo, cibernético, como señaló su ministro de Defensa Celso Amorim en una reciente entrevista con Página12.

Para preparar el contraataque y ampliar su apoyo civil, la presidenta reunió el pasado lunes 16 al Comité Gestor de Internet (CGI), entidad mixta para el gobierno de la red que reúne representantes del gobierno, el sector empresarial, la sociedad organizada y la comunidad académica. Aún antes del encuentro, Dilma afirmó ante periodistas que en su discurso ante la ONU denunciará el espionaje norteamericano. Dilma destacó que su discurso va a destacar la necesidad de mantener la neutralidad de la red mundial y la prohibición de usarla para acciones de espionaje. Según declaró, el presidente de los Estados Unidos ya fue informado sobre el tenor del discurso.

La presidenta dio un golpe de efecto. Aprovechó la crisis provocada por el espionaje norteamericano a Petrobras para demostrar que no tira la toalla. Canceló la visita oficial a Estados Unidos planeada para octubre próximo y va a la ONU a defender un internet democrático, neutro y al servicio de la paz. Al cancelar la visita a Obama, ganó autoridad para hablar en el podio de la Asamblea General y plantear una agenda de discusión que seguramente encontrará adeptos entre sus colegas.

Un beneficio secundario, pero importante del enérgico posicionamiento de la presidenta brasileña va a ser el desarrollo de sistemas criptográficos propios para defender la seguridad de las redes. En la época de Lula, los servicios de la presidencia descubrieron que todos los sistemas de seguridad informática usados en el núcleo central del Estado eran norteamericanos. Para protegerse, se desarrolló entonces un sistema propio dentro del proyecto “João de Barro” con la participación de varias entidades gubernamentales (civiles y militares) y universidades. Este proyecto creó una plataforma genuinamente brasileña a la que la NSA no tendría acceso. El desafío, hoy, dicen especialistas que participaron de aquel proyecto, es saber hasta qué punto el “João de Barro” efectivamente se está utilizando y si sigue siendo seguro.

Según estos mismos técnicos, el ministro de Defensa, Celso Amorim, se reveló en la reunión como el más interesado en el tema y se va a reunir nuevamente con el Comité Gestor cuyos especialistas ofrecieron al gobierno propuestas para enfrentar las intromisiones norteamericanas. Así, Dilma transformó una grave afrenta política en un instrumento para reequipar la seguridad del gobierno federal, recuperar legitimidad interna y presentarse mundialmente como la adalid de la defensa de la seguridad informática de las naciones emergentes.

Roberto Amaral, vicepresidente del Partido Socialista Brasileño (PSB) que acaba de abandonar la coalición de gobierno y ex-ministro de Ciencia y Tecnología de Lula (2003-04), constató el pasado miércoles 18 en su blog lo siguiente: “El hecho objetivo es que la guerra ya comenzó y que no estamos preparados para ella, como no lo estábamos en 1914 y 1942, cuando entramos en las guerras mundiales. De acuerdo con testimonios del general Alberto Cardoso, que estuvo a cargo de la inteligencia nacional bajo la presidencia de F. H. Cardoso, ya somos blanco de esta guerra desde 2001. El entonces responsable de la inteligencia brasileña se refería al proyecto ‘Echelon’ –comandado por los Estados Unidos y con la participación del Reino Unido, Canadá y Alemania– que en aquella época ya podía interceptar comunicaciones por e-mail, voz y fax. Por su parte, en declaraciones ante el Congreso brasileño en 2008 el ingeniero electrónico Otávio Carlos Cunha, director del Cepec (Centro de Investigaciones y Desarrollo para la Seguridad de las Informaciones de la Agencia Brasileña de Inteligencia, ABIN), ‘el Echelon intercepta todas las comunicaciones (…), todo lo que está en el aire, en satélites, enlaces de microondas y torres’.”

“Cada vez más, la diplomacia de los Estados Unidos es ejercida por el Departamento de Defensa que conduce una permanente guerra no declarada en la que destacan el papel de las agencias de inteligencia y los ataques cibernéticos a blancos civiles o militares y el asesinato de adversarios seleccionados, sean líderes políticos o científicos. Tampoco existe ninguna razón objetiva para no sospechar que por lo menos China y Rusia, además de la OTAN, estén trabajando con los mismos objetivos y las mismas armas.”

Dilma Rousseff sabe que por ahora es imposible alcanzar la regulación internacional de internet mediante negociaciones multilaterales, pero el que avisa no traiciona. Ante el unilateralismo de las grandes potencias occidentales, Brasil se proclama libre para cooperar bilateralmente con quien quiera para defender sus redes estratégicas. Aceptar que los países emergentes debemos rechazar un nuevo intento conquistador cerrando filas dentro y fuera de las fronteras fortalece el liderazgo de Dilma y la coloca en la primera fila de los países emergentes. Este período de sesiones de la Asamblea General marca el inicio de una nueva confrontación mundial y la presidenta brasileña es la encargada de proclamarlo.

Los ejércitos de la noche II
Año 6. Edición número 279. Domingo 22 de Septiembre de 2013
Por Daniel Ares. Escritor
internacional@miradasalsur.com
Brasil. Las grandes organizaciones del crimen en Brasil –referidas en la edición del domingo 15–, inspiraron anticuerpos no deseados: el surgimiento de las milicias, grandes organizaciones armadas que persiguen el crimen y lo reemplazan.

Allí donde el Estado no está, está el Comando Vermelho”, guapeaba en sus buenos tiempos Carlos Gregorio, O Gordo, uno de los míticos fundadores de la facción. No contaba con las milicias. Allí donde el Estado no estaba, un día aparecieron ellas. Como anticuerpos venenosos de un cuerpo ya muy enfermo.
El dominio de las facciones criminales en las favelas de Río de Janeiro había alcanzado su punto de ahogo hacia fines del siglo XX, ya comenzaba el XXI, y el Estado seguía sin aparecer.
En diciembre de 2005 el diario O Globo denunciaba por primera vez la existencia de grupos armados parapoliciales que avanzaban sobre las favelas como un “Estado paralelo”.

Recién en 2008, el Estado legítimo asomaría por allí con la política de las Unidades Pacificadoras de la Policía (UPP). Decían los especialistas: “casi demasiado tarde”.

Para 2010, el Centro para la Investigación sobre la Violencia de la Universidad de Río de Janeiro informaba que las milicias ya dominaban el 41,5% de las 1.006 favelas de la ciudad; que el 55,9% seguía aún en manos de los traficantes y que sólo un 2,6% habían recuperado las UPP. Demasiado tarde.

El lado oscuro de la ley. Hijas del miedo, al principio fueron incluso bienvenidas, y a poco de andar ya tenían sus propios candidatos y también sus votos. Cuando las primeras noticias surgieron, el dos veces reelecto alcalde de Río, el conservador Cesar Maia, prefirió llamarlas “comunidades de autodefensa” y “mal menor”.

A cara descubierta, hombres de las fuerzas del orden –retirados o no, exonerados o lo que fuera–, allí ayudaban y aconsejaban y acompañaban a los vecinos de los barrios más pobres, para organizarse y defenderse. ¿Cuál era el problema? ¿Acaso los ricos no tenían su seguridad privada? El éxito terminó de justificarlas.

Las grandes facciones del crimen comenzaron a ceder territorio en manos de esas “comunidades de autodefensa”, y para 2004, en la inmensa favela de Río das Pedras, “Os amigos do Río das Pedras”, armados hasta los dientes, ya las habían eliminado por completo. Allí no llegaba Estado, pero ahora tampoco el Comando Vermelho.

En 2005, el sistema de denuncias anónimas Disque denuncia, comenzó a gotear la palabra “milicias”. Aquellas gotas pronto fueron diluvio. Para 2008, las denuncias ya llegaban a 3.500.

Por las favelas en franca expansión, a sangre y fuego, las milicias espantaban el delito, y llevaban su ley. Sus tribunales imponían multas, destierros y ejecuciones. El Estado callaba y otorgaba.

Pero la guerra que hervía allí arriba desbordaría pronto. Desconcertadas y acorraladas por esa especie de poder público que sin embargo no respetaba las leyes, las facciones delictivas enfrentadas entre sí postergaron sus minucias, y para las siempre magníficas fiestas de reveliao del año 2006, entre el 27 y el 31 de diciembre, bajaron a la ciudad.

En represalia al avance de las milicias, bombardearon edificios públicos y ametrallaron comisarías, incendiaron ómnibus, y en uno de esos incendios siete personas quedaron atrapadas y murieron; hubo centenares de heridos, fueron ejecutados diez civiles, dos policías y siete delincuentes; y para el año nuevo de 2007, ya nadie en todo el Brasil ignoraba la existencia de las milicias.

Veloz, ese 1º de enero, el gobernador Sergio Cabral ordenó arrestar a cualquier sospechoso de pertenecer al tráfico o a las milicias. Pero más rápido aún los fiscales y los jueces le avisaron que lejos de ser un delito, la Constitución Nacional permitía armarse en defensa de la propiedad.

En esa bruma del lado oscuro de la ley, las milicias nacieron y se organizaron, crecieron y se expanden. 

Enfrentaban al crimen y lo reemplazaban.

Batman, y el trébol de la buena muerte. Como una presencia maligna en sus orígenes imperceptible, el fenómeno surgió tenue y promisorio a fines de los años ’80, exactamente en la favela de Río das Pedras, hoy considerada en todo el país como “la cuna de las milicias”.

Cuentan que fue un buen carnicero quien se organizó con sus vecinos –muchos de ellos miembros de las fuerzas de seguridad–, y todos tan hartos de asaltos, extorsiones, drogas y muertes, que sin pedirle permiso a nadie –porque nadie había–, limpiaron el lugar. Expulsaban a los malos, o mejor los mataban. Ellos eran los buenos. Os amigos do Río das Pedras. En pocos años barrieron al enemigo. El ejemplo cundió triunfal.

A imagen y semejanza, para 2004 otras milicias comenzaron a forjarse en otras favelas de la misma zona; y antes de un año ya dominaban 92 comunidades por toda la ciudad.

Llevados por viejos recuerdos de la muerte, los pobladores empezaron a llamarlas, genéricamente, “a mineira”, en memoria de la policía de Minas Gerais, que en los años de la dictadura se hizo temida por los delincuentes de todo el país porque sus hombres no tenían ningún empacho en cruzar las fronteras del estado y ejecutarlos donde fuera.

En un principio supieron mantenerse con el aporte apenas de los comerciantes; en Río das Pedras eran tantos, que los vecinos no precisaban pagar. En otras comunidades, con menos actividad comercial, las cuotas eran tan bajas –20 o 30 reales–, que a nadie le parecía mucho a cambio de lo mucho que ofrecían. 

Allí ya no había bandidos ni hacía falta la policía. Para eso estaban las milicias.

Hombres armados por la ley, ex policías o policías de franco, bomberos –la ley brasileña autoriza a los bomberos a llevar armas–, ex miembros de las fuerzas armadas, y cómo no, algún que otro vecino también con portación legal y sed de orden. No eran improvisados. Pronto los otros aprendieron a temerles. Todos.

Incluso los políticos. Porque enseguida, de sus feroces filas surgirían los primeros candidatos de la después llamada “bancada policial”.

El adelantado fue Josinaldo Francisco da Cruz, O Nadinho de Río das Pedras, electo diputado estadual en 2004, y considerado ya entonces el “dueño” de Río das Pedras.

En 2006, Nadinho sería acusado de comandar las milicias y de haber ordenado el asesinato del delegado de la Policía Civil Félix dos Santos Tostes. Nadinho sería preso, pero para entonces la bancada policial había llegado.

En las elecciones de 2006, un relevamiento sobre 35 de las favelas dominadas por las milicias, demostraba que el 80% de ellas había llevado por lo menos un policía, un militar o un bombero en sus boletas. Y de los nueve candidatos del área de seguridad que habían hecho campaña en esas comunidades, cinco fueron electos.

El popular Nadinho acabaría asesinado en junio de 2009, acribillado en un condominio de lujo de Barra de Tijuca, donde vivía. En la favela de Río das Pedras, esa noche, llamó la atención un gran festejo interminable.

De aquellos buenos comerciantes tan unidos y valientes que protegían a sus vecinos sin cobrarles, ya sólo quedaba ese montón de comerciantes y vecinos asustados que ahora pagaban a las milicias por protección. 

Los votos no importaban más.

A punta de pistola, las milicias expandieron su poder, y sus negocios. Al servicio de protección se agregaron la distribución de agua, garrafas de gas y conexiones piratas de energía, internet y tevé por cable. Por derecho de admisión, coparon también el transporte alternativo –kombis, taxis, vans–; hasta que al fin abordaron el gran negocio inmobiliario. Tierras fiscales ya tomadas o no que las milicias empezaron a ocupar, lotear, vender y escriturar, sin más respaldo que sus armas. Era sólo marcar el terreno.

Un trébol de cuatro hojas, un pino, una flor, el escudo de Batman, cada cual estampa su marca en la puerta que protege, la que le aporta. Y donde falta la marca, claro, falta la protección. Es la ley.

Ciudades de la noche roja. Recién en septiembre de 2012, la presidenta Dilma Roussef promulgaría la Ley 12.720 que tipificaba de una vez por todas la formación de “milicias” o “comandos paramilitares”. Dicho estaba. Aunque un especialista agregaría: “casi demasiado tarde”.

Para entonces, cataratas de sangre habían bajado desde los morros y anegaban de sangre la ciudad.

A los ataques de diciembre de 2006, les correspondieron sus incontables represalias y a éstas sus consecuentes venganzas, y así hacia el infinito...

Cinco traficantes eran asesinados por las milicias en el morro Dezoito antes de marzo de 2007.
Ya en enero, los milicianos invadieron la favela de Cidade Alta; según denuncias, apoyados por un blindado de la Policia Militar. Por fin el 4 de febrero tomaron la favela por tres días, al cabo de los cuales el Comando Vermelho la recupera. La batalla por ese sólo morro, no terminaba todavía. Ya no había cómo contar los muertos.

En mayo de 2008, en la favela de Agua Santa, dos periodistas del diario O Día que investigaban el tema, fueron secuestrados por las milicias. Desaparecieron por dos semanas, cuando por fin fueron liberados a condición de no contar nunca más nada. Los dos se retiraron y aún es prudente no mencionarlos.

Ese mismo mayo, en la favela de Kelson, las milicias mataron diez sospechosos de tráfico.

El 5 de octubre, uno de los líderes del tráfico en la favela de Cidade Alta ya estaba muerto.

Y así llegó entre batallas el año 2009, cuando por fin alcanzó la fama nacional la Liga da Justiça, milicia de Río das Pedras, tan famosa como negada y responsable de más ejecuciones sumarias de las que el Estado podrá nunca inventariar. Y que descubrió en su caída, el entramado político que patrocinaba tanta muerte.

Un diputado estadual y un concejal fueron detenidos acusados de comandar la Liga da Justiça, dueña de todas las favelas de la zona Oeste; donde su adhesivo con el escudo de Batman ya era más conocido que en Ciudad Gótica.

El concejal Jerónimo Guimaráes; su hermano, el diputado Natalino Guimaraes, y su hijo, Luciano Guimaraes, fueron acusados de asociación ilícita y de homicidio. Natalino, incluso, había sido atrapado in fraganti en un tiroteo con la policía. Surgidos todos de una ONG propia –S.O.S Social–, que atendía justamente la zona oeste de Río, una vez presos, Jerónimo impulsó la candidatura de su hija Carminha. Tan luego, uno de los crímenes por los cuales eran juzgados, era la ejecución de nueve personas en la favela do Barbante el 20 de agosto de 2012. Ninguna de las víctimas tenía relación con facciones del crimen. Pero nadie culpó a las facciones. Según la policía, fue apenas un gesto de campaña en apoyo de Carminha, una forma de mostrarle a la población que las milicias eran aún muy necesarias. Los votos quizá no volverían, pero balas había de sobra.

En 1979, el Ministerio de Salud implementó el SIM, Subsistema de Informaçao sobre Mortalidade; y en 2010, con los datos obtenidos, entregaba su mapa de la violencia: desde 1980 habían muerto, por armas de fuego, 800 mil brasileños.

Muchos de esos muertos eran ya de las milicias, que en su marcha triunfal, por fin habían trascendido las fronteras de Río de Janeiro.

En San Pablo, donde las autoridades se jactaban de una caída en la tasa de homicidios durante los últimos años, de pronto aumentaban las muertes. Entre enero y setiembre de 2012, eran registrados 3.539 homicidios, casi un diez por ciento más que en el mismo período del año anterior. Y nada más que en noviembre de 2012, apenas en la ciudad de San Pablo, tres personas por día habían sido asesinadas. Tres por día.

El último mayo, en su informe anual, Amnistía Internacional culpaba de ese aumento a las milicias. “El fenómeno de las milicias revela un proceso de falencia en la seguridad pública, que no alcanzó a contener la expansión del crimen organizado en sus propias filas”, decía entonces Átila Roque, director ejecutivo de AI en Brasil.

Pero tampoco en San Pablo se habían detenido las milicias.

En noviembre del año pasado, en Salvador, Estado de la Bahía, el Ministerio Público advertía la acción de comandos armados que vendían protección en los barrios más abandonados. “La situación en Salvador es de las más graves, en cuanto a organización de milicias, y en relación con otros diez estados que también están en la mira del Ministerio Público”, apuntaba el diario O Globo, y allí daba la lista de los diez estados –once con Río– en guerra con las milicias. El mal menor.

La guerra que no cesa. Si bien las milicias son tan antiguas como la guerra, y en la seguridad privada tienen su versión más distinguida; y si bien sus redituables legiones alcanzaron la plenitud de su vigor en los grandes centros urbanos, fue tierra adentro donde se concibieron letales y se autoproclamaron legales. Los hombres y mujeres y niños del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra, lo saben perfectamente.
Alrededor del 90% del territorio brasileño está en manos de apenas un 20% de su población, mientras que el 40% de los sectores más pobres posee sólo el 1%. Ahí la madre de tantas batallas.

En abril de 2008, la Coordinación Nacional de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) comunicaba su indignación por otro asesinato en zona rural. Uno más igual a tantos.

Hombres encapuchados y bien armados invadían el asentamiento Liberación Campesina, en el Estado de Paraná, y asesinaban al dirigente del MST Eli Dallemole, ejecutado frente a sus tres hijos y su mujer.

El asentamiento estaba dentro de la hacienda Compramil, ocupada desde 2003. Desbordados por las protestas, la policía detiene cinco sospechosos, uno de ellos, Adilson Honorio de Carvalho, propietario de la hacienda, quien un mes antes, al mando de 35 pistoleros, invadía el campamento y le prendía fuego...

La CPT recordaba en su comunicado que el episodio se sumaba “a los diversos hechos de violencia vinculados a los conflictos por la propiedad de la tierra”. No había sorpresas.

Una vez ocupada por el MST la hacienda Las Tres Marías, allí en Paraná, un hacendado de la zona, Humberto Sá, avisaba desde los diarios de Curitiba que varios como él empezaban a organizarse “con fines exclusivamente defensivos”, aunque allí también confesaba su sueño: un movimiento de carácter nacional llamado, por qué no, El Granero de Brasil. Si bien ya eran tradición los guardias armados entre los grandes hacendados de la región, por primera vez uno de ellos reconocía públicamente la existencia de las milicias. 

Era el año 2003.
Sin embargo, ese pasado no pasa. En marzo de este año, en Campos de los Goytacazes, 275 km al norte de Río de Janeiro, Cícero Guedes dos Santos aparecía muerto de varios disparos. Era el tercer dirigente del MST asesinado desde enero. Otro más, y van…

Y la situación recrudece hacia el norte y nordeste del Brasil, donde ya el 80% de la tierra apta para cultivo está en manos de apenas un 10% de la población. El resto son más o menos intrusos. Garimpeiros, Sin Tierra, indios y activistas. La guerra es contra todos.

Grupos armados al servicio de los terratenientes, agencias de seguridad privada y escuadrones de la muerte financiados por las grandes empresas agrícolas, madereras y mineras, sicarios del agronegocio, son responsables por los más de mil conflictos armados que sufrió la región en las últimas dos décadas. Ataques y asesinatos, ejecuciones extrajudiciales. Exterminio de pobres, indios y marginales. Ellos le llaman: limpieza social. Balas no faltan.

Según llegó a contabilizar en 2010 la organización Viva Río, había ya entonces en manos privadas 15 millones doscientas mil armas. Ocho millones y medio no estaban ni siquiera registradas. Balas sobran.
En un perfecto espiral de la violencia, así el crimen y las milicias se esparcen por todo el país. Las milicias persiguen al delito y el Estado las persigue a ellas por reemplazar al delito allí donde lo vencen. Es la guerra que no cesa.

Mientras se escriben estás líneas, tropas del BOPE (Batallón de Operaciones Especiales de la Policía Militar), invaden la favela Dezoito y se enfrentan a tiros con las milicias del lugar. Unas suben, avanzan, y las otras responden, no retroceden. Chocan. Hay un canal que transmite en directo. Noticia repetida, mañana ni siquiera será tapa de los diarios. El camarógrafo va detrás del BOPE, se ven algunos vecinos que escapan, se parapetan, tiemblan. Redoblan los disparos. Combaten en plena calle. Esa tierra de nadie donde vivimos todos.

Tribus de Brasil
Entre el génesis y el Apocalipsis

En el cuerpo central de la nota apenas se mencionan al pasar las constantes matanzas de indios, el exterminio de tribus completas en manos de milicias financiadas por garmpeiros, hacendados y madereras ilegales y no tanto, grandes latifundios y otras legiones del agronegocio. La intención fue no repetirnos. En su edición 276 del 1 de setiembre, Miradas al Sur detalla algunos de esos genocidios en su nota “Entre el génesis y el Apocalipsis”.

El Papa y la liga de Toni el Erótico
Guaratiba es más que un barrio en la zona Oeste de Río, son más de cien mil habitantes y varias favelas. La Arquidiócesis de Río había planificado allí la gran misa de cierre de la última visita papal. Sería el domingo 28 de julio.

Pero Guaratiba estaba dominada desde hacía años por la mencionada Liga da Justiça, la milicia más grande de Río, decapitada en 2006 y que entonces dejó de existir. Como tal. Sin suspender sus operaciones ni desmantelar su organización, ahora actuaba como la “liga de Toni”, en referencia a su nuevo comandante: Toni Souza de Aguiar, alias O Erótico, ex policía militar con once mandatos de prisión, libre todavía.

El 11 de julio, dos semanas antes de la misa, 4.000 hombres del Ejército llegaban a Guaratiba, listos para enfrentar las milicias de Toni, el Erótico.

Finalmente Guaratiba se quedó sin misa. Diez días de lluvia convirtieron el bello campo que esperaba al 
Papa, en un pantano inaccesible; y el 28 de julio Francisco cerraba su visita en Copacabana.

En la madrugada de ese domingo, lejos de todo, en una boite de Campo Grande, Mato Grosso do Sul, en una pelea, Toni el Erótico mataba de dos tiros a un guardia penitenciario y era por fin atrapado.
Y ahora nadie sabe cómo se llama su milicia.

Fuente:MiradasalSur

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