Su hermana Lucía le abre a PUNTAL las puertas de la casa familiar donde “El Tino” vivió hasta los 14 años. Reliquias, manuscritos originales y anécdotas.
Dignidad, trabajo, honestidad y educación. Cualidades que se repiten en todo tipo de archivo o documento que aborde la vida de Agustín Tosco, el gran líder sindical nacido el 20 de mayo de 1930 en Coronel Moldes.
Hijo de Santiago Tosco, un reconocido docente que ejerció como maestro rural durante varios años en una escuela de la localidad Isla Verde, y de Dominga Arneodo, una laboriosa ama de casa, “El Tino” –apodado así por su descendencia italiana- creció junto a su hermana menor, Lucía, en una quinta emplazada al sur de la localidad en donde la familia cultivaba la tierra y elaboraba chacinados y embutidos para la venta.
“Cuando era chico, él era muy tímido. En la cocina había un horno donde mi mamá hacía pan casero y pan dulce, y cuando venía gente a visitarnos ella cebaba mates e invitaba con pan dulce. Pero ‘El Tino’ era tan tímido que desaparecía y yo ya sabía cuál era su escondite, así que le llevaba el pan dulce hasta ese lugar. Allí, él me preguntaba: ‘¿Ya se fueron?’. Mirá vos qué ironía, luego de grande se convirtió en un gran líder sindical”.
Quien habla es Lucía Tosco, hermana cuatro años menor que Agustín y la única familiar que habita el hogar devenido ya en un verdadero patrimonio histórico y cultural.
La simpática mujer de ojos casi turquesa interrumpe sus tareas de jardinería para recibirnos en el comedor de la casona que la vio crecer junto a su hermano y sus padres.
Lucía admite que no sabe precisar con exactitud en qué momento Agustín rompió la barrera de la timidez para transformarse en la voz de las masas, pero entre anécdotas y recuerdos bien guardados empieza a desempolvar los cimientos de quien llegó a ser uno de los referentes gremiales más importantes del país.
Confidente y compañero
“Cuando éramos chicos trabajábamos en la quinta donde teníamos una esparraguera. Y como el espárrago es una planta que en solo un día alcanza su punto de madurez, con mi hermano nos encargábamos de cortarla todos los días con un cuchillito que enterrábamos en su cepa. Y teníamos algunos clientes a los que les gustaban más los espárragos blanquitos, otros morados y algunos verdes, así que los teníamos que cortar según la hora del día, uno por uno”, relata.
Cuenta que luego de cosechados, colocaban los espárragos en un fuentón con agua para enjuagarlos, quitarle los restos de tierra y seleccionarlos luego según tamaño y grado de madurez. “Un día estábamos lavando espárragos los dos, uno en cada extremo del fuentón, y se me ocurrió preguntarle: ¿qué es vivir de rentas? Y él me respondió: ‘Es algo que nosotros nunca vamos a conseguir. Nosotros vamos a seguir trabajando, los que viven de rentas son los que tienen plata’”, recordó sonriente la mujer para luego agregar: “Nosotros siempre fuimos pobres, pero hambre no pasamos nunca. Nunca nos faltó nada”.
Entre cultivos y libros
La niñez de Agustín se repartió entre la escuela y el trabajo familiar. En Coronel Moldes cursó el nivel primario en dos establecimientos: hasta cuarto grado en la escuela municipal de barrio Alberdi, emplazada cerca de la plaza Deán Funes -donde actualmente funciona un Dispensario-, y completó el ciclo en la escuela Nicolás Avellaneda.
“A la mañana nos levantábamos bien temprano para ordeñar las dos o tres vacas que teníamos. Mi mamá nos llenaba los tachitos y salíamos con Agustín a repartirlos. Cuando volvíamos teníamos el café con leche preparado, desayunábamos, nos poníamos el guardapolvo y partíamos hacia el colegio”, comenta.
Mientras, Santiago Tosco repartía en sulky los chacinados y embutidos que producían en familia en ese mismo lugar.
Cuenta la mujer que Agustín perdió el extremo del dedo índice de la mano derecha a causa de un accidente con la máquina de procesar carne de cerdo cuando elaboraban chorizos.
La charla con Lucía es compartida con su amiga Élida y se ameniza con una torta casera que la anfitriona preparó acompañada con una gaseosa bien fría. Mientras recibe elogios por sus dotes reposteros, recuerda las preferencias gastronómicas de su hermano al momento de compartir la mesa.
En ese contexto, señala la ventana con rejas del comedor y expresa: “Cuando volvíamos del colegio, El Tino se asomaba antes de entrar y decía: ‘Mamá, ¿hiciste polenta?’. Porque la polenta y el dulce de membrillo con queso, eran sus favoritos”.
Lucía destaca los dones literarios de Agustín y recuerda que “heredó la letra de su padre”. “Cuando nosotros nos equivocábamos en alguna palabra, mi papá nos decía: ¡¿Para qué tienen el ‘mataburros’?!”, expresa la mujer, al tiempo que nos muestra el amarillo diccionario al que recurrían para agotar cualquier tipo de incertidumbre.
Rumbo a Córdoba
A los 14 años, Agustín ingresó al Colegio de Artes y Oficios “Presidente Julio Argentino Roca”, en la ciudad de Córdoba, institución de carácter gratuita y que contaba con un internado para albergar a los jóvenes que llegaban desde el interior de la provincia.
“Mi papá quería darle un estudio a Agustín y como acá en Moldes aún bachiller no había, viajó hacia Córdoba. Ahí demostró su inteligencia, capacidad y honestidad, terminó sus estudios en el año 1947, en solo cuatro años de cursado”, recuerda.
En 1949 empezó a trabajar en la recientemente creada Empresa Provincial de Energía en Córdoba (Epec). Luego ingresa a la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) en donde en tres años recibe el título de Técnico Electricista.
Mientras continuaba trabajando, fue elegido delegado gremial. “Ahí es en donde más se aferra a su vocación y lucha con todo fervor por la clase trabajadora”, apunta Lucía.
En 1951 cumple con el Servicio Militar Nº 13 de Infantería, en La Calera, Córdoba. En 1952 es designado secretario federal de delegados sindicales y en 1954 ocupa un puesto de asesor gremial en la Federación Argentina de Luz y Fuerza, máximo organismo en Buenos Aires.
“Yo lo quería mucho porque mi hermano era muy compañero. Cada vez que venía de Córdoba íbamos al cine del Everton, que en ese momento funcionaba en el salón de la Sociedad Italiana”, recuerda.
Javier Borghi
jborghi@puntal.com.ar
Fuente:ElPuntal
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