2 de febrero de 2014

OPINIÖN.

OPINION
Una nueva actitud
Por Horacio González


Muchas voces autónomas y de larga trayectoria se hallan profundamente preocupadas por los deterioros producidos por la fuerza especulativa que lleva el nombre de un frecuentado fetiche, el dólar. Esas voces coinciden en que hay que lanzar una respuesta adecuada, novedosa y con capacidad de exhortar a la lucidez participativa de miles y miles de ciudadanos, que no coincidiendo necesariamente con algunas o muchas medidas puntuales del Gobierno, perciben que su desgarro empobrecería la vida de miles, la haría más egoísta e injusta. Es hora pues de ir pensando sobre la base de una corriente intelectual y moral que sin superponerse con organizaciones o grupos ya existentes, plantee el dilema que se le abre al país, de caer nuevamente en la hondonada que suelen cavar las antiguas elites dirigentes con argumentos de apariencia edificante, civilmente relucientes y hasta munidos de excelentes citas literarias, pero conducentes otra vez al abismo de una nación sin destino creativo, sumergida en la insalubre globalización, elogiada desde los paraísos fiscales y los editoriales del New York Times, réplicas pavlovianas de los que se escriben aquí.

Es este momento de extrema dificultad, en donde se ha tomado una medida que no se quería tomar. Primero analicemos esta situación, que hace al drama de la hora. Por cierto, la esencia de la política es ser lo que se es, sobre la base de lo que nos hacen los demás. “Somos lo que hacemos con lo que nos hacen los otros”, decía Sartre. Otra inigualable frase –“preferiría no hacerlo”–, es también suficientemente memorable y nada impide pensar con ella el drama del político. Pero interpretada no según una abstención o un actuar de circunstancias, con astutos readecuamientos a las condiciones que sean, sino como advertencia de que es de nuestra responsabilidad darse cuenta y dar cuenta públicamente de los escollos. Según como podamos explicarlos o esclarecerlos, el “preferiría no hacerlo” puede dar lugar no a un empecinamiento abstracto ni a su contrario, la carencia de esclarecimientos sobre lo que hacemos, sino a una recomposición razonada, critica y autocrítica de nuestros propios empeños. Una nueva corriente intelectual que se abra a la comprensión de los múltiples planos que escinden la actual realidad, es necesaria. Debe basarse en el reconocimiento de quién uno es, qué identidad efectiva surge de su autoexamen, pues nunca somos una continuidad palmaria de acciones, sino que somos lo que surge de cada acción específica fundamentada en su momento y lugar. Sabemos que fuerzas poderosas, casi como Superman pintado en una pared de Italia, menos melancólico que nuestro Eternauta, sometido hoy a toda clase de kryptonitas, actúan a la sombra y a la luz. Son hijas y sobrinas del día y de la noche, poseen ontología y fisonomía de esa grotesca mácula, “riesgo país”, ya reemplazada por otros estigmas más efectivos. Algunas de esas formaciones son muy antiguas, pues surgen de la historia misma de los máximos poderes vinculados con la locomoción agropecuaria del viejo país exportador de bienes primarios, pero ahora sostenidas en nuevas tecnologías, en articulaciones novedosas con el capitalismo financiero, que incluyen aspectos no estudiados antes, que fundamentalmente son vínculos entre el capitalismo especulativo y las ramificaciones online de la estructura financiera. A lo que se le agrega que también reproduce facsimilarmente la circulación financiera en el espacio-tiempo del capital mundial, esto es, la madeja comunicacional planetaria, el knowledge management y su capacidad de forjar nuevos núcleos de la personalidad cultural de los pueblos, de hacer de ellas mercancías revestidas de los legados culturales clásicos aunque ahora descalificados (ya que no hay nada que no esté al alcance de su reproducción real o imaginaria: ella es verdaderamente la que culturalmente vive devaluando).

En el breviario del político que pretenda una transformación, aunque sea mínima en un mundo lleno de acechanzas, la palabra sobre el reconocimiento de la dificultad debe estar presente siempre. Ese el punto de partida de un pensamiento que pueda abarcar lo que hoy parece inconmensurable: un conjunto de transformaciones importantes en cuanto a la autonomía productiva y cultural del país, que se dan desde el 2003, tuvieron distinta suerte, pues como no podía se de otra manera en cualquier proceso popular, contenían su propia falla, su propio accidente, su propia inconsecuencia, la porción de lo que quería combatir, incluso, dentro suyo.

Y sin embargo, por haber afectado en proporciones moderadas a los poderes económicos, culturales y comunicaciones ya instalados en su goce persistente, reciben una reacción que va desde la acusación moralista catastrófica al procedimiento de hostigar y flagelar al mercado con un “Banco Central paralelo” –como señaló Kicillof–, lo que introduce un sentimiento colectivo de ilegalidad y pánico en la vida cotidiana. Luego, será el Gobierno el acusado de impostura, encubrimiento, impericia, despotismo, corrupción estructural, carencia de republicanismo o ilegalidad. El acoso es total, se podría reescribir la Enciclopedia de Diderot con todos los hallazgos producidos por la maquinaria de denuestos, que parecen formar un “corpus científico” de embestidas a los gobiernos atípicos.

¿Entonces qué debería decir ante esto una actitud novedosa, de carácter colectivo, de naturaleza crítica, intelectual y moral? Que la política se ha convertido en un “bosque de símbolos”, sin que ninguna pieza de lo que antes se llamaba realidad histórica, haya dejado de existir y reclamar su porción de garantías, emplazamiento de derechos y creación de democracias autosustentadas –mejor que la expresión “empoderamiento”, que viene de los peritos de la globalización–. Pero todo, ya, cruzado de los espantajos prefabricados por la industria simbólica de devaluar gobiernos con las características antes señaladas.
Por tales motivos, una nueva actitud autorreflexiva, de reconocimiento de lo real sin más, para operar desde ahí nuevas movilizaciones y conceptos, no precisa ya –hay que decirlo– de la autojustificación permanente, del discurso sin fisuras, del a priori de la explicación complaciente. Hay que dejar que las razones propias sean porosas a la espesa e indócil realidad, sin proferir una jerga ya armada. Ante eso, es preferible una palabra que aunque puede estar descentrada, busque la autenticidad del momento quebradizo que se está viviendo. Todos sabemos lo que alivia la expresión “reconocimiento”, si la entendemos más profundamente. Saber ver la hendidura. Prepararse para ello. Hacer de las nociones efectivas sobre la gravedad del momento, un motivo de recreación cultural, de crítica y de reagrupamiento de los grandes legados de la vida popular, genuinos, democráticos, con sus momentos colectivos reformulando a la altura de los tiempos la leyenda nacional.

Muchas veces, estilos que sin dejar de ser populares se embadurnan de las ideologías televisivas dominantes, crean una brecha entre la vida cotidiana de miles y miles de personas y el discurso autojustificatorio que sin quererlo comienza a girar en el vacío. Eso no ayuda a comprender por qué se toman medidas, o se deben tomar medidas que hubiera sido mejor no tomar. Hacer política maduramente permite explicar el infortunio, en vez de dejarlo librado a comunicaciones facilistas, o alquimias que apartan el argumento necesario de lo que realmente está en juego.

Pero no se trata de que todas estas luchas artificiosas alrededor de un bien escaso, el dólar como entidad fantasmagórica –que sustituyen lo que hace un siglo podía explicarse por vía de la “lucha de clases”–, sean puestas en términos de operaciones que surgen de una racionalidad ya establecida. Son luchas oscuras, en los hechos desestabilizadoras, pero que no tienen conciencia de serlo porque así es la política en el mundo contemporáneo. Sometida a la paradoja de las consecuencias, que tan bien explicaron los viejos maestros de la teoría social. Se quiere una cosa sin querer producir el efecto contrario a ella. Pero se lo produce. Porque se hace política bajo formas limitadas de autoconocimiento, donde el ardid, la maniobra astuta y la fullería profesional sustituyen la visión empeñosa por descifrar los movimientos de la historia compartida.

Considero esto un acontecimiento que exige nuevos llamados, urgentes, para sostener lo que miles y miles de ciudadanos no creen que fue un engaño, sino un gesto profundo para darle mejores instituciones, sensibilidades e igualdades al país. Gesto salido de un magma difícil –la historia argentina– y sometido a algo más difícil aún: la posibilidad de anunciar cambios señeros en un país tan lastimado y tan retraído para aceptar lo que lo favorece, empleando el vituperio insensato en vez del reconocimiento realista de lo que está en juego. A cambio de eso, porciones de la población no pequeñas, actúan contra la posibilidad de una alianza conceptual que proteja el linaje más o menos reconocible del que tácitamente ellas mismas forman parte. Se incomodan justo en momentos, siempre tormentosos, en los que se anuncian cambios existenciales viables, en el colectivo de lo popular al que pertenecen y en el contexto fragilizado de la entera vida nacional. Decir todo esto hoy precisa una nueva corriente intelectual y moral que recupere la autonomía de la palabra y esté en condiciones de hacer un nuevo llamado a todos los que, estoy seguro, sienten que si esto se pierde, se asuelan sus vidas, nuestras vidas.


Con mucho cuidado
La primera semana “después”. Las secuelas de la devaluación ya ocurridas. Lo que procura el Gobierno: precios, tasas de interés, dólar, inversión social. El corto plazo impera. Las profecías interesadas en los quinchos VIP: análisis que son deseos. Golpes de mercado, disquisiciones. Desafíos para el Gobierno, propuestas de reformas. Y algo más.
Por Mario Wainfeld

Imagen: Bernardino Avila
Terminó el enero de un verano que se las trae. Pasó la primera semana post devaluación oficial y autorización para compra de divisas por personas físicas. El panorama no cambió mucho, no sucedió nada inesperado, ni definitivo. Se sostuvo la cotización del dólar oficial a costa de una merma de divisas ni nimia ni terminal. El negro-blue casi no opera, aunque macaneadores profesionales o cambistas que se valen del anonimato proclaman su alza constante. Los precios no encuentran ancla ni techo, el activismo oficial es constante. Todo lo concerniente a paritarias está stand by (ver también nota aparte). El Gobierno interviene en varios frentes, sabe que las variables (que toda persona medianamente informada conoce) se interconectan, pero su principal obsesión de coyuntura son los precios de la canasta familiar.

El primer impacto de cualquier devaluación, el ineludible, ya se ha producido. Los beneficiarios iniciales son los que escribe el manual: los exportadores, los que tienen activos en divisas. El salario real, medido en dólares, bajó. Las importaciones son más costosas, lo que impacta principalmente en la industria y sólo secundariamente en el acceso de bienes suntuarios. Hay perdedores y ganadores de libro en cada devaluación.

El Gobierno quiso evitarla, dosificarla durante meses... en buena medida le torcieron el brazo algunos grupos de interés y la lógica de la situación. El discurso oficial habla de una pugna y la hay, lo sensato según la lectura de este cronista es asumir que se perdió un round.

El afán oficial ahora es mitigar o matizar los efectos de la devaluación. El primer objetivo, que diferencia a este gobierno de otros, es sostener los altos niveles de empleo.

El segundo es bien peliagudo, mantener el valor adquisitivo (medido en pesos) de los sueldos que bajaron en dólares.

El tercero es mejorar las prestaciones sociales para los sectores de menores ingresos, el programa Progresar es un ejemplo claro, una eventual actualización del monto de la Asignación Universal por Hijo redondearía el círculo.

El corto plazo acaso sea el tiempo de verano: es determinante. El Estado precisa acumular dólares para recobrar la iniciativa con fuerza. La actividad industrial es la principal garante del empleo y, por ende, de la dinamización del mercado interno. Pero son las exportaciones primarias las fuentes de divisas, he ahí una debilidad del “modelo”, un problema recurrente de la economía nacional.

En marzo o abril se cosechará la soja. Más allá de manejos del “Movimiento Libertador Silobolsa” habrá liquidaciones, con un dólar rotundamente más alto. La balanza comercial debería mejorar (más expo, menos impo) y con ella la recaudación impositiva: también lo dice la bolilla uno.
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Día por día: En el febril día a día, el equipo económico busca otros modos de engrosar las arcas. El Banco Central emite letras que toman las entidades financieras privadas y las induce (convence o algo más) a subir las tasas de interés. Los objetivos son varios. El más ambicioso es que el ahorro en pesos a plazo fijo compita, en la realidad y en el imaginario de los actores, con la tenencia de divisas. En la Argentina, todos lo sabemos, eso no depende sólo de datos materiales.

Se sube también la tasa por girar en descubierto, a fin de limitar a las empresas para financiarse de ese modo. En algún punto del futuro, podría convenirle más sacar los dólares del “colchón” que acudir al banco.
Los precios cuidados son la otra pata. El esquema del control es más prolijo que los anteriores intentados en la era de Guillermo Moreno. La gente de a pie, según la mirada impresionista de este escriba, conoce los productos y los precios máximos. La información en los medios y en los negocios es abundante y accesible.

Lo demás está en magma. Las reposiciones macaquean, en parte por maniobras de sectores concentrados, en parte como mecanismo de autodefensa de bolicheros. Algunos discursos oficiales no distinguen las abismales diferencias entre esos jugadores. Es un error, sobre todo porque los concentrados pueden vender al costo o con margen mínimo, lo que es muy peligroso para los chicos o “los chinos”. Puesto con simpleza de profano: el cálculo razonable de precios incluye el costo de reposición, o sea el valor futuro del bien. Eso se hace casi sin pensar, de volea, en momentos de estabilidad o aun de inflación alta pero previsible (como fueron los últimos años, digamos hasta fines de 2013). Cuando prima la incerteza, la tarea es entre hercúlea e imposible. Ese es el trance actual, en gran medida. En semanas deberá haber más precisiones. El Gobierno lo sabe, allende algunas intervenciones periodísticas voluntaristas, y juega en todos los tableros. Disputa contra la avaricia de los sectores dominantes, contra el afán destituyente de algunos y busca modificar aspectos sensibles de la realidad.
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Sportivo game over: El cronista no es invitado a las tertulias del Círculo rojo aunque sí tiene acceso a algunos de sus “portadores sanos” o a terceros que dialogan con ellos. Todos chimentan que en el sector VIP de la economía y en los medios concentrados se da por hecho que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no terminará su mandato. Sus escenarios prevén cambios institucionales en este mismo año. De eso sí se habla en los quinchos, así arman sus “mesas de arena”.

El ensayista y agitador bloguero Jorge Asís escribe que el oficialismo está game over y, por una vez, no produce una boutade ni se muestra más audaz que protagonistas de fuste. El diagnóstico de los poderes fácticos es su expresión de deseos. Saber quiénes y cuántos operan activamente para conseguirlo trasciende los fines de esta columna, la de hoy.

Hay una línea gris, muy estrecha, entre las operaciones del capitalismo salvaje y la desestabilización política. La gráfica expresión “golpe de mercado”, bien mirada, puede designar una acción política concertada o una movida económica que por sí misma sea destituyente.

Grandes productores agropecuarios amarrocan soja para forzar al Gobierno a reducir o quitar las retenciones. Si quisieran parafrasear al venerable Juan Carlos Pugliese, podrían argumentar que piensan con el bolsillo y no con el corazón. Pero, en verdad, tienen su corazoncito: dan toda la impresión de estar dispuestos al riesgo de perder plata para quebrarle la muñeca al Gobierno. Es, al fin y al cabo, un ejemplo extremo de la irresoluble tensión entre el capitalismo sin frenos y el sistema democrático. Cada cual privilegia su objetivo y tiene en mira su “contradicción principal”.

Un dirigente silobolsista fue diáfano: dijo que retener exportaciones es sinónimo de libertad. Es su ideología, una entre tantas, minoritaria siempre. Dan ganas de decirle que sea más franco, deje de enarbolar la bandera celeste y blanca y hablar del interés colectivo que le importa un rabanito. Que se ponga el parche en el ojo, exhiba la pata de palo y discuta a cielo abierto, sin maquillajes.
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Futuro, presente, pasado, estructura: En el recomendable Panorama Económico publicado ayer en Página/12, Raúl Dellatorre discurre sobre la posibilidad de intervenciones estatales enérgicas en el comercio exterior. La hipótesis transita despachos oficiales y estudios de especialistas.

Aldo Ferrer propone incentivar la inversión, no estrictamente la extranjera sino la de los capitales argentinos fugados. El patriarca de los economistas estimables siempre es lúcido, bien intencionado y sugestivo. No parece simple el cómo y el cuándo se refiere al mediano plazo, al que se llegará si (valga la insistencia) el Gobierno recobra control y centralidad en el corto.

Las iniciativas aluden a carencias de la estructura productiva. La concentración económica en varios rubros centrales es una de ellas, que se hace llaga en el comercio exterior de granos. La imperfecta sustitución de importaciones es problema endémico argentino. El esquema actual no da la talla para los objetivos del “modelo”, más allá de los esfuerzos realizados. Hoy día el crecimiento del PBI redunda más en una suba de las importaciones que de las exportaciones. Eso no se debe a la perfidia de los industriales volcados al mercado interno, que ha prosperado mucho con enormes incentivos oficiales. Ese sector atravesará una etapa dificultosa y apoya al Gobierno, revelando que el frente empresario no se resume en el bloque dominante. De cualquier manera, las módicas aptitudes de la “burguesía nacional” son otro nudo gordiano que no acaba de desatarse.
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En pugna: Hay una puja de intereses, de proyectos económicos que en su borde incluyen la propia estabilidad del sistema democrático. Para ciudadanos o grupos politizados es forzoso tomar partido, sin renunciar a la amplia gama de opciones que tiene una sociedad plural y diversa por antonomasia.
Para el Gobierno y para quienes lo apoyan (o apoyamos) es imprescindible discernir que el amor por la camiseta no es todo, que el buen juego también es necesario. Ha habido errores de gestión que agravaron el escenario, que deben ser internalizados. El modo en que implementó la restricción a la venta de divisas fue uno, hostigando a sectores medios a los que ahora se trata (con mejor praxis) de contener y halagar. La tentativa de pesificar el mercado inmobiliario metropolitano y el blanqueo de capitales pecaron de voluntarismo extremo y flojo conocimiento de la cultura local. Suponer que inversores taimados que fugaron divisas trajeran materialmente dólares era una quimera del blanqueo. Elegir herramientas por razones de real politik conlleva un doble riesgo. El primero está dado, es la contradicción con los principios propios. El segundo es quedar muy descolocado si fracasan: nada las justifica ni convalida.
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Golpe por golpe: Los objetivos inmediatos son contener el valor del dólar y de los precios. Y convencer de que se ha llegado a cifras de, siempre relativa, estabilidad. Con esos prerrequisitos se podrán mover las convenciones colectivas de trabajo, imprescindibles para encauzar la puja distributiva.
El Gobierno topa con uno de sus momentos más arduos. Tiene las convicciones bien puestas, corazón para la pelea y espaldas en materia económica. De cualquier forma, la pugna es dura e incluye a quienes son “hinchas” de la crisis. El extraño trotskismo de la derecha epocal: cuanto peor (para las mayorías y el gobierno democrático), mejor.

Los desafíos, queda dicho, no terminan en los enemigos de la democracia. Hay dificultades tangibles, coyunturales y estructurales, que un gobierno debe resolver, para seguir con alta legitimación.

Al fin de la nota, para aliviarla y paliar trabas expresivas, el cronista recurre a la metáfora deportiva. El kirchnerismo a menudo evoca al boxeador Maravilla Martínez, muy afecto al cambio de golpes. Muy proclive a terminar ganando con el cuerpo y el rostro machucados. Es su estilo que le ha dado resultados, lo que no garantiza que sea invencible. Los próximos rounds son cruciales, queda dicho.


Un vistazo durante la espera
Por Mario Wainfeld


El cónclave convocado por Luis Barrionuevo fue desairado por los referentes políticos opositores. El líder gastronómico los apostrofó y tildó de “cagones”. La diputada Graciela Camaño, que revista en el massismo, lo refutó casi en público. Tal vez la disputa sea algo más que una disidencia conyugal, ambos son políticos de nivel. Los arrebatos y la incontinencia verbal de “Luisito” lucen excesivos para el momento, que muchos protagonistas (con mejores perspectivas políticas) registran como delicado.

Conviene no exagerar ni ilusionarse de más. Pero, al cierre de esta nota, el mismísimo Hugo Moyano se maneja con bastante prudencia, comparado consigo mismo. No cuida mucho su imagen, se junta con el jefe de Gobierno Mauricio Macri y hasta lo ensalza. Riñe hasta con su hijo, el diputado Facundo Moyano, criticándole que se autonomiza para anudar acuerdos con Sergio Massa. Y la convocatoria del líder de la CGT opositora se va pareciendo mucho a la de los orígenes del MTA: una confederación de sindicatos de transporte.

Todo esto dicho, las acciones de Moyano son cautas, para sus parámetros usuales. No ha “ganado la calle” ni convocado a paros. Da la impresión, siempre transitoria y supeditada a mudanzas futuras, de que no quiere prender fuego, generar un “moyanazo”.

Su reclamo de una suma fija de aumento a cuenta de las convenciones colectivas es lógico, desde su lugar.
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Ocurre que es imposible poner en movimiento las convenciones colectivas hasta tanto se acomoden las coordenadas principales de la economía real, empezando por los precios (ver nota central). En ese aspecto, también el Gobierno corre (o, mejor dicho espera) contrarreloj.

Las novedades gremiales de la semana han sido pocas y no proyectables a futuro. La UTA realizó su clásica jugada de amagar con paros de micros de media y larga distancia, para lograr algunas mejoras. Es un juego de roles consabido, lo que no equivale a decir que es seguro que se llegue a un desenlace de acuerdo. Es lo habitual, que esta vez se repitió.

La Bancaria y los aceiteros acordaron una suma fija para los meses próximos, esperando a Godot. Es habitual que suceda porque sus convenciones vencen a fines de año, fecha poco propicia para cerrar acuerdos a largo plazo.

Gremialistas y funcionarios conversan sin ir más allá. El titular de la CGT oficialista Antonio Caló y Ricardo Pignanelli del Smata pidieron que se preservara el salario aunque privilegiando la defensa de los niveles de empleo. Otra señal de época.
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La paritaria docente ya es tópico de estas notas. El ciclo lectivo empieza a fin de febrero o principios de marzo según las provincias. Los gobernadores miran las tratativas nacionales y claman desde la tribuna para que no haya incrementos que, según ellos, les costará bancar. Se comentó acá mismo, semanas ha, que el Gobierno exploraba la posibilidad de un acuerdo semestral pero eso era antes de que “todo cambiara”.

Ahora está sin referencias y más bien en plan de pausa. Una reunión de los cinco sindicatos nacionales de docentes con los ministros Carlos Tomada y Alberto Sileoni solo sirvió para tramitar diferencias. Los gremialistas propusieron un pacto trimestral, algo difícil de digerir para Nación y provincias. Pero la mayor distancia finca en las cifras. Mucho margen cuando queda poco tiempo.
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Para el kirchnerismo las convenciones colectivas son un bastión. Mantenerlas en la contingencia es un desafío grande. Si las variables económicas no se acomodan pronto, acaso un aumento de suma fija por decreto podría servir para paliar el impacto inflacionario en el bolsillo de los trabajadores. Y, en términos volitivos, de puente de plata hasta que haya condiciones para dinamizar la negociación colectiva.
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En el contexto actual, opina el cronista sin originalidad y no por primera vez, sería funcional generar mecanismos u organismos tripartitos. Los intentos previos de “Consejo para el acuerdo social” naufragaron como daño colateral del conflicto con “el campo”. Y cuesta pensar cómo podrían hacerse con la fragmentación del movimiento obrero. El frente empresario, se comenta en estas páginas, no es uniforme, hay diferencias de intereses, según los sectores. Los obstáculos son muchos, la necesidad también.



OPINION
Neoliberalismo y terror
Por Damián Pierbattisti *


Con la muerte de León Rozitchner no sólo perdimos a una de las cabezas más brillantes que produjera este país a lo largo de sus últimos cincuenta años de historia intelectual. Se fue con él la pertinaz preocupación por señalar permanentemente las huellas que el terror genocida dejó en nuestra sociedad. Terror cuya reactualización se trivializa de manera infantilizada en el bombardeo “informativo” de los medios dominantes, concentrados y hegemónicos de manera tan impune como manifiesta. Desde el articulado intento sedicioso de las policías provinciales, que no casualmente coincidiera con la fecha en la que se conmemoraban los treinta años de vida democrática, hasta la actual corrida cambiaria y la eventual reedición de un nuevo Rodrigazo, fantasma agitado comprensiblemente por la derecha pero imperdonable en cualquier militante o cuadro político que se reclame de izquierda, se percibe claramente la intención de construir una sensación de caos, ingobernabilidad y vacío de poder, cuyo objetivo estratégico apunta a debilitar al Gobierno en una nítida ofensiva destituyente. Diálogo, consenso, acuerdos plurales, intereses de la gente, constituyen expresiones lavadas donde subyace la advertencia del genial León: “Quieren hacer por las buenas lo que si no volverán a hacer por las malas”.

No se trata de generar miedo sino de instalar el terror. La psicoanalista Silvia Bleichmar remarcaba la distancia que separa ambos términos: mientras que el primero habilita la posibilidad de reaccionar poniendo en funcionamiento un mecanismo de defensa, el terror es disolvente; paralizante. Esta es la argamasa sobre la cual trabaja la ofensiva mediática. El deseo manifiesto por impulsar una corrida bancaria, y el terror que conlleva la disolución de las relaciones sociales mediadas por el dinero que supondría la espiralización de un proceso inflacionario, encuentra su retaguardia en la memoria histórica del bienio 1989-90; activo tan o más preciado que cualquier oscilación en el tipo de cambio. Ya nos enseñaron que sólo por medio de la legitimidad social que otorga ponerle fin a un hipotético descalabro económico, social, cultural, político y financiero sería posible introducir las reformas de mercado que promueven desde los diferentes sectores políticos que controlan y conducen. La instalación de una cultura del superviviente, en los términos de Elias Canetti, fue una de las resultantes del genocidio y de la “democracia aterrada”, como llamaba León al precario sistema democrático que nació amenazado por los mismos sectores que impulsan la ofensiva destituyente. El terror desestructurante que emerge salido de las peores pesadillas de nuestra historia reciente aparece reactualizado en la paulatina construcción de un intento desestabilizador editorializado y guionado desde la cadena privada de medios.

¿Cómo puede comprenderse, entonces, si sólo nos circunscribiésemos al análisis de la evolución de la rentabilidad de las diversas fracciones capitalistas de la estructura económica, que aquellos sectores concentrados que lograron ingentes fortunas en el curso de la “década ganada” (objetivamente para ellos) sean los fogoneros de la ofensiva desestabilizadora? Muy simple: porque una clase dominante para ser dirigente requiere ejercer el gobierno del Estado. No basta con conducir políticamente el descontento. En tal sentido es medular seguir de cerca la evolución del incipiente Foro de Convergencia Empresarial, donde el bloque de poder busca limar sus diferencias internas, con la intención de “trabajar junto a todas las fuerzas políticas presentes y futuras para consensuar un acuerdo de cumplimiento programático en este mismo año 2014”. Puesto que el objetivo que persigue la alianza estratégica de los sectores más concentrados de la economía doméstica es asumir el gobierno del Estado, el documento final propone lograr un acuerdo “que ayude a definir políticas de Estado básicas y estables para apuntalar la identidad de la Nación”. “La identidad de la Nación” es la identidad de esa clase propietaria para la cual el despliegue de las energías nacionales debe universalizarse bajo la forma de un liderazgo hegemónico que hoy no ejercen, pero que están dispuestos a recuperar. Esta cumbre del bloque de poder convoca a revisar el intenso 1988, las múltiples alianzas tácticas y estratégicas que se fueron produciendo en el bloque dominante y que tuvieron como objetivo estratégico producir el golpe de mercado de febrero de 1989.

La actual coyuntura exhibe, con singular nitidez, los límites estructurales que presenta el desenvolvimiento del proyecto político inaugurado en mayo de 2003. Estos nos remiten a “La inflación, la corrida cambiaria y la restricción externa”, como los describiera de manera magistral la colega Mónica Peralta Ramos en una columna del lunes 20 de enero en este mismo diario, que se derivan de una economía fuertemente oligopolizada, cuyos sectores más dinámicos son de capital intensivo transnacional. Pero al mismo tiempo emergen otras dos grandes limitaciones estructurales conectadas con aquellas que son inherentes a la estructura económica argentina. En primer lugar, ya no es sostenible el desarrollo del mercado interno y de un programa de industrialización sustitutiva, con las limitaciones y debilidades que con toda razón se le pudiesen objetar, con la vigencia del marco jurídico heredado de la hegemonía neoliberal puesta en crisis en diciembre de 2001. La pésima gestión de las empresas distribuidoras de energía eléctrica, que sin duda alguna intentan forzar su reestatización para acudir al Ciadi y cerrar un negocio redondo, refleja la tensión irresoluble entre la vigencia de un proyecto político anclado en una activa planificación estatal de la economía, en virtud de una incidencia positiva en la distribución del ingreso, y el código legal y normativo tendiente a consolidar la posición dominante de los sectores más concentrados de la economía doméstica.
En segundo lugar, resulta evidente la importancia que asume avanzar sobre el control estatal del comercio exterior. La provisión de divisas no puede quedar en manos de un puñado de multinacionales y de las patronales agropecuarias. Este es uno de los vectores determinantes desde el cual ejercen su enorme capacidad de veto el bloque de poder y sobre el cual descansa la posibilidad misma de continuar avanzando en la construcción de una sociedad más igualitaria y democrática. El Gobierno enfrenta no sólo el desafío de evitar que se erosione el poder adquisitivo del salario tras la devaluación, sino también la necesidad imprescindible de construir los instrumentos de intervención estatales necesarios que autonomicen la provisión de divisas que requiere el desarrollo de la industria nacional, así como el financiamiento de los diversos programas de protección social, de la buena voluntad de los exportadores de commodities agrarios.

La fuerza social de la que goza la ofensiva perfectamente coordinada del bloque de poder pone de relieve, al mismo tiempo, uno de los mayores obstáculos que debe enfrentarse para avanzar en la construcción de una sociedad más igualitaria: la crisis orgánica de la hegemonía neoliberal no tuvo su correlato en una fracción importante de la sociedad civil. El sentido común neoliberal, que independiza el destino personal de las condiciones sociales a partir de las cuales aquél se construye, goza de la salud que equivocadamente se pone en cuestión; y no sería tan paradójico pensar que se fue consolidando a medida que fue creciendo el mercado interno por medio del incremento del consumo masivo. Aquello que de forma laxa da en llamarse “clase media” gira en torno de ciertas expectativas de movilidad social ascendente, fuertemente individualizadas e individualizantes, donde se cristaliza de manera manifiesta la tesis que sostienen los investigadores franceses Christian Laval y Pierre Dardot en su brillante ensayo La nueva razón del mundo: la fuerza del neoliberalismo descansa en su acabada articulación con un proceso civilizatorio.

Por tal motivo, una de las principales batallas que determinará el curso de los acontecimientos se continúa librando en la esfera de la cultura, en la fuerza social que se construya para enfrentar la determinación material y moral del bloque de poder para torcer la direccionalidad política cristalizada en el gobierno del Estado y en la legitimidad social que continúa girando en torno del centro de gravedad que atraviesa a la confrontación que se abrió desde mayo de 2003 hasta la fecha: el Estado debe intervenir en los procesos económicos, teniendo como objetivo construir niveles de igualación social cada vez más ambiciosos y elevados o, por el contrario, debe ser el funcionamiento del mercado, despojado de toda intervención y regulación, el que asigne y distribuya el excedente social. Lo que está en juego no es el retorno al 2001, sino la resolución de la crisis orgánica que allí se produjo.
* Sociólogo. Investigador del Instituto Gino Germani/UBA/Conicet.
Fuente:Pagina12



02.02.2014 
Gurúes de la hipocresía
Repasando ciertos medios de alcance nacional, es posible ver y escuchar opiniones que destilan soberbia y esconden autocrítica. 





Por: Alicia Kirchner
Si no estuviera escrito, si no existiera la prueba física de lo dicho, si fueran comentarios en la cola del supermercado, resultaría increíble que ciertos formadores de opinión y ex funcionarios pretendan dar cátedra sobre cuestiones que no han sabido resolver. Y no estamos hablando de una gestión menor sino de ex funcionarios nacionales y provinciales que ocuparon cargos importantes y, en el mejor de los casos, ese cargo les quedó grande. Sin embargo, indultados de su incompetencia por esos medios que les regalan tinta a cambio de palabrerío, hoy pretenden explicarnos cómo tenemos que hacer para resolver los problemas que con aciertos y errores siempre hemos enfrentado. Me pregunto por qué no fueron tan perfectos y efectivos cuando tuvieron a su disposición herramientas concretas, cargos públicos. Existen gurúes que nunca hacen una autocrítica de su lamentable legado, y sin embargo eso pareciera no incomodarlos a la hora de levantar el dedo y permitirse señalar a otros. No me extraña: a más de uno he visto bajar la mirada y quedarse sin palabras cuando, mano a mano, le pedí propuestas concretas. Quienes ocupamos cargos en la función pública, estamos en ellos para servir al pueblo y no para servirnos de los cargos. Por eso es importante terminar con la hipocresía de quienes declaman que quieren construir cuando sólo quieren destruir y sobre todo tener memoria y recordar que, cuando tuvieron la oportunidad, muchos de ellos no estuvieron a la altura de la historia. Hoy eligen el camino del desánimo y quieren presentarse como los que tienen las soluciones para los problemas del país. Se rasgan las vestiduras hablando de la necesidad de terminar con la fragmentación, pero a la hora de la verdad no son capaces de ceder ni un milímetro de su posición de privilegio. Esta década en políticas sociales, con nuestros aciertos y errores, estuvo marcada por el cambio de paradigma. Desde 2003 iniciamos un camino de transformación donde las personas y sus familias son sujetos plenos de derechos y el desarrollo humano es el eje central. Los números no mienten, y hoy en la Argentina, sólo para dar un ejemplo, con la incorporación del Progresar tiene la cobertura de niños y jóvenes más importante de Latinoamérica. Nuestro anhelo es quebrar definitivamente los esquemas de desigualdad que algunos sectores resisten con toda su fuerza. Para eso trabajamos todos los días y lo seguiremos haciendo con la ayuda de aquellos que entienden que la dignidad de las personas vale la pena.
Fuente:TiempoArgentino



Ya nos dimos cuenta
Año 7. Edición número 298. Domingo 2 de Febrero de 2014
Por Jorge Giles
jgiles@miradasalsur.com
(TELAM).
Opinión.
La principal diferencia entre esta época y épocas pasadas es que esta vez nos dimos cuenta. Sí, nos dimos cuenta de que hay un golpe financiero en marcha, que empujan para que desbarranquemos, que retienen 3.500 millones de dólares de soja en los silobolsas, que operan con total impunidad desde los medios masivos de comunicación, que Alfonsín tenía razón y que Néstor y Cristina también tenían razón cuando denunciaron al complejo agrofinanciero, bancario y mediático como enemigos de la democracia. “Las corporaciones”, que le decimos.

Y porque esta vez nos dimos cuenta, es que llevan todas las de perder y el pueblo y su gobierno, en consecuencia, llevan todas las de ganar.

¿Pero por qué es un final abierto todavía? Porque para cerrar el ciclo de estos golpes antidemocráticos se precisa una densidad social mayor y de tal peso que pueda barrer de cuajo cualquier alzamiento de estos “carapintadas” de guantes blancos.

Con lo que ya se cuenta en el activo de la democracia se hace la diferencia; lo reafirmamos. Pero hay que hacer aún mucha docencia y pedagogía de bolsillo para avivar a los zonzos que se prenden con la pizarra del dólar ilegal y “los precios que se suben a las nubes” mientras se registra un nuevo récord en el turismo local y la Presidenta anuncia el Plan Progresar para los jóvenes de 18 a 24 años.

Cuando una gran mayoría popular se haya dado cuenta de que esto es un golpe recurrente, cuando se entienda y comprenda que con el “círculo rojo” de la vieja y nueva oligarquía pierde el pueblo, cuando se huela que atrás de una corrida cambiaria vienen por el petróleo y el agua, por tu ahorro y tu trabajo, por tu paz y tu descanso, entonces y sólo entonces tendremos ganado el derecho de aflojar la guardia.

Mientras tanto, la lucha continúa.

El investigador argentino-canadiense Guillermo Hugo aporta esta reflexión: “Redondeemos: la deuda externa de Argentina representa 20% de su producto bruto interno (PBI). Si se compara con Canadá, donde la deuda externa representa 100% de su PBI, estaríamos diciendo que Argentina puede aún endeudarse por una buena suma. Si el PBI argentino es de 500 mil millones de dólares, ese endeudamiento “posible” llega a los 400 mil millones de dólares. ¿Cuál es el interés de saber esto? Que esos 400 mil millones “disponibles” representan el botín que las lacras del capitalismo internacional con sus lacayos nacionales pretenden conquistar destruyendo el gobierno de Cristina. Saben muy bien que el trabajo de organización y limpieza de la economía nacional orquestado desde 2003 permitió una acumulación de riqueza sin comparación en la historia nacional… y ellos la quieren para sus bolsillos. Son capaces de todo para conquistar ese tesoro y no dejarán de intervenir para obtenerlo. Falta saber de qué somos capaces nosotros para defenderlo”.
Más clarito, échale soda.

Digamos también, siguiendo esta reflexión que viene desde el hemisferio norte, que estamos ante una coyuntura histórica y absolutamente novedosa: contra la lógica impuesta por el poder económico durante 200 años, esta vez el Estado sostiene la pulseada y aguanta los trapos de la democracia inclusiva. No se lo esperaban. El Gobierno rompió el cerco bancario y financiero con que lo venían acosando, saltó al centro de la escena y logró reafirmar la matriz de su modelo de desarrollo.

¿Subieron los precios? A bajarlos nuevamente. ¿Dispararon el dólar a 13 o 15 pesos? A bajarlo a 8. ¿Querían que Cristina fuera a Davos? Se tuvieron que bancar que Cristina fuera a Cuba y hablase en la Celac, que es nuestro lugar en el mundo.

Hay que tomar posición en esta hora de definiciones. O estás con Rivadavia o estás con San Martín. O estás con Bartolomé Mitre o estás con Chacho Peñaloza. O estás con Magnetto o estás con la verdad. O estás con las corporaciones o estás con la democracia.

De todos modos, y para poner las cosas en su justo lugar, hay que saber que además del activo que siempre representa la conciencia colectiva, esta vez hay un Estado con reservas suficientes para aguantar el embate, hay una industria que crece, hay consumo popular masivo, hay ocupación laboral casi plena, hay desendeudamiento externo y hay un proyecto de país con un liderazgo muy claro.

Como una panacea para el disfrute, dejamos para el final la histórica Cumbre de la Celac.

El mundo se está moviendo aceleradamente. Los continentes se dilatan y forman como en tiempos de Pangea. Europa se parece cada vez más a un objeto de lujo en una feria de antigüedades. Los EE.UU. empiezan a dejar de ser un gran imperio. El capital financiero digita la vida y la muerte de aquellos países que caen en sus garras. Y en medio de esta mutación, se afirma la Celac. Es decir, la América latina y el Caribe.

La otra novedad es ésa: superamos cien años de soledad y empezamos otros cien años más en unidad y en paz. Es para celebrar.

De ahora en más habría que ensamblar, hasta donde se deba y pueda, la suerte de la Celac con la suerte de cada uno de nuestros países.

La carta de navegación fue la que marcó nuestra Presidenta en La Habana. Por eso, Clarín y La Nación la quisieron ocultar.

Mal que les pese, no podrán negar el sol con un alero.

Es urgente analizar lo que viene sucediendo en nuestra economía en el contexto correcto; o sea, en este mundo actual y en el marco del conflicto que atraviesa nuestra historia desde sus orígenes: el conflicto inconcluso entre dos proyectos de país. Cuando nos sacan de allí y nos quieren arrastrar al fango de una discusión descontextuada por el valor del dólar y la inflación, desconfiemos.

Alguna vez dijimos que los sectores parasitarios nucleados alrededor de la Sociedad Rural y el Grupo Clarín eran los herederos del virrey Sobremonte: les desvelan las reservas del Banco Central porque quieren quedarse, más temprano que tarde, con el botín del tesoro nacional.

Nos quedamos cortos: quieren quedarse con todo el Estado para volver a endeudarnos y para que activos como el petróleo se vuelvan a rematar por chirolas y moneditas sin valor.

Esta vez nos dimos cuenta.

Multiplicar esta verdad es la tarea.


Reflexiones para el inicio del año político
Año 7. Edición número 298. Domingo 2 de Febrero de 2014
Por Eric Calcagno* y Alfredo Eric Calcagno** *Diputado Nacional (FpV-P.J.). **Doctor en Ciencias Políticas.
politica@miradasalsur.com
Opinión.
Cuando prima el ruido mediático, prevalece la multiplicidad de intereses corporativos y el archipiélago opositor sólo concuerda en criticar sin límites al Gobierno Nacional, a veces conviene considerar “la cosa pública” en su conjunto, volver a visitar los conceptos básicos para determinar la lógica de cada actor, reconocer sus principios y naturaleza, así como el margen de maniobra de cada sector para conseguir sus objetivos.

Empecemos por lo elemental. Sabemos que las fuerzas políticas comprenden todos aquellos individuos o grupos (poderes del Estado, partidos, sindicatos, asociaciones), con capacidad de ejercer una influencia significativa sobre los actos de autoridad, estén o no institucionalizados. Actos políticos son las medidas de gobierno o de simple poder que influyen en la realidad política, tanto las leyes y decretos formales como las acciones de grupos. Todo ello se cumple dentro de un sistema político, en el que se manifiesta la acción de una constelación de fuerzas políticas, en el contexto de los mecanismos de sanción formal y de ejecución de los actos de autoridad.

Aquí comienzan las diferencias. Ante todo, los intereses que defiende cada fuerza política suelen ser opuestos. En una simplificación, en la Argentina actual hay quienes privilegian la inclusión social, mientras otros prefieren el auge de las corporaciones. Con este trasfondo, en los extremos las ideologías pueden transformarse por una parte en quimeras y por la otra en prejuicios y fobias. Se puede perder entonces la noción de la realidad y llegar a confundir lo fundamental con lo accesorio, y la forma con el fondo de las cuestiones. Entonces, para no equivocarse es necesario retornar a las relaciones primarias del funcionamiento político.

Las fuerzas políticas. La política cotidiana está protagonizada por fuerzas que pugnan por influir en el mayor grado posible en la sanción de actos de autoridad, movidas por diversas intenciones y valiéndose de diferentes medios. Así, se procura contribuir al desarrollo nacional o mejorar las respuestas a las demandas sociales; o se obra para obtener mayor libertad de acción o para conquistar ventajas personales o de grupo; o bien, se trata de perjudicar a los antagonistas; o, más frecuentemente, y según los casos, se suman varias o todas estas motivaciones.

De tal modo, como dos aspectos inseparables de una misma realidad, las fuerzas políticas pugnan por controlar las decisiones políticas o al menos influir sobre ellas, mientras el sentido de la justicia y el concepto de legitimidad orientan la acción o denuncian las desviaciones.
Tal es en teoría el esquema básico del sistema político. Veamos ahora la práctica.

Las fuerzas políticas en la Argentina. La primera reflexión que decide una simpatía o pertenencia política –o su rechazo– es la sensación de cómo le va ahora a cada uno o a su grupo, y cómo cree que le irá en el futuro, con el gobierno o con la oposición. Sobre esta materia hay tres opiniones básicas: primero, las de quienes apoyan al gobierno; segundo, las opositoras; y tercero, las dudosas. En general se produce una estratificación determinada por los actuales niveles de bienestar y de satisfacción de necesidades.

A las fuerzas a favor del Gobierno, que en el caso argentino son sobre todo los grupos de ingresos bajos y medios, les interesa con prioridad el mantenimiento del empleo y la suba de los salarios reales. En segundo término, el acceso a los servicios públicos básicos (entre otros, agua, salud, educación, vivienda, transporte, jubilación) y el mejoramiento de su calidad. En tercer lugar, la sensación compartida por muchos ciudadanos comunes, de que el actual gobierno es el suyo, de que no está subordinado ni política ni socialmente a quienes tienen muchísimo más poder y dinero que ellos; son reclamos fuertes, vitales, sustanciales. Es el grupo que compara la situación actual con el período prekichnerista, y que se esfuerza para consolidar las conquistas logradas en esta década.

El núcleo duro de las fuerzas opositoras es de clase alta y media alta. En su mayoría, tiene sus necesidades básicas satisfechas y sus principales quejas se originan: primero, por la pérdida del gobierno, que habían detentado –con algunas interrupciones– desde siempre; ello implica duras pérdidas de poder político y de dinero; segundo, invocan la inseguridad y los defectos en la prestación de los servicios públicos; y tercero se quejan por innumerables cuestiones formales que molestan su bienestar o su sentido estético.

Pero no es todo. La novedad en la estructura social es la duplicación de los integrantes de la clase media producida desde 2003. Dentro de esta afluencia, se incorporaron a la clase media varios grupos heterogéneos, que apoyan algunas medidas del gobierno y rechazan otras. Conforman así un grupo ambiguo en cuanto a sus preferencias políticas. Una parte de él, junto con la mejora de su nivel de vida, adoptó las fobias gorilas en contra de las clases populares; como sus ingresos no le alcanzan para acceder a los consumos de las clases altas, por lo menos, tratan de imitarlas a través de sus opiniones reaccionarias.

Funcionamiento del sistema. Hasta ahora examinamos la “anatomía política”. Observemos ahora la “fisiología”, es decir su modo de funcionamiento.

En el caso argentino, todos los actos sometidos a consideración por el gobierno tienen viabilidad institucional y en los hechos; es un resultado lógico porque controla los mecanismos institucionales, favorece a los grupos sociales y políticos más débiles e indefensos y moviliza a las capacidades del Estado para conseguir una mayor inclusión social. Además, enfrenta las críticas de la oposición con propuestas alternativas potentes; por ejemplo, la asignación universal por hijo, la moratoria jubilatoria, el plan de vivienda Procrear y el plan progresar para que estudien los jóvenes que ni trabajan ni estudian.

Por el contrario, los actos de la oposición son actos virtuales, pues casi siempre consisten en ataques al gobierno, sin propuestas concretas y viables para resolver los problemas. La oposición, en el plano legal sólo puede trabar o retardar la ejecución de los actos, sobre todo a través de un grupo de jueces adictos que frenan la ejecución de leyes con medidas cautelares; pero sólo se oponen al programa del Gobierno y no proponen alternativas. Por eso no tratan de realizar actos políticos tangibles, sino de provocar una sensación, generar un estado de opinión pública tendiente a que la gente crea que el Gobierno ha fracasado en la obtención de sus objetivos; son actos aparentes. Frente a esa ofensiva, el Gobierno exhibe ante la opinión pública sus logros.

En el ámbito ilegal, intentaron varias acciones destituyentes: cortes de ruta masivos para impedir el aumento de las retenciones agrarias; empujaron sediciones de gendarmería, prefectura y policiales, para obtener mejoras de salarios; y ensayaron golpes de mercado para destituir al Gobierno (desde 2003, ya van por la sexta corrida contra el peso). En conjunto, configuran una clara política destituyente. Ambas tácticas, la legal y la ilegal, le dan preponderancia a los medios de comunicación. Más que a la tarea política, se dedican a la acción psicológica.

Muchos siglos después, se repite la historia del mitológico Sinón, que fue el griego que convenció a los troyanos para que ingresaran en Troya el caballo de madera que habían dejado los griegos. Por esta acción psicológica de “falsificar palabras”, Dante ubicó a Sinón en el Infierno de su Divina Comedia. En la misma perspectiva, hoy vemos cómo formadores de precios y formadores de opinión buscan degradar la “anatomía” y “fisiología” de la política como ejercicio de la libertad individual y colectiva, para alcanzar sus propios objetivos sectoriales en desmedro del conjunto de la sociedad.
Fuente:MiradasalSur

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