Salta 2127: efectos colaterales
2 feb, 2014
Por Santiago Baraldi.
“Ciudadanos Olvidados”, pintó Carina con aerosol cuando, reabrieron la cuadra. Vivía con su familia en el pasillo lindero a las torres del 2141, donde sus tres departamentos también tuvieron que ser demolidos.

2 feb, 2014
“Ciudadanos Olvidados”, pintó Carina con aerosol cuando, reabrieron la cuadra. Vivía con su familia en el pasillo lindero a las torres del 2141, donde sus tres departamentos también tuvieron que ser demolidos.

Carina no dudó, compró un aerosol y estampó sobre la chapa: “Salta 2127 Ciudadanos Olvidados”. Fue el jueves de la semana pasada, en ocasión de la reapertura de la calle una vez finalizada la demolición de las torres siniestradas en la explosión del 6 de agosto. “Hay quienes festejaron el tiempo récord de la demolición, gente que festejó la apertura de la calle. Yo no tengo nada para festejar”, afirma la mujer que vivía en el pasillo lindero a la catástrofe y que también hubo que demoler junto a otras tres viviendas. “Está lo humano y lo material. Hasta ahora no había dicho nada de mi casa porque me parecía ofensivo, veía lo que lloraban por sus hijos o sus familias y me parecía desubicado quejarme porque no tengo casa, no me puedo poner en el lugar del que perdió un hijo. Lo mío parecía secundario, pero yo tampoco doy más”.
Carina Pignataro y su esposo Pablo Rocca, chofer de la línea 35/9, estaban dispuestos a ir al supermercado luego de dejar a su hija en el Normal Nº 2 aquella mañana. Vieron cómo el portero de Salta 2141 y el hermano de la dueña de la perfumería que está en la cuadra cortaban desesperados la calle. Y cuando llegaron a la esquina de Salta y Balcarce, la explosión los tiró por el aire. “Mi marido volvió al pasillo porque se preocupó por Lautaro, de 11 años, del primer departamento de nuestro pasillo. Nuestra casa está a la altura de la torre que implosionó. Fue hasta el final del pasillo en busca de nuestra vecina Leticia Campana, de 90 años y la sacó por los fondos de La Gallega. Era tal el lío, los gritos, el fuego, la angustia, que no me había dado cuenta de que la torre del medio, que está a la altura de nuestra casa, se había caído”, recuerda.
Hoy se siente “una vecina olvidada”. Las tres viviendas del pasillo y una cuarta casa fueron a demolición completa, “todos propietarios, linderos y sin seguro”. Carina afirma que la situación es compleja: “Es que solo se nos ofrecen créditos, ahora están levantando las medianeras. Donde estaba mi casa hay tierra. La provincia nos quiere ayudar con créditos. Yo voy a tener que volver a pagar lo que mi viejo pagó para levantar esa casa. Estamos sin nada, quería buscar mi segundo hijo, pero ¿a quién le importa?”, dice con un nudo en la garganta.
El primer mes tras la tragedia, la familia se instaló en casa de los suegros de Chiqui, como le dicen a Carina en el barrio. Una empleada de La Gallega lo comentó y enseguida se enteró Elina, una mujer de 72 años, que tenía un departamento recién desocupado por calle Balcarce, a la vuelta de donde vivían. La mujer se cruzaba en la verdulería del súper con Chiqui y se quedó muy preocupada por su suerte. “Lo de la gente es increíble, todos los vecinos han tenido una actitud increíble, desde Elina, que nos alquiló a un precio más que razonable; gente buenísima como Librería Balcarce, que porque mi hija había perdido todos sus cuadernos y útiles de la escuela me regalaron una mochila con todo lo que necesitaba. Vecinos que me llamaban para saber en qué podían darnos una mano. Pero ni un político ni funcionario nos llamó. Nuestros representantes son sordos”, lamenta.
Como cada uno de los damnificados por el siniestro, Carina y Pablo recibieron los subsidios de 20 mil pesos primero y 50 mil pesos después. “Pero esa plata que nos dieron , entre alquileres y gastos, se diluyó rápidamente. Todos cobramos lo mismo, pero había familias más numerosas y esa plata se les terminó enseguida”.
El jueves de la semana pasada, cuando se abrió calle Salta desde Oroño, Carina sintió bronca de que ninguna autoridad de peso de la provincia y la ciudad haya estado presente para acompañar a los familiares y vecinos que perdieron todo. “Sólo vino Gustavo Leone, algún funcionario debería haber venido, una vergüenza. Estuve con los familiares, yo soy lindera a ellos, me quedé sin nada, como ellos, al principio sentía vergüenza de quejarme porque me quedé sin mi casa, porque ellos había perdido a sus seres queridos, pero la verdad es que yo tampoco doy más”, concluyó.
“No tenía a nadie”
Un enorme paredón se levanta sobre calle Salta. Los trabajadores colocan ladrillo sobre ladrillo para tapar todo el terreno donde se levantaba el edifico de Salta 2141 y el pasillo del 2127. El cartel que recuerda los rostros de las 22 víctimas quedó apoyado y sobre la vereda improvisando un santuario con botellas que contienen flores marchitas. Carina piensa en su vecina del pasillo, Leticia, de 90 años. “Ella no tenía a nadie, la cuidaba una mujer de 70, Zulma, que se la llevó a su casa. Se quedó sin nada y tampoco la llamó nadie para preguntarle si necesitaba algo. Por eso me da bronca que digan que la demolición se hizo en tiempo récord, deberían haber realizado bien los trabajos para que todo esto no hubiera ocurrido; que Litoral Gas haya hecho las cosas en tiempo récord, y nada hubiera pasado”.
Fuente:ElCiudadanoyLaGente
Carina Pignataro y su esposo Pablo Rocca, chofer de la línea 35/9, estaban dispuestos a ir al supermercado luego de dejar a su hija en el Normal Nº 2 aquella mañana. Vieron cómo el portero de Salta 2141 y el hermano de la dueña de la perfumería que está en la cuadra cortaban desesperados la calle. Y cuando llegaron a la esquina de Salta y Balcarce, la explosión los tiró por el aire. “Mi marido volvió al pasillo porque se preocupó por Lautaro, de 11 años, del primer departamento de nuestro pasillo. Nuestra casa está a la altura de la torre que implosionó. Fue hasta el final del pasillo en busca de nuestra vecina Leticia Campana, de 90 años y la sacó por los fondos de La Gallega. Era tal el lío, los gritos, el fuego, la angustia, que no me había dado cuenta de que la torre del medio, que está a la altura de nuestra casa, se había caído”, recuerda.
Hoy se siente “una vecina olvidada”. Las tres viviendas del pasillo y una cuarta casa fueron a demolición completa, “todos propietarios, linderos y sin seguro”. Carina afirma que la situación es compleja: “Es que solo se nos ofrecen créditos, ahora están levantando las medianeras. Donde estaba mi casa hay tierra. La provincia nos quiere ayudar con créditos. Yo voy a tener que volver a pagar lo que mi viejo pagó para levantar esa casa. Estamos sin nada, quería buscar mi segundo hijo, pero ¿a quién le importa?”, dice con un nudo en la garganta.
El primer mes tras la tragedia, la familia se instaló en casa de los suegros de Chiqui, como le dicen a Carina en el barrio. Una empleada de La Gallega lo comentó y enseguida se enteró Elina, una mujer de 72 años, que tenía un departamento recién desocupado por calle Balcarce, a la vuelta de donde vivían. La mujer se cruzaba en la verdulería del súper con Chiqui y se quedó muy preocupada por su suerte. “Lo de la gente es increíble, todos los vecinos han tenido una actitud increíble, desde Elina, que nos alquiló a un precio más que razonable; gente buenísima como Librería Balcarce, que porque mi hija había perdido todos sus cuadernos y útiles de la escuela me regalaron una mochila con todo lo que necesitaba. Vecinos que me llamaban para saber en qué podían darnos una mano. Pero ni un político ni funcionario nos llamó. Nuestros representantes son sordos”, lamenta.
Como cada uno de los damnificados por el siniestro, Carina y Pablo recibieron los subsidios de 20 mil pesos primero y 50 mil pesos después. “Pero esa plata que nos dieron , entre alquileres y gastos, se diluyó rápidamente. Todos cobramos lo mismo, pero había familias más numerosas y esa plata se les terminó enseguida”.
El jueves de la semana pasada, cuando se abrió calle Salta desde Oroño, Carina sintió bronca de que ninguna autoridad de peso de la provincia y la ciudad haya estado presente para acompañar a los familiares y vecinos que perdieron todo. “Sólo vino Gustavo Leone, algún funcionario debería haber venido, una vergüenza. Estuve con los familiares, yo soy lindera a ellos, me quedé sin nada, como ellos, al principio sentía vergüenza de quejarme porque me quedé sin mi casa, porque ellos había perdido a sus seres queridos, pero la verdad es que yo tampoco doy más”, concluyó.
“No tenía a nadie”
Un enorme paredón se levanta sobre calle Salta. Los trabajadores colocan ladrillo sobre ladrillo para tapar todo el terreno donde se levantaba el edifico de Salta 2141 y el pasillo del 2127. El cartel que recuerda los rostros de las 22 víctimas quedó apoyado y sobre la vereda improvisando un santuario con botellas que contienen flores marchitas. Carina piensa en su vecina del pasillo, Leticia, de 90 años. “Ella no tenía a nadie, la cuidaba una mujer de 70, Zulma, que se la llevó a su casa. Se quedó sin nada y tampoco la llamó nadie para preguntarle si necesitaba algo. Por eso me da bronca que digan que la demolición se hizo en tiempo récord, deberían haber realizado bien los trabajos para que todo esto no hubiera ocurrido; que Litoral Gas haya hecho las cosas en tiempo récord, y nada hubiera pasado”.
Fuente:ElCiudadanoyLaGente
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