28 de marzo de 2014

OPINIÓN.

Rodolfo Braceli · Desde Buenos Aires
Ni balas, ni pedradas: memoria

Viernes, 28 de Marzo de 2014

Semana del 24 de marzo, a 38 años de 1976: una Argentina dividida entre los que quieren recordar y reflexionar esa fecha y los que se cantan, es decir, se cagan en ella. Cada quien elige qué hacer con su conciencia.


Un detalle: también la Asamblea General de la ONU conmemora cada 24 de Marzo el “Día Internacional del Derecho a la Verdad en Relación con las Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas.”

Recupero conceptos vertidos en mis columnas. El 24 de marzo de 1976 un guadañazo a la Constitución arrojó a nuestra sociedad al último subsuelo de la condición humana. La Argentina empezó a escribir su capítulo más sanguinario y perverso  desde 1810; el capítulo figura en la historia universal del horror.

Se palpa: hacer memoria, a demasiados ciudadanos y dirigentes les da en el hígado. No importa. Por empezar, seamos precisos: aquel golpe asesinador fue muchísimo más que una aventura militar. Al boleo le añadimos “cívico”. Pero es necesario agregar que adentro del “cívico”, como partícipes del genocidio, estuvieron grandes empresarios, altos señores de la Sociedad Rural, altos sindicalistas, altos intelectuales y demasiados integrantes, también altos, de la jerarquía de nuestra religión oficial. Las excepciones fueron heroicas.

Ojo al piojo: la concurrencia de tantos responsables no aminora las culpas de los sanguinarios militares. En materia de derechos humanos las culpas no se licúan, ni se fraccionan por la cantidad. No vale pensar que, a más criminales, menos culpa en cada uno. La asesinación de lesa humanidad no se subdivide ni prescribe ni se cancela con el simple paso del tiempo.

El filósofo búlgaro Tzvetan Todorov escribió: “Un país que ha tenido campos de concentración tiene el corazón comido por los gusanos”. Pregunta ya: los tejidos del corazón comido por los gusanos, ¿pueden reconstituirse?

Pueden reconstituirse si afrontamos la memoria. Sin esa memoria intensa el corazón agusanado seguirá siendo un corazón comido por los gusanos: un agujero sin latidos.

Desde la complicidad de los pulpos medios descomunicadores (que la pasaron  macanudo en los años 1976 y siguientes), aun hoy se trabaja para hacernos creer que memoria es sinónimo de venganza y retroceso. Desactivemos la confusión: la memoria no es retroceso, es lo contrario. Porque sin memoria la insoportable historia se repite, y los crímenes. Sin memoria en vez de una sociedad somos una digestiva horda de cretinos, de degenerados morales.

Otro ojo al piojo: el 24 de marzo de 1976 empezó mucho antes, con otras dictaduras redentoras, hasta que llegó el prólogo asesinador de la Tiple A, que encarnaba el brujo López Rega y su banda. Siempre resulta difícil de asimilar que Juan Perón tuviera de mano derecha a ese personaje repugnante. Además cuesta creer que un estadista de la talla de Perón dejara como sucesora, para la presidencia de la república, a María Estela Martínez, Isabelita, una mujer inculta, inservible por donde se la mirara. La mediocridad de Isabelita no justifica en absoluto lo que hicieron los militares asesinadores y los civiles reaccionarios y el clero retrógrado, todos al compás de los pulpos medios que perpretaron la otra dictadura, la de Papel Prensa.

Los medios: la mayoría oscilaron entre la obsecuencia y la vista gorda. Aquí se violaron, de a miles, las vidas, y se violaron, de a miles, las muertes. Y además, como propina, hubo tráfico de criaturas arrancadas desde la misma placenta. Les resultó poco matar: no sólo se torturó y asesinó, se desaparecieron los cuerpos. El surrealismo fue una canción de cuna. El absurdo, desnucado. El abismo, desfondado. El país, entregado con un plan vertebrado por el civil Martínez de Hoz, pedazo de hijo de esa Sociedad Rural dueña de la escarapela, que insiste en elogiarlo.

No, señoras muy aseñoradas y señores muy almidonados, hacer memoria no es retroceder. Mientras no se sepa el destino de miles de cuerpos sin sepultura, y no aparezcan los 400 nietos que siguen con su identidad secuestrada, y la justicia no diga su última palabra, aquel capítulo que empezó en 1976 seguirá sangrando. Y el pus, duro y parejo, anegando los corazones, para alegría de los gusanos. 

Hace tres años, en el juicio por la ESMA el tristemente famoso Tigre Acosta declaró: “El gran problema (de la dictadura del 76) fue haber dejado gente viva”. Esa frase sintetiza la opinión de miles de habitantes. Estos habitantes son, ¿casualmente? los que claman por “reconciliación”. La reconciliación, una obscena coartada. 
¿Qué reconciliación puede gestarse mientras hay regodeo en la negación y alarde en la impunidad?

Conducir un automóvil sin mirar por el espejo retrovisor, es la mejor manera de no llegar a destino. Por eso, imprescindible hacer memoria. Sólo con memoria semillaremos un futuro diferente.    

Ya cumplimos 30 años de democracia. Pero no nos engañemos, a la democracia la tenemos que hacer cada día con su noche; tenemos que dormir con un ojo abierto y el otro también. La democracia no es perversa ni virtuosa. Es como somos: un hondo espejo que nos refleja con exactitud. Estemos bien despiertos. Hay demasiada dirigencia que confunde estribillo con ideología. Hay demasiados ciudadanos que justifican la picana y la bala fácil. Hay demasiados dirigentes políticos que han convertido el oportunismo alevoso en un estilo, trabajan para la paranoia y la paranoia se ha transformado en la gran ideología. Cuentan con el respaldo de los degenerados pulpos medios periodísticos que, con entusiasmo, se bajaron calzoncillos y bombachas en el ‘76.

Hoy tenemos una democracia “como la gente”. Eso, “la gente”, somos todos. La democracia, aparte de cumplir años crecerá si es que la sembramos. Y para sembrarla hay que estar bien despiertos, porque la democracia es un prodigioso insomnio.

Nuestros corazones comidos por los gusanos sólo pueden reconstituirse por la memoria. Las chifladas, las locas Madres y Abuelas no tiraron una sola bala, una sola piedra: nos enseñan que la memoria es la forma más ardua del optimismo.
Fuente:Jornada.online

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