Ya se tomaron 145 muestras de sangre para realizar el proceso de identificación
Los nombres de Malvinas
Familiares de los caídos en el conflicto bélico hablan del trabajo del Estado argentino y de especialistas para identificar a los 123 enterrados como NN.
Por: Franco Mizrahi
Quiero que mi hijo tenga en su cruz el nombre con el que fue a las islas. Para eso le puse un nombre cuando nació. Tenía nombre y apellido", dice Raquel García (79) a Tiempo Argentino. Raquel es la madre de Daniel Alberto Ugalde, uno de los 123 soldados que murió en la Guerra de Malvinas y aún no fue identificado. Sus restos reposan en el cenotafio levantado en el archipiélago austral bajo una cruz que sentencia, como la de un centenar de compatriotas: "Soldado argentino solo conocido por Dios." A casi 32 años de que perdiese la vida, Daniel y los restantes 122 combatientes podrían dejar de ser considerados NN. Ocurre que el Estado argentino avanza en el proyecto de identificación: como informó la presidenta el 2 de abril pasado, el Estado, a través de un equipo interdisciplinario supervisado por la Cruz Roja Internacional, ha recopilado 145 muestras de sangre de familiares de 63 soldados no reconocidos. Se trata del primer paso para reconstruir el perfil genético de los fallecidos. La etapa final del proceso consta de un trabajo forense en el cementerio de Darwin para cotejar los ADN. La mamá de Daniel Ugalde fue quien inició el proceso al ser la primera integrante del grupo de familiares en aportar su gota de sangre.
El 30 de agosto de 2013, Raquel se presentó junto a Diego –el menor de sus hijos– en el ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. La recibió un equipo interdisciplinario compuesto por personal del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, de Desarrollo Social, por integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y por el escribano de la Nación. Se trata del grupo de trabajo que tiene la misión de recolectar las muestras de sangre.
Antes de la extracción, los familiares deben realizar una serie de pasos burocráticos: responder un formulario con preguntas referidas a la familia y a la víctima, que fue aprobado por la Cruz Roja, y firmar un "consentimiento informado", documentado por el escribano general de la Nación. Tras ratificar la voluntad del familiar de entregar su gota de sangre, el equipo del EAAF procede a la extracción (un pinchazo en un dedo). Las muestras de sangre se dividen en tres papeles secantes especiales, que permiten conservar el ejemplar por muchos años, y se introducen en un sobre. Luego son distribuidos entre el Archivo de la Memoria, el ministerio de Justicia y Derechos Humanos, y el EAAF. En caso de que el familiar no esté de acuerdo con el estudio, se documentan las razones y firma su negativa al procedimiento. Al cierre de esta edición, se habían visitado a familiares de 65 caídos enterrados como NN. Sólo dos familias se negaron al proceso.
"Quiero que identifiquen a mi hijo, quiero que tenga una cruz con su nombre", remarca Raquel, quien está vinculada a la fundación "No me Olvides", de Mar del Plata, una de las organizaciones de familiares de caídos y ex combatientes que impulsa la identificación. Según relata, su hijo Daniel tenía 20 años cuando fue a combatir a las islas, integraba la compañía de ingenieros de combate 601 y llevaba una medalla identificatoria que le dio el Ejército con el número 211. Esa cifra fue la que su hermano Diego reconoció en la cruz del cementerio de Darwin en enero de 1997. Pero algo se trastocó y cuando los familiares volvieron a las islas nunca más volvieron a encontrar la cruz con ese número.
Según lograron reconstruir los familiares, Daniel falleció el 14 de junio de 1982, el mismo día en que finalizó el conflicto bélico. "Se ve que lo identificaron a último momento con lo que tenía colgado al cuello", reconstruye Raquel. Y explica: "Pero luego cambiaron las cruces en el cementerio y no volvieron a poner el número en la cruz. No sé por qué", se lamenta quien viajó por primera y única vez a Malvinas en 2009 y no pudo encontrar la lápida de su hijo.
"Yo quería llegar a Malvinas, pisar la tierra que pisó mi hijo, otra cosa no me interesaba", narra Raquel. Ella no sabe de dónde sacó fuerzas para continuar tras la tragedia: "Yo, a raíz de lo de Daniel, perdí a mi marido, que nunca pudo sobrellevar su muerte. Pero tenía otros hijos, de 16 y 14 años, y un marido que se derrumbó. Si yo no sacaba fuerzas de algún lado, mi familia se iba al tacho de basura. Dios se ve que me ayudó", asegura. A ese mismo Dios, Raquel le pidió más tiempo de vida "para poder ver el nombre de mi hijo ahí (en el cementerio de Darwin, en Malvinas). Es lo que más deseo, que tenga el nombre que yo le puse. Para mi es urgente", advierte. Y avisa que Daniel, aún reconocido, seguirá descansando en el archipiélago austral: "Mi hijo para algo dio la vida, su lugar es quedarse allá."
Luego del encuentro con Raquel, que inauguró el proceso de recolección de muestras de sangre, el equipo interdisciplinario viaja por diversas provincias buscando a todos los familiares de los caídos que aún no fueron identificados. Hasta el momento recolectaron muestras en Jujuy, Salta, Entre Ríos, Chaco y Buenos Aires, entre otras provincias. Restan varios sitios aún, como Corrientes.
El grupo interdisciplinario se reunió a fines del año pasado en la localidad chaqueña de Sáenz Peña con Norma Gómez (48), hermana de Eduardo Gómez (19), otro de los soldados que fueron enterrados como NN en el archipiélago. Norma, quien integra la Comisión Nacional de Ex Combatientes de Malvinas –que depende del Ministerio del Interior– en agosto de 2011, junto a otros familiares de caídos e integrantes del CECIM, firmó una acción de amparo ante el juzgado federal a cargo del magistrado Julián Ercolini para que "reconociendo el derecho a la identidad y a la verdad" el Poder Ejecutivo disponga las medidas necesarias para lograr la identificación de los soldados NN. Tres años después, Norma está feliz por los avances.
"Mi mamá (Etelvina Gómez) es la más interesada en todo esta cuestión", cuenta Norma a Tiempo. Cuando arribó el equipo interdisciplinario "nos preguntaron si estábamos de acuerdo con el procedimiento. No dudamos ni un segundo. Estamos muy esperanzados en que se logre la identificación", reconoce Gómez. Ocurre que el grupo de trabajo entrevistó y extrajo muestras sanguíneas a Etelvina y otro de los hermanos Gómez, Francisco, que murió de cáncer poco tiempo atrás.
"Nosotros nos enteramos que mi hermano no estaba identificado cuando fui a Malvinas con mi mamá, en 1991", explica. "Por eso estamos contentos con todo este proceso. Espero que se difunda más porque hay padres, por ejemplo en Napenay (Chaco), que todavía esperan que su hijo vuelva de las islas", revela la hermana de Eduardo. Y enseña las marcas que a ella también le dejó el conflicto bélico: "Durante la guerra tenía 16 años. Esa etapa se me borró de mi memoria. Recién tengo recuerdo de mis 20 años. Mi juventud no sé si la viví. No recuerdo mucho."
En Chaco son alrededor de 20 familias las que buscan identificar a sus seres que perdieron la vida 32 años atrás. "Se trata de una de las provincias que más soldados sin identificar tiene", destaca Norma.
Sonia Ortega (68) es otra de las Madres de Malvinas. Su hijo, José Honorio, tenía 18 años cuando partió a la guerra con el Reino Unido. Nunca volvió. Se encontró con que estaba sepultado como NN en 1991, cuando viajó a las islas. "Nos enteramos en el aeropuerto. Cuando fuimos al cementerio realizamos un homenaje en cualquier tumba NN. Todos hicimos lo mismo haciendo de cuenta que allí estaba nuestro familiar”, relata a este diario. “La identificación es un deseo que tuve siempre, desde el primer día que estuve en Malvinas", dice.
Sonia, que vive en Río Gallegos, Santa Cruz, fue otra de las primeras familiares en aportar su gota de sangre: a fines del año pasado viajó junto a su marido José Bernardino Ortega (78) a la ciudad de Buenos Aires para realizarse la extracción en la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Nación. "Pasaron 30 años, esto surgió de repente. Primero era un sueño y ahora ya está hecho realidad", se ilusiona.
"Estamos a la espera de que todo salga bien. Sabemos que hubo contratiempos, que hay algunos (familiares y ex combatientes) que no están de acuerdo con este proceso (ver aparte). Es lamentable. Nuestros hijos y familiares tienen muy merecido su reconocimiento", sostiene.
Tras la conformación de los perfiles genéticos de los soldados NN, el paso siguiente en el proceso de identificación es lograr la exhumación de los restos que reposan en el cementerio de Darwin para realizar un cotejo de ADN. Para ello aún falta el visto bueno de la Cruz Roja y del Reino Unido. Esa tarea sería asignada al EAAF que tiene una vasta experiencia en la materia (ver recuadro). “La Cruz Roja prometió que nos ayudará a gestionar la identificación de los cuerpos", aseguró el canciller Héctor Timerman, el 3 de marzo pasado, tras reunirse en Suiza con el titular de aquella institución, Peter Maurer. El proceso de identificación se inició en 2012 cuando la primera mandataria, Cristina Fernández, le solicitó a la Cruz Roja Internacional que interceda "como autoridad reconocida" tanto por Argentina como por los ingleses. Desde entonces, nadie les quita a los familiares la esperanza de encontrar los restos de sus seres queridos para despedirlos en paz. «
La deducción del adn, la clave del proceso
El reconocido Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) integra el grupo de trabajo interdisciplinario que visita a las familias de los 123 caídos en Malvinas cuyos restos descansan en el cementerio de Darwin sin identificar. El EAAF es el encargado de realizar las extracciones de sangre para deducir el perfil genético de cada uno de los soldados que hoy están sepultados como NN. Se espera que luego de prosperar la solicitud argentina, este equipo, internacionalmente reconocido por su rol en la identificación de personas desaparecidas que fueron víctimas de las dictaduras militares que en la década del '70 azotaron a Latinoamérica, sea parte del proceso de exhumación de los cuerpos.
El proceso de deducción del ADN de los caídos consta en comparar las secuencias genéticas de sus familiares directos. Una vez compuesto el ADN de cada soldado no identificado, se debe cotejar con una pequeña muestra que se extraería de los restos que hay en las tumbas que están bajo la silga NN, en Malvinas. En términos técnicos, se compara una referencia con una incógnita.
Una persona cuya identidad se desconoce tiene una secuencia genética determinada y se compara con una referencia. Cuanto mejor sea le referencia más posibilidades hay de encontrar al familiar. Esto explica que haya 145 muestras de sangre para 63 soldados sin identificar. Por caso, en un caso hay diez muestras de familiares.
El ADN del padre y la madre es el ideal para reconocer a un hijo ya que toda persona está conformada genéticamente por su padre y madre. Pero ocurre que en muchas ocasiones, sobretodo por el tiempo transcurrido, el padre o la madre no están vivos. A veces ni siquiera hay un hermano. Por lo que allí la referencia es más compleja. Por ejemplo: si el padre ya no vive, la muestra de un hermano y de la madre sirven mucho porque se puede "restar" el perfil del hermano con el de la madre para tener más claro el ADN del padre. Se trata siempre de buscar la mejor referencia posible.
También hay referencias que son redundantes: si hay un hermano, el hijo de ese hermano está más alejado de la referencia ideal. Si no está el hermano, allí la muestra del sobrino puede ser útil, aunque más lejana. Cuanto más lejano es el vínculo, más ruido hay en la secuencia genética.
Ahora, si bien el trabajo tiene ciertas dificultades técnicas, Tiempo Argentino pudo saber que para el EAAF el de Malvinas es un trabajo factible ya que en la Argentina se están realizando procedimientos similares. No obstante, no hay un tiempo estimado para alcanzar los resultados.
La identificación y su oposición
La identificación que impulsa el gobierno no es apoyado por todos los ex combatientes. Hay un sector que lo cuestiona. Se trata del liderado por César González Trejo, apoderado de la Comisión Nacional de Familiares de Caídos en Malvinas. Trejo criticó el proceso para lograr la identificación de los soldados que están sepultados como NN y remarcó que la Comisión ya ha fijado su postura respecto a la exhumación de cadáveres, el paso final e indispensable para lograr reconocer la identidad de los que están en el cementerio de Darwin. "Hay una intencionalidad británica de desarmar el cementerio que puede aprovechar esta iniciativa y ya hay al menos un familiar que está reclamando el regreso de los restos de su marido, que preferimos no nombrar por respeto", señaló al diario La Nación. Trejo está muy vinculado a Héctor Cisneros, quien presidió durante 28 años la comisión de familiares hasta que se confirmó su participación durante la dictadura militar como personal de Inteligencia del Batallón 601 del Ejército.
Entrevista a Rosana Guber, investigadora del CONICET
"Decir que Malvinas fue una guerra absurda es un eslogan"
La antropóloga trabaja en su tercer libro sobre el conflicto, una etnografía con pilotos de la Fuerza Aérea. Cuestiona la actitud progresista de no prestarle atención a la guerra y sostiene que los soldados no fueron actores pasivos, mera "carne de cañón".
Por: Lucía Álvarez
Las reflexiones de Rosana Guber suelen incomodar. No por provocación o por cinismo. La molestia es producto, en general, de su apuesta por el método etnográfico. Por atreverse a preguntar a aquellos que no "merecen" ser consultados y encontrar en sus respuestas rupturas con el sentido común. Hace más de diez años, la antropóloga decidió meterse con uno de los temas más espinosos de la historia argentina, la cuestión Malvinas, un símbolo en el que se condensan contradictorios aspectos del ser nacional.
Después de ¿Por qué Malvinas? y De chicos a veteranos, libros donde explica la construcción de esa causa nacional y las paradojas que suscitó la guerra en algunos de sus protagonistas, Guber inició un trabajo etnográfico con pilotos de la Fuerza Aérea que participaron del enfrentamiento bélico, con el objetivo de discutir las interpretaciones que homologan el poder militar con el poder político, y que conciben lo sucedido en Malvinas como una extensión de la guerra antisubversiva. En La Experiencia, Guber cuestiona además la idea de que fue un suceso absurdo y la imagen del conscripto como "pura víctima". "La cuestión es qué le hacemos decir a Malvinas y qué nos puede decir", alerta en diálogo con Tiempo Argentino.
–¿Por qué estudiar la guerra?
–Por varias razones. Primero, porque la guerra es una actividad humana muy enigmática. En la historia de la antropología, la guerra recibió muchas explicaciones. La vincularon al control de poblaciones, la entendieron como una forma de producción económica, como expresión de las tensiones de una sociedad o como una exacerbación de la masculinidad. Lo cierto es que todos los pueblos hicieron la guerra, como víctimas, como victimarios o las dos cosas. La guerra es un proceso político organizado por los Estados, que involucra a toda la población, todos los recursos del aparato estatal y del sistema civil. Muchas veces se piensa que es una actitud progresista no prestarle atención a la guerra, pero es un error.
–Y en el caso argentino, ¿qué devela un análisis de este tipo?
–En la Argentina no había involucramiento en guerras desde la Triple Alianza. Está asumido que los militares lo único que sabían hacer era reprimir gente indefensa y que cuando llegaron a enfrentarse, corrieron todos despavoridos. Y eso no es verdad. Eso no quiere decir que hicieron bien las cosas. Habría que analizar en términos de armas, saberes, fuerzas, medios. Incluso las Fuerzas Armadas no son la misma cosa: tienen historias diversas, medios, conocimientos y destrezas distintos. Y hay especialidades. En la Fuerza Aérea no es lo mismo alguien que está en transporte que alguien que está en salvamento y exploración, o quien pilotea un avión de caza. Es distinto quien va equipado con misiles de quien lleva bombas convencionales. Cumplen distintas funciones. Además, el rol de las Fuerzas Armadas en la vida nacional no empezó en 1976, ni fue simplemente represivo. También sirvió para otras cosas y fue vital para el desarrollo y la integración del país.
–¿Pero rescatar su saber militar en ese período no implica un riesgo?
–¿De que sea leído como un modo de contrarrestar la crítica? ¿Por qué no puedo convivir con la complejidad, aceptar que hubo una fuerza que hizo las cosas bien, que se desempeñó muy por encima de lo previsible según su experiencia y sus recursos bélicos? ¿Por qué no puedo entender que el ser humano es capaz de las dos cosas y de muchas más en el medio? No me preocupa si lo que yo investigo es simplificado como laudatorio o promilitar. Eso ya corre por cuenta de los lectores. Yo estoy tratando de entender qué significó la guerra para los argentinos en muchos aspectos y trato de centrarme en quienes la protagonizaron. Por esa idea del riesgo, casi no se hace investigación sobre el mundo militar en América Latina. Si uno compara los estudios sobre Derechos Humanos y los estudios sobre desempeño militar en el escenario bélico internacional, es una proporción de uno a 100. La gente no quiere meterse en un tema espinoso, tiene miedo a apasionarse y a querer entender desde otro punto de vista. Pero si uno acepta que el ser humano y las sociedades son complejos, uno puede atreverse a entender quiénes somos, y de qué fuimos y somos capaces. El militar es un ser humano, es bueno recordarlo. Tiene aciertos, errores, y se maneja con una lógica con la que me puedo comunicar.
–Entonces, se lo pregunto al revés, ¿para qué hacerlo?
–Porque son una herramienta del Estado, porque involucran recursos, porque sirvieron al desarrollo argentino y porque la guerra fue protagonizada por gente, y en esa época por jóvenes de 19 y 20 años de población masculina. Porque el sistema del Servicio Militar Obligatorio funcionaba desde 1901 y fue un importante instrumento para la socialización de jóvenes que habitaban en lugares aislados o que, sin estar aislados, creían que todo el país era como las grandes ciudades. Era una forma de que muchos jóvenes conocieran al Estado y se conocieran entre sí. Y ahí estoy pensando en los jóvenes universitarios de clase media, de las grandes ciudades. Otra cosa, además, es desconocer cómo piensa el militar. ¿Por qué hacerlo? Porque hay distintas mentalidades militares. Y, finalmente, porque hubo un militar que tuvo una enorme injerencia en la vida argentina. Si no entiendo a los militares, no entiendo a Perón ni al peronismo.
–¿Por qué sostiene que no hubo una extensión de la guerra antisubversiva al escenario bélico?
–Esa idea de extensión del terrorismo de Estado se sostiene en la figura emblemática del soldado conscripto arrastrado al campo de batalla sin entrenamiento ni equipamientos necesarios y como objeto de apremios. Pero, otra vez, una guerra es un fenómeno complejo, con situaciones de caos que genera permanentemente el enemigo. Toda la cuestión logística, del hambre, del frío, son privaciones inherentes a una guerra. ¿Esas fallas fueron hechas adrede contra el soldado en tanto civil? Cuando se habla de los campos clandestinos se habla de una persecución político-ideológica. Cuando te vas a la guerra, no está claro ese pasaje. Hubo abusos de autoridad, pero hubo superiores que se sometieron a las mismas condiciones que sus soldados. La imagen del militar que lo único que sabe hacer es reprimir a gente inocente y por eso va a Malvinas y hace lo mismo con los civiles bajo bandera, es una caricatura. No te la podés pasar torturando a un soldado porque, entre otras cosas, se te viene el enemigo. Esa lógica es de una simpleza que no resiste el análisis histórico.
–¿Pero los soldados no fueron víctimas, "carne de cañón"?
–No fueron puramente pasivos. Las organizaciones de ex soldados, incluso las más antimilitaristas, ubican la memoria del soldado en una posición activa y hasta de resistencia, contra los apremios y contra los enemigos. Estamos hablando de jóvenes de 20 años que no hicieron un prolongado adiestramiento militar, que tenían un año de conscripción en tiempo de paz, y algunos con mero trabajo de oficina, pero que servían a la patria y fueron a la guerra. ¿Son puro objeto de sus superiores? Los escritos testimoniales de los ex soldados están lejos de ser unívocos o lineales. Y no me refiero a las películas sino a sus propios escritos. La jerarquía militar es dura, y en la guerra es más dura. Y hubo castigos desmedidos, pero también soldados que aman a sus ex jefes y se encuentran, aunque tengan diferencias políticas. Yo creo que no indagar qué fue Malvinas para los soldados y los suboficiales y oficiales es desterrar al sinsentido una parte muy relevante de la historia argentina. La que hizo posible 1982 y lo que pasa después. Decir que fue una guerra absurda es un eslogan, pero no una verdad histórica ni un hecho de justicia.
–¿Qué es lo que ellos tienen para decir sobre la guerra?
–Muchos pilotos, por ejemplo, y para pasar a los netos profesionales, explican: "Fui a hacer mi trabajo. Para eso me formaron y para eso el pueblo argentino pago mi carrera." Y ahí hay un dilema. Porque decir que fue un trabajo implica restarle toda su dimensión heroica, es la rutinización de la profesión militar en tiempos de paz y de guerra. Pero una persona que fue a hacer la guerra por ahí perdió una pierna, una facultad o la vida. En el caso de los pilotos, algunos se empeñaron en ir aun cuando no les correspondía. Uno de ellos cayó en combate y algunos vicecomodoros fueron en misiones de ataque pese a la reticencia de sus subalternos.
–Como fuera, el dilema inescindible de todo esto es la relación del conflicto y sus protagonistas con la dictadura. ¿Qué dicen de eso?
–La estructura militar está basada en la orden; si estás adentro, respondés. Si no, te vas. Si, además, vos ingresaste al sistema militar, lo hacés porque te interesa la estructura y la guerra, además de tener un trabajo seguro, casa y comida. No estamos hablando de una Argentina con el 30% de la población desempleada. Quienes eran militares en 1982 hubieran tenido otras opciones en el mercado laboral. Por otro lado, Malvinas, en 1982, no era una causa militar, sino una causa de todos los sectores políticos e ideológicos dentro y fuera del país. Desde 1833, escriben sobre Malvinas José Hernández, Paul Groussac, Alfredo Palacios, Atahualpa Yupanqui, José Pedroni. La marcha de Malvinas es de 1943. En 1966 está el Operativo Cóndor. Era una causa nacional y popular que el régimen aprovechó, trató de instrumentar y se fue con ella. Porque la causa lo condujo, la gente que no podía estar en la calle. El entusiasmo malvinero era también el de la concordia; después de tantos años de conflicto, la posibilidad de estar del mismo lado. Una causa que hablaba de la dignidad de la nación, una causa anticolonialista. Perú y Venezuela apoyaron activamente durante el conflicto, a pesar de que ninguno de los dos está sobre el Atlántico Sur. Los mineros bolivianos se alistaron como voluntarios. Hay mucho más que la cuestión doctrinaria nacionalista.
–¿De dónde viene ese carácter nacional y popular?
–La gente ubica esa referencia en la escuela, pero yo revisé la revista del magisterio hasta poco después del peronismo, y desde 1970 hay un solo artículo sobre las Islas Malvinas. Hoy tampoco se sabe qué decir sobre Malvinas, ni desde lo histórico ni desde lo geográfico. ¿Cómo circuló entonces la cuestión? Yo creo que en la soberanía sobre Malvinas se jugaba algo de la soberanía nuestra, interior, política y social, algo que era sustentado por distintas ideologías políticas. Hay una anécdota de unos conscriptos en el ara San Antonio que, cuando escuchan al contraalmirante Busser decir que recuperarían Malvinas, dicen: "¡Pero si las Malvinas son argentinas!" Entonces, buscan en el mapa y no las encuentran, porque buscan en la costa de Brasil. Sin embargo, sabían que eran argentinas.
–¿La causa cambia su contenido después de la guerra?
–La causa Malvinas no va a volver a ser lo que fue. A la causa le pasó lo mismo que a la gente que fue a la guerra: fue tomada y tocada por lo militar. Los grupos de ex combatientes, hasta los más antimilitares, tienen un soldado con un fusil en su emblema, no la paloma de la paz. Malvinas tiene una impronta militar ineludible porque así fue nuestra historia. Uno podría preguntarse si la historia se equivoca, pero la historia es la nuestra y es lo que es. Personalmente, no estoy de acuerdo con quienes desmerecen la importancia de Malvinas en la actualidad. Porque son un espacio colonial británico con un elemento desestabilizador, una base militar. Decir que la cuestión Malvinas depende de la decisión de los isleños oculta esta imposición militar y hasta la blanquea. ¿Es la decisión de los isleños sostener la base? No puedo expurgarla de lo militar, ni de lo colonial.
La frontera entre lo militar y lo civil
Si la investigación de Rosana Guber ya es delicada por el tema, la complica aún más el hecho de que ella sea mujer, "civil", académica, no familiarizada con la vida y la lógica militar salvo en las ideas, generalmente negativas, que los argentinos guardan de las Fuerzas Armadas como factores de poder en la historia del país. En ese sentido, su trabajo se fue transformando en una traducción entre dos mundos que se conocen poco, y se quieren menos, un desafío que ella misma explicita en su libro La Experiencia, dirigido a los pilotos militares y a los antropólogos y científicos sociales con quienes comparte las herramientas analíticas, pero no algunas de sus visiones.
"Pensé que esas notas me podrían ayudar a comunicar a cada cual por qué puede serles útil su lectura y, sobre todo, la disposición a comprenderlo como una forma distinta de comprender Malvinas y acaso nuestro país. Pensé que esas notas podrían ser el punto de partida para que este volumen condense una perspectiva sumamente difícil en la Argentina: la mirada recíproca de dos mundos que se han vivido como ajenos y enfrentados y que, sin embargo, siguen siendo partes ineludibles de nuestro devenir nacional", reflexiona Guber, quien además llama a relativizar la frontera entre lo civil y lo militar.
¿Kamikazes o pilotos de caza?
Fueron los tripulantes de las fragatas de la Royal Task Force quienes primero se refirieron a los pilotos argentinos como kamikazes. Al recordar las misiones de ataque especial japonesas contra la flota aliada al finalizar la Segunda Guerra Mundial (1944-1945), los británicos demostraban su perplejidad ante las atrevidas incursiones de los aviones de caza argentinos. ¿Cómo explicar, si no, la entrega de estos oficiales que, desde el punto de vista británico, sólo podían atacar pagando con la muerte?
La comparación es, sin embargo, engañosa.
Los aviones argentinos no eran bombas; sus cabinas no iban cargadas de explosivos para estrellarse, con avión y piloto, contra las fragatas, como sí ocurrió en Japón. Los argentinos debían lanzar sus bombas casi rozando los buques o, en sus palabras, "ponerlas con la mano" para inmediatamente hacer "el escape".
Los tokkotai (verdadero nombre de los protagonistas de las misiones de "ataque especial") tenían entre 17 y 23 años de edad y eran, en un 95%, miembros rasos de las fuerzas armadas japonesas y hombres reclutados por la fuerza con una elevada proporción de estudiantes universitarios, todos ellos entrenados apresuradamente. Los pilotos argentinos eran en su totalidad oficiales profesionales habilitados en sus sistemas de armas; tenían entre 24 y 40 años y, cuanto menos, seis años de vida aeronáutica continua y permanente.
Los jóvenes japoneses, pese a las historias desfiguradas que luego contó Occidente desde el film Tora! Tora! Tora!, no fueron a las misiones creyendo que morirían por el Emperador sino porque habían sido forzados para ello.
Los oficiales argentinos no fueron a las misiones fanatizados por la gloria eterna y el reconocimiento público. Aceptando que la muerte era posible como parte de su trabajo, fueron a cumplir las órdenes porque así lo habían aprendido cuando decidieron ser profesionales militares; fueron también porque sus compatriotas –militares y civiles bajo bandera– enfrentaban al mismo enemigo en las islas; fueron incluso porque estaban convencidos, como el resto de los argentinos, que las Islas Malvinas eran argentinas; y sobre todo, fueron porque, concluida la guerra, iban a volver a casa.
Fuente:TioempoArgentino



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