14 de marzo de 2015

PUERTO RICO.

PUERTO RICO 
In Memorian: Irvin Flores Rodríguez, revolucionario 
(Cabo Rojo, 1 octubre 1924 – San Juan, 19 marzo 1994) 
Nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta. (IFR) 
Por Rafael Cancel Miranda

Por dónde empezar si es tanto lo que habría que decir. Llego a su casa en Nueva York (Irvin recién había llegado desde Puerto Rico) y le digo: Irvin, tenemos una misión que cumplir. Sin decir palabra, acepta la encomienda que se ejecutaría el 1 de marzo de 1954, el asalto armado al Congreso imperialista estadounidense.

Desde temprano en la década de 1940, Irvin y yo compartíamos labores patrióticas. Él comenzó como dirigente unionista.

Luego, organizamos a los jóvenes nacionalistas en el oeste puertorriqueño.

Tuvimos programas radiales patrióticos y publicamos boletines, combatimos la marinería yanqui cuando se metieron en Mayagüez. Irvin participó en la acción armada durante la Insurrección Nacionalista de 1950.

El “don Flor” que la policía buscaba por los montes de Puerto Rico no era otro que el Irvin. Desde que empezó su lucha, jamás hizo pausa. Se dio de lleno y para siempre. Era un hombre de un valor sereno y casi metódico.

Peleaba para ganar. Rabiaba ante aquellos que sentía que no cumplían con su deber. No sabía hacer nada a medias. Tenía mente de guerrillero. Cuando regreso de Cuba en agosto de 1952, expulsado por Fulgencio Batista, solo Irvin y Emilio Aníbal Torres sabían dónde encontrarme.

En una ocasión los dos me propusieron que no me dejara encarcelar de nuevo pues se estaba organizando un movimiento clandestino y contaban conmigo. Unas semanas después, a Irvin y a mí nos tuvieron detenidos unos días en el campamento militar Buchanan, de donde me escapé dos veces.

Luego salimos, en distintas fechas, para Nueva York, nos encontramos allá y el resto es historia. En Nueva York, Irvin y yo participábamos, junto al licenciado Julio Pinto Gandía y otros, en actividades nacionalistas, incluyendo en la Organización de Naciones Unidas. 

Durante el tiroteo en el capitolio gringo, a Irvin se le trancó la pistola a los tres tiros y, entrenado como estaba en el tira y vámonos, se fue pasándole por el lado a los policías que subían, armas en mano, por las escalinatas del Capitolio gringo.

Irvin, de jovencito, acostumbraba desaparecer de los sitios. Después del tiroteo, lo apresan en una estación de guaguas. Lo llevan donde mí y niego conocerlo. Ya me había dado cuenta que se había ido, aunque lo había visto tirando pues estaba a mi derecha, Lolita Lebrón a mi izquierda y Andresito a la izquierda de Lolita.

Después de los juicios, nos enviaron a distintas prisiones. Cuando después de seis años me envían de la prisión de Alcatraz a la de Leavenworth, me vuelvo a encontrar con Irvin y lo primero que me dice es si quiero participar en una fuga que se preparaba. 

Digo que sí. Ese plan se frustró, pero los dos estuvimos en otro plan de escape. Irvin siempre se mantuvo en buena condición física. Se reía con tremendo gusto, tanto que hasta las lágrimas le brotaban y se doblaba de la risa.

Siempre estuvo dispuesto a jugárselas para escapar de la prisión. Si tener valor es no tener miedo, entonces Irvin es una de las personas más valientes que he conocido, ¡y he conocido muchas! Andresito era bien querido en la cárcel y el Irvin, bien respetado. 

Veinticinco años y medio después salimos de la cárcel gracias a la gente, y no bien pasados uno o dos años, quizás tres o cuatro, recibo una llamada para indicarme que se me quiere temprano en la mañana frente al local nacional de Partido Socialista Puertorriqueño (PSP).

Todo parece indicar que es para una misión de riesgo. Llego a la casa de Irvin en Bayamón como a las cinco de la madrugada. Espero una hora en el carro, lo llamo y lo despierto. Le digo: Irvin, tenemos otra misión. No dice nada. Se viste y nos vamos.

Llegamos al local del PSP, donde también estaban las oficinas del periódico Claridad. Ahí nos enteramos por Carlos Gallisá y otro compañero que íbamos para Vieques a tirarnos al mar para impedir las maniobras de la Marina estadounidense.

Vacié mi cartera y le entregué el contenido a las compañeras que estaban presentes, pero no iban para Vieques. Los cuatro tomamos el avión hacia la Isla Nena.

Durante el vuelo mencioné que pudimos haber traído a Oscar, que era buen nadador y se atrevía. Se suponía que fueran dos personas más, pero se excusaron. ¿Irvin? ¡De lo más tranquilo! El desenlace de la historia que la cuente otro. Ese otro bien puede ser Taso Zenón (me sonrío al recordar).

Al Irvin nuevamente le digo: ¡Cumpliste, varón!

Nota del autor: En recordación de Irvin Flores Rodríguez en el 21 aniversario de su paso a la inmortalidad, el 19 de marzo de 1994.
Envío:ResumenLatinoamericano

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