A 5 AñOS DE LA MUERTE DE NESTOR KIRCHNER
Con luz propia
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.
Eduardo Galeano. “El mundo”, El libro de los abrazos.
A 5 AñOS DE LA MUERTE DE NESTOR KIRCHNER
Toda una vida en siete añosPor Luis Alberto Quevedo *
La recuperaciOn del orgullo nacional
Si bien es cierto que Néstor Carlos Kirchner fue un militante peronista en los años setenta, intendente de Río Gallegos en los ochenta y gobernador de la provincia de Santa Cruz durante toda la década de los noventa, no caben dudas de que fue un político nacional recién en el siglo XXI. Porque fue en el inicio del siglo XXI que la gran mayoría de los argentinos lo conocimos, lo escuchamos, lo juzgamos políticamente y finalmente incorporamos a la historia como el mejor presidente de los argentinos en todos estos años de democracia. Y todo esto ocurrió en siete años.
Porque vivimos en Argentina durante siete años algo así como una experiencia Kirchner, un concentrado de política, discursos, recuperación de memorias y derechos, muchas decisiones fuertes y solo alguna de las otras, renovación de estilos pero sobre todo de propósitos de la política que nos dejó una marca imborrable. A todos, a los que lo admiramos y a los que lo odiaron. Y tan grande fue esa experiencia que una vez que Néstor nos dejó, muchos de los que escribieron ríos de tinta para denostarlo y llenaron las pantallas y los micrófonos con lo peor sobre el querido pingüino, finalmente dijeron: fue el mejor de los que ocuparon ese lugar.
Yo creo que lo conocí cuando lo escuché por primera vez en la cadena nacional diciéndole al presidente de la Corte Suprema Julio Nazareno que la renovación de la corte menemista se haría por la vía institucional pero con toda la voluntad política que podía poner el Poder Ejecutivo Nacional en esta tarea. Y Nazareno renunció para evitar la vergüenza de ser juzgado por más de veintidós cargos y cien denuncias que pesaban en su contra. Y puso en marcha un proceso transparente y abierto para la elección de los nuevos jueces de la devaluada corte de justicia y entonces Eugenio Raúl Zaffaroni fue Juez y todos empezamos a escribir con mayúscula Corte Suprema de Justicia. Ahí lo empecé a conocer.
Luego vino el acto de recuperación de la ESMA y la orden al jefe del Ejército de que descolgara del Colegio Militar los cuadros de los generales genocidas Jorge Rafael Videla y Roberto Bignone. Y más tarde el nuevo plan Jubilatorio Nacional, la convocatoria al Consejo del Salario Mínimo Vital y Móvil y el primer canje de deuda externa y la IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata y el chau! al ALCA y el decreto de constitución de Arsat y la Ley Nacional de Educación y la creación del Canal Encuentro. Ahí lo terminé de conocer. Era la etapa madura del presidente Néstor Kirchner, había empezado a cumplir lo que había dicho el primer día en que le habló a los argentinos desde el Congreso Nacional.
Finalmente lo conocimos entregándole el bastón de mando a quien fuera su compañera de toda la vida, de militancias pasadas y de sueños presentes y acompañándola en los conflictos del 2008 y poniendo el cuerpo para recuperar la confianza en el 2009 y en una lucha –todavía inconclusa– contra las corporaciones mediáticas. Y lo vimos feliz, disfrutando y festejando la mayor celebración del bicentenario que pudimos haber tenido: en la calle, con presencia de todas las provincias, con los presidentes de la región diciendo presente y con miles de argentinos que –contra el miedo y la desesperanza– decían ¡aquí estamos!, con los sueños intactos, como doscientos años atrás.
Tanta energía, tanto compromiso y tanto cuerpo puso que un día de 2010 se fue. Y ahí conocí –conocimos todos– el amor que le tenía el pueblo (sobre todo los jóvenes): el dolor que provocó su muerte era equivalente al reconocimiento de los millones de argentinos que lo acompañaron en sus sueños y sus luchas. Las luchas locales, las regionales y las globales. Porque Néstor Kirchner también dejó una mirada descentrada sobre el mundo, o recentrada en los países con los que compartimos un destino común, en las políticas que había que (re)pensar desde y en América Latina si queríamos realmente una patria grande. Y todo esto lo hizo junto a los líderes regionales con los que compartió esos años de historia: fuertes, soñadores, luchadores y guapos como él.
“Un hombre muere pero las ideas permanecen. Creo que Néstor Kirchner construyó ideas aquí en Argentina. Y el legado más importante que Kirchner consiguió para los argentinos fue la recuperación de la autoestima del pueblo argentino, la recuperación del orgullo del pueblo argentino desde hace más de dos décadas había perdido”, dijo el 28 de octubre de 2010 el presidente Lula da Silva, que se hizo presente en Buenos Aires para despedir a su amigo y compañero de construcción política latinoamericana.
Se fue hace cinco años en un día como hoy, inesperadamente, allá en el sur, en su Patagonia ventosa, injustamente joven, tremendamente activo, con muchos sueños que todavía quería cumplir. Como dijo en el momento de su asunción a la presidencia en 2003: “Vengo a proponerles un sueño, quiero una Argentina unida. Quiero una Argentina normal. Quiero que seamos un país serio. Pero además quiero también un país más justo”.
En esos siete años, la Argentina no estuvo unida porque en realidad él no vino a unir a cualquier precio, porque no creyó nunca que lo que unen son las palabras vacías ni el diálogo hipócrita con los poderosos, sino que el desafío era unirnos detrás de los valores de justicia, desarrollo, inclusión, derechos sociales y políticos y redistribución de la riqueza y sin depender de los poderosos. Sí nos dejó un país más justo. Pero la Argentina no fue tampoco un país normal. No fueron años normales esos siete años: fueron años de conflictos, de tocar intereses de las corporaciones, de recuperar el orgullo nacional, de apostar por el trabajo argentino, de negarse a ser manejados por los organismos internacionales, de ampliar derechos contra el sentido común conservador, de mirar al mundo desde sus ojos estrávicos. Ese fue el último Néstor Kirchner, el que nos dejó sueños e ilusiones que solo se cumplen si sabemos que habrá conflictos y que deberemos pelear por ellos y ellas. Aquí y ahora, donde quiera que estemos.
* Sociólogo. Director de Flacso Argentina.
A 5 AñOS DE LA MUERTE DE NESTOR KIRCHNER
“El ministro de Economía voy a ser yo”Por Alfredo Zaiat
Una transformacion conceptual
El periodista le preguntó quién iba a ser su ministro de Economía y la respuesta descolocó a varios: “Voy a ser yo”. Fue el primer gran desafío al sentido común instalado acerca de las cuestiones económicas. Luego eligió para ese cargo a Roberto Lavagna, más por especulación electoral que por decisión de delegar el manejo de la economía en manos de quien estaba al frente del Palacio de Hacienda en la administración de Eduardo Duhalde. Néstor Kirchner rompió de ese modo con una idea que se había naturalizado respecto a la gestión de gobierno: entregar el diseño y la implementación de la política económica en supuestos expertos con título universitario de licenciado en Economía.
El desplazamiento de los centros de decisión del gobierno de la figura del “economista rey”, ese profesional que establece que es lo que se puede hacer en materia económica, con un supuesto saber técnico pero que es político e ideológico conservador, ha sido una de las contribuciones más relevantes de Kirchner en el indispensable sendero de construcción de otro sentido sobre la gestión de la economía. Ese cambio conceptual sobre lo que significa la economía y el ministro a cargo es lo que permite comprender las diversas iniciativas durante los doce años del kirchnerismo. También las resistencias que provocó Kirchner. Hasta ese momento los ministros de Economía habían tenido históricamente un lugar relevante en los gabinetes nacionales. Las periódicas crisis los colocaban en un lugar de privilegio respecto a la de sus colegas del gobierno, hasta llegar a niveles de compartir espacios de poder y competir con el propio presidente de la Nación.
Uno de los sucesos más importantes de la realidad argentina que significó la sentencia de Kirchner “yo soy el ministro de Economía” fue la de haber desplazado a la ortodoxia y a sus economistas de los centros de decisión. La transformación conceptual sobre lo que es la economía, un espacio donde se dirimen intereses y poder, y sobre la política, instrumento ordenador del mundo económico, es uno de los aportes más sustanciales de esa definición inicial. Con esa manifestación de ejercicio pleno del poder conferido por la voluntad popular interpeló al mundo conservador dejando en evidencia que la realidad económica es más compleja que modelos con ecuaciones matemáticas y que el desequilibrio es el rasgo dominante de las sociedades debido a la intervención de factores imprevistos.
Kirchner enterró lo que hasta ese entonces era observado con naturalidad: el alquiler al mundo empresario y de las finanzas del manejo de la economía. Por el Palacio de Hacienda transitó un equipo liderado por un delegado de la Fundación Mediterránea (Domingo Cavallo), otro de la ultraortodoxa CEMA (Roque Fernández), uno de la liberal FIEL (Ricardo López Murphy), de un grupo económico (Miguel Angel Roig y Néstor Rapanelli, de Bunge & Born) y un conspicuo miembro de la Sociedad Rural y director de Acindar (José Alfredo Martínez de Hoz). La existencia de ese poder paralelo en el Ministerio de Economía ha significado uno de los principales disciplinadores de los gobiernos.
Kirchner cumplió con lo que había prometido. Fue el ministro de Economía en los hechos. Se dedicó a analizar diariamente las principales cifras de variables clave y se ocupó de estar al tanto de todos los detalles de la política económica. El ministro del área era su asistente. Así sorprendió con varias medidas económicas fuertes, por ejemplo pagar al FMI toda la deuda al contado de un día a otro. No sólo recibía las cifras, sino que cuando alguien le acercaba alguna observación sobre un tema económico que desconocía, la estudiaba y luego ordenaba instrumentar una medida al respecto. Uno de esos casos fue fijar retenciones sobre las exportaciones de hidrocarburos.
Néstor Kirchner fue el primer presidente de la democracia recuperada en 1983 que se puso al frente de la conducción de la economía. Fue una de las principales enseñanzas que dejó para la gestión de gobierno, y que Cristina Fernández de Kirchner continuó en sus dos mandatos. Es un activo que se pondrá a prueba con el próximo gobierno que surgirá del ballottage del 22 de noviembre.
A 5 AñOS DE LA MUERTE DE NESTOR KIRCHNER
Néstor a los 25Por Sandra Russo
El fuego de la politica
Hasta a Cristina, que ya estaba casada con él, la idea fija de Néstor, a los 25 años, llegó a exasperarla. Era abril de 1976, un mes después del golpe, y estaban los dos y la madre de ella, Ofelia, en la galería de su casa de Tolosa. Cristina quería irse cuanto antes a Santa Cruz, y Néstor estaba de acuerdo, pero antes necesitaba recibirse. Ella iba a interrumpir la carrera y todavía no sabía si podría retomarla, ni cuándo. Lo hizo tres años más tarde, en 1979. Pero en abril de 1976, cuando el terror se expandía por La Plata, todo era incierto, lúgubre y desesperante. Con perspectiva, se sabe que el objetivo del terror era paralizar, eliminar, suprimir no sólo a la oposición política, sino la política misma. “Necesito recibirme de abogado para ser gobernador”, le decía él a ella esa tarde, y ella no podía creer lo que escuchaba, porque un mes antes todo había quedado en suspenso y la estrategia prioritaria era la de la supervivencia. Ella le dijo a su madre: “¿Escuchás lo que dice éste? ¡Que quiere ser gobernador! ¡Gobernador de qué, de dónde!”, gritaba. El no cedía: primero el título. Esa era la primera parte, la embrionaria, el primer gateo, el primer parpadeo de un proyecto personal puesto como palanca en un proyecto político. Y tenía 25 años. ¿Cómo ese joven tan porfiado no iba a confiar décadas después en la juventud?
Cristina ha dicho varias veces que el día más increíble, el más extraño y deslumbrante de todos los días en los que Néstor ganó elecciones, no fue el 25 de mayo de 2003, cuando asumió como Presidente de la Nación, sino el 10 de diciembre de 1991, cuando llegó a la gobernación de Santa Cruz. Habían pasado muchos años desde la huida al sur, Néstor ya había sido intendente de Río Gallegos, y el acceso a la gobernación se hacía imaginable desde mediados de esa gestión. Esas elecciones de 1991 no tuvieron el condimento azaroso que tuvieron las de 2003, cuando terminó como presidente gracias a que a Menem le salió mal el cálculo de dejarlo sin ballottage y sin legitimidad. Y sin embargo, fue el día más increíble porque el que llegaba a la gobernación de su provincia era un hombre que tenía ese sueño repiqueteándole en la cabeza y en el corazón desde los 25 años. El que le había dicho a ella, cuando lo prioritario era sobrevivir, que necesitaba recibirse de abogado porque iba a ser gobernador.
El tuvo ese fuego. El de la política, el de la política que se hace militando aunque se ganen elecciones o se ocupe un cargo. Lo tuvo desde antes de viajar a La Plata para estudiar Derecho, antes de conocer a Cristina, antes de que se derramara un río de sangre para impedir especialmente eso, que hubiera gente que optara por la política como un instrumento para acercarles el poder a los que jamás lo tendrían sino fuera a través de sus representantes. Mantuvo encendido ese fuego incluso en esa instantánea del peor momento en el 76, cuando no existía el menor resquicio externo para mantenerlo vivo, y solamente podía ser agitado por una fuerza interior muy profunda. Lo mantuvo encendido toda su vida, quizá porque no estaba en condiciones de apagarlo, de apaciguarlo o de graduarlo para preservarse. No tenía control sobre eso. Ese fuego y él eran lo mismo.
Ese fuego no es excepcional. Lo han tenido y lo tienen muchos hombres y mujeres de todas las edades, de todos los colores, de todos los países donde desde esa concepción de la política se resiste y se lucha para que más seres humanos sufran menos. Pero el excepcional fue él, porque ya a los 25 años estaba siendo en acto y en potencia el que fue después en la intendencia, en las tres gobernaciones y en su presidencia. Y porque supo cómo contagiar a millones con chispas que hoy los encienden, y que no dependen de un resultado electoral. Ese fuego quema más en la adversidad.
Nunca mejor que hoy tenerlo en la memoria. A él y a su compañera, dos veces elegida presidenta, que cuando se vio acechada por los primeros embates sucios de la derecha, saltó hacia adelante, como hizo él para ganar su propia legitimidad a través de sus políticas concretas. “Si me voy, que sea por lo que pienso y hago, y no por lo que no me animo a hacer”, dijo ella. Así, unida a la frontalidad de esos dos grandes militantes, nació el kirchnerismo, una fuerza que peronizó a miles, pero no porque usara el peronómetro sino todo lo contrario: porque nació abierta y dúctil para empatizar con ciudadanos que nunca habían encontrado una identidad política que los representara. Primero Néstor, y después Cristina, le dieron impulso a esa energía contenida que inexplicablemente estuvo borroneada en esta campaña presidencial. No hay ninguna necesidad de borronear nada: la inercia del kirchnerismo está abierta a los aliados, pero también fundida en la mística que se construyó colectivamente durante todos estos años.
Néstor fue el primero que nos mostró que los discursos no se hacen para llenar el silencio, sino para definir y guiar la acción política. Fue fiel a sus propias palabras, en un país en el que las palabras las barre el viento. Por eso hace cinco años lo lloramos como si hubiera sido un ser querido personal de cada uno. Porque Néstor no fue un tipo en una pantalla, sino alguien que encontró la manera de meterse en los poros más sutiles de los otros, y nos legó la conciencia colectiva de que la política puede ser algo tan íntimo como el amor. Néstor se fue, a los 60, en paz con ese pibe de 25 años que quería recibirse de abogado para ser gobernador de Santa Cruz.
A 5 AñOS DE LA MUERTE DE NESTOR KIRCHNER
Néstor y el cuarto subsueloPor Ricardo Aronskind *
La recuperacion del Estado, el empleo y la industria
John William Cooke afirmó alguna vez que el peronismo –aquel peronismo de la resistencia– era el hecho maldito del país burgués. Unos cuantos años después, muerto Perón, restaurada una democracia condicionada por los poderes fácticos, y triunfante el neoliberalismo, Guido Di Tella sostuvo que el menemismo quería constituir “el hecho burgués del país maldito”. Aunque más no fuera, tener un capitalismo que funcionara era el nuevo horizonte. Lo cierto que ese peronismo menemista fue otro episodio de la larga etapa de calamidades nacionales iniciada en 1976. Junto con la Alianza condujeron decididamente al derrumbe de 2001. No se puede entender a Néstor Kirchner y su papel en la historia nacional fuera de ese contexto.
En las elecciones en las que finalmente se impuso por abandono de quien había conducido hábilmente al país al precipicio, las opciones neoliberales conservadoras convocaron al 42 por ciento (sic) del electorado. Era así: en 2003, las políticas de remate del Estado nacional, de endeudamiento, y de arrasamiento del tejido industrial y de desempleo masivo eran ampliamente populares.
Ese es el país que debió conducir Néstor Kirchner: un país objetivamente arruinado, pero que subjetivamente no había comprendido en profundidad de dónde provenían sus males y desgracias. El bombardeo de crisis sucesivas no había agudizado la comprensión colectiva, sino los peores rasgos de individualismo y desafección. A ese panorama sombrío hay que agregar que el nuevo presidente contaba con escaso capital político propio para tener márgenes de maniobra significativos. Los fue construyendo. Conquistó su propia autonomía personal del caudillo bonaerense que lo había impulsado a la candidatura presidencial, acumuló fuerza política propia, y fue desplegando a través de la acción de gobierno un programa que se basó en un conjunto de sanísimas intuiciones económicas que fueron extraordinariamente útiles en ese momento argentino. Dada la catástrofe, no había tiempo para sutilezas. Había que optar entre trazos económicos gruesísimos: políticas económicas pro vida o pro muerte. Kirchner sabía perfectamente en qué dirección había que apretar el acelerador y lo hizo con la decisión e imprudencia necesarias para que el cuerpo colapsado de la industria local reviviera y comenzara a desplegarse nuevamente. Antes que ocuparse de desarrollar las fuerzas productivas, tuvo que sacarlas del colapso completo. Y lo hizo.
Si Kirchner se hubiera limitado a superar la catástrofe económica, el establishment argentino le hubiera dado el título honorífico de “Gran Bombero”, y lo hubieran enviado a su casa cubierto de elogios. Había acumulado reservas, había reactivado, había estabilizado la situación social. Por lo tanto, Kirchner ya había sacado las castañas del fuego, y ahora les correspondía nuevamente a ellos asumir el control del Estado, para volver a hacer negocios con lo que quedaba de la Nación, como siempre.
Pero algo falló en los cálculos, y el hombre resultó ser más que uno de los bomberos que cada tanto se requieren para salvar del colapso al capitalismo periférico. Porque la acumulación de capital político, a diferencia de lo que sostienen algunos analistas políticos devenidos en psicoanalistas, no sirvió en el caso de Kirchner como mera satisfacción personal. La acumulación política empezó a sostener un proceso de autonomización de la política en relación con el elenco estable del país maldito –las “empresas a las que les interesa el país”, “el campo”, “la prensa”–, y de autonomización del Estado en relación con el staff permanente de prestamistas, acreedores y lobbistas que vivían de la mala administración endémica del Estado.
Néstor –y luego Cristina– se encontraron con la oposición de fracciones de una burguesía poderosa pero fracasada, que ha sido incapaz de construir una nación próspera. Se encontraron con las infinitas campañas de desestabilización que el poder económico es capaz de financiar para demoler a sus ocasionales rivales. El proceso kirchnerista, llamado a ser un remiendo del desvencijado capitalismo local, empezó a desplegar un conjunto de potencialidades que preocuparon y luego alarmaron a los mariscales económicos de la derrota permanente. Sacar al Fondo Monetario de las decisiones económicas luego de 23 años, juntar reservas para blindarse en serio contra golpes de mercado, consolidar las cuentas públicas y usarlas para el progreso común, y luego Cristina retomando el control público sobre el sistema de jubilaciones y pensiones, o enfrentando a los bucaneros internacionales, fueron jalones reales de construcción de soberanía nacional, imperdonables para las pinzas local y extranjera de la globalización. Sentarse en la silla eléctrica de la Presidencia argentina en 2003, y ganarles unas cuantas partidas a los variados protagonistas del país maldito, no puede dejar a ningún cuerpo humano intocado. Corresponde un enorme gracias a Néstor Kirchner, no por su muerte, sino por toda la vida que se empeñó en crear.
* Economista, investigador y docente de la Universidad Nacional de General Sarmiento.
A 5 AñOS DE LA MUERTE DE NESTOR KIRCHNER
Qué lindo que vinistePor María Pía López *
El kirchnerismo y los nombres de la politica
El golpe del 55 tuvo una ingenuidad nominalista. Pensó que impidiendo la pronunciación de un nombre y de unos símbolos –sobreimprimiéndose sobre los actos represivos que hacían correr sangre– barrerían con un movimiento político que había hecho surgir un nuevo sujeto, ampliado un conjunto de derechos y cambiado profundamente los vínculos entre los distintos sectores sociales. Fundaban el acto, quizás sin saberlo, en la hipótesis borgeana: lo ocurrido podía declararse una ilusión, una farsa o un simulacro. Con bajarlo de escena y retirar los carteles publicitarios, el público lo olvidaría sin problemas. Pero estaban ante un pueblo y no un público. Y no era tan sencillo borrar de la experiencia común, inscripta en los cuerpos de cada uno, lo que había pasado. Por eso, peronismo fue palabra que iba y volvía, silbada en nomeolvides, imaginado el regreso en cada avión. Fue también la memoria común de las exequias de Eva y luego del retorno, la despedida más dolorosa del fundador.
Muerto Perón no murió el peronismo, y la política argentina siguió orbitando alrededor del movimiento, de sus símbolos partidarios, sus marchitas y sus problemas impensados. Objeto de la represión más dura, bajo su nombre se dio también la peor reconversión social y económica del país. En el discurso del 25 de mayo, la Presidenta recordó con justicia que hubo torturados y torturadores del mismo signo político. Del mismo nombre, pero con distinta valencia. ¿Qué hay en común, se preguntaba Cooke en una carta que su interlocutor no respondería, entre un peronista de izquierda y uno de derecha? Imaginaba en la misiva una escena: la muerte del general –y se lo estaba narrando al mismísimo líder–, la asistencia de todos a misas conmemorativas y la confrontación posterior hasta el degüello.
Si las tensiones eran sincrónicas, también fueron sucesivas en el tiempo y por eso cada época incluye en su lenguaje otros nombres: tuvimos el tiempo del menemismo y, luego de 2003, el que nombraba el presidente que llegaba del sur. Ambos fueron fundacionales, tanto que por momentos parecía que ya no era necesario pensar en el nombre más genérico. También porque las diferencias obligan a su registro en la lengua, aunque más no sea en ese modo del atajo que es el derivado de un nombre propio. Atajo que elude el largo camino de las definiciones que surgen de analizar un proceso, sus matices y sus dilemas, para poder bautizarlo. Mucho se discutió después de 2003 respecto de cómo considerar la historia de los acontecimientos que estaban ocurriendo. Si se trataba de un pliegue más del movimiento nacido en el 45 o si era más bien hijo del cataclismo que inauguró el siglo. O de ambos: porque si sus modos, composición de clases, saberes y estrategias son las del peronismo, también es cierto que supo leer las promesas de la crisis, lo que abría en términos de experimentación y riesgo, lo que había impreso de miedo entre los sectores dominantes y una cierta parálisis de los modos más conservadores de regir la sociedad. Néstor Kirchner fue el hombre capaz de leer esa encrucijada, advertir en el rostro de la época la posibilidad de afirmar lo nuevo y no la aspiración de una vuelta atrás.
Su vida fue más breve de lo que la Argentina necesitaba. Bastó, sin embargo, para dejar un trazo indeleble. Un trazo que se preservará más allá de los nombres de los edificios públicos o calles o sitios de homenaje. Una huella que es la de sacar la política de su devenir administrativo, de convertirla en el llamado a la movilización, la acción conjunta y a vincularla con horizontes de transformación social. No parecía, en ese comienzo de siglo, que de las filas de la clase política tradicional alguien pudiera sentirse llamado por un tipo de empresa refundacional de esas características. Sin embargo, ocurrió, y anunció que sentía ese llamado por las viejas militancias que había atesorado, porque se sentía hijo de las Madres y sobreviviente en deuda con los compañeros desaparecidos. En tiempos que auguran reunificaciones, otros nombres propios, banderías recientes, retornos de alianzas que parecían fenecidas, que auguran, digo, una suerte de pan-peronismo –lo que siempre implica, también el terreno de los nombres, barajar y dar de nuevo–, llamaría kirchnerismo a esa voluntad de ser fiel a una memoria y derivar, de esa fidelidad, una apuesta a generar modos más libres de la vida en común.
Pocas veces lo crucé o lo vi de cerca o intercambiamos algunas palabras. La primera le dije algo que podría haber repetido en cada una de las otras ocasiones y que dice más que la referencia a una situación particular. Había una asamblea de Carta Abierta en la Biblioteca Nacional, y estábamos saliendo. Cuando se abre la puerta del ascensor, estaba el ex presidente esperando para subir. Sin custodia. Sorprendidos, lo saludamos. Y sólo pude decirle: qué lindo que viniste. Como si fuera un amigo que te alegra el día con su visita. O, como ocurre en el fondo, al que le agradecés su presencia en tu vida. Al que luego extrañás, aún agradecida.
* Socióloga, docente, directora del Museo del Libro y la Lengua.
A 5 AñOS DE LA MUERTE DE NESTOR KIRCHNER
Con K de Kirchner Por Mario Rapoport *
Economia, derechos humanos E integracion regional
Néstor Kirchner tuvo una chance azarosa de llegar al poder pero fue, en verdad, el fruto de las convicciones de una generación que surgió en los años 60 y 70 y se encontró en una encrucijada en la que se cruzaban perspectivas de cambio frustradas, una feroz dictadura militar y, luego de la vuelta a la democracia, el asentamiento de políticas económicas y sociales que iban en contra de sus ideas y de lo que consideraba debían ser los intereses del país.
En el discurso inaugural del nuevo presidente, en mayo de 2003, y en sus acciones subsiguientes, están contenidas las políticas públicas que pusieron en cuestión las bases sobre las cuales se asentaba el fracasado modelo neoliberal y su correlato en la inserción internacional de la Argentina, así como la intención de reparar las heridas del pasado. En esa alocución, Kirchner remarcaba, en especial, el objetivo del pleno empleo y la reducción de la pobreza, el desarrollo de la industria nacional, planes de infraestructura y obras públicas, recomposición del mercado interno, la reivindicación de la soberanía política, y el afán de emancipación respecto de los organismos financieros internacionales. A esto le agregaba establecer una nueva justicia en torno a los derechos humanos y profundizar la integración regional.
No por casualidad un diario que muy pronto lo iba criticar duramente, La Nación, publicaba un extenso artículo, el 1º de junio, que titulaba “Kirchner dice que el Estado debe cumplir un nuevo rol y que la obra pública sirve para reactivar” y continuaba comparando: “Con K de Keynes. El mandatario se define como un partidario de las ideas del economista inglés, que explicó las variaciones de la actividad por el nivel de demanda”.
El mismo artículo se preguntaba: “¿Por qué su renacer? ¿Por qué ahora? ¿Por qué aquí?”; y Kirchner lo expresaría en su gobierno mediante la necesaria intervención del Estado para superar los problemas argentinos: insuficiencia de la demanda, caída del consumo, crisis del sistema financiero, privatización irresponsable de activos públicos, precarias condiciones de vida de la mayoría de la población. A fin de cuentas, no era sólo keynesianismo sino una reparación que continuaba la tradición del primer peronismo, borrada por Menem, que Kirchner, como peronista, reivindicaba.
Pueden señalarse aspectos críticos de su gestión, como la metodología de las estadísticas oficiales, la ausencia de una reforma tributaria y de políticas de planeamiento y de largo plazo, y algunas otras; pero los resultados macroeconómicos y sociales fueron en su presidencia mayormente positivos.
A la reindustrialización y la disminución sustancial del desempleo y la pobreza se sumó una flotación administrada del tipo de cambio que, ayudada por el aumento de los precios de exportación, las retenciones y la mejora en la recaudación impositiva, dieron lugar a la generación de superávits fiscales primarios y en la cuenta corriente de la balanza de pagos.
El canje de la deuda y el pago al FMI permitieron, sobre todo, el paulatino desendeudamiento del país desalentando los esquemas de valorización financiera.
El otro aspecto esencial fue el castigo a los militares que violaron los derechos humanos y una política exterior que rechazó el ALCA y apuntó a priorizar las relaciones con los demás países del Cono Sur a través de la creación de la Unasur y de políticas conjuntas.
El balance: un crecimiento alto y sostenido durante su mandato que continuó luego varios años más, a pesar de la crisis mundial. En el camino hubo aciertos y errores pero ese fue el principal resultado de las acciones emprendidas desde el poder por un casi desconocido político que vino de las tierras heladas del lejano sur para tratar de descongelar el país.
* Profesor emérito de la UBA, director de la maestría en Historia Económica de la Facultad de Ciencias Económicas.
A 5 AñOS DE LA MUERTE DE NESTOR KIRCHNER
Voluntad, audacia y coraje para cambiar la historiaPor Ricardo Forster *
El retorno de lo politico y el litigio por la igualdad
Desplegando una política audaz y a contrapelo de las hegemonías mundiales, subvirtiendo las “formas” institucionales aprovechando el profundo descrédito en el que habían caído esas mismas instituciones en el giro del siglo y en medio del estallido de 2001, rescatando lenguajes y tradiciones sobre las que el paso del tiempo y las garras de los vencedores habían dejado sus marcas envenenadas, ejerciendo, con fuerza anticipatoria, una decisiva reparación del pasado que habilitó, en un doble sentido, un camino de justicia y una intensa querella interpretativa de ese mismo pasado que tan hondamente había marcado un tiempo histórico rescatado del ostracismo, Néstor Kirchner rediseñó, hacia atrás y hacia adelante, la travesía del país. Conmoción e interpelación. Dos palabras para dar cuenta del impacto que en muchos de nosotros provocó esa inesperada fisura de una historia que parecía destinada a la reproducción eterna de nuestra inagotable barbarie. Ruptura, entonces, de lo pensado y de lo conocido hasta ese discurso insólito que necesitaba encontrarse con una materialidad histórica que, eso pensábamos, huía de retóricas del engaño o la autoconmiseración. El kirchnerismo, ese nombre que se fue pronunciando de a poco y no sin inquietudes, desequilibró lo que permanecía equilibrado, removió lo que hacia resistencia, cuestionó lo que permanecía incuestionable, aireó lo asfixiante de una realidad miasmática y, por sobre todas las cosas, puso en marcha de nuevo la flecha de la historia.
Con pasiones que parecían provenir de otros tiempos, los últimos años, en especial los abiertos a partir de la disputa por la renta agraria en el 2008, han sido testigos de querellas intelectuales y políticas que obligaron a cada uno de sus participantes a tener que tomar partido. Fue imposible sustraerse a la agitación de la época y a la vigorosa interpelación que el kirchnerismo le formuló a la sociedad. La política, con sus intensidades y sus desafíos, con sus formas muchas veces opacas y otras luminosas, se instaló en el centro de la escena nacional para, como hacía mucho que no sucedía, convocar a aquello que siempre estuvo en su interior aunque pudiera, en ocasiones, quedar escondido por las hegemonías del poder real: “el litigio por la igualdad”.El kirchnerismo salió al rescate de tradiciones y experiencias extraviadas corriendo la pesada lápida que había caído sobre épocas en las que no resultaba nada sorprendente el encuentro, siempre arduo y complejo, de la lengua política y los ideales emancipadores, y al hacerlo desafió a una sociedad todavía incrédula que sospechaba, otra vez, que le querían vender gato por liebre. En todo caso, hizo imposible el reclamo de neutralidad o de distanciada perspectiva académica, hizo saltar en mil pedazos la supuesta objetividad interpretativa o la reclamada independencia periodística mostrando, una vez más, que cuando retorna lo político como lenguaje de la reinvención democrática se acaban los consensualismos vacíos y los llamados a la reconciliación fundados en el olvido histórico. Lo que emerge, con fuerza desequilibrante, es la disputa por el sentido y la irrevocable evidencia de las fuerzas en pugna. El kirchnerismo, lo decía en otro lugar, vino a sacudir y a enloquecer la historia. El impacto enorme de su impronta, de esa invención a contracorriente formulada en mayo de 2003, sigue irradiando alrededor nuestro y continúa definiendo el horizonte de nuestros conflictos y posibilidades.
Pocos, muy escasos, acontecimientos políticos han despertado tantas polémicas, tantas querellas y tantas pasiones como lo abierto por la irrupción de esta extraña figura proveniente del sur patagónico. En Kirchner y, con una potencia duplicada por el propio dramatismo de una muerte inesperada, en Cristina Fernández se ha desplegado lo que pocos creían que podía volver a suceder en el interior de la realidad argentina: la alquimia de voluntad, deseo y audacia para torcer una historia que parecía sellada. El retorno, bajo las condiciones de una particular y difícil época del país y del mundo, de la política como ideal transformador y como eje del litigio por la igualdad. Ese es el punto de inflexión, lo verdaderamente insoportable, para el poder real y tradicional, que trajo el kirchnerismo: el corrimiento de los velos, el fin de las impunidades materiales y simbólicas, la recuperación de palabras y conceptos arrojados al tacho de los desperdicios por los triunfadores implacables del capitalismo neoliberal y revitalizados por quienes, saliendo de un lugar inverosímil, vinieron a interrumpir la marcha de los dueños de lo que parecía ser el relato definitivo de la historia.
2Kirchner como el nombre de una reparación, como el santo y seña de un giro que habilitó la restitución de derechos y de memoria, pero también como el nombre de una refundación de la política sacándola del vaciamiento y la desolación de los noventa. Y haciéndolo de manera transgresora, pero no al modo de la farandulesca, banal y prostibularia “transgresión” del menemismo, sino quebrando el pacto ominoso de la clase política con las corporaciones, tocando los resortes del poder y haciendo saltar los goznes de instituciones carcomidas por la deslegitimación. Kirchner como el nombre de una insólita demanda de justicia en un país atravesado por la lógica del olvido y la impunidad.
Ese nombre tantas veces gritado y llorado en esos días de octubre de 2010 guardaba dentro suyo, y como un mentís histórico al fraude mediático, la verdad de lo negado, la verdad de aquello que quiso ser ocultado, el gesto desenfadado de quien había creado las condiciones, tal vez inimaginables años atrás, de una esencial reconstrucción no sólo de la economía sino, fundamentalmente, de la vida social, cultural y política envilecida por décadas de degradación y asoladas por algunas marcas indelebles como lo fueron la dictadura, la desilusión de Semana Santa y de las leyes de la impunidad, la caída en abismo de la hiperinflación, la frivolidad destructiva del menemismo y la desesperación posterior a las jornadas de diciembre de 2001.
Cabalgando contra esa desolación y viniendo de una tierra lejana, cuyo nombre no deja de tener resonancias míticas y fabulosas, un viejo militante de los setenta, aggiornado a los cambios de una época poco dispuesta a recobrar espectros dormidos, derramó sobre una sociedad, primero azorada y luego sacudida por un lenguaje que parecía definitivamente olvidado, un huracán de transformaciones que no dejaron nada intocado y sin perturbar. Un giro loco de la historia que emocionó a muchos y preocupó, como hacía demasiado que no ocurría, a los poderes de siempre. Sin esperarlo, con la impronta de la excepcionalidad, Néstor Kirchner apareció en una escena nacional quebrada y sin horizontes para reinventar la lengua política, para sacudirla de su decadencia reinstalándola como aquello imprescindible a la hora de habilitar lo nuevo de un tiempo ausente de novedades.
Kirchner, entonces y a contrapelo de los vientos regresivos de la historia, como un giro de los tiempos, como la trama de lo excepcional que vino a romper la lógica de la continuidad. Es ahí, en esa encrucijada de la historia, en eso insólito que no podía suceder, donde se inscribe el nombre de Kirchner, un nombre de la dislocación, del enloquecimiento y de lo a deshora. De ahí su extrañeza y hasta su insoportabilidad para los dueños de las tierras y del capital que creían clausurado de una vez y para siempre el tiempo de la reparación social y de la disputa por la renta. Kirchner, de una manera inopinada y rompiendo la inercia consensualista, esa misma que había servido para reproducir y sostener los intereses corporativos, reintrodujo la política entendida desde el paradigma, también olvidado, del litigio por la igualdad.
En el nombre de Kirchner se encierra el enigma de la historia, esa loca emergencia de lo que parecía clausurado, de aquello que remitía a otros momentos que ya nada tenían que ver, eso nos decían incansablemente, con nuestra contemporaneidad; un enigma que nos ofrece la posibilidad de comprobar que nada está escrito de una vez y para siempre y que, en ocasiones que suelen ser inesperadas, surge lo que viene a inaugurar otro tiempo de la historia. Kirchner, su nombre, constituye esa reparación y esa inauguración de lo que parecía saldado en nuestro país al ofrecernos la oportunidad de rehacer viejas tradiciones bajo las demandas de lo nuevo de la época. Con él regresaron debates que permanecían ausentes o que habían sido vaciados de contenido.
Casi sin darnos cuenta, y después de escuchar azorados el discurso del 25 de mayo de 2003, nos lanzamos de lleno a algo que ya no se detuvo y que atraviesa los grandes debates nacionales. El nombre de Kirchner, su impronta informal y desacartonadora de discursos y prácticas, nos habilitó para volver a soñar con un país que habíamos perdido en medio del desierto de una época caracterizada por las proclamas del fin de la historia y la muerte de las ideologías e incluso de la política. Apertura de un tiempo capaz de sacudir la inercia de la repetición maldita, de esa suerte de inexorabilidad sellada por el discurso de los dominadores. Pero también un nombre para nombrar de nuevo a los invisibles, a los marginados, a los humillados, a los ninguneados que, bajo sus banderas multicolores y sus rostros y cuerpos diversos, se hicieron presentes, hace cinco años, para despedir a quien abrió lo que parecía cerrado y clausurado. Los otros del sistema, los pobres y excluidos pero también los pueblos originarios, los habitantes de la noche y los jóvenes de los suburbios, los migrantes latinoamericanos que se encontraron con sus derechos y las minorías sexuales que se adentraron en un territorio de la reparación. Todos, absolutamente todos, estuvieron para nombrarlo, para llorarlo, para agradecerle y para juramentarse. Nadie utilizaba, en la plaza multitudinaria, retóricas políticamente correctas y todos se sintieron identificados con la irreverencia de “los putos peronistas”, como si en ellos, en su delirio agradecido, estuviera, una vez más, el nombre de quien dislocó el curso de una historia de la infamia, el olvido, la desigualdad y la represión.
Hoy, cuando tantas cosas se vuelven a poner sobre la escena de un país en disputa, la memoria de Néstor Kirchner constituye una referencia política ineludible: su nombre como una brújula para orientarnos en esta nueva etapa que se inicia y para recordarnos el origen, el sentido y el hacia dónde de nuestras fidelidades.
* Doctor en Filosofía, secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional.
Fuente:Pagina12





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