Carta a mis
conciudadanos
Con tan sólo 21
años y por razones laborales, entre los años 1986 y 2001 (con un par de
paréntesis intermedias), viví junto a mi familia en la hermosa Italia, país de
mis dos abuelos paternos y de mis bisabuelos por parte de mi abuela materna.
Tuve la suerte de dedicarme a realizar algo que desde chico era mi pasión,
jugar a la pelota. Es así que formé parte de un equipo de la divisional
regional del norte de la península, en la región de la Lombardía
Me fui del país
en épocas en que la Argentina vivía momentos muy difíciles, salíamos de la
dictadura cívico-militar más sangrienta de nuestra historia, y con el
presidente Alfonsín que no daba pie con bola; Plan Austral, Hiperinflación,
fuertes problemáticas sociales que hicieron que tuviera que entregar el
gobierno antes del previsto. Mi padre era un prestigioso librero independiente
que en esos tiempos tuvo que ocuparse en otro rubro, ya que el libro había
pasado a ser un artículo de tercera, cuarta o quinta necesidad.
Luego llegó un
señor que tuvo que mentir en sus discursos para obtener los votos suficientes
para llegar al poder. Sus realizaciones pusieron a la vista su proceder
profundamente neoliberal. Nos había hecho un cuento muy lindo pero en realidad
estaba profundizando lo que en 1976 los generales y sus cómplices civiles
habían comenzado.
Pasó lo que
todos sabemos pero es bueno recordarlo, la industria argentina destruida, los
obreros en la calle, las familias devastadas, la economía pulverizada, los
ferrocarriles paralizados; él y su famoso economista nos habían hecho creer que
la estabilidad era un gran plan y que el peso valía como el dólar. En uno de
mis viajes que hacía para visitar a mi familia, recuerdo que mi padre, con todo
el dolor del alma, me dijo que me quedara allá porque nuestro país estaba al
borde de la guerra civil.
No obstante sus
palabras, yo extrañaba mi tierra, mis amigos, el barrio. Es entonces que, a
fines de los ‘90 decidimos volver, también porque parte de la familia de la que
en ese momento era mi esposa nos decía que las cosas estaban mejorando, que se
venía el “cambio”. Que seguramente el gobierno “populista” se terminaba y
vendría un gobierno “fuerte” y con decidida acción. Con ganas de “cambiar la
historia”.
Y llegó el gran
“cambio”. Llegó una Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación, una
“alianza” que venía “salvarnos” del desastre hecho por el gobierno menemista.
La UCR y el Frente País Solidario con Fernando de la Rúa a la cabeza.
¡Y cómo si
cambiaron la historia! Pero para destruirla. Esa “alianza” nos llevó a lo que
mi padre unos años antes me había advertido. Nos llevó a la catástrofe.
Ya mi padre lo
miraba desde el cielo, la angustia y la desazón se lo habían llevado a los 55
años, y yo pensaba en sus palabras. Pensaba en mis hijos, en mi madre viuda, en
mis pequeñas hermanas en edad escolar, en mis amigos, en mi tierra.
También pensaba:
¿Cómo pudimos llegar a este punto? ¿Cómo no nos dimos cuenta de lo que estaba
pasando? ¿Cómo no podemos apreciar a quién votar? ¿Cómo los parientes me habían
hecho semejante jugada? ¿A quién estamos escuchando? ¿Qué es lo que los
argentinos pensamos cuando tenemos que emitir el voto?
Me volvieron a
llamar del club italiano y, ante ese contexto, decidí regresar a Italia. Con
todo lo que eso implicaba.
En Italia, entre
Silvio Berlusconi, que estaba haciendo de las suyas y el Partido Comunista
desvirtuado, se empezaba a visualizar un cambio que años después se
transformaría en una de las peores crisis del “dopoguerra”.
La última
excursión duró poco. Es así que por cuestiones personales, diría maritales, a
principios del año 2001, decidimos regresar definitivamente a nuestra Patria.
Se vivían días extraños, nos costó algunos meses readecuarnos a la
cotidianeidad porteña.
Antes de venir,
tomé contacto con una empresa italiana que estaba recalando en Buenos Aires y
me puse a disposición. Durante ese año 2001 fui Gerente Comercial de esa
empresa dedicada a la comercialización de productos electrónicos de alta gama.
Cuando se
produjeron los hechos lamentables de ese fatídico diciembre de 2001, los
directivos de la empresa decidieron cerrarla y nos quedamos todos sin trabajo.
En lo personal tuve un agravante muy pesado para esa circunstancia, ya que mis
ahorros que habían sido ganados legítimamente con mucho esfuerzo en mi estadía
italiana, se encontraban “acorralados” por las decisiones llevadas a cabo por
los (ir)responsables del gobierno.
Tampoco está de
más recordar los atroces días vividos a partir diciembre de 2001. Varios
presidentes en una semana, desolación, trueques, pobreza, desocupación,
angustia, varias cuasi monedas, hambre, suicidios.
Por ese entonces
vivía junto a mi familia en el barrio de Florida en Vicente López. Barrio de
vecinos extraños, cada uno hace la suya. Acostumbrado a mi Paternal natal, me
sentía como sapo de otro pozo.
Con los pocos vecinos que había algún intercambio coloquial, argumentaban sólo
temores de que no podían comprar moneda extranjera y cómo iban a hacer para
poder viajar. Yo les decía que había gente que se moría de hambre, gente sin
trabajo, que había una fuerte contienda social; pero a ellos no les interesaba
en absoluto.
Por algunos
meses se vivieron momentos tremendos, muy difíciles, llegando a tener una
desocupación del 21,5% y un índice de pobreza del 57,5%. Algo impensado para un
país que había vivido momentos de gloria en décadas pasadas.
Y otra vez se me cruzaban por la mente las mismas preguntas que me
había hecho algunos años atrás. La misma incomprensión, la misma impotencia de
ver cómo nos estábamos equivocando nuevamente. Distintos actores pero las
mismas características.
En ese ambiente
y sin trabajo decidí fundar una editorial, un viejo anhelo de mi padre. En el
peor momento de mi Argentina algo tenía que hacer y me jugué por una de mis
pasiones, los libros (la otra es el deporte)
Y llegó el 2003,
en forma inesperada y con el menos considerado, las cosas tomaron otro rumbo.
Todos decían: “es el chirolita de Duhalde, cuando asuma hará lo que éste
quiera”. Nos demostró que no fue así.
Comenzó la estabilidad
económica, empezó a disminuir la desocupación, comenzó a bajar la pobreza y
muchos tuvieron trabajo. La economía crecía en forma permanente y pujante. La
industria nacional se volvía a poner en marcha con toda su fortaleza. Los
sindicatos recuperaban el aporte de sus obreros. La ciencia regresaba como no
lo hacía desde la década del ’50. Las nuevas tecnologías hacían que se lograran
metas increíblemente nuevas. Los sectores menos pudientes alcanzaban beneficios
sociales que le permitían hacer frente a sus faltas y que repercutiría
notoriamente en la educación y en la salud. Se recuperaban emblemáticas
empresas nacionales, regresaban al país infinidad científicos. Se recuperaban
nietos. Se juzgaban a los asesinos. Había una reparación histórica generalizada.
Pero los años de
gobierno transcurridos, varios errores conceptuales, algunos candidatos
“errados” en las diferentes elecciones, sobre todo en la Capital Federal, y
esencialmente, el constante bombardeo de los medios de comunicación, hicieron
que se produzca un desgaste social.
Lamentablemente, los “distraídos” de siempre, han comprado este proceso y el
domingo 25 de octubre en las elecciones nacionales, hemos tenido un resultado
un tanto alarmante.
Por eso me
atrevo a escribirles a todos mis conciudadanos de un país fantástico, al cual
amo con todo mi ser, que piensa en sus hijos, en sus futuros nietos, en su
familia, en sus amigos; más allá de los partidos políticos, más allá de las
banderas, esto no en un partido de fútbol, donde si perdés, el día después de
la derrota te comés un garrón con los amigos.
Está en juego todo nuestro
futuro, pero sobre todo el de nuestros hijos y el de las futuras generaciones.
¿Es posible que
me tenga que hacer las mismas preguntas que las veces anteriores? ¿Puede ser
que seamos tan necios de no ver la realidad? ¿Queremos realmente volver a
someternos a esos días nefastos de nuestra reciente historia pasada? ¿Puede ser
que por no querer ver ni oír más a una persona y a parte de sus seguidores
tiremos todo lo conquistado a la basura?
Puedo entender a
los vivos de siempre que “trabajan” con la especulación financiera, ellos
seguramente están esperando este “cambio”. ¡Pero los trabajadores! No puedo
comprender como los laburantes pueden votar semejante atrocidad. Las pequeñas y
medianas empresas que estaban muertas, los negociantes que estaban muertos, y
tantos otros actores de nuestro país.
Pensemos por una vez, recapacitemos sólo un instante. En lo personal
este gobierno nunca nos benefició en nada. Todo lo que hemos logrado lo hemos
hecho con mucho esfuerzo personal y la colaboración de algunos compañeros. Pero
no pensamos en forma individual, lo hacemos pensando en el conjunto de la
sociedad. Porque como sociedad en su conjunto es que si hacemos las cosas bien
nos vamos a salvar del desastre que podría ser volver para atrás.
Retroceder,
nunca más. Es el deseo de un argentino que quiere el bien común para todos sus
conciudadanos.
Es por este motivo que, más allá de los nombres, el 22 de noviembre lo voto a Scioli.
Envío:Oscar Canepa
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