5 de diciembre de 2015

CHILE.

Ideas para una alternativa política en Chile
Por Felipe Ramirez /Resumen Latinoamericano , 27 noviembre, 2015.-

Este artículo está basado en la presentación que realicé en el panel “Los caminos para levantar alternativas para Chile” de los “Seminarios para el Nuevo Chile”, organizados por las fundaciones Crea y Emerge. En la ocasión compartí la mesa con los diputados Giorgio Jackson y Gabriel Boric de Revolución Democrática y Convergencia Autonomista respectivamente, con Cristián Cuevas de fundación Emerge y Joel Olmos de Convergencia de Izquierda.

El objetivo de este escrito es sistematizar algunas ideas que me parecen importantes para los debates y los desafíos que enfrentamos, sobre todo cuando pareciera que el impulso reformista del gobierno se ha visto frenado por la actuación de las fuerzas neoliberales de dentro y fuera de la coalición gobernante, y cuando las movilizaciones sociales –y por consiguiente la izquierda- ha tenido nula capacidad de influir en la definición del rumbo de las reformas en curso.

Una de las ideas que más ha salido a la discusión en este contexto, tiene que ver con el anhelo –permanente y siempre esquivo- de que se genere una “unidad de la izquierda” que, supuestamente, nos permitiría ser una fuerza con real posibilidad de ser una alternativa frente a quienes hoy están comprometidos con los intereses empresariales.

Otras disyuntivas tienen que ver con la participación o no en las elecciones que se avecinan –municipales, parlamentarias y presidenciales-, con la dinámica de cómo las organizaciones de izquierda se relacionan con los movimientos sociales, y la vinculación entre estas organizaciones sociales y el Estado. En las líneas que siguen intentaré dar una respuesta, limitada y primaria aún, sobre estos temas, aprovechando las preguntas planteadas por los organizadores del evento.

El primer eje planteado hacía alusión a las perspectivas y exigencias para la izquierda en nuestro país.

Para responder, lo primero que me parece importante definir es el escenario en el que nos encontramos. Desde la Izquierda Libertaria hemos llegado a la conclusión –siempre perfectible- de que a partir de las movilizaciones que se desarrollan desde el año 2006-2007 y sobre todo a partir del 2011 con las movilizaciones estudiantiles, las luchas regionales donde se demandaba descentralización y participación en los debates nacionales, las luchas medioambientales y los cuestionamientos al modelo productivo y energético, se puso en cuestión los elementos centrales del modelo neoliberal, generando fisuras que han permitido que el campo popular se abra a discutir y plantear la posibilidad de un modelo diferente.

Entre estos elementos, uno de los que destacó fue el endeudamiento –a partir del consumo y también debido a la necesidad de tomar créditos para estudiar o acceder a una vivienda digna por ejemplo-, que nos permitió situar una contradicción que en nuestra opinión es central en este momento: el conflicto generado entre nuestras necesidades por un lado, y por el otro los derechos sociales privatizados y el Estado subsidiario instalado en dictadura. Estado cuyo rol es asegurar las condiciones de paz social para permitir la maximización de las ganancias de un pequeño núcleo de grupos económicos empresariales, dejando en una posición subordinada no sólo a los trabajadores y otros sectores oprimidos –pueblos originarios por ejemplo-, sino también a capas de pequeños propietarios y comerciantes. 

Esta dicotomía es central para discutir cómo nos posicionamos desde la izquierda ante el modelo, las fuerzas políticas que lo defienden –instalados hoy principalmente en el eje Derecha, centro liberal y vieja Concertación-, y las fuerzas sociales que los sustentan. 

Definido ese contexto, hemos visto que en estos años y al calor de las movilizaciones sociales generadas a medida que se resquebrajaba el gran acuerdo social fijado al inicio de la transición, se generó un acumulado de activismo político y social, conformado por muchos jóvenes que se acercaron por primera vez a la política, compañeros que habían participado en política hace décadas y que se entusiasmaron otra vez, junto a compañeros que en los 90 se habían retirado a la actividad más local en sus territorios o bases sindicales.

Sin embargo, la izquierda ha sido incapaz de generar los espacios que permitan sistematizar las luchas, las experiencias y los trabajos que se desarrollaron en estos años, para darle una expresión partidaria.

Cuando hablamos de partido nos referimos no solamente a un aparato electoral, que es la figura a la que actualmente se reduce un partido político: hablamos de una estructura política que permita superar el activismo y la figura del colectivo local, de militancia o sea de compromiso con la actividad y las discusiones y decisiones colectivas, de línea política con una tesis respecto a cómo enfrentar los desafíos que nos presenta el actual escenario político, y a un programa, un documento que entrega no sólo un pliego de demandas sino que les entrega una orientación y un marco de finalidad, es una propuesta del Chile que deseamos construir en el camino a ese socialismo democrático que perseguimos.

Esas creemos, son las características que debe tener una organización partidaria, las que nos otorgan el piso para poder discutir cómo nos relacionamos como organización con la institucionalidad del Estado y sus coyunturas.

Si bien existen experiencias parciales de construcción partidaria, estos años la izquierda en general ha tendido a perpetuar su incapacidad de discusión política, generando por el contrario, más división.

Construir alternativa incluye entonces no sólo ejercer liderazgo social ni construir un aparato para poder participar en elecciones y debatir en el parlamento. Incluye también generar una organización capaz de sistematizar las experiencias de construcción política que se dan en el pueblo y en un nuestras organizaciones de masas, y entregarles una lectura, una orientación que potencia esos ejercicios de lucha en términos de lucha, de programa, y de visión nacional.

Aquí se sitúa una de las preguntas más complejas para las alternativas emergentes en Chile. ¿Cuál es la relación que han de tener con los movimientos sociales?

Creo que las organizaciones de izquierda tienen que desembarazarse de algunas taras que arrastran del pasado, acercándose a las organizaciones sociales en un plano de humildad y construcción conjunta, en el entendido de que nuestras organizaciones políticas no surgen de militantes iluminados que nacieron con todo el conocimiento y una lectura sobre el socialismo y cómo se construyen. Al contrario, se generan y desarrollan desde las organizaciones sociales, es desde ahí que el partido se nutre y construye su programa.

El partido ejerce entonces un rol de sistematización de la práctica, la elaboración y el desarrollo político de los movimientos sociales, con una lectura nacional y una tesis, y les permite en contrapartida a los movimientos sociales nutrirse de perspectivas que no están presentes en su ámbito concreto de lucha.

Por el otro lado, los movimientos sociales le permiten al partido nutrirse del estado de ánimo de las bases, corregir su línea y sus lecturas, tener elementos para realizar la necesaria autocrítica sobre el despliegue y sobre las posiciones adoptadas y también evitar una desviación aparatista, en el que los partidos pueden vaciarse de contenido y transformarse en meros aparatos electorales en función de acceder a cargos de representatividad y a los beneficios monetarios que pueden atraer. 

Esta relación de mutuo beneficio y aprendizaje entre las estructuras partidarias y los movimientos sociales presenta una serie de desafíos prácticos, no sólo a la hora de asegurar la autonomía de estos organismos de masas, sino también a la hora de tocar temas que implican un trabajo de aprendizaje y reflexión que es ajeno al ámbito concreto de las organizaciones de base en cuestión.

Un ejemplo concreto es el trabajo en el ámbito sindical respecto al feminismo. Representa sin duda un desafío para nuestras organizaciones realizar ese ejercicio, entendiendo que temas como este no lo desarrollamos solamente en nuestra práctica cotidiana o recalcando su importancia en nuestros espacios de inserción, sino también en cómo construimos liderazgos al interior de nuestras organizaciones.

En esta mesa expusimos puros dirigentes hombres, y no sólo puros hombres sino que además somos hombres que nos hemos ido encontrando en la práctica política durante los últimos 4 o 5 años. Ahí hay otro desafío de construir junto a otros compañeros y compañeras.

En síntesis, el partido debe tener un acercamiento sin soberbia a las organizaciones sociales, con altura de miras y de respeto a sus dinámicas internas propias, asegurando su independencia del mismo y también respecto de un eventual gobierno, de manera de asegurar que sea un fiel reflejo del estado de ánimo de las masas. En contrapartida, el partido a través de su militancia, le entrega insumos y orientaciones en el marco de su línea y su estrategia, cumpliendo también un rol formador y educativo.

Elecciones, alternativa de izquierda y derechos sociales 
Dicho esto, los compañeros de Crea y Emerge planteaban la cuestión sobre el rol de las elecciones en el proceso de construcción de una alternativa de izquierda.

Sin duda, las elecciones pueden ser un momento catalizador de los procesos de movilización política y desarrollo programático en un país. En Chile las elecciones pasadas fueron un momento en el que muchos compañeros que nunca habíamos participado en una elección dijimos: “bueno, llevamos años participando en movilizaciones, tenemos el 2011 encima, veamos qué podemos sacar de aquí”. Así, algunos de quienes hoy conformamos Izquierda Libertaria participamos de la experiencia de Todos a la Moneda, donde nos encontramos con los compañeros y compañeras que ahora forman Convergencia de Izquierda y otras organizaciones. Del proceso vivido y sus resultados sacamos varias lecciones, que pueden resumirse de manera rápida en dos ideas que a veces la izquierda que se ha desarrollado estos años deja de lado:

1) Que si la política no es nacional no sirve para realizar transformaciones en el país, ni en la educación ni en las luchas fundamentales.

2) El programa no puede ser construido en un código y lenguaje pensado para estudiantes universitarios, ni tampoco por una vanguardia alegada de la realidad cotidiana. Es expresión de un trabajo junto a las personas, en sus espacios, en sus luchas, y a partir de nuestras necesidades.

En el desafío de construir el programa de “TALM” quienes participábamos del espacio tuvimos que ir a trabajar y revisar la realidad de nuestro país, con personas que no tienen idea de tal o cual autor, de la historia del movimiento socialista o del movimiento estudiantil, pero eran quienes se veían enfrentados a los elementos más perniciosos del modelo. Ahí hay otro desafío que la izquierda debe enfrentar y que las elecciones con sus condiciones particulares nos entregan una oportunidad para empezar a dilucidar.

A partir de esa experiencia es bueno preguntarse entonces cuáles son los principales ejes programáticos que deberían levantar las alternativas emergentes.

Las organizaciones de izquierda han construido claridades en espacios particulares. Nuestro referente estudiantil, el FEL, generó el concepto respecto a la educación denominado “Sistema Nacional de Educación Pública” (SNEP) para pelear la educación con un proyecto que se haga cargo no sólo de la educación superior desde la perspectiva de los universitarios, sino que incorpore las demandas y lecturas de los profesores y de los estudiantes secundarios, entendiendo que la reforma a la educación superior no se puede separar de la dignidad docente o de la desmunicipalización.

De manera similar, es necesario avanzar hacia una sistematización de una propuesta referente a temas como la salud, la vivienda, la corrupción, las pensiones, la descentralización, respecto a los pueblos originarios, el feminismo y otras materias, pero teniendo claro que el objetivo es generar un marco de demandas y propuestas que nos permitan problematizar el estado actual del neoliberalismo.

Como decía al principio de este artículo, es indispensable mantener un énfasis que confronte la idea de los derechos sociales universales frente a la condición subsidiaria del Estado. Si bien la noción de los “derechos sociales” es una demanda del proyecto histórico de la socialdemocracia, la radicalidad del modelo neoliberal chileno hace que la demanda de universalidad en espacios como la salud, la vivienda y la educación requieran un proceso de captura de recursos que llevan a una expropiación de capital al gran empresariado.

En otras palabras, dado que la clase dominante en Chile se constituyó como clase a partir del desmantelamiento del modelo de acumulación desarrollista y de la privatización de los derechos sociales, el proceso de desmercantilización de los derechos sociales necesariamente implica una confrontación con sus intereses como clase.

De todas maneras hay que ser claros. Cuando hablamos de derechos sociales tenemos claro que estos van más allá de su definición clásica en la izquierda. No se trata solamente de identificar las “áreas” en donde tenemos demandas que queremos exigir, se trata también de generar el entramado social que nos permita disputar el poder, en su expresión institucional como en su expresión de soberanía popular, de las personas sobre su vida.

Es claro que el Estado y las políticas públicas son indispensables para realizar las transformaciones que creemos necesarias, pero ese trabajo es imposible de llevar a cabo, y su carácter socialista se va a diluir en asistencialismo o peor aún en clientelismo o incluso corrupción, si es que el protagonismo no lo tienen los trabajadores, las personas en tanto sujetos organizados.

Un ejemplo práctico de esto es la lucha que durante años han realizado las compañeras y compañeros del Movimiento de Pobladores Ukamau en su búsqueda por el derecho a la vivienda en la comuna de Estación Central. A la demanda al Serviu y al Estado por habitación le agregaron su participación activa en lo que hoy es el proyecto habitacional en los terrenos de la maestranza San Eugenio, donde junto a un equipo de arquitectos presentaron un proyecto donde sus nuevas viviendas –y el barrio a construir- respondieran a sus necesidades como comunidad, y pasaron a disputarle al Estado sus derechos sociales superando su visión tradicional incorporando la lucha por el poder, entendiendo el territorio como algo más allá de la vivienda concreta.

Entendieron que la lucha por la vivienda tiene que ver con su comunidad, con contar con espacios de esparcimiento, jardines infantiles, sedes para la cultura, que la lucha por la educación gratuita, pública y de calidad tenía que ver con su misma realidad. Así es como nosotros entendemos que se desarrolla una política de izquierda en términos de construcción programática, de lucha por los derechos sociales, con una correcta relación entre la lectura política, el fortalecimiento de la organización social y la demanda al Estado, una política que nos permita avanzar hacia la construcción de un Chile diferente.

La siempre esquiva unidad de la izquierda 
Las últimas preguntas planteadas por los organizadores hacían referencia a las principales tensiones que dificultan la unidad de la izquierda en el país, y cómo podría articularse una política de alianzas que las superara.

El principal problema respecto a este tema tiene que ver con cómo se entiende la unidad. Por lo general cuando se habla del tema, por ejemplo tras las elecciones de la FECH y de la FEUC y el dispar escenario planteado –Unidad en la PUC, 8 listas de izquierda en la U. de Chile-, se entrega una visión abstracta y moralista del tema. Tienen que unirse porque son parecidos y porque si no ganará la derecha –o la jota, o el gobierno-.

Esto da cuenta de un problema más de fondo, y es que la izquierda no discute sus diferencias políticas ni las plantea abiertamente, prefiriendo caer en una actitud defensiva y conservadora cuidando los pequeños espacios en donde cada uno mantiene influencia. Así, nos cuesta discutir sobre la tesis política para el momento –que para nosotros se expresa en la idea de la necesidad de una ruptura o apertura democrática, basada en una serie de reformas estructurales que nos permitan superar los enclaves autoritarios dictatoriales y la subordinación de los intereses populares y nacionales a los imperialistas y a un puñado de grupos económicos internacionalizados-, la estrategia a implementar para cumplir los objetivos planteados, el programa que le da aterrizaje –que se encuentra esbozado a partir de las luchas desarrolladas estos años-, y la relación con el gobierno de la Nueva Mayoría que de estos elementos se desprende.

Para nosotros, por ejemplo, un tema que establece una “línea roja” con respecto a las fuerzas que pueden plantearse como una alternativa tiene que ver con la ausencia de financiamiento irregular por parte del empresariado. Creemos que no puede haber un partido o una organización que se plantee de izquierda o que cuente con las condiciones para aportar al desarrollo de un Chile diferente, si se financia y funciona en base a dineros provenientes de los grandes grupos económicos.

La Izquierda Libertaria planteó a lo largo del año una serie de ideas que han articulado nuestro despliegue político. En primer lugar, dejamos en claro que no estamos en contra de las reformas, sino en contra de las limitaciones que se le entregan desde la alianza de gobierno. Así, cuando se planteó la reforma laboral o a la educación planteamos no sólo el proyecto de un nuevo Sistema Nacional de Educación Pública o de observaciones al proyecto de ley sobre materia laboral, sino que también nos pusimos a disposición para realizar movilizaciones para conseguir esos cambios.

Desde nuestros compañeros y compañeras que militan en sus lugares de trabajo al interior de sus sindicatos buscamos generar espacios de unidad social que nos permitieran no sólo defendernos de una reforma laboral que contenía muchos elementos regresivos, sino que presionar también por las orientaciones que entendemos, significarían un cambio favorable para los trabajadores.

Así fue que participamos, junto a muchos otros, de las movilizaciones y paros convocados por la llamada “4×4” junto a trabajadores portuarios, de la construcción, forestales y mineros. El objetivo no era sólo intentar influir en la discusión parlamentaria y en el proyecto del gobierno desde la fuerza social movilizada, era demostrar los límites del proyecto encarnado en la Nueva Mayoría, planteando una alternativa política desde nuestra propia realidad.

En el fondo se trata de combinar la movilización, el fortalecimiento de las organizaciones sociales y un trabajo hacia el Estado en un camino que nos permita conseguir los cambios y transformaciones que queremos, planteándonos como alternativa y tensionando los estrechos límites de la democracia protegida que heredamos tras el plebiscito de 1988.

El esfuerzo en este caso concreto fue infructuoso y la reforma laboral no dio respuesta a nuestras demandas. De todas maneras no creemos que haya sido un error, sino que nos evidencia nuestra debilidad como izquierda para dar ese tipo de luchas y nos refuerza en la convicción de redoblar nuestros esfuerzos.

Sabemos que nuestra decisión de plantearnos de esta forma ante el gobierno no es compartida por otras organizaciones, sin embargo no han existido posibilidades de discutir abierta y honestamente nuestras diferencias, quedándose el debate en las redes sociales y poco más.

La unidad que se pueda construir se basa en discutir estos temas de manera franca y sin animosidad, en generar la confianza que nos permita compartir espacios de trabajo sin innecesarias y perniciosas dinámicas de competencia. Pero de nada sirve discutir y hablar de unidad si no existe voluntad de implementar los acuerdos, si las corrientes que hacen política en la izquierda se mantienen como meras coordinaciones de colectivos y fundaciones sin asumir el desafío de construir organización nacional –con estructura y militancia-, o si todavía somos incapaces de elaborar tesis y bases programáticas.



Chile compra 12 blindados con ametralladoras ‘para dialogar’ con el pueblo mapuche 
Resumen Latinoamericano/ El Ciudadano/28 de Nov. 2015.-

Así fueron presentados los Dagger en Temuco / Chile .
El Gobierno de Chile pretende ‘traer paz’ en tierras mapuche con terroríficos blindados franceses que soportan una ametralladora de 12 mm. Los 12 vehículos de ‘defensa’ están valorados en unos 4,5 millones de dólares, más de 3.200 millones de pesos chilenos. ¿Por qué el Gobierno de Chile invierte en armas represivas en vez de mejorar la calidad de vida de las personas que viven en esa zona?

Cuesta creerlo, pero es verdad. El Gobierno ha gastado 4,5 millones de dólares, unos 3.200 millones de pesos chilenos, en la adquisición de 12 vehículos blindados de última generación que aumentarán la represiva militarización en las tierras mapuche, señala el portal chileno El Ciudadano.

Este valor supera al costo estimado del hospital de 6.000 metros cuadrados que se construirá en la localidad de Lonquimay, provincia de Malleco. Dagger Cortesía de El Ciudadano ¿Por qué el Gobierno invierte en armas represivas en vez de mejorar la calidad de vida de las personas que viven en esa zona? ¿Es parte del diálogo o el trato que el Gobierno promete al pueblo mapuche?

Las respuestas tienen que ver con que los políticos están protegiendo los intereses del gran empresariado a vista y paciencia de la ciudadanía. En buen chileno: lo está haciendo ‘cara de raja’; es decir, lo que hacen es una desfachatez.

Los Dagger en Temuco Cortesía de El Ciudadano
Sí, porque el jueves el ministro del Interior, Jorge Burgos, presentó con bombos y platillos en el Grupo de Formación de Carabineros en Temuco cinco de estos terroríficos vehículos acorazados que serán distribuidos en distintos puntos de la región de La Araucanía.

El Dagger es un vehículo de apoyo táctico de última generación fabricado por la empresa francesa Panhard, propiedad de la también francesa Renault.

Es capaz de cargar una ametralladora de 7,62 o 12,7 mm (montada en un anillo con operador o controlada a distancia), también se puede configurar para lanzar granadas de forma unitaria o múltiples proyectiles, tiene un sistema de gestión de combate, sistema de vigilancia perimetral, puestos de disparo para sus ocupantes (que pueden ser un mínimo de dos y máximo de cuatro uniformados), extractor de humo y sistema para cortar cables.

Ademas su blindaje lo protege de minas explosivas, es anticohetes y sus rejillas son anti-RPG7 (el lanzacohetes antitanque).
Envío:ResumenLatinoamericano

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