Rodolfo Braceli
Desde Buenos Aires
Ese abrazo empezó hace 38 años
Es para celebrarlo, aunque a algunos, como el señor doctor Aguinis, la noticia les de en el centro del hígado de sus conciencias. Las Madres Abuelas de Plaza de Mayo anunciaron la mejor noticia desde que nos sucede la democracia, desde 1983 a hoy. Encontraron al Nieto 119.
Viernes, 4 de Diciembre de 2015
La mejor noticia no se gasta aunque se ha repetido 119 veces. El ser parido en esta primera semana del diciembre del año 2015 después de Cristo nació hace 38 años y vuelve a nacer, tras el embarazo de la memoria, a los 38 años de su edad. Se llama Mario Bravo. Vive en Las Rosas, provincia de Santa Fe, y ahora se rencuentra con su madre, que vive en Tucumán, allí donde fue secuestrada, allí donde la dictadura violadora de las vidas y de las muertes, tras encapucharla le afanó al hijo desde la placenta. Cuando Mario Bravo nació su madre no tuvo ni el minuto para saber si era nena o si era varón. Sólo pudo saber que nació con vida porque escuchó su llanto.
Parece mentira, pero así fueron las cosas: la madre y el hijo, cada uno por su lado, se buscaron. A medida que pasaban los años con sus días y con sus noches Mario pensaba que nunca iba a encontrar a su madre con vida. Pero la memoria tenaz y porfiada de las Madres Abuelas consiguió amasar este nuevo milagro que no ha sucedido por milagro. Ha sucedido porque la memoria no es retroceso, porque la memoria es la forma más ardua y luminosa del optimismo.
Ha sucedido esta aparición que encarna otra parición de las Madres Abuelas, una vez más en medio de la obscena indiferencia de los pulpos medios de descomunicación. La prodigiosa noticia, salvo contadas excepciones, otra vez fue ninguneada, sumergida muy atrás, disimulada en las páginas a las que el lector llega, si es que llega, extenuado. Esto siempre pasó, salvo cuando apareció el Nieto de Estela de Carlotto, que no pudo ser traspapelado porque constituyó una noticia mundial.
Es evidente que cada parición de un nuevo Nieto le produce cólicos en la ética a muchos periodistas estelares y medios; ellos aborrecen la memoria alumbradora. Y a sujetos como el señor doctor Aguinis. Aguinis, recordemos, hace apenas semanas, auto convertido en fiscal patrio, calificó a la Madres Abuelas –entre ellas a Estela de Carlotto–, de mujeres “despreciables”. Es natural que el señor doctor Aguinis desprecie a estas mujeres. Su belicismo, su demagogia para elitistas chetos, es incompatible con estas mujeres, parteras de Vida y de por Vida, que ya rescataron 119 seres tras décadas de identidad secuestrada.
Pero no nos distraigamos más con este ser humano exitoso. Observemos ahora hasta qué punto se ningunea y se minimiza estas noticias de las pariciones de nietos: comparemos el espacio y el tiempo que se le dio a la noticia del Nieto 119 y a la noticia del culatazo que recibió en la cabeza al señor Ruckauf, en una salidera bancaria. Lo de Ruckauf fue noticia central con fotos de primera página y en tiempo y en extensión fue por lo menos veinte veces mayor.
Muchas veces lo escribimos en esta columna: las apariciones de nietos afanados de cuajo desde la placenta, a gran parte de los medios nacionales y a sus periodistas estelares, le dan en el hígado. En el hígado de sus oscuras conciencias. Aborrecen la noticia porque les repele la memoria alumbradora.
Cuando apareció el Nieto 118 comparamos, en días cercanos, con la cantidad de portadas, de centimetraje, pantalla y aire que se le dio, y se le sigue dando, a una penosa alcahuetería como es el brote de Matías Alé (celebrado Don Juan nacional, que los medios siguen persiguiendo hasta en la sala de terapia intensiva.)
Este comportamiento periodístico, de obscena complicidad con lo más oscuro de nuestra tragedia, es muestra de indiferencia activa. ¿No es acaso una manera de ahondar la famosa “grieta”? Quiénes enarbolan la necesidad de reconciliación, ¿por qué ningunean por décadas noticias prodigiosas como son las apariciones de nietos secuestrados de identidad? Cada aparición sucede, por así decir, después de un embarazo de búsqueda de décadas. Se trata de estallidos de vida. De partos conseguidos por las “viejas locas” Madres Abuelas de Plaza de Mayo. Muchas de ellas –insistimos– viven más allá de sus 90 años. ¿Se quedan a vivir?
Se quedan a buscar, hasta que encuentran. Estas parteras hacen la Vida sin arrojar una piedra, una bala. Y ahí, con cada parto, brota un torrente de sol y de genuina alegría. No confundir alegría con barullo. No confundir sonido con ruido marketinero.
Recupero las preguntas de nuestra Plegaria furiosa:
–Permiso, Memoria. Permiso, Conciencia: ¿Qué sería de nosotros si ellas, las Madres locas, no existieran?
¿Qué quedaría de nosotros si ellas (las despreciables) no hubieran salido a alumbrar la más eterna de las noches? ¿Qué sería de nosotros? ¿Qué?
¿Estaríamos de pie o en cuatro patas? ¿Estaríamos?
Reconozcámoslo: sin ellas alumbrando, esta patria idolatrada hoy sería un definitivo agujero con forma de mapa. Y de tanto tocar y tocar fondo, habríamos desfondado el abismo. Pero ellas nos enseñan a sembrar el abismo.
Y nos enseñan que la paciencia no es resignación.
Y nos enseñan el optimismo de la memoria. Porque la tan criticada memoria es el modo más porfiado de la esperanza.
Posdata: Volvamos a Mario Bravo, a nuestro Nieto 119. Imaginemos el reencuentro con su madre, de la que fue desgajado al minuto de nacer. Cerremos los ojos para mirar bien hondo… Ahí está la madre, ahí está el hijo; los dos quietos, a unos metros. Se miran, no le salen los pasos, no les salen las palabras. De pronto se arrojan el uno sobre el otro y se están abrazando. Abrazando desde hace 38 años, desde la cálida placenta. Y se seguirán abrazaaando, para siempre.
Fuente:Jornada.online
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