Resumen
Latinoamericano*, 10 de enero de 2018.-
Por
Mariana Dopazo,
ex hija de Miguel Etchecolatz.
ex hija de Miguel Etchecolatz.
Crear
una vida propia, a las sombras de mi progenitor, uno de los genocidas más
siniestros de nuestra historia, fue muy difícil. Siempre rodeados de armas,
acompañados de custodia policial y metidos en una burbuja. Mi vieja hacía lo
que podía, amenazada recurrentemente por él: “Si te vas, te pego un tiro a vos
y a los chicos”. De hecho, mi recuerdo más crudo de la infancia da cuenta del
sufrimiento permanente: cada vez que él volvía de la Jefatura de Policía de La
Plata, nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano Juan, para pedir
que se muriera en el viaje.
Sí,
eso sentíamos, todos los días de nuestras vidas.
Crecí
entre situaciones traumáticas, en plena soledad, porque vivir con Etchecolatz
significaba no tener paz, hacer lo que decía y acostumbrarse al miedo de abrir
la boca, porque podría venirse la respuesta más terrible. Aun así, desde
chiquita fui bastante rebelde, tanto que mi familia me apodó “estrellita roja”.
Lo desobedecía, sí, tanto como era posible. Y a ese ritmo, se repetían sus
golpes. Era cruel, castigaba muy fuerte y después se preocupaba: “Mirá lo que
me hacés hacerte”, decía. Cuando oía sus pasos, sentía el perfume del terror. Y
sí, haber convivido con un genocida me permitió conocer su esencia, su faz más
verdadera.
Siempre
fue narcisista, una persona sin bondad, impenetrable, que nunca dio lugar para
que sus hijos pudieran preguntar. Nunca nos explicó nada. Hay asesinos que le
han contado algo a su círculo íntimo, pero Etchecolatz no. Y es un contrapunto
interesante: no habló con su familia ni frente a la Justicia, sosteniendo un
doble silencio. O sea, corporizó lo más terrible en todo momento, sin
importarle jamás el otro y convirtiéndose en el símbolo más cruento del aparato
represivo.
Cuando
el Juzgado de Familia autorizó a deshacerme del apellido teñido de sangre, en
2016, para suplantarlo por el de mi abuelo materno, creí que había terminado
una etapa. Sin embargo, la intención de beneficiar a los genocidas con el 2×1
me angustió y me impulsó a marchar por primera vez. Sentí que la Justicia había
dejado de ser justa en materia de crímenes de lesa humanidad y empezaba a
desampararnos. Pero incluso podía ser peor… Días atrás, mientras visitaba a mi
familia me enteré que ahora tendrá el privilegio de irse a su casa. “Es imposible
que le den la domiciliaria”, me aseguraba mi mamá, para tranquilizarme. Hasta
que nos llamaron para avisarnos. Todo se convirtió en silencio. No pude pensar,
ni hablar más. Así estuve la noche entera, tratando de salir de la oscuridad.
Ante
semejante noticia, no puedo imaginarme lo que sentirán quienes lo sufrieron y
menos todavía quienes deberán convivir con él, en el mismo barrio marplatense.
Sólo dos tipos de personas conocen verdaderamente a un sujeto como él: sus
víctimas y sus hijos. Por eso, a mí que no me lo vengan a contar. Nadie puede
venderme el discurso de la reconciliación, ni el cuento del viejito enfermo que
merece irse a su casa. Quienes conocemos su mirada, sabemos de qué se trata.
Hay centenares de genocidas con prisión domiciliaria, pero él nos hierve la
sangre porque representa lo peor de esa época, tras haber sido la cabeza de 21
centros clandestinos y no haberse arrepentido ni un centímetro de sus acciones,
fiel e incondicional a las mentes que planificaron ideológicamente la masacre.
Justo
y reparador sería que Miguel Osvaldo Etchecolatz estuviera para siempre en una
cárcel común, hasta el final de sus días. Pues las marcas en el cuerpo, las
marcas en la memoria, las marcas del espanto, las marcas del no saber, no se
borran nunca, pero nunca más… Como sociedad, debemos luchar para que vuelvan
atrás con esta decisión inadmisible y, aún en el sufrimiento, celebro que
sigamos saliendo a la calle, aunque nos lo quieran prohibir. A mis 47 años,
jamás creí que sufriríamos tal retroceso en Derechos Humanos, pero la fortaleza
popular es enorme y debe seguir creciendo hasta meter a cada una de las bestias
tras las rejas.
No
se tranza con el dolor, ni se silencia el horror.
No pudieron vernos retroceder. Y tampoco van a poder.
No pudieron vernos retroceder. Y tampoco van a poder.
*Fuente:
La Garganta Poderosa
Envío:Sara Waitman - AexPPPGde.Cdba.

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