La genética de un pueblo
Por Luis Bruschtein
Muchos podrán decir que el Cordobazo ya no está presente en la memoria de los trabajadores y el pueblo, pero nadie podrá negar que forma parte de su experiencia histórica. En los últimos sesenta años se produjeron tres grandes insurrecciones de masas en la Argentina. La toma del frigorífico Lisandro de la Torre en 1959; el Cordobazo de 1969 con sus secuelas y precuelas del Correntinazo, el Rosariazo y el Mendozazo; y el último, el más reciente, el llamado Argentinazo --que en realidad fue porteñazo-- de diciembre del 2001.
Las dos primeras se produjeron a partir de un conflicto gremial protagonizado por los que en cada uno de esos momentos conformaban la elite de los trabajadores de la industria. La toma del frigorífico fue encabezada por los obreros de la carne y motivó la insurrección de los vecinos de Mataderos. En el Cordobazo fueron los mecánicos del SMATA que se sumaron a una convocatoria de los gremios combativos y gatillaron el levantamiento popular.
Pero el Argentinazo fue protagonizado por una clase media empobrecida que conformó una alianza inédita entre "piquete y cacerola", es decir, entre esas capas medias empobrecidas y la masa de desocupados a quienes se les sumaron los sectores más combativos de las organizaciones gremiales.
Entre los dos primeros y el último se habían producido fenómenos mundiales en la circulación del capital y en los medios de producción, que redibujaron la geografía social: capas medias proletarizadas, crecimiento de los gremios de servicios y del sector informal de la economía, obreros calificados que abandonan una cultura proletaria y una masa inmensa de semiocupados y desocupados.
La vertebración de esa categoría que se englobaba en la definición de "pueblo" aparece más compleja y fragmentada con la globalización neoliberal. Los roles son más imprecisos, la famosa columna vertebral --o la vanguardia del proletariado-- no resulta tan clara como aparecía en el viejo capitalismo industrial semidesarrollado y dependiente en cuyo marco se produjo el Cordobazo.
Y además, la historia reciente tiene en la dictadura un abismo infinito que la divide entre antes y después. Esos cambios que complejizaron la trama social y le dieron expresiones culturales y políticas diferentes, aunque en algunos casos mantuvieran los nombres, hizo que la memoria de lo anterior a la dictadura se asentara en forma neblinosa, como los genes que inducen comportamientos sin que haya consciencia de su existencia.
Córdoba fue también escenario principal de la Reforma Universitaria que fue un gran movimiento estudiantil que tuvo un fuerte impacto democratizador. Córdoba fue la cuna de Agustín Tosco, el dirigente no peronista más importante desde allí en adelante. Y allí surgieron los gremios llamados "clasistas" de Sitrac-Sitram y el SMATA-Córdoba de René Salamanca.
Esa Córdoba de la ebullición estudiantil y del surgimiento de cientos de fábricas y trabajadores combativos quedó en la historia. Después de la dictadura, la provincia mutó a territorio de las derechas del peronismo y el radicalismo de cuyas filas surgieron todos los gobernadores desde la dictadura hasta la actualidad. Es la provincia donde Mauricio Macri ha tenido más respaldo, convertida en un centro conservador de fuerte gravitación. Si Tosco viviera, no la reconocería.
Todos esos cambios que han conformado nuevas sociedades, nuevas identidades y formas de hacer política, tanto en la izquierda como en la derecha se producen al mismo tiempo que el bloque hegemónico fue construyendo herramientas de homogeneización del discurso, en tanto que el campo popular iba perdiendo muchos de esos factores que lo contenían. Son numerosos los argumentos para sostener la afirmación de que movimientos como el Cordobazo ya no tendrían vigencia.
Pero la experiencia de lucha de los trabajadores y de los movimientos populares no se pierde sino que subyace de una manera ni tan visible ni tan literal. La memoria no es lo que hicimos, sino lo que hacemos con lo que hicimos. Hay una reelaboración permanente y sobrepuesta de esa historia que se renueva en forma constante. Hay hechos, resonancias, acciones, ejemplos, ecos que se amasan y resignifican y a veces hasta pueden perder la imagen original. El Cordobazo también ha sido consecuencia de ese proceso previo y motorizador del proceso histórico que lo siguió.
Por eso, aunque no se vea, el Cordobazo está allí como está el históricamente inmenso 17 de Octubre. Forman parte de esa experiencia. Está en las grandes rebeliones contra gobiernos represivos y antipopulares.
El pueblo argentino es un pueblo movilizado. No existe en América Latina una experiencia similar tan enraizada en los procesos sociales. La Revolución de Mayo empieza también con una concentración popular frente al Cabildo para respaldar a los patriotas. El Córdobazo es una pieza brillante de ese linaje que empieza en Mayo, atraviesa el 17 de Octubre; y sigue plantando hechos decisivos que emparejan la historia para el lado de la justicia y los pueblos.
La generación del cordobazo
Por Edgardo Mocca
Agustín Tosco, uno de los líderes del alzamiento popular, al frente de una marcha.
Imagen: José Ardiles / AFC
Imagen: José Ardiles / AFC
El Cordobazo fue un levantamiento popular, una acción de masas; modestas reivindicaciones laborales y un repudio a la violencia policial contra manifestantes terminaron en una pueblada histórica. Fue un hito dentro de una serie de acciones semejantes que recorrieron el mapa nacional. Fue también el acta de nacimiento de grupos armados que pensaban la revolución en los términos –vivos y triunfantes entonces– en los que la había planteado la revolución cubana. El Cordobazo es la recuperación de las relaciones entre el movimiento obrero y el movimiento estudiantil después de la histórica ruptura en los años del primer peronismo. Fue el principio del fin de la dictadura y del comienzo de una inédita radicalización popular y juvenil que terminaría con la dictadura de Onganía y crearía las condiciones para el regreso y el triunfo electoral de Perón. Pero ante todo el Cordobazo fue el mito fundante de una generación argentina. Diezmada en los años del terrorismo de Estado, vilipendiada en los años de la recuperación democrática, habitual e interesadamente reducida al símbolo de los errores militaristas y vanguardistas de algunas de sus expresiones políticas, a la llamada “generación de los setenta”se la pretendió convertir en el símbolo de un pasado violento al que no hay que regresar.
Cincuenta años después nos volvemos a encontrar con aquellas escenas que parecen provenir de un tiempo irreal. Con la imagen de los policías montados rodando en el asfalto después de que los caballos pisaran las bolitas de rulemanes que subversivas manos de obreros y estudiantes habían colocado en la ruta de sus caballos. Volvemos a dialogar con los peronistas Elpidio Torres y Atilio López, con el filocomunista Tosco, con la FUA de Córdoba, con la CGT de los Argentinos de Raimundo Ongaro. ¿Hay algo que conversar con esos fantasmas añorados por el pibe que soñó entonces con la revolución popular, con la “alianza obrero-estudiantil” en su centro?
“Siempre el coraje es mejor, la esperanza nunca es vana”, supo decir Borges, insospechable de simpatías con los insubordinados cordobeses de 1969. Hace algún tiempo que escuchamos que esas fotos amarillentas perdieron actualidad. Que vivimos los vientos del fin de la historia y de la modernidad líquida y hay que resignarse a los consejos de la moderación y el diálogo como único lenguaje de la política. Pero la generación del Cordobazo –equívocamente evocada como la “generación de los setenta”– tiene algo más que decir además de la reivindicación de aquella valentía, de aquel inédito desafío a la violencia de los poderosos de este país. La generación del Cordobazo –mi generación– carente de aquellas energías de la adolescencia y la juventud se resiste a envejecer. Claro que la vejez biológica es inevitable. Pero hay otra vejez, la que se disfraza de sabiduría política y amonesta a quienes resisten, a quienes luchan, con la supuesta prudencia que dan los años. Es la falsa experiencia que reduce la lucha política y el antagonismo a los malos entendidos, a la testarudez de quien no quiere escuchar las razones del otro. Claro que sufríamos los jóvenes de aquel mayo de una suerte de síndrome de la inmediatez, de la inminencia. Creíamos que había nacido un tiempo nuevo, liberador e irreversible y también inmediato. Pero la generación ha madurado. Aprendió a vivir en democracia, a trabajar en las instituciones, a hacer política. Muchos de sus mejores cuadros fueron el objeto de la violencia terrorista de la última dictadura. No faltan tampoco quienes han adaptado sus convicciones a las conveniencias materiales o han adoptado lo que el dirigente político chileno Carlos Ominami llamó “la culpa del sobreviviente” y se dedicaron a perorar contra cualquier posición transformadora utilizando el recuerdo de la tragedia colectiva como argumento a favor del statu quo.
El Cordobazo puede ser unas efemérides vacías y formales. Puede reducirse a la evocación de furias y de heroísmos que ya no son. Así se ha presentado últimamente la evocación de nuestras guerras de la independencia y de nuestros héroes fundadores. La “modernidad líquida” no concibe héroes ni gestas fundadoras. Su retórica revolucionaria llega hasta el equilibrio fiscal y su utopía es la adaptación definitiva del país a los planes de sus amos coloniales. Sus símbolos son secos, son viejos y gastados, aunque algunos de sus cultores posen como jóvenes exitosos y emprendedores. También hace 50 años había predicadores de la resignación. Había también en aquel tiempo jóvenes viejos. Fueron la rama seca de la generación del Cordobazo. Pasaron de largo de esa escena fundacional y hasta terminaron reduciéndola a un episodio de la “subversión”, recularon frente al acontecimiento como la policía frente a los sublevados de aquellos días.
Esta generación, la del Cordobazo, tiene “tantos hermanos que no los puede contar”, como decía Atahualpa. Los recuerda y en muchísimos casos los llora. Y también tiene a los nuevos emergentes de estos tiempos que muchos soñaban “pospolíticos” y “posrevolucionarios”. A esos que descolgaron los cuadros de los genocidas, a esos que se animaron y desafiaron a ese poder desaforado que los declaró sus enemigos eternos y los condecora diariamente con la prisión, con la persecución y el escarnio. La presencia del Cordobazo, la actualidad del Cordobazo, es la lucha política, la unidad del pueblo, la inteligencia táctica y estratégica que conduce a la victoria. ¿Será una casualidad que los cincuenta años de aquella gesta se celebran con un paro general contra el nuevo plan de entrega y de hambre? Actualidad inesperada del Cordobazo…
El Cordobazo cumple cincuenta años –los cincuenta años de militancia de quien esto escribe– cuando la patria se enfrenta con encrucijadas decisivas, en tiempos en que los cursillistas de Onganía, los evaluadores de polleras femeninas y melenas masculinas y los represores del movimiento obrero y estudiantil han devenido publicistas ingeniosos y desprejuiciados que exorcizan la palabra pueblo y esgrimen las nuevas técnicas represivas. Se los ve ejerciendo la violencia contra los jóvenes en nombre de la revolución de la alegría, saqueando al país y persiguiendo a los disidentes igual que hace cincuenta años, en nombre de la reconciliación y la paz. Un nuevo “nunca más” madura en las entrañas de la sociedad argentina. Consecuente con aquel que condenó al terrorismo de estado, el nunca más de hoy significa la voluntad de construir una democracia definitivamente a salvo de plutocracias y proyectos coloniales.
La generación del Cordobazo está más viva que nunca, mezclada en la calle con la juventud y sus nuevas banderas y símbolos. En estas horas graves y decisivas del país, la presencia del Cordobazo tiene intención recordatoria pero también potente actualidad.
30 de mayo de 2019
Ayer y Hoy
Por Eduardo Jozami
Imagen: José Ardiles/AFC
No es arbitrario relacionar el Cordobazo con el 17 de octubre de 1945 y los hechos del 19 y 20 de diciembre en el 2001. En los tres casos se trata de episodios que aunque no eran totalmente imprevisibles sorprendieron por su alcance y marcaron un drástico cambio en la coyuntura política: la movilización de los trabajadores de 1945 instaló la hegemonía de Perón y marcó la participación decisiva de los trabajadores en su movimiento y los hechos del 2001 mostraron el agotamiento del modelo político instalado en 1983 y generaron condiciones -aunque no era este un destino inexorable- para el rumbo que siguió Néstor Kirchner después del 2003.
A diferencia de las otras dos grandes movilizaciones populares, los efectos políticos del Cordobazo se dilataron en un lapso de tiempo más largo. No tardó en renunciar el ministro de Economía Krieger Vasena, pero el dictador Onganía duró hasta el año siguiente y el retiro de la dictadura sólo habría de producirse con la victoria electoral peronista en 1973. Sin embargo, no exageramos si decimos que el repliegue de la pomposamente llamada Revolución Argentina empezó ese día de mayo del '69. Tanto el fugaz proyecto nacionalista del general Levingston-sucesor de Onganía- como el ambicioso intento de coronar a Lanusse presidente con el Gran Acuerdo Nacional terminaron en rotundos fracasos: la eclosión popular de Córdoba, precedida por las movilizaciones estudiantiles de Corrientes y Rosario, marcaba una fuerte disposición de enfrentamiento a la dictadura que estimuló la sucesión de puebladas que se dieron en muchas de las ciudades argentinas.
Como en los otros dos acontecimientos históricos citados, también se discutió mucho hasta qué punto el Cordobazo había sido planeado y organizado o si se trataba principalmente de una reacción espontánea. En los tres acontecimientos la respuesta es difícil porque no hay dudas de que existió un contexto político social que fue determinante y que hubo grupos que organizaron la presencia en las calles, pero, en todos los casos, los hechos alcanzaron una dimensión que superó las previsiones y la participación popular excedió también todas las expectativas.
Fue protagónica la participación de los trabajadores mecánicos y el gremio de Luz y Fuerza y también importante el apoyo de la militancia estudiantil. Además,la presencia de muchos militantes que tiempo después integrarían las organizaciones revolucionarias jugó un papel en la resistencia a la represión. Pero todo ese potencial de organización no hubiera bastado si amplios núcleos de la sociedad cordobesa no hubieran compartido un fuerte rechazo a la dictadura. La intransigencia de la patronal automotriz y los proyectos facistizantes del gobernador de la provincia potenciaban el hartazgo que generaba, en todo el país, la soberbia del general Onganía cuando afirmaba que su gobierno no tenía plazos sino objetivos y amenazaba con extender la dictadura por diez años. Así se entiende el amplio acompañamiento social que logró la movilización obrera y estudiantil.
Antes de mayo del '69, no se habían producido más que algunos hechos aislados de guerrilla urbana, pero la disposición de lxs trabajadorxs que enfrentaban masivamente a la policía preocupó a los jefes militares que no habían imaginado que la violencia popular pudiera alcanzar esas dimensiones. Por otra parte, quienes se organizaban para enfrentar por la fuerza al gobierno que nadie había elegido pudieron sentirse legitimadxs por los aires insurreccionales de la movilización cordobesa, pero también debieron advertir que era precisamente esa masividad del movimiento lo que le daba una importancia extraordinaria.
El Cordobazo potenció a la CGT de los Argentinos que poco después sufriría la clausura de su sede y la detención de algunos dirigentes. De todos modos, fue el aura del Cordobazo lo que permitió que esa Central, encabezada por Raimundo Ongaro-pese a que ya la habían abandonado algunos gremios importantes- pudiera declarar una huelga general contra la dictadura que tuvo un no desdeñable acatamiento. En otro aspecto, la combativa movilización cordobesa golpeó a los llamados gremios participacionistas que apoyaban a la dictadura y facilitó la reunificación de la CGT.
Esa unificación de la CGT permitió que Perón pudiera invocar el apoyo sindical en su proyecto de retorno, pero la central no cumplió un papel importante en la lucha por ese objetivo. Lxs militantes de la Juventud Peronista que tuvo un gran crecimiento en esos años fueron los que, heredando el espíritu del Cordobazo y retomando la senda de la Resistencia,impulsaron las puebladas que multiplicaron el repudio a la dictadura. La victoria electoral de Raúl Obregón Cano en 1973 mostró que el peronismo adoptaba en Córdoba su perfil más avanzado. Poco duró el gobierno de Obregón y su derrocamiento inició un giro represivo y reaccionario que más tarde con el general Benjamín Ménendez alcanzaría niveles inusitados en el exterminio de activistas políticos y sindicales. Toda una generación de militantes fue barrida y la vida política cordobesa desde los tiempos del gobernador Angeloz perdió esa característica de audacia y compromiso militante que marcara los tiempos del Cordobazo.
El recorrido que hemos hecho, señalando la relación con los sectores combativos del peronismo, marca sólo una de las múltiples lecturas que pueden hacerse sobre el Cordobazo. Apoyada en los rasgos particulares del sindicalismo cordobés, la izquierda tuvo en la provincia un crecimiento significativo y con los años fue creciendo el reconocimiento a la figura de Agustín Tosco que desempeñó en la movilización de mayo un rol fundamental. También para los estudiantes todavía impactados por el Mayo francés, los hechos del '69 marcaron un antes y un después. Nunca olvidaré el orgullo con el que nuestros anfitriones cordobeses nos llevaban a recorrer las calles del Barrio Clínicas donde los universitarios, apoyados por muchos vecinos, habían resistido la represión.
Más allá de la crónica que evoca tantos recuerdos pero también provoca muchas reflexiones, cabe preguntarse sobre el sentido con que hoy recordamos los episodios de Córdoba. El paro general que se cumplió este 29 de mayo fué un guiño, más o menos consciente, a la mejor historia del movimiento obrero argentino. La política económica y social que hoy se repudia con esta huelga de la CGT no es tan distinta de la que impulsara Krieger Vasena, con acuerdo del FMI, en beneficio del gran capital y en aras de la concentración y extranjerización de la economía. La memoria de las luchas populares es importante para discutir mejor el presente y nos da fuerzas para seguir adelante.
Los jóvenes de hoy y los sobrevivientes de aquella generación hemos aprendido a defender una democracia que hasta entonces casi no habíamos vivido. Sabemos que la lucha no es sólo resistencia, exige también, como ahora, acuerdos amplios y gestos de renunciamiento, pero la buena política implica pensar siempre en los más pobres y gobernar con convicciones como lo evidenciaran los doce años kirchneristas. Por eso el homenaje a los caídos en mayo del 69 es para nosotros una ratificación de principios.
La Argentina insumisa
Por María Seoane
Imagen: José Ardiles/AFC
Para qué recordamos, cuando ha pasado medio siglo y estalló la rebelión política y social que la voz popular llamó Cordobazo; cuando el país en la que ocurrió está hoy a años luz de aquellos dictadores y, también, de aquellas utopías. Sin embargo, recordamos la Argentina rebelde, insumisa, sólo porque -más allá de gobiernos democráticos, autoritarios o decididamente dictatoriales-, su tradición libertaria, sus deseos igualitarios, su ciudadela de derechos laborales y humanos nunca dejó de estar amenazada.
Aquel mayo de 1969 el grito "se va a acabar la dictadura militar" corrió como un reguero de pólvora. Gobernaba el general Juan Carlos Onganía. Perón, el principal líder político, estaba exiliado en España hacía años. Toda la política estaba proscripta. Ese grito era lanzado en las calles o en las reuniones clandestinas de los estudiantes, los obreros, los comerciantes, en las iglesias que ya habían parido el Movimiento de Sacerdote para el Tercer Mundo en 1968 anticipando el nuevo espíritu de la iglesia de los pobres surgida del Concilio Vaticano II (1965) y de la Conferencia de Medellín (1968) que bendecía la violencia de los pobres "que no es violencia sino justicia"; y en las barriadas populares. Las ideas libertarias recorrían Latinoamérica: se mixturaba la lucha contra la dictadura y las reivindicaciones económicas con la utopía de la construcción de un hombre nuevo, más solidario y valiente -como el Che, asesinado en 1967- que hiciera una verdadera opción por los pobres para conquistar una nueva sociedad de la que la Cuba socialista parecía ser la Meca. Se discutía todo: el poder, el gobierno, los derechos, la organización sindical, la relación del estudiantado con los obreros; la religión, el amor, el sexo, la cultura toda del siglo estaba en discusión. Y de la política con las armas: ya había habido dos focos guerrilleros fallidos: Uturuncos en Tucumán y el EGP de Jorge Masetti en Salta. Las ideas y tradiciones de lucha del socialismo, el peronismo, el guevarismo, el comunismo, el trotskismo estaban, aún en catacumbas, a la orden del día. En la juventud sesentista, había una "espantosa voluntad de actuar", como señaló Hannah Arendt. La política inundaba lo público y lo privado. Las consignas de "Liberación o dependencia" antiimperialistas; "Perón vuelve" y "Abajo la dictadura" estaban estampadas en los muros de las ciudades, escuelas, barrios. Cuanto más se reprimía la libertad desde el poder militar, más dura y violenta era la resistencia. Se vivía un clima de cambio de época y la bisagra de ese cambio era el fin necesario de la dictadura. Julio Godio supo definir: "el país era un polvorín seco y se necesitaba una mecha para encenderlo". Fueron los asesinatos en mayo del 69 de los estudiantes universitarios Juan José Cabral en Corrientes y Adolfo Bello en Rosario, y las movilizaciones de los trabajadores nucleados en la CGT y en los sindicatos combativos de Córdoba -metalmecánicos, lucifuercistas y estatales- que respondían mayoritariamente a la CGT de los Argentinos, liderada por el gráfico Raimundo Ongaro, el lucifuercista Agustín Tosco y el estatal Atilio López los que encendieron la mecha.
Más allá de la crónica puntual de aquellos 20 días que conmovieron la Argentina- del 12 de mayo al 29, día del estallido-, que terminaron con 34 muertos, 400 detenidos y más de 2000 presos políticos, ahora sabemos que el Cordobazo fue, quizá, la primera gran batalla callejera de la Argentina de masas de la segunda mitad del siglo XX -parida por la república democrática del yrigoyenismo, la república de democracia social del peronismo y el iluminismo e industrialismo desarrollista- para defender el modelo de desarrollo económico nacional, los vestigios sobrevivientes del Estado de Bienestar, que la hizo ser, hasta los años sesenta, uno de los países más equitativos de Latinoamérica y del mundo, con los más altos niveles de distribución del ingreso, de empleo, de educación, con una clase trabajadora bien paga e instruida, con una clase media que tomaba los valores de la solidaridad social más amplios que se recuerden en toda la historia.
El Cordobazo fue una insurrección de autodefensa. Pero también abrió la puerta a una utopía. Permitió tener no sólo la fuerza para enfrentar al poder militar sino también la pasión para conquistar un sueño anunciado como la patria socialista. Aquellos obreros y estudiantes que levantaron barricadas humeantes en Córdoba- y que se extendió como un reguero de pólvora por toda la Argentina- defendían la democracia torturada por la séptima dictadura del siglo; defendían el salario acosado por el ajuste liberal perpetuo; defendían la universidad pública y autónoma; defendían las conquistas laborales; defendían el rol del Estado en imponer reglas para parar la extranjerización de la economía; defendían los valores de la cultura del trabajo y del estudio como metas de ascenso social, defendían la libertad de decir y de hacer acosada por los siempre listos heraldos negros.
El Cordobazo fue, también, un viaje del yo al nosotros. Ninguna casa común sería posible sin una idea de nación inclusiva. Ninguna identidad nacional sería definida sin la pertenencia a una casa grande latinoamericana. El Cordobazo fue, sobre todo, una pasión por la unidad nacional y la alianza virtuosa de los trabajadores y la clase media, con sus estudiantes, sus artistas, sus intelectuales. Fue, de alguna manera, la cara también de nuestra revolución cultural porque no sólo a partir de esa rebelión se cuestionó la hegemonía del poder militar, del autoritarismo cuartelero que desde 1930 oprimía y sellaba cualquier intento de modernidad y equidad social; se cuestionó el verticalismo corporativo en cuarteles, sindicatos, escuelas y también, profundamente, se puso en debate la vida privada de los argentinos con cambios en las relaciones de pareja, en las formas del amor y el sexo y en las creencias.
A partir de aquella rebelión, nada fue igual. Ni el poder dictatorial que debió retroceder y ceder al regreso triunfal de Perón; ni los intelectuales que tomarán el camino de la revolución; ni los trabajadores que organizarán sindicatos combativos; ni la prensa porque surgieron cientos de publicaciones para acompañar estos movimientos; ni las iglesias ni el poder económico, que desde las centrales como la Confederación General Económica (CGE) que lideraba José Ber Gelbard que reunía a los empresarios nacionales, en busca de un pacto social y político con la CGT y los grandes empresarios nucleados en la Unión Industrial Argentina (UIA) que fortaleciera un regreso al Estado de Bienestar donde no sólo ganaran los agroexportadores y las empresas multinacionales que pujaban por el control de la cadena de producción y financiera. Ni las escuelas y universidades porque desde allí surgió la defensa sostenida de la educación pública, gratuita y laica porque siempre fue el sueño húmedo oligárquico su eliminación o restricción.
No fue igual la vida. Pero tampoco la muerte. Una de las consecuencias fue la superposición ideológica de la utopía de la revolución socialista que impregnaba el mundo de Cuba a Vietnam como destino de esa rebelión popular. Allí se alimentó la certeza de miles de jóvenes de que el camino de construir una democracia tantas veces negada por décadas solo podría conquistarse organizando la violencia revolucionaria que devino- como método de acción política- un corsé trágico. Por eso, recordar el Cordobazo es viajar a la historia de los argentinos en sus fatalidades porque -por la sangre derramada-, se atesora un arcón enorme de lecciones políticas que jamás se deberán olvidar. Pero también en sus privilegios: contar con la memoria de luchadores como espejo de quienes están dispuestos, hoy, a defender a rajatabla los derechos económicos, sociales y humanos conseguidos y vulnerados por el neoliberalismo rampante que gobierna.
30 de mayo de 2019
La protesta que se convirtió en rebelión
Por Sergio Wischñevsky
El jueves 29 de mayo de 1969 la ciudad de Córdoba amaneció envuelta en mil tensiones, sin embargo, nadie imaginó lo que estaba por ocurrir. La dictadura de Juan Carlos Onganía era feroz, y durante las semanas previas dejó una estela de muertos en los enfrentamientos con los trabajadores de Corrientes, Tucumán y Rosario. Ese fue el motivo desencadenante de las dos centrales sindicales: la CGT liderada por Augusto Timoteo Vandor, y la combativa CGT de los argentinos liderada por Raimundo Ongaro, para declarar una huelga general de 24hs para el viernes 30, sin movilización. Las medidas de ajuste y recorte de derechos impulsadas por el ultraliberal ministro de economía, Adalbert Krieger Vasena, estaban haciendo crecer el descontento, pero la férrea mano represiva parecía tener bajo control la protesta social.
No obstante, en Córdoba las cosas fueron distintas. Dejando las diferencias de lado, consientes de que el gobierno operaba sobre las divisiones, los dos principales líderes sindicales de la provincia: Agustín Tosco, de Luz y Fuerza, y Elpidio Torres, del SMATA, decidieron unirse y propiciar una radicalización de la huelga para que sea de 48hs y con movilización al centro de la ciudad.
Todos sabían que hacerle una huelga a una dictadura era muy peligroso y costoso. Las experiencias del año anterior habían terminado mal, no solo por los costos en vidas humanas, sino porque las organizaciones sindicales terminaron siendo intervenidas y los dirigentes detenidos.
Los ojos del país estaban puestos en la provincia mediterránea. Ongaro decidió viajar dos días antes para intervenir en persona en la organización, y el gobernador interventor, Carlos José Caballero, lo detuvo ni bien piso el territorio.
Córdoba era una provincia muy industrializada y también un tradicional centro universitario. Una gigantesca asamblea de estudiantes, que nucleó a muchísimas facultades, decidió acompañar la huelga y la movilización. Exactamente un año antes, en París, el llamado Mayo Francés se convirtió en un símbolo de lucha y unión de los obreros y estudiantes. Quedaba sepultado por la historia ese divorcio que tan gráficamente expresó la vieja consiga: "Alpargatas si, libros no". Un largo trabajo previo de actividades conjuntas entre sindicalistas y estudiantes estaba por coronarse. En las universidades el recuerdo de La Noche de los Bastones Largos todavía estaba fresco. También la muerte en 1966, en esa provincia, del estudiante Santiago Pampillón.
Todos conocían el peligro, las cartas estaban echadas, pero la bronca y la asfixia subían desde las bases.
El 28 de mayo a la tarde la Comunidad Informativa (Inteligencia del Ejército, Aeronáutica, Policía provincial, Ministro de Gobierno y los rectores de la Universidad Católica y del Estado) estimó que la concentración del día siguiente podía ser masiva y podía ser controlada por la Policía. Así se lo comunicó al gobernador y al comandante del Tercer Cuerpo, general, Eleodoro Sánchez Lahoz.
Desde muy temprano se supo que los trabajadores de las fábricas FIAT no iban a poder participar masivamente porque fueron amenazados con despidos. Pero desde IKA Renault salió una columna de más de cinco mil trabajadores que a medida que avanzaba a la zona céntrica hacía las veces de un imán al que se iban adhiriendo otros trabajadores como las columnas de la UOM, gente suelta, comerciantes, y vecinos con demandas propias. Desde otro sector de la ciudad avanzaron las columnas de muchos otros sindicatos que hacía mucho que no se movilizaban, el grueso lo formaban las huestes de los trabajadores de Luz y Fuerza y a la cabeza de ellos se dibujaba la silueta de Tosco. Todo estaba organizado, nada fue librado al azar, el lugar de cada sindicato, de los estudiantes, los modos de defenderse de los matones del gobierno, las motos que iban a la vanguardia para informar la ubicación de los policías y posibles emboscadas. Así supieron que la ciudad estaba militarizada. El trabajador Arístides Albano- según cuenta James Brennan en su libro El Cordobazo- vio a estudiantes que soltaban cientos de gatos vagabundos para distraer a los perros de la policía, y arrojaban rulemanes para entorpecer a los caballos de la Montada. El choque entre las columnas y las fuerzas de seguridad era inminente. Ni bien empezaron a tirar los primeros gases lacrimógenos los manifestantes respondieron con bombas del mismo gas hechas por los estudiantes de química. Pero en ese intercambio empezó cierta dispersión, hubo corridas y finalmente lograron llegar al centro. Algunos creyeron que allí acabaría la jornada como un día más de protesta y se volvieron para su casa, pero la mayoría siguió la marcha. Cuando la policía vio las columnas y sintió que podían ser superados comenzó a desesperar y abrió fuego. Máximo Mena cayó muerto de un balazo. Era un joven trabajador mecánico de 27 años y junto a él muchísimos heridos. Es un momento de inflexión, el punto exacto en donde una jornada de protesta se convirtió en una rebelión. Por la calle Velez Sarfield una mentalidad colectiva se lanzó en una especie de grito de guerra contra los uniformados ¿Cómo es que un trabajador, o un estudiante, gente tranquila, se juega la vida, no piensa en los riesgos y carga a todo o nada?
La policía retrocede primero, huye en desbandada después. Durante la tarde el centro y gran parte de la ciudad quedó en manos de los manifestantes. El plan y el orden originarios se salieron por completo de libreto. Las cámaras de televisión y los corresponsales de radio relataron en vivo lo que estaba ocurriendo: autos y locales de multinacionales incendiados, edificios humeantes, francotiradores con armas comunes en los techos del barrio estudiantil, fogatas por doquier, las imágenes de una ciudad en guerra. Todo ello mezclado con un clima festivo, en la sensación de estar hiriendo de muerte a una dictadura, la fuerza de sentir que todo era posible. Por la noche Tosco y Torres sabían que estaban metidos en un tremendo problema, pero a esa altura ya no manejaban la situación. El gobierno envió al Ejército, justo en su día aniversario, a tomar el control de la ciudad. Tosco sabía que para tener posibilidades de resistencia exitosa, necesitaban organizarse. Las fuerzas represivas fueron recibidas por un gran apagón generado por los trabajadores de Luz y Fuerza. Si bien es evidente que dentro de los sectores populares reinó una cuota de confusión y sorpresa; más fuerte era el estupor del gobierno que creyó que todo estaba organizado y fue en forma directa a encarcelar a Tosco, Torres, Atilio López y los demás dirigentes sindicales a los que se les inició un tribunal militar. La calma que llegó por la noche fue producto de tantas horas de protesta y tensión. Muchos volvieron a sus casas, la mayoría no sabía cómo seguir. Según los relatos posteriores, esos trabajadores recién en ese momento empezaron a tomar conciencia de la dimensión de lo que había pasado.
Al anochecer, la protesta empezó a asumir un carácter diferente, a medida que la iniciativa pasó de los trabajadores a los estudiantes. El relato de Jorge Sanabria, universitario activo aquella noche, es elocuente en cuanto a la perplejidad que sintió al ver en el Barrio Alberdi, no solo a estudiantes sino también a amas de casa, trabajadores infrecuentes en la zona, comerciantes y personajes de clase media devenidos activistas.
El ejército avanzó en las primeras horas del día viernes con firmeza, intervino los teléfonos y medios de comunicación, y rastrilló cuadra por cuadra. Aparecieron barricadas por toda la ciudad, la gente común y corriente tiraba piedras y se exponía, otros no dudaban en darle refugio en sus casas a los que huían.
Alrededor de las 18hs del día 30, el Ejército lanzó su ofensiva final, los principales barrios estudiantiles y el centro estaban en manos de las FFAA y la resistencia se corrió a las afueras. Al anochecer el Cordobazo estaba terminado. Muertos, heridos, miles de detenidos, la ciudad destruida y un país entero viendo como a la férrea dictadura le había nacido una hendidura. Nadie había imaginado lo que sucedió, por más que luego vinieron cientos de análisis y explicaciones, nadie lo previó.
El primer coletazo de la rebelión fue la salida del gobernador Caballero, quien formaba parte de "Ciudad Católica", un grupo de derecha que acompañó a Onganía. Esta organización, surgida en Francia en 1959, se inspiraba en las doctrinas de la guerra anticomunista francesa. Seguidores de Charles Maurras y adherentes del gobierno de Petain, llegaron a la Argentina en 1960 de la mano del capellán del ejército francés Georges Grasset. Su explicación de los hechos nos hace acordar a una ministra de seguridad de origen patricio como él: "El Cordobazo es resultado de la manipulación de organizaciones marxistas entrenadas en el extranjero". Para fines de año cayó el ministro de economía Krieger Vasena, fue señalado como una especie de fusible para un descontento que empezó a expandirse por todo el país. Un mes después del Cordobazo fue asesinado a balazos Vandor, en su oficina de la UOM.
Onganía no solo perdió el respeto y el miedo de los sectores populares. Para el comandante en jefe del Ejército, Alejandro Agustín Lanusse, la revuelta cordobesa fue un severo llamado de atención: "Yo intuí, ese difícil 29 de mayo de 1969, que algo estaba pasando en el país (…) Esa mañana, en Córdoba, reventaba todo el estilo ordenado y administrativo que se había venido dando a la gestión oficial (…) El 29 de mayo es el instante crítico que marca el fracaso político de la Revolución Argentina". El 2 de junio de 1969 declaró en La Prensa: "Córdoba ha vivido ayer un día terrible que pasará a la historia. El 17 de octubre es pálida sombra de lo ocurrido ahora".
Un año exacto después, hizo su aparición pública la organización Montoneros, asesinando al simbólico General Pedro Eugenio Aramburu. La gobernabilidad se le iba de las manos a los militares y la suerte de Onganía quedó sellada una semana después. Un ciclo histórico se terminó a partir del Cordobazo que cincuenta años después conmemoramos en medio de una nueva huelga general contra políticas de ajuste, pérdidas de derechos, y centrales sindicales que se unifican en una medida de fuerza.
30 de mayo de 2019
Cómo influyó en el mundo psi el movimiento obrero-estudiantil que se convirtió en mito
El Cordobazo en la salud mental
A 50 años de las movilizaciones populares que determinaron el fin de la dictadura de Onganía, los autores reseñan el impacto en psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas: la irrupción de la política en la renovación conceptual y la práctica profesional, y el compromiso con el cambio social.
Por Enrique Carpintero y Alejandro Vainer
Imagen: I José Ardiles / AFC
Lo que se denominó “el Cordobazo” fue la consecuencia de una movilización sin precedentes en todo el país contra la dictadura de Onganía. Aunque provocado, había sorprendido a todo el mundo. Nadie lo esperaba. Este continuó en “el Rosariazo”, “el Tucumanazo” y otras grandes movilizaciones populares. Fue el principio del fin de Onganía. Un año después debió a renunciar. Comenzaba un mito, el del héroe colectivo que se había hecho realidad. La transformación de la sociedad era inminente al inaugurar un nuevo período en las luchas sociales y políticas. Las tantas veces anunciada unidad obrero-estudiantil era posible. Se desarrollaba un nuevo sindicalismo antiburocrático y anticapitalista que excedía la identidad peronista de los trabajadores. En él se alimentaba una “nueva izquierda” clasista e independiente de los modelos ideológicos predominantes hasta ese momento. Las formas en que se metaforiza “el Cordobazo” dependen de la interpretación política que se realice: rebelión obrera y popular, protesta social, guerra civil, insurrección, huelga política, etc. Los protagonistas fueron los obreros y los estudiantes que contaron con el apoyo masivo de los sectores medios.
Su importancia se debe a la carga simbólica de un acontecimiento que llevó a crear un imaginario social donde era posible la transformación de la sociedad. La idea dominante fue que la política era la única fuerza que daba sentido a cualquier práctica. Los hechos de mayo del ‘69 implicaron el cruce a una nueva situación donde se politizó todo el campo intelectual y profesional.
EL CAMPO DE LA SALUD MENTAL
El Cordobazo marcó un antes y un después en la Salud Mental. A partir de ese momento se transformaron las luchas ideológicas y teóricas. La política tomó el centro de la escena. Fue el fin de una época y el comienzo de otra.
La implicación de los autodenominados Trabajadores de Salud Mental cambió cualitativamente a partir de ese hecho. Esa denominación (TSM) fue uno de los emergentes de los sucesos de mayo del ‘69. Los profesionales de la Salud Mental políticamente comprometidos querían identificarse como parte de los trabajadores y no sólo como profesionales. La ilusión era que el “ser trabajadores” les permitía pensar en su aporte al cambio social y político.
El campo de la Salud Mental se transformó. Cambió el foco de las reflexiones sobre la sociedad, la política y la violencia. Para poder dimensionar sus efectos tomaremos las tres instituciones más importantes de ese momento en el campo de la Salud Mental: La Federación Argentina de Psiquiatras (FAP), la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA) y la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).
La FAP atravesaba una renovación de sus Estatutos y autoridades. A lo largo de 1969 triunfaron distintas listas de unidad que apoyaban una perspectiva de cambio social. Esta perspectiva se sintetizaba en el editorial de su publicación a fines de ese año: “Debemos hacer una unión indestructible de toda la familia psiquiátrica en defensa de nuestros intereses, que no son otros que los intereses de la salud de nuestro pueblo. Pero debemos terminar con los grupos, con los localismos...” Gervasio Paz, Secretario de Redacción de Gaceta Psiquiátrica, recordaba: “En el ‘69 era presidente de la FAP Eduardo Barbagelatta, un psiquiatra entrerriano y radical. Un buen psiquiatra clásico, con formación cultural y literaria. La gente del interior era fascinante para nosotros porque nos resultaban totalmente diferentes de lo que era el movimiento intelectual porteño. Él era muy solidario y dirigió la FAP ese año. En la FAP de ese momento había entrado gente democrática, liberal, de izquierda, una mezcla muy grande.” Diego Block era el vicepresidente, José Luis Locci secretario general y el propio Paz secretario científico.
En la Capital Federal se había reorganizado la regional bajo el nombre de Asociación de Psiquiatras de la Capital Federal en noviembre de 1968. Esto dio un nuevo empuje a que se eligiera en abril de 1969 a su nueva Comisión Directiva, con una lista de convergencia a cargo de un psicoanalista miembro de la APA: Emilio Rodrigué. Esta alianza que sólo valía en dicha Regional de la FAP, no siendo representativa en el orden nacional, indicaba un cambio notable.
Al respecto, la psicoanalista Marie Langer recordaba cómo: “En 1969, cuando Emilio Rodrigué había terminado su presidencia en la APA, un psiquiatra comunista se dirigió a él para proponerle la presidencia de la Regional Capital de la Federación. Se trata de un intento de rejuvenecer, de revitalizar a la FAP, gracias a la creatividad y el carisma de Emilio. La propuesta lo divirtió, pero dudó en aceptarla: nunca había tenido que ver con la FAP, era psicoanalista y estaba convencido de que nadie votaría por él. Pero resultó que en la asamblea, los diecisiete miembros presentes, ya debidamente apalabrados por el Partido Comunista, lo votaron unánimemente.” El propio Rodrigué no salía de su sorpresa, ya que sectores que nunca antes habían apoyado a un psicoanalista se habían unido. Los reflexólogos se aliaban con los psicoanalistas por un cambio dentro de la psiquiatría. Rodrigué lo recordaba así: “Una joven camada de analistas, algunos analizados míos, como Gregorio Baremblitt y Luis Hornstein, junto con Bleger, Matrajt y Marie Langer influenciaron mi rumbo ideológico. En esa época, sin comerla ni beberla, fui nombrado presidente de la FAP, sección Capital. Eso que luego sería decisivo en más de un sentido, fue casi un chiste, pero un chiste revelador”.
El clima social que generó “el Cordobazo” hacía que la FAP tomara protagonismo como una verdadera gremial. Llevó adelante reclamos por las detenciones de psiquiatras realizadas en virtud del Estado de Sitio. En agosto de 1969 realizaron una asamblea de la Regional Capital para evaluar los sucesos y los caminos a seguir. En el número siguiente, uno de los que había sido detenido, Juan Azcoaga, envió una carta de agradecimiento por el gran apoyo recibido a la Comisión Directiva de la Regional Capital de la FAP, insistía en que la libertad se había logrado por las presiones de la lucha. También, la FAP había suspendido hasta el año siguiente la realización del IV Congreso Argentino de Psiquiatría que tenía fecha en agosto de 1969 en Mar del Plata. Este hecho tuvo su origen en diferencias políticas entre los psiquiatras reformistas. Es que el conjunto de la sociedad se había transformado. Gervasio Paz nos recordaba estos sucesos de la siguiente forma: “En el ‘69 se había programado el IV Congreso de Psiquiatría, organizado por la FAP. Para dirigirlo se había designado a Mauricio Goldenberg. Durante la dictadura de Onganía, Goldenberg tenía relaciones aceptables con el interventor del Instituto Nacional de Salud Mental (INSM), el coronel médico Estévez. Había comenzado su tarea de crear los Servicios de Psicopatología en los Hospitales Generales de la Capital Federal. Estévez estaba en cierta ‘modernización’. Goldenberg había empezado a trabajar bastante en este proyecto. Encontró un espacio para ir implementando su programa de Salud Mental en la época de la dictadura. Se planteó una situación de crisis luego de ‘el Cordobazo’. Todos estuvimos de acuerdo en que en función de esta situación nosotros no íbamos a invitar a las autoridades nacionales, Estévez desde ya. Goldenberg se sintió desautorizado y se enojó mucho. Renunció a su cargo de organizador del Congreso. Fue muy doloroso. Nos pareció que él estaba equivocado, que no tenía que mezclarse una cosa con la otra. Por eso el Congreso se postergó. Y se hizo en el ‘70 en Rosario.” En ese Congreso se eligieron las nuevas autoridades de la FAP. Gervasio Paz como Presidente y José Bleger como Secretario Científico. A esta elección se llegó por una coalición de oposición a la dictadura entre los psiquiatras reformistas del interior y muchos psicoanalistas de Buenos Aires. Este acuerdo permitió derrotar a la lista de los psiquiatras manicomiales. La FAP entraba en otra época.
La situación de “el Cordobazo” tuvo sus repercusiones entre los psicólogos. La Comisión Directiva de la APBA discutió el 24 de mayo la situación de los sucesos públicos que ocurrían en distintas partes del país. Y acordaron enviar una nota de repudio a los diarios. El 30 de mayo se convocó a los asociados para intercambiar ideas sobre los sucesos, pero ante el anuncio de huelga general de ese día, se postergó el encuentro para el 2 de junio. Sin embargo, la dimensión de los sucesos impidió que pudiera terminarse la discusión, que prosiguió la semana siguiente para acordar una serie de sugerencias frente a la situación que vivía el país. Consecuentemente la APBA envió una solicitada a los diarios, firmada por su Comisión Directiva, presidida por Roberto Harari en la cual adhería al paro nacional del 1° de julio de 1969, en la misma se consustanciaban con las luchas del pueblo por la soberanía social, económica y política, apoyando la unificación del movimiento obrero con otros sectores en lucha, llamando no sólo al paro sino a la explicitación de los motivos en cada lugar de trabajo.
En este contexto, en septiembre apareció el primer número de la revista de la APBA, dirigida por Ricardo Malfé, que se iba a constituir en el principal medio de debate teórico, clínico e institucional acerca del lugar que ocuparían el psicólogo y el trabajador de Salud Mental en los ‘70.
Pero “el Cordobazo” tuvo también consecuencias duraderas en la APA.
En ese momento se atravesaba una crisis de crecimiento por el aumento considerable y constante de sus miembros. Sus debates se circunscribían en torno al psicoanálisis y sus diferentes enfoques. Pero las polémicas acerca de la estructura interna de la Asociación, y sus relaciones con el “afuera” del consultorio desbordó la institución.
Mayo del ‘69 cambió todo. Es que, ante la creciente represión y los estudiantes muertos durante ese mes de mayo, la APA hizo una declaración pública firmada por la Comisión Directiva y realizó su única huelga. Se adhirió a la huelga general, decretando un día de duelo por los estudiantes asesinados, parando inclusive los consultorios privados de los analistas, que esperaban a cada paciente y le explicaban las causas del paro. Esta huelga coincidió con “el Cordobazo”. Como era de esperar, no todos la realizaron. Dos analistas que pertenecían a diferentes grupos de la APA así lo confirmaron en entrevistas posteriores. Según Juan Carlos Volnovich: “la huelga en el consultorio privado fue un disparate total. Se obedeció de acuerdo al analista didacta de cada uno, si tu analista y tu supervisor adherían, vos también. Pese a ser una época de mayor compromiso de los psicoanalistas, tengo la impresión de que todo llegaba muy atenuado a la APA.” Por otro lado, Sofía Bekman nos refirió que: “Muchos de los que no hicimos la ‘huelga’ nos apañábamos para no perturbar el encuadre analítico, en realidad creo que era por el temor que teníamos a mostrar una determinada ideología con los pacientes, como si esto pudiera evitarse. En ese momento éramos muy sometidos a nuestros propios analistas didactas, que nos involucraron en su propia ideología.”
Esta inédita medida fue producto de debates internos en el que un grupo de analistas sostenían su compromiso político. Para ellos fue un punto de inflexión. Marie Langer recordaba: “En ese entonces el Instituto de Psicoanálisis se adhirió a la huelga general, declarada contra la represión violenta de obreros y estudiantes, y Jorge Mom, como presidente de la Asociación, hizo pública nuestra protesta. Desde entonces un número significativo de analistas aborda el tema social abiertamente y de una nueva manera.”
No eran sólo los psicoanalistas. El campo de la Salud Mental se había transformado. Las polémicas entre psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas no volvieron a ser las mismas. Si bien los temas podían parecer similares, la perspectiva había cambiado. A partir de “el Cordobazo” el compromiso político se había convertido en el eje de discusión. Para muchos ya no se podía seguir solamente encerrados en la práctica profesional. Tenían que aportar de alguna manera al cambio social. Y no sólo con las renovaciones conceptuales sino en la práctica misma. Fue así como se concentraron en el trabajo político y científico dentro de las propias gremiales. Algunos psicoanalistas dejarán la APA encontrando en la FAP un mejor lugar para estos intereses, en conjunto con los otros psiquiatras; mientras que los psicólogos se agrupaban en sus asociaciones, como la APBA. Muchos de ellos confluyeron en la Coordinadora de Trabajadores de Salud Mental. Las enseñanzas de Lacan se expandirían. La política sería protagonista. Se dividirían distintos grupos con oposiciones insalvables.
La década del ‘70 entraría con todas sus pasiones.
Por Enrique Carpintero y Alejandro Vainer: Psicoanalistas. Director y coordinador general de la revista y la editorial Topía. Este artículo es un fragmento del libro Las huellas de la memoria. Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los ´60 y ´70. Tomo I (1957-1969) Tomo II (1970-1983), Editorial Topía, segunda edición, 2018.
Fuente:EspecialPagina12





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