Resumen Latinoamericano, 6 junio 2020
Jueves 11 de junio,10hs -Jornada nacional de lucha, ollas populares y cortes en las rutas de todo el país
Las organizaciones abajo firmantes anunciamos que este jueves 11 de junio vamos a realizar ollas populares, cortes de ruta y concentraciones en diferentes puntos del país, ante la grave situación que atraviesa la clase trabajadora y en particular el sector precarizado.
Lxs trabajadorxs organizadxs en cooperativas y cuadrillas seguimos cobrando un salario por debajo de la línea de indigencia,hoy se espera que podamos vivir con $8500 cuando la canasta básica es de 60mil pesos.Es urgente una actualización salarial que recomponga la situación y que se respete los aumentos para los jubilados.

En el mismo sentido va la necesidad y exigencia de una apertura masiva de programas de empleo y plan de obras públicas que de respuestas a lxs millones de nuevxs desocupadxs. El convulsionado escenario económico, que se profundizó con la pandemia, dejó a lxs trabajadorxs en una situación extremadamente crítica. Más de 16 millones de pobres y 3.6 millones de indigentes es el saldo de las políticas neoliberales. El aislamiento social, preventivo y obligatorio aumento la situación de miseria y precariedad de las millones de personas víctimas del saqueo capitalista.
Nuestras demandas también tienen en cuenta a lxs trabajadorxs de fábricas recuperadas. De las 400 las empresas recuperadas y de lxs 15.000 trabajadorxs que las construyen, ambos permanecen en una situación crítica, agravada profundamente por las políticas de los últimos años y por la actual situación de emergencia frente a la pandemia. Medidas como la suspensión de cortes por falta de pago de tarifas y de los desalojos, y el retorno de la magra línea I del Programa de Trabajo Autogestionado, aunque progresivas, resultan completamente insuficientes en esta coyuntura.
En ese contexto, es urgente que el gobierno de Alberto Fernández garantice políticas públicas destinadas a mejorar la situación de lxs los mas pobres de nuestro país y ponga impuestos sustanciales contra los especuladores, las multinacionales y los ricos que se fugaron el dinero del país.
Por eso exigimos:
- Aumento salarial acorde a la canasta básica
- Apertura de los programas de empleo
- Subsidios para producción
- Trabajo con todos los derechos
- Tierras para vivir y producir
- Viviendas dignas
- Presupuesto para prevenir y contener casos de violencia de género
- Universalización del IFE
Que se escuche en todo el país:
¡La deuda es con el pueblo!
¡Su riqueza es nuestra pobreza!
¡La pandemia es el capitalismo!
!No a la militarización de los barrios!
¡La deuda es con el pueblo!
¡Su riqueza es nuestra pobreza!
¡La pandemia es el capitalismo!
!No a la militarización de los barrios!
FOL –Frente de Organizaciones en Lucha, MTD Anibal Veron, Frente Popular Dario Santillan, Movimiento de los Pueblos (Frente Popular Dario Santillan Corriente Nacional,Izquierda Latinoamericana Socialista, MULCS- Movimiento por la Unidad Latinoamericana y el Cambio Social, Movimiento 8 de Abril, Igualdad Social), MRP- Movimiento Resistencia Popular FAR- Frente Arde Rojo/COPA FOB La libertaria, FOB Autonoma, MTR por la Democracia Directa, OLP Resistir y Luchar
En el Día de el y la Periodista, un infaltable de todas las luchas: Paco Urondo
Resumen Latinoamericano, 7 junio 2020
Urondo, poeta, periodista y militante de Montoneros fue asesinado en Mendoza, a donde fue a tratar de reorganizar la regional Cuyo de la organización.
Francisco Paco Urondo nació en Santa Fe el 10 de enero de 1930. En 1957, ocupó la Dirección de Arte Contemporáneo de la Universidad Nacional del Litoral. El 16 de junio de 1958, el Gobernador de la Provincia de Santa Fe, Carlos Sylvestre Begnis, lo designa Director General de Cultura de la Provincia de Santa Fe. En 1973 es designado director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Publicó su primer libro de poesía a los 26 años, Historia antigua, seguido por Breves (1959), Lugares (1961), Nombres (1963) y Del otro lado (1967). En 1966 publica su primer libro de cuentos, Todo eso, y su primer incursión en el teatro, Veraneando y Sainete con variaciones. En 1968 editará un ensayo, Veinte años de poesía argentina, y otro libro de poemas, Adolecer.
Sin embargo, su obra literaria más conocida tal vez sea la recientemente reeditada La patria fusilada (1973). El libro nace cuando Urondo es detenido y, en la noche previa a la liberación de presos políticos posterior a la asunción de Cámpora en 1973, le toca compartir celda con los únicos sobrevivientes de la tristemente célebre Masacre de Trelew, a los que entrevista largamente. También fue titiritero (junto a Fernando Birri) y autor en colaboración de los guiones cinematográficos de las películas Pajarito Gómez y Noche terrible, y adaptó para la TV Madame Bovary, Rojo y negro y Los Maïas.
Si bien sus orígenes militantes están vinculados a la FAR, luego se sumaría a Montoneros, fundada en 1970. Después de que el golpe militar de 1976 golpeara duramente a Montoneros en la zona de Cuyo, Urondo es enviado como cuadro de dirección responsable para intentar reorganizar las fuerzas militantes. Rodolfo Walsh, relatará luego las circunstancias de su caída, el 17 de junio de 1976, de la siguiente manera: “El traslado de Paco a Mendoza fue un error. Cuyo era una sangría permanente desde 1975, nunca se la pudo mantener en pie. El Paco duró pocas semanas… Fue temiendo lo que sucedería. Hubo un encuentro con un vehículo enemigo, una persecución, un tiroteo de los dos coches a la par. Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Tenían una metra, pero estaba en el baúl. No se pudieron despegar. Finalmente Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: «Disparen ustedes». Luego agregó: «Me tomé la pastilla y ya me siento mal»”.

En el juicio contra los militares responsables de la muerte de Urondo, en 2011, se constató que finalmente Paco no había tomado la pastilla de cianuro sino que mintió para obligar a sus compañeras a que abandonen en vehículo. Urondo falleció por estallido de cráneo provocado por un culatazo de fusil que le propinó el policía Celustiano Lucero. Su compañera y su hijita son detenidas. Ella sigue desaparecida, mientras que la niña fue recuperada por la familia días después.
Juan Gelman, que supo compartir infinidad de noches de poesía con Urondo en los bares de calle Corrientes, lo recuerda así: “”No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo. Corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente”.
En el Día de el y la Periodista, homenaje a otro grande: Enrique Raab
- Por María Moreno, 7 junio 2020
¿Por qué no hay un mito Enrique Raab? O aunque sea un mayor reconocimiento. Quizás porque él desconfiaba de las palabras sacralizadas que viven entre las solapas de los libros y no cultivó la novela —ese género fálico que permite pisar los papers— o la investigación a lo grande (su nacionalidad no hubiera sido un problema cuando Carlos Gardel era uruguayo o francés, y Julio Cortázar, belga).
¿Será porque no pertenecía al grupo mayoritario en la militancia revolucionaria? ¿Porque su desobediencia a la heterosexualidad obligatoria no favorecía el mito para una izquierda que aún trata de asimilar a un Néstor Perlongher, pero tampoco advirtió, como tantos disidentes sexuales que militaban en las organizaciones políticas —es otro mito homofóbico pensar el deseo de hombre a hombre y de mujer a mujer como aquel que compromete el ser todo de quien lo detecta—, la articulación entre política y política sexual o la dejó para más tarde? ¿O porque los cronistas populares suelen ser populistas y él no era ni una cosa ni la otra? ¿Por- que era algo más complicado que lo que Carlos Monsiváis definió como “cronista” (un miembro de las minorías que habla en nombre de las mayorías astrosas)?
Me dijo por teléfono Felisa Pinto, quien a veces se define como cronista del café society, otras como cronista a secas y muestra que el estilo en todos los que pasaron por las redacciones de Jacobo Timerman fue una epidemia de la que nadie se cura:
Era un periodista para periodistas con aire de chevalier servant, de palabras medidas y ordenadas, muy precisas, pero no alguien que genera anécdotas. Yo lo conocía por medio de Luzbel Fernández Benegas, el amigo de Manucho. No supe del côté ERP, pero tampoco tenía el perfil del desaparecido. Pero no era un frívolo, sino alguien que andaba por los reservados del show off para estar al tanto de todo. A Raab lo recuerdo con un aspecto muy masculino, como de ser discreto sobre una pasión lacerante no correspondida. Para imaginárselo hay que tener en cuenta el entourage de Alberto Tabbia, Edgardo Cozarinsky, el mismo Luzbel. Éramos capaces de competir en quién se levantaba más temprano para ir a una disquería de Belgrano adonde habían llegado unos pocos discos de Zarah Leander o de, luego de leer El perseguidor de Cortázar, escuchar todo Charly Parker. Íbamos a la librería del cine de Diagonal Norte a comprar el último libro sobre Ingmar Bergman, al cineclub siempre. No era esnobismo, creo que éramos a más no dar consumidores de todo el arte del siglo XX.

Lo que dice Felisa Pinto es que Enrique Raab era un síntoma de su época. Un anfibio entre los cineclubistas fanáticos —formó parte de Gente de Cine, luego de Núcleo—, los militantes revolucionarios —fue militante del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores)— y los periodistas sindicalizados —integró la agrupación Emilio Jáuregui— o por la combinación de las tres cosas, se hizo conocido en las revistas modernas de las décadas de 1960 y 1970 que se caracterizaban por ser reaccionarias en sus primeras páginas —las destinadas a la política— e impertinentes y contestatarias en las que el ambiente denomina periodismo hembra: artes y espectáculos, vida cotidiana, cultura. Si Jacobo Timerman fue el inventor del modelo y un epígono criollo del ciudadano Kane, Enrique Raab pareció haber pasado no solo por los medios que este dirigía, sino por la mayoría: Confirmado, Primera Plana, Análisis, Siete Días, La Razón, Clarín y hasta la efímera Todo, de donde un furioso Bernardo Neustadt lo echó debido a sus críticas a voces.
Quien quiera hacerse raabioso con bibliografía puede leer Enrique Raab, claves de una biografía crítica. Periodismo, cultura y militancia antes del golpe de Máximo Eseverri y Crónicas ejemplares. Diez años de periodismo antes del horror (1965-1975) de Enrique Raab y con selección y prólogo de Ana Basualdo.
Una vida
Raab había nacido en Viena en 1932. Luego del Anschluss, sus padres emigraron con él a la Argentina. Tenía seis años. Sus recuerdos del nazismo deben haber quedado sumergidos por los que uno de sus coterráneos (Sigmund Freud) llamó “recuerdos encubridores”. Una memoria materna —transmitida a su amiga periodista Susana Viau y transcripta en su biografía— certifica que era muy blanco con mofletes sonrosados y que una vecina italiana se los pellizcaba diciéndole: “Muy lindo, Enrique, cachetudo y gordito como un chancho”; que aprendió español enseguida y se puso a leer desde Mandrake el mago en adelante. Aunque la palabra “nacional” siempre le despertó sospechas y discutió con los que la utilizaban aun con las mejores intenciones, asistió al Colegio Nacional de Buenos Aires como tantos argentinos, incluido su enemigo político Mario Firmenich. Como para asegurarse el honor laico propio de los grandes periodistas de época, pero también como parte de un rasgo argentino —Domingo Faustino Sarmiento y Jorge Luis Borges fueron autodidactas, lo mismo que Ezequiel Martínez Estrada— no se recibió, “quedándose” con una materia por diferencias con su profesor: Historia.
Para volver a esa Europa perdida en la amnesia infantil, muy joven se empleó en una agencia de viajes —hablaba cuatro idiomas— hasta que se encontró con el periodismo, un oficio en el que recaló por estar interesado en todo y no al revés, es decir que a partir de ese trabajo todo se volvió transformable en información. Es por eso por lo que el marxista pop Roberto Jacoby no lo recuerda haciendo análisis teóricos en relación con determinados movimientos de la clase obrera o de la situación de esta en la causa latinoamericana, sino confiando en el dato que extraía desde algún rincón de la ciudad y que era siempre sorprendente. Envuelto en un impermeable de detective de ficción, movedizo —el jefe de personal de La Opinión detestaba verlo sentado sobre su escritorio—, solía ir por cada rincón de las redacciones conspirando en medio de un ambiente que Jacoby asocia con el de la película Casablanca.
Fuera de los medios masivos, Raab escribió en la revista Nuevo Hombre, fundada antes del gobierno de Héctor Cámpora, a partir de 1974, en manos del PRT y a la que su entonces director, Manuel Gaggero, llamaba El Comba legal, en alusión a El Combatiente, el diario de la organización. Allí Raab no firmaba, aunque dicen que era fácil descubrir su estilo. También trabajó en Información, de los Montoneros, que solo sacó un número y en El Ciudadano, de la misma organización, un proyecto en el que participaba cuando su casa fue allanada y él secuestrado a mediados de abril de 1977. En ninguno de estos medios cedió a una pluma pedagógica ni dejó de traslucir su visión personal y hasta se ganó las ironías de sus compañeros de militancia por su defensa ideológica de una película como Infierno en la torre:

Enrique Raab nació en Viena en 1932. A los seis años, escapó del nazismo con su familia y se radicó en Buenos Aires.
La crítica de la prensa argentina —una de las menos inteligentes y más pedantes del mundo— ha tratado el fenómeno de Infierno en la torre con la ligereza irónica y sobradora que la caracteriza: acostumbrada desde hace años al psicologismo y el elitismo, no ha logrado ver en esta superproducción destinada a las masas de todo el mundo la variante sutil que el film introduce al mensaje habitual de una potencia imperialista, dirigido tanto hacia los propios habitantes de su imperio como a los de sus colonias. Esta miopía no debe extrañar en estos eternos y poco imaginativos glosadores de Bergman y de Fellini, para quienes el testimonio creativo e individual es un cómodo trampolín para sus digresiones sobre la incomunicación, la soledad y la angustia, caballitos de batalla de la problemática pequeño burguesa.
En 1974, Ediciones de la Flor le publicó a Enrique Raab el libro Cuba: vida cotidiana y revolución —por paciencia e insistencia de Daniel Divinsky—, una recopilación de sus artículos aparecidos en La Opinión. Un libro ponderatorio, pero lejos de la complacencia partidaria y que no cayó bien en la isla: sobre todo —supongo— el testimonio sobre “siete cubanos reunidos estudiando y discutiendo un fragmento de El diario del Che, como si fuera un pasaje especialmente arduo de la Cábala”. La ironía sería contrarrevolucionaria; ese y un trabajo sobre Luchino Visconti editado por Gente de Cine son sus únicos libros. También hizo un cortometraje, José, sobre un texto de Ricardo Halac que ganó en 1962 el primer premio del Concurso Anual de Cinematografía, lo que le hizo pensar a su amigo Edgardo Cozarinsky que la verdadera pasión de Raab era el cine:
Fue un artista frustrado que llevó al periodismo la inteligencia y la sensibilidad que no logró encauzar en la creación. Sus notas pertenecen a un periodismo difícil de concebir en los años del “retorno a la democracia”, con su conformismo bien pensante, y que solo hoy asoma en el cultivo de la crónica. No pudo gozar de la independencia y del consiguiente prestigio de un Voltaire o un Karl Kraus, pensadores que incursionaron en una difusión de sus ideas emparentada con el periodismo. Pero en cualquier ocasión se las ingenió para deslizar una sospecha de disidencia, una iluminación tangencial del tema: todo lo que podía inquietar a los poderes de turno. Esa fue su verdadera práctica de la subversión.
Cozarinsky me responde por correo electrónico, pero su tono deja traslucir un duelo que no cesa por ese amigo al que insiste en recordar en el período anterior a su militancia revolucionaria.

Todoterreno
“No hay tormento comparable al del periodista en
México. El artesano se basta a sí mismo, conoce su oficio,
pero el periodista tiene que ser no solo Homo dúplex,
sino el hombre que, como dice Valhalla,
puede dividirse en pedazos y permanecer entero. Debe
saber cómo se hace pan y cuáles son
las leyes de la evolución; ayer fue teólogo, hoy
economista y mañana hebraísta o molinero:
no hay ciencia que no tenga que conocer ni arte en cuyos
secretos no tenga que estar familiarizado.
La misma pluma con que bosquejó una fiesta o un baile,
le servirá mañana para escribir un artículo
sobre ferrocarriles y barcos […]. Y todo sin tiempo para
abrir un libro o consultar un diccionario”.
MANUEL GUTIERREZ NAJERA
Enrique Raab —al igual que Lucio V. Mansilla y Rodolfo Walsh— suele presentarse en sus textos como “este cronista” o “un humilde cronista”. De ese modo elude la primera persona, como si dijera: “Yo no importo, soy un humilde servidor de la realidad”. El crítico Julio Ramos estudia muy bien en José Martí el gesto de reivindicarse “cronista” o “periodista” contra el “experto”, un producto de la fragmentación capitalista.
El lugar común separa el saber periodístico todoterreno como superficial y de popurrí y el universitario como sólido y legítimo. El escritor César Aira proponía no tan en broma que los exámenes finales de una carrera se tomaran diez años después para ver qué quedaba de esos saberes adquiridos en pos de la calificación.
Pero un caníbal de todo hecho cultural como Raab era capaz de convertir la calle en un prolífero mapa de saberes solo cultivables en una Buenos Aires que funcionaba como una gigantesca universidad laica en la que durante una sesión de cineclub se podía disfrutar de La barquera María (una película alemana de los años veinte), ir al Instituto Di Tella para embadurnarse de talco en La Menesunda de Marta Minujín, formarse en las ediciones del Centro Editor de América Latina, hacer un curso de marxismo con el maestro autodidacta Raúl Schiarreta, ver o hacer teatro independiente de acuerdo o no con la interpelación de Alberto Ure: “¿Usted dejaría que su hermana se casara con un bretchiano?”, asistir a una escuela de formación de cuadros en algún partido de izquierda y participar de hitos históricos como los que tan decisivamente enumera Ana Basualdo en Crónicas ejemplares y que hacen al contexto Raab: “la caída de Arturo Illia, hasta la caída de Isabel Perón, pasando por la dictadura de Onganía, la muerte del Che, la división ideológica del sindicalismo, el Cordobazo y el Rosariazo, el apogeo de la guerrilla, Lanusse, el cristianismo revolucionario, la peronización de la izquierda, la vuelta de Perón, el gobierno de Cámpora, la victoria electoral y la muerte de Perón, el gobierno de Isabel y López Rega y el surgimiento de la Triple A”.

El método
La comparación entre la cultura popular nacional con la cultura alta universal y de todos los tiempos era uno de los procedimientos favoritos de Raab. No la utilizaba como Sarmiento para traducir maravillas del mundo a modestos patrimonios nacionales y así relativizar el poder de aquellas: simplemente hacía que las dos culturas se contaminaran. La comparación era también una forma de pedagogía: al utilizarla deslizaba en cada crónica un plus de información, un trozo selecto de su enciclopedia personal. Así las fans de Palito Ortega —a quien comparaba con un “sol obsesivo copernicano”— le evocaron a las mujeres que se desmayaban cuando cien años antes Franz Liszt se sentaba ante el piano; el gordo Jorge Porcel, la suprarrealidad que reivindicaba André Breton; y Mirtha Legrand, como primera actriz de la obra Constancia de William Somerset Maugham, a las mujeres del clan japonés de los Taira que luego del triunfo del clan Minamoto en la batalla de Dan- no-ura se dedicaron (amén de la prostitución) a una forma de teatro gestual “sin más sentido racional que el mero ejercicio de la grafía física”. Cuando quedó así escrachada, Mirtha ya había iniciado su costumbre de comer en público y de hablar zonceras alrededor de una mesa. Raab era capaz de endilgarle al bombo —el instrumento populista por excelencia y por el Negro Tula— una descripción digna de un profesor del Collegium Musicum: “El golpe rítmico del bombo queda punteado con otros ritmos, binarios y ternarios, producidos por bombos más pequeños accionados alrededor del bombo gigante”.
Cuando un hecho cultural le parecía significativo más allá de su actualidad, como el estreno de la película Escenas de la vida conyugal de Ingmar Bergman o la obra de teatro Yerma de Federico García Lorca, Raab solía hacer una pequeña encuesta entre el público más destinada a actuar como recurso narrativo que a constituir un testimonio. ¿Quiero decir que eran mentira? La pregunta está mal planteada porque la ficción es de un orden diferente a la mentira. O más bien solo no lo es cuando se trata de una falsificación de pruebas destinada a refutar un argumento contrario.
En un registro trágico, cuando Rodolfo Walsh escribe Carta a mis amigos donde relata la muerte de su hija María Victoria durante un enfrentamiento, recurre al testimonio de un soldado. Ricardo Piglia lo sospechó un artificio retórico. Quizás se trataba de crear, como lo hizo en el comienzo de Operación Masacre —donde era el grito de un colimba durante la represión del levantamiento del general Valle lo que le generaba el deseo de investigar— una tercera instancia, algo así como un representante del civil inocente entre dos ejércitos enfrentados. No era una falsificación, sino una verdad no meramente fáctica. Y Walsh en la carta dice que por una vez las noticias de la muerte de su hija no tergiversaron los hechos. Las respuestas a menudo jocosas que Raab registra en sus encuestas a las que les da un rango no mayor que el fruto de una síntesis veloz o de algo oído al pasar son meras invitaciones a la identificación del lector, no evidencias.
Por más galas retóricas que luciera junto a la riqueza de sus datos, Raab valoraba la síntesis y en la más simple enumeración era capaz de contar el mito de una ciudad completa:
Nadie, excepto los portugueses, conoce Lisboa. Barquitos pintados, inmóviles en el estuario del río Tajo; gallos con ojos de amatista y colas multicolores; Amália Rodrigues, solemnemente drapeada en vestido soirée, el cuello modiglianesco parcamente adornado por una hilera de perlas, entonando un fado quejumbroso en medio de dos caballeros en smoking que tañen sus guitarras; entre el falso empaque de un Portugal, eternamente pintoresco, inconmovible y sólido como los peñones de Algarve y los quinientos años ilusorios que Salazar auguraba al Imperio lusitano, la imagen para el turismo se diseñaba perfecta.
Desde ahí, “Crónicas de Portugal, un país desconocido” partirá para contar La Revolución de los Claveles desde el detalle de las distintas sublevaciones organizadas contra la dictadura de Salazar hasta las formas de pedir café en Lisboa: uma bica, uma chavena, um carioca o um garoto, según salga con agua, se corte con leche y otras variantes.
Aunque las revistas y diarios en los que trabajaba solían dar la bienvenida a los recursos literarios, Enrique Raab solía permitirse licencias extremas y sacarles el jugo: en una nota titulada “Juan José Camero” hace la crítica de la obra Arrorró mi hombre, insertada en un paréntesis de veinte líneas en donde enumera lo que supuestamente le dijo al actor:

“Todo lo que vos decís es verdad”, dice Camero, después de escuchar, con esa mirada suspendida en algún lugar entre la introspección y el miedo, las opiniones de este periodista sobre el estreno de Arrorró mi hombre (Noche de angustia, la del último sábado, en el Salón de las Américas del Provincial. Una obra de Don Appeli, un texto cuidadoso, bien escrito, con personajes claros y rotundos: nada de la verborragia demagógica archirreaccionaria de Abel Santa Cruz. Nada, en fin, que sea típico para el teatro de Mar del Plata. Pero sucede que Graciela Borges, una suerte de copera neoyorquina, sale vestida en Knak; y Rosa Rosen, una posesiva madre a punto de ingresar a un hospicio para ancianos del Bronx, aparece peinada por Miguelito Romano; y Camero, conductor de camiones y reprimido sexual, usa trajes de pana lustrosa de Pepe Orlando. Curiosa noche de estreno, en la que nadie se siente cómodo hasta que Rosen, para quien un tablado es como el piso de su casa, decide que la obra es suya y sale a matar. Error de cálculo, seguramente, porque nadie es definitivamente nadie en este proyecto equivocado cuyo texto interesante, agresivo, sutil, pasa como de costado, inaudible, enterrado entre las pelucas de Romano y los vestiditos de Knak).
A pesar de la marca vienesa en el orillo, Enrique Raab siempre me pareció un vienés de autocultivo, alguien como el escritor C. E. (Carlos Eduardo) Feiling, nacido en Rosario, que se complacía en fingir lo que era y por eso había adoptado la costumbre de reemplazar sus nombres de pila por iniciales como los antiguos autores del país de sus padres (Inglaterra). Para Raab el primer viaje a Europa debe haber sido más parecido al viaje que David Viñas llamó “importador” que a una búsqueda de los orígenes.
Su biógrafo, Máximo Eseverri, apuesta por una marca vienesa más lineal:
Le hablé de la originalidad de Raab a Erich Hackl, un historiador que investiga a los vieneses en Latinoamérica. Me dijo: “¿Originalidad? Para nada. Enrique Raab sigue una tradición que se continúa en Latinoamérica, pero tiene origen en Viena. Hoy se estudia en ciencias sociales la ciudad de los cafés, esa escena que se entronca con la escuela de Frankfurt, de cultura crítica middle europea de principios y mediados de siglo. Había tipos como Peter Alternberg y Alfred Polgar que eran verdaderos orfebres del texto corto y que tenían ese estilo incisivo. Alternberg, por ejemplo, que había registrado su mesa de café como dirección postal, escribía textos para el dorso de las tarjetas postales”. AlbanBerg, el autor de Wozzeck, a cuyo estreno en el Colón asistieron juntos Cozarinsky y Raab, hizo una pieza de teatro con esos textos. Hay una cierta empatía…
Le pregunté a Eseverri si Raab habría leído a Alternberg. “Con su cultura era muy probable. Pero yo creo que las claves de la transmisión cultural pueden jugarse más allá del conocimiento explícito de la obra”, contestó.
La pasión de Eseverri por Raab queda curiosamente reflejada en la tapa de su libro Enrique Raab, claves de una biografía crítica. Periodismo, cultura y militancia antes del golpe donde su propio nombre aparece en clara asociación con una foto de su biografiado, los dos en rojo furioso.
Militancia e intimidad
En 1973, un Néstor Perlongher —poeta gay de origen trotskista con ganas de integración popular— llevaba al FLH (Frente de Liberación Homosexual) a sumarse a las movilizaciones peronistas. Pero los peronistas al parecer se corrían y entre las masas promontoneras y el FLH siempre quedaba una franja enorme de asfalto. Luego vino eso de “No somos putos, no somos faloperos…”. Enrique Raab no se acercó a esos intentos de articular política y deseo por los que pasaron en tiempos menos definidos desde Manuel Puig hasta José Bianco.
Roberto Jacoby, que se cruzó a Raab en diferentes momentos de su vida, solía encontrárselo fuera de las redacciones, pero no por casualidad, en bares como este donde nos reunimos, solo que mucho más inocente:
Conocí a Enrique cuando tenía doce años y estudiaba pintura con su cuñado Roberto Rosenfeldt. El taller quedaba en el primer piso del negocio familiar, creo que una sastrería. Por ahí pasaba Enrique y conversábamos. Era muy simpático.
Él fue quien me consiguió mi primer empleo en el cine club Gente de cine. Me acuerdo, debía tener unos quince años, que recortaba notas de los diarios y las guardaba en esos sobres enormes en donde se archivaba entonces, ayudaba a pegar películas con acetona o enviaba latas por correo al interior. Después trabajé con él en La Opinión y Nuevo Hombre, pero nos encontrábamos en las teteras, aunque no hablábamos de eso.
Desde el Colón o la librería Galatea o desde la Rosada hasta el bar El pulpito donde se juntaban los periodistas de La Opinión, desviándose por la avenida Corrientes existía uno de los tantos circuitos para los placeres masculinos: El Paulista, La Paz, El Foro y Banchero eran los nombres de las “teteras”, esos lugares de encuentro en donde se jugaba otra clandestinidad distinta de la política en la que podía ocultarse tanto el nombre propio como el falso y por supuesto solía no haber armas.

Cuenta Jacoby que “el Frente de Liberación Homosexual apenas empezaba. Solíamos pensar la homosexualidad —una palabra que se usaba en el mejor de los casos, ya que no existía la de ‘gay’— como una cuestión privada y entonces tampoco hablábamos y, cuando nos juntábamos a charlar en el Politeama, los secretos eran políticos”.
En el libro de Eseverri, Manuel Gaggero recuerda a Raab respondiendo a las noticias sobre el trato que en Cuba daban a los homosexuales con una fe que pedía tiempo para que la revolución encarara esas cuestiones, al igual que la violencia cotidiana contra las mujeres.
Edgardo Cozarinsky es más amargo, aun en su afecto incondicional: “Enrique no fue el único intelectual sensible a la politización integral de toda experiencia, un espejismo de finales de los años sesenta que a principios de la década siguiente derivó en militancia armada. Judío y homosexual, se acercó a grupos donde abundaban el antisemitismo y la homofobia”.
Al periodista y escritor Marcelo A. Moreno —quien trabajó con él en La Opinión— le hace gracia que un hombre tan severo en sus juicios como Raab tuviera una cierta obsesión con Juan José Camero, aunque le diera con un caño en sus críticas. Desde el teléfono su voz suena reivindicativa en busca de una definición tajante:
Creo que era un periodista de una importancia clave en un momento clave, leído por la élite. Quiero decir que en ese momento Operación Masacre no tenía la importancia que tiene ahora. Era muy agudo, pero su agudeza no era brutal en el sentido de que él la utilizara para derrotar al otro. Su tipo de inteligencia no era guerrera a la Argentina. No lo recuerdo como un gay público como Pedro Barraza, que era un verdadero referente del peronismo. Lo recuerdo muy discreto, aunque tuviera cosas increíbles. Una vez fuimos juntos a entrevistar a Camero. No sé por qué razón lo acompañé. Supongo que porque éramos compañeros y yo estaba también en Mar del Plata, y él estaba fascinado. Yo no lo podía creer.
Quizás el pasaje a la clandestinidad lo hubiera preservado, pero seguramente Raab sabía que eso significaba una invasión de su intimidad. Quizás la renuncia al deseo que no osa decir su nombre y que ahora lo dice un poco más. La organización le ofreció un pasaje a París para mantenerlo mientras no consiguiera trabajo, pero él se negó.
Máximo Eseverri es taxativo:
En el instante en que Enrique Raab guarda para sí o ignora sus diferencias con las vías revolucionarias, en el instante en que troca mirada crítica y denuncias por tolerancia de situaciones que no comparte, funda la base de una asimetría que, a la larga, hará imposible tanto una separación definitiva como un vínculo más profundo y consistente con las organizaciones revolucionarias a las que buscó adscribir.

El fin
Entre los amigos de Raab ajenos a la militancia política es común sumar a la pena por su final trágico la idea de que este había escapado a sus cálculos. Ellos suelen repetir la palabra “ingenuidad”, ya que la palabra “perejil” les resultaría demasiado política. Pero ¿acaso la mayoría de los militantes no estaban lejos de ser orgánicos o cuadros militares y conservaban en cambio su enorme diversidad cultural? El terror no se equivocó: al parecer Raab estaba lejos del momento de la desilusión, actuando. Su muerte irrumpe sí un proceso de crítica y disidencia que ya había comenzado antes de los sucesos de Monte Chingolo.
Edgardo Cozarinsky compartía con Raab una amistad donde la palabra “política” iba siempre acompañada de la palabra “cultural” y es ese vínculo el que evoca. Es una manera de preservarlo en un espacio feliz donde los bienes culturales se gozan en la complicidad y el diferimiento de la muerte:
Escribí un cuento, no sobre, sino más bien alrededor de la muerte de Enrique: “El fantasma de la Plaza Roja”, en mi libro Tres fronteras. Es una serie de digresiones concéntricas, donde no hay nada inventado excepto la forma de abordar nombres, circunstancias, episodios que en superficie tienen poco en común. Lo menciono porque la persona de Enrique era elusiva, hecha de aparentes contradicciones, y está hecha de una superposición de afectos y lealtades que no se agotan en la circunstancia de su muerte trágica. En él, la pasión por todo un mundo cultural Mittel europa se mezclaba con una curiosidad apasionada por el presente que le tocó vivir. No te oculto que nuestra amistad se cimentó en aquellas afinidades culturales, no en el compromiso que Enrique se impuso a sí mismo con una actualidad que a mí me inspiraba desconfianza, cuando no rechazo. Su humor, sin embargo, minaba constantemente la rigidez ideológica que había elegido respetar sin someterse del todo a sus consignas.
Hay una imagen de Enrique Raab en la que participa de un paro gremial vestido como para ir al Colón; otra en donde por costumbre suele entrar a la redacción de La Opinión por la puerta prohibida, la del taller; otra en la que muestra con orgullo un mensaje de amenaza de la Triple A en donde se le dice: “Judío, rusito, estás muerto”. Es evidente que era el hombre que está al tanto de la noticia última en cualquier área y la difunde —incluso las que tienen categoría de chisme— y por eso fue bautizado Radio Varsovia, aludiendo a una radio clandestina de la Segunda Guerra Mundial. A veces los que lo lloran y buscan explicaciones no se atreven a pronunciar la palabra “mitómano”, pero parecen sopesarla; otras se conforman con aludir a confidencias que romperían las reglas de seguridad. Pero hay quienes están en desacuerdo.
“Teníamos la regla de no hablar de política y siempre la cumplimos —me confió el ya fallecido Ernesto Schoo desde su living de la calle Beruti en donde envejecía despojado de sus innumerables perros y gatos, pero aún colaborando en La Nación—. En ese sentido era muy discreto. Yo me acuerdo que él recibió a una pareja de chilenos refugiados. Jamás me contó que tenía gente en su casa a pesar de que yo lo veía porque nuestras ventanas se enfrentaban a través de un patio. Y eso que teníamos absoluta confianza”.
Quizás para los que subestiman el alcance de la militancia de Raab exista la necesidad de encontrar una causa que permita imaginar que había un control posible en situaciones que —como se supo por medio del testimonio de los sobrevivientes— carecían de toda lógica que no fuera la del terror. Pero amigos y compañeros de militancia coinciden en que Raab estaba en peligro y debió irse a partir del golpe de 1976. Raab no habría sopesado los riesgos de su trabajo en El ciudadano, las visitas de advertencia donde le habían quemado suéteres y camisas con cigarrillos, las amenazas.
Marcelo A. Moreno recuerda con estupor el entusiasmo con que Raab le contó su trabajo en Nuevo Hombre en tiempos en que “ya silbaban las balas de las Tres A”. Pero Roberto Jacoby dice que entre los redactores de La Opinión se codeaban informantes de la Marina y del Ejército con los militantes de la lucha armada hasta que estos últimos se fueron, pasaron a la clandestinidad, se exiliaron, fueron chupados y asesinados o sobrevivieron y que todos sabían en qué andaba cada uno.

Para la compañera de militancia y amiga Susana Viau, Enrique Raab estaba en riesgo y lo desestimaba. Para el libro de Eseverri contó:
Había ido con la persona que iba a poner el capital para El ciudadano a ver a un vocero de la Marina. Luego tuve una fuerte discusión con Enrique en un bar, a una cuadra del departamento en el que yo vivía, en Las Heras y Coronel Díaz. Nos habíamos juntado a desayunar.Yo había llevado a mi hijo en el cochecito. Enrique me comentó que haber estado con este capitán era para él una forma de “blanqueo”, que si lo recibía este tipo quería decir que no había nada contra él. Yo me enojé mucho, le dije que estaba cometiendo un error, que ser recibido por un oficial de una Fuerza no quería decir nada, que la gente de la Marina podía saludarlo a la tarde y secuestrarlo a la noche.
El 16 de abril de 1977 Enrique Raab fue secuestrado junto a su compañero Daniel Girón, un joven que formaba parte del coro del Teatro Colón. Hoy integra la lista de cien periodistas desaparecidos.
Ernesto Schoo (vecino de Raab) escuchó el operativo que se hizo con gran despliegue a la madrugada:
A eso de las tres de la mañana empecé a oír gritos y órdenes: “¡Apaguen las luces! ¡Cierren las ventanas!”. Vi una luz poderosísima que caía sobre el departamento de Enrique. Oí tiros, pero no le di importancia porque el edificio estaba cerca del puerto y eso pasaba a menudo. Pero después olí a pólvora y me di cuenta de que los tiros sonaban de cerca. Oí los ladridos de las dos perritas de Enrique y después nada más. Y a la mañana siguiente bajé temprano y la encontré a la mujer del portero. Me contó que los habían metido en la pieza, pero que ella había podido asomarse cuando se llevaban a Enrique y dejaba un reguero de sangre. Después a Daniel lo soltaron. Volví a verlo, pero decidí no hacerle preguntas y él no me contó nada. Después que pasó todo eso, la actividad de Daniel fue ser guía interno del Colón. Ahora creo que murió. A mí una de las cosas que más me han golpeado de la muerte de Enrique es pensar en esa mañana en que yo fui a ver qué había pasado y estaba el padre. Este pobre hombre me conmovió hasta las lágrimas. Pensar que él había querido huir justamente de la garra del fascismo, había hecho esa dificilísima travesía huyendo de Europa a través de Grecia y acá lo vuelve a agarrar aquello de lo que había escapado. Hay en eso un elemento trágico casi griego. El destino persiguiendo al héroe.
Hacia el final de Enrique Raab: claves para una biografía crítica, Máximo Eseverri escribe: “Raab fue un hombre talentoso, inteligente, tierno, valiente, capaz de participar de grandes grupos humanos sin renunciar a su particular estilo, alguien que puso su vida en riesgo por la persona que amaba”. Raab habría argumentado que su persistencia en quedarse en el país se debía a su relación con Daniel Giron. ¿Pero esta interpretación como definitiva no lo deja del lado de la razón íntima atribuida a las mujeres y los homosexuales?
—A mí me cuesta tanto imaginarme a Enrique viejo—me contó Ernesto Schoo—. Pero creo que seguiría siendo igual.
—¿Se acercaría a los grupos de militancia gay?
—Es probable.
—¿Viviendo con Daniel? ¿Asumiéndolo a la manera actual?
—Yo voy a decir algo que no sé si estoy autorizado a decir. Él no se llevaba muy bien con Daniel. Supongo que se trataba de las discordias comunes a las parejas, pero me dijo alguna vez que no era lo que él esperaba que fuese. Es cierto que casi siempre pasa eso…
La elección de Raab de no irse del país puede explicarse por un resabio vienés en donde la propia caballerosidad se da por descontada aun en los capos de la Marina o en el intendente Osvaldo Cacciatore que durante una entrevista le aseguró: “A usted no lo van a tocar”. En el deseo de no volver a inscribirse en una diáspora y así desandar el camino que Salomón Raab había iniciado luego del Anschluss: un exilado no desea ser un nómade ni un apátrida. O en la voluntad de correr la suerte de un grupo de hombres y mujeres como uno más, no como el que porta un secreto que lo separa.
¿Raab vivo? ¿Qué sería? “Hubiera —decía Sartre— es un verbo que no existe”. Fue en cambio un periodista ejemplar y un militante del PRT: la síntesis —él lo sabía— prescinde de las metáforas.
¿Por qué no hay un mito Enrique Raab? Como me dijo su biógrafo Eseverri: “Porque él jamás hubiera consentido en convertirse en un mito”. Hubiera sido el primero en destruirse como tal con un adjetivo insolente, una comparación desopilante, una sentencia crítica de su pluma de periodista “todero”, aunque con la publicación de este libro él corre peligro de contribuir sin habérselo propuesto a generar otro mito elitista que lo hubiera enfurecido: el de autor de culto.
fuente: Anfibia
Jorge Masetti, el periodista que dio la vida por sus ideas
Por Manuel Torres, Resumen Latinoamericano /EnfoqueSUR/ 7 junio 2020
Hoy, 7 de junio se conmemora el Día del Periodista en Argentina. Esa desafiante profesión que implica comprometerse con una realidad, vivirla y difundirla.
Sería imposible imaginarse los sucesos históricos más relevantes de nuestra historia sin darle lugar a las crónicas periodísticas que pusieron en palabras aquellos momentos cruciales. Muy difícil sería hablar de la Revolución Bolchevique sin pensar en las revueltas que John Reed vivió en la Rusia de 1917; Muy difícil sería hablar de la última Dictadura Militar de Argentina sin pensar en Rodolfo Walsh y su Agencia de Noticias Clandestinas; y muy difícil sería hablar del el estallido de la Revolución cubana sin tener en cuenta los reportes que Jorge Masetti hizo desde Sierra Maestra. Entre tantos otros.
“Los que luchan y los que lloran” es el título que contiene las crónicas de la visita de Jorge Masetti a Cuba, en donde entrevistó a las figuras más controversiales del continente de aquel momento -y quizás de ahora también-, el abogado cubano Fidel Castro, y el médico argentino Ernesto Guevara, el Che.
Masetti fue el primer periodista argentino en entrevistar a los líderes del Movimiento 26 de Julio en Sierra Maestra, desde donde operaban clandestinamente contra las fuerzas opresoras del entonces dictador Fulgencio Batista. En ese momento, la prensa nacional se refería a ellos como “sujetos financiados por Estados Unidos que jugaban a la guerra”. La intriga por conocer la verdadera historia hizo a Masetti poner en marcha un operativo para poder llegar a la isla y dar con los revolucionarios. Consiguió la visa de turista y se embarcó hacia el país cubano. Un viaje que le cambiaría por completo su manera de ver la vida y el periodismo.
Aquel joven que trabajaba para Radio El Mundo, muy lejos estaba de imaginarse que terminaría dando la vida por aquella causa que hasta el momento desconocía y forjando lazos de sangre con los líderes del 26 de Julio.
Una vez en La Habana, y tras muchas tensiones, Masetti pudo tomar un vuelo hacia Santiago de Cuba para después ser trasladado hacia las sierras. Una travesía que le tomó diez días de intensas caminatas soportando bajas temperaturas y hambruna.
Desde el primer momento se expuso a los constantes ataques del ejército de Batista sobre las sierras. Durante todo el día era víctima de los aviones que disparaban para “limpiar focos guerrilleros”, ahí Masetti descifró dos cosas. La primera, que Estados Unidos no apoyaba a Fidel Castro, ya que los aviones y las balas que los batistianos disparaban eran de origen norteamericano; y la segunda, el porqué del apoyo y la adhesión masiva de los campesinos hacia los revolucionarios: las matanzas hacía familias completas eran un problema diario en las zonas agrarias de Cuba.
El reportaje a Castro y Guevara fue emitido directo desde la Sierra por Radio Rebelde y re-transmitido por distintas emisoras de Cuba y países de América Latina. “Toda Cuba escuchaba por primera vez la voz del Comandante en Jefe del ejército rebelde directamente desde las montañas del Oriente”, detalló el cronista argentino. Fue un hito para la región y para su carrera personal.
Con la Revolución triunfante y en marcha, Masetti funda y dirige “Prensa Latina”, una agencia de noticias con corresponsalías en decenas de países alrededor del mundo. El objetivo de este proyecto era contrainformar y dar la batalla ante las grandes empresas que manejaban desde Estados Unidos y Europa el flujo de la comunicación.
Prensa Latina contó con periodistas y columnistas de gran prestigio en el continente, como Gabriel García Márquez y Rodolfo Walsh.
En ese momento en nuestra región varios países estaban sometidos a dictaduras militares, lo que hizo que varias corresponsalías de Prensa Latina fueran clausuradas por presiones comandadas desde el Departamento de Estado yankee y la CIA.
Dentro de sus principales hazañas, se encuentra la cobertura de la invasión en Playa Girón. Una incursión terrorista de cubanos en el exilio tuvo el objetivo de golpe de Estado en el país. Allí estuvo Masetti con su equipo periodístico, que fue testigo de cómo las milicias cubanas derrotaron a los invasores, quienes contaron con el apoyo militar de los Estados Unidos. Los capturados fueron sometidos a juicios públicos en donde el periodista argentino tomó palabra en los interrogatorios, llevando a estos a confesar los vínculos con el país norteamericano y la motivación económica que recibieron para invadir a Cuba.
Realmente había logrado su objetivo de instalarse como una fuerte y competitiva agencia de noticias en todo el mundo, dándole voz a quienes nunca la habían tenido. Esto hizo a Masetti tener que lidiar con constantes presiones externas e internas, lo que lo llevó a abandonar la dirección de Prensa Latina. Sin embargo, su compromiso y lealtad hacia la Revolución continuó creciendo.
Luego de llevar adelante operativos para la entrega de armamento a revolucionarios en Argelia, Masetti decide ampliar la Revolución a su país de origen, Argentina. Fundó el Ejército Guerrillero del Pueblo y luego de entrenar a sus reclutas, entró a Salta, provincia del norte argentino, desde donde operaría clandestinamente y lucharía contra las Fuerzas Armadas.
Tras hacer algunos anuncios fallidos para convocar al pueblo a sublevarse, el grupo comandado por Masetti fue interceptado por gendarmes y reducido, desarticulando a los guerrilleros y contactos que tenían en distintas provincias del país.
Masetti fue visto por última vez en la ciudad de Orán, en Salta. Su cuerpo desapareció mientras era víctima de una emboscada que realizaba Gendarmería para capturarlo. Y hasta el momento no fue hallado. Tenía 34 años.
Invocar a Masetti en este Día del Periodista es reconocer a quien fue más allá de sus palabras y decidió encarnizar la lucha por construir el país y el mundo que soñaba. También implica hacer el esfuerzo de separar el periodismo de las grandes empresas de la comunicación.
A diario vemos en los medios que muchos periodistas son usados como herramientas para defender y llevar adelante ciertos intereses, que no suelen ser los del pueblo. Pero en Argentina tuvimos gente como Jorge Ricardo Masetti, quien decidió luchar contra eso y logró llevar las voces de Nuestra América Latina a un plano principal en el mundo.
“No es decente, pretextando imparcialidad, permanecer indiferente entre el honrado y el ladrón, el justo y el asesino o el patriota y el cipayo”. Jorge Ricardo Masetti.
7 de junio, Día del periodista.
En el día de el y la Periodista, el mejor homenaje a dos patriotas revolucionarios Jorge Masetti y Rodolfo Walsh
Resumen Latinoamericano, 7 junio 2020
Foto: Rodolfo Walsh, Jorge Ricardo Masetti y Miguel Angel Asturias
Masetti, un guerrillero
Por Rodolfo J. Walsh (1965)
Un recuerdo atenuado de Masetti perdura en la calle Corrientes, en el Café La Paz; en el hall del Nuevo Teatro unas letras de metal dicen su nombre, perdido entre otros, porque hace años estrenó una obra; el único libro que escribió resulta ahora inencontrable.
Y eso es todo. Masetti podía seguir derivando en el olvido. Había otra historia que no acababa de juntarse con la suya. Era la historia de esos muchachos que hace un año se hicieron guerrilleros en Salta, y están algunos presos y otros muertos, y otros fugitivos. Los diarios que contaron el incidente que permitió descubrirlos, rodearlos, capturarlos, mientras su jefe, el Comandante Segundo, se internaba en la selva.
Los que conocían a Masetti se inquietaron. No hubo viajero en La Habana, que en los últimos meses no llevara una pregunta, que siempre volvía duplicada y sin respuesta. Ha pasado un año. Se puede decir ahora que Masetti está muerto, y que Masetti, por supuesto, era el comandante Segundo.
Por Rodolfo J. Walsh (1965)
Un recuerdo atenuado de Masetti perdura en la calle Corrientes, en el Café La Paz; en el hall del Nuevo Teatro unas letras de metal dicen su nombre, perdido entre otros, porque hace años estrenó una obra; el único libro que escribió resulta ahora inencontrable.
Y eso es todo. Masetti podía seguir derivando en el olvido. Había otra historia que no acababa de juntarse con la suya. Era la historia de esos muchachos que hace un año se hicieron guerrilleros en Salta, y están algunos presos y otros muertos, y otros fugitivos. Los diarios que contaron el incidente que permitió descubrirlos, rodearlos, capturarlos, mientras su jefe, el Comandante Segundo, se internaba en la selva.
Los que conocían a Masetti se inquietaron. No hubo viajero en La Habana, que en los últimos meses no llevara una pregunta, que siempre volvía duplicada y sin respuesta. Ha pasado un año. Se puede decir ahora que Masetti está muerto, y que Masetti, por supuesto, era el comandante Segundo.

La historia de esa guerrilla se escribirá, tal vez, cuando desaparezcan las instancias judiciales que obligan al silencio; cuando los presos salgan y se pueda hablar de esa aventura atroz, escondida, incomprensible para muchos.
Yo sólo quiero recordar a Masetti como era en la isla lejana y cercada, en la agencia de noticias que fundó y de alguna manera ayudó a destruir, en la pasión casi juguetona que lo devoraba, en la tormenta de sus confusos amores, en el humor grueso y eficaz del suburbio porteño, en el coraje recatado.
Decir que Masetti era un gran periodista, exige aclaraciones. Tenía dificultades con la sintaxis, a lo mejor no sabía lo que es un «lead», quizá le faltaba sutileza literaria. Y sin embargo se puede decir; Masetti fue uno de los más grandes periodistas que tuvimos, porque a cambio de esos defectos le sobraba lo mero principal, Masetti se metía, y llegaba antes, y volvía con la justa.

Su reportaje a Fidel en la Sierra, casi al mismo tiempo que Herbert Matthews, es la hazaña más importante – y más desconocida- del periodismo argentino. Matthews tenía alrededor una aureola que venía de la Guerra Civil Española; llevaba consigo el prestigio imponente del New York Times. Masetti, no tenía nada, Masetti era un oscuro cronista de radio El Mundo cuando en 1958 se mete por la libre en el laberinto batistiano, llega a través de oscuros canales a ese pedacito de manigua en que doscientos barbudos famélicos están cambiando la historia y descubre esa fantástica gale-ría de héroes risueños y terrenos, Camilo, Barbarroja, el Che, Ramirito, que tanto lo impresionaron y a cuya imagen y semejanza quiso modelar, y modeló su vida. Masetti es otro hombre cuando de ese Olimpo candoroso y brutal baja a la perturbada sofisticación de La Habana, donde se entera que nadie ha recibido sus reportajes trasmitidos por la emisora rebelde. Se interna nuevamente en la Sierra, repite todo el trabajo, y cuando sale por segunda vez ha visto la acción, ha empuñado el fusil y tiene el grado de teniente (1) del ejército revolucionario. El libro que enseguida escribió, «Los que luchan y los que lloran», es el testimonio apasionante de esa hazaña y de un momento crucial en la vida de los cubanos.

La segunda empresa de Masetti es aun más importante. A comienzos de 1959, llamado por la revolución triunfante, crea la primera agencia lati-oamericana de noticias que consigue inquietar a los monopolios informativos. Masetti no sabía nada de agencias. Prensa Latina es una pura creación suya, hecha a golpes casi geniales de intuición. Recuerdo el asombro que sentí cuando en julio de ese año llegué a La Habana a incorporarme al equipo periodístico y vi las teletipos funcionando mientras en cada país de América surgía una sucursal. El crecimiento de PL es el más vertiginoso en la historia del periodismo. A dieciocho meses de su creación tenía filiales en cada capital americana, en Londres, en París, en Ginebra, en Praga; convenios firmados con Tass, CTK, Hsin Sua, las agencias egipcias e indonesa, le daban un ámbito mundial. Como negociador, Masetti mostraba una insuperable flexibilidad: conseguía que los norteamericanos le abrieran canales de teletipo (cuyo alquiler nunca llegó a pagar) con Buenos Aires, Santiago, Río, Caracas, Washington, Nueva York; que los rusos le prestaran equipos de detección y escucha; que los chinos le construyeran una planta transmisora; que «L Express» de París y el «New Statesman» de Londres cedieran todos sus derechos latinoamericanos por ínfimas sumas. Más de cien clientes en América Latina y muchos centenares en los países socialistas; un volumen noticioso comparable al de las agencias norteamericanas; colaboradores regulares de la talla de Sartre, Waldo Frank, Wright Mills; todo esto era realidad a mediados de 1960.

Un año después ese meteórico imperio se había desmoronado. En cada país de América, la ruptura diplomática impuesta por Estados Unidos fue precedida por el cierre de la agencia. Una lucha interna asestó a PL el golpe definitivo. Afiliados comunistas montaron en el seno de la agencia una verdadera conspiración anti-Masetti, disfrazándola de lucha ideológica. Masetti contemporizó mientras pudo; al fin, les hizo frente. Se dice que debió intervenir el ejército rebelde para impedir que la diferencia se resolviera a tiros. No me consta, pero de algún modo encaja con la imagen que conservo de Masetti.
Por esa época dejé de verlo. Habíamos sido amigos. Creo que esa amistad no duró hasta el fin, por motivos que ahora resultan triviales. Cuando lo sacaron de PL, se fue a Argelia. De tanto en tanto tuve noticias suyas: estaba en Moscú, estaba alfabetizando en la Sierra, estaba otra vez en el Ejército Rebelde. Que haya aparecido en Salta como el Comandante Segundo (obvia referencia a un esperado Comandante Primero) no me asombra. Durante largas noches en La Habana habíamos hablado de la revolución en la Argentina. El ignominioso gobierno de Frondizi parecía justificarla, volverla posible.
Por esa época dejé de verlo. Habíamos sido amigos. Creo que esa amistad no duró hasta el fin, por motivos que ahora resultan triviales. Cuando lo sacaron de PL, se fue a Argelia. De tanto en tanto tuve noticias suyas: estaba en Moscú, estaba alfabetizando en la Sierra, estaba otra vez en el Ejército Rebelde. Que haya aparecido en Salta como el Comandante Segundo (obvia referencia a un esperado Comandante Primero) no me asombra. Durante largas noches en La Habana habíamos hablado de la revolución en la Argentina. El ignominioso gobierno de Frondizi parecía justificarla, volverla posible.

El destiempo, la deshora presidieron el destino turbulento de Masetti. Cuando viene a vestir el uniforme de guerrillero, el país es otro, los argumentos más obvios para una acción revolucionaria se han esfumado. Tiene un día de mala suerte; ése en que se despeña de un barranco salteño y queda malherido. Tal vez sin ese accidente absurdo, este hombre que ya había hecho cosas imposibles pudo repetir la hazaña que lo alucinó cuando era un simple reportero? No sé. De sus heridas se recupera lo suficiente para poder caminar, para que no lo tomen prisionero. (Esa perspectiva, recuerdo, lo obsesionaba: «Imaginate, que te agarren, que te hagan cantar, qué vergüenza viejo»). Cuando todo está perdido, cuando el furor de la selva ha aniquilado prácticamente a su grupo, Masetti llena su mochila y se interna en la espesura, monte arriba.
No vuelve, todo el mundo sabe que no puede volver.
1- Masetti no bajó teniente ni con ningún otro grado de Sierra Maestra. (Aclaración de la familia de Masetti).-


Prólogo de Rodolfo Walsh al libro de Jorge Ricardo Masetti «Los que luchan y los que lloran»
Que su nombre siga casi tan ignorado en su país como el pedazo de selva que esconde sus huesos era previsible para Jorge Masetti. Periodista, sabía cómo se construyen renombres y se tejen olvidos. Guerrillero, pudo presumir que si era derrotado el enemigo sería el dueño momentáneo de su historia.
Masetti, desde luego, era un rebelde integral. La guerrilla de Salta, su presencia en Argelia y en Playa Girón, Prensa Latina, este libro, son eslabones de una misma cadena de admirable coherencia. Entre 1958 y 1964 vivió para la revolución latinoamericana cuya semilla está en Cuba y la revolución vivió tempestuosamente en él..
Hubo sin duda un proceso cuya génesis atestiguan estas páginas. Masetti era reportero de radio «El Mundo» cuando en 1958 decidió ir a ver que sucedía en Cuba. Sus contactos eran débiles, sus medios escasos, su objetivo -Fidel en la Sierra- desmesurado.
La medida del peligro está dada, sin énfasis, en su propio relato: de los dos periodistas extranjeros que Masetti encontró en la Sierra, uno fue asesinado, al descender, por la policía de Batista; al otro lo torturaron y «cantó».
Mortales esperas, escondites, marchas imposibles a pie y en mula, la confianza jugada a cara o cruz en cada instante, lo acercaron a los grandes protagonistas de su historia. En el camino iba quedando el pueblo cubano, sus campesinos ametrallados, sus aldeas arrasadas con napalm. Masetti, que confesaba no haber tirado nunca un tiro, se encontraba de golpe bajo el fuego de las ametralladoras 50 con que un avión rociaba en la meseta lo único que daba señales de vida: él y su guía. Una campesina le entregaba un revólver 22 no para defenderse, sino para suicidarse si topaba con los guardias. Cambiaba él mismo su ropa oscura de porteño con aires de compadrito por la guayabera del campesino, por el uniforme del ejército rebelde. Pero en ese ilusionismo de periodista ingenioso había como un oscuro rito, una transformación auténtica. Había ido lleno de dudas, prevenciones, sutilezas y se lo tragaba la insuperable experiencia colectiva de un pueblo en revolución.
Los reportajes a Fidel y al Che, transmitidos por Masetti desde la radio rebelde, fueron importantes en la propia isla: era la primera vez que el pueblo cubano escuchaba a sus líderes. En aquel momento la revolución – agraria, popular, antiimperialista- no se definía aún públicamente por el socialismo. Eso llegaría después. «Mucho de lo que estábamos haciendo ni lo habíamos soñado», declaraba Guevara.
Los combatientes se volvían revolucionarios en la lucha misma, sacudían sus ataduras mentales, sus prejuicios, sus lazos con el pasado. Pero al mismo tiempo procuraban no alarmar más de lo indispensable al enemigo verdadero que se ocultaba tras la dictadura de Batista: conocían ya el napalm y el fósforo vivo de fabricación norteamericana que regaban los aviones. Los amigos de la revolución libraban una dura batalla dentro de los propios Estados Unidos para contener esos embarques de armas que antes y después han masacrados pueblos enteros. Que Fidel Castro hablara de elecciones, que otros dirigentes eludieran una definición sobre el comunismo, que la revolución no alejara a sus momentáneos aliados de la burguesía, eran necesidades implacables en la guerra. Las decisiones, en todo caso, surgirían del pueblo en armas.
Cuando Masetti regresa a La Habana, está marcado. Las radios del Caribe retransmiten todavía su reportaje, el país entero ha escuchado su voz, la policía conoce su cara. Los únicos que parecen ignorar su hazaña son sus jefes en Buenos Aires. Un angustioso cambio de telegramas le confirma que no han recibido nada. Entonces hace algo que requiere un coraje excepcional: vuelve a la Sierra y graba por segunda vez su reportaje.
Las tretas que usa para sortear el cerco represivo lo pintan a Masetti. Turista alemán, viajante italiano o presunto esposo de una campesina gorda, no pierde en mitad del peligro su agudo sentido de lo cómico. Mucho menos esa mirada fotográfica del periodista nato, capaz de dar en cuatro líneas lo esencial de cualquier situación. Los pequeños retratos de la pequeña gente brillan con luz propia junto a los héroes mayores del Olimpo. Santiago a oscuras, la carretera desierta, «el sonido de fondo» que acompaña su reportaje a Guevara, son estampas memorables en un relato sin pausas.
Este reportaje es, en mi opinión, la mayor hazaña individual del periodismo argentino.
Al salir de Cuba con su pasaporte rudimentariamente falsificado, Masetti tuvo la sensación de que desertaba, de que volvía al mundo de los que lloran y dejaba atrás el mundo de los que luchan. Esa tajante división iba a decidir su vida, precipitar su muerte.
La revolución triunfante eligió a Masetti para una tarea más difícil que su reportaje en Sierra Maestra. A comienzos de 1959, crea la primera agencia latinoamericana que consigue inquietar a los monopolios informativos yanquis. La deformación por la prensa internacional de las noticias cubanas había empezado mucho antes de la caída de Batista, cuya larga permanencia en el poder profetizaba la revista Times en su primer número de 1959, cuando ya el régimen se había desplomado… La campaña contra el gobierno revolucionario alcanzó una intensidad jamás vista en la historia. United Press y Associated Press, las agencias que monopolizan el mercado mundial de noticias, pusieron en marcha esa catarata de basura informativa que dura hasta hoy, preparando el terreno para la cadena de agresiones que iba a culminar en Playa Girón. Para contrarrestar en lo posible ese ataque incesante y despiadado, nació Prensa latina.
La empresa pudo parecer utópica. Los monopolios informativos reaccionaron ante la competencia como todos los monopolios. La guerra desatada contra Prensa Latina invocó el pretexto de que era una agencia oficial. PL era, por supuesto, tan oficial como United Press, Reuter o France Presse: no hay en el mundo una agencia que no responda a los intereses de un estado nacional, o de un grupo monopolista estrechamente vinculado a ese estado. La diferencia consiste en que los países dominantes del mundo occidental prohíben ese lujo a los países dependientes. Las tentativas realizadas en Argentina y Brasil durante los gobiernos de Perón y Quadros fracasaron ante la embestida de las agencias norteamericanas que contaron como aliados a los grandes diarios comerciales de ambos países, para quienes el periodismo estatal es un crimen cuando se trata del estado nacional, y no lo es cuando detrás se oculta el poder extranjero.
En el caso de Prensa Latina había otra diferencia, más «criminal» aún. Todos los periodistas que trabajaron en ellas eran latinoamericanos. Plinio Mendoza y Gabriel García Márquez en Colombia, Mario Gil en México, Díaz Rangel en Venezuela, Teddy Córdova en Bolivia, Aroldo Wall en Brasil, García Lupo en Ecuador y Chile, Onetti en Uruguay, Tríveri en Estados Unidos, Angel Boan en cualquier parte, demostraron que una agencia no era algo tan misterioso como pretendían los viejos amos del periodismo. Dondequiera hubo que pelear por la noticia en igualdad de condiciones, llegaron antes y la escribieron mejor. Como testigo de esa competencia pude comprobar que el periodista norteamericano es profesionalmente mediocre, apegado a la rutina, desprovisto de curiosidad y de amor por lo que hace. Al tener que competir con nosotros, con un conocimiento del medio local que no excedía los despachos ministeriales o el lobby de los grandes hoteles, se encontraban en una impresionante desventaja. Esa prueba no les gustaba para nada, y aunque mejoraron momentáneamente su servicio, acentuaron la campaña de desprestigio y la presión sobre los dóciles gobiernos.
Tuve una idea de lo que esa presión significaba en mayo de 1959, cuando en ruta a La Habana debí hacer escala en Río de Janeiro por 48 horas que se convirtieron en 48 días. Se trataba de tomar una oficina, arrendar un canal de teletipo y designar un jefe de corresponsales brasileño, tres cosas sencillas para las que no existían obstáculos legales. Las dificultades que surgieron eran tan absurdas que no tenían explicación dentro del marco idílico de la libertad de prensa, la libre competencia y otras fantasías. Ese año la United Press confesaba para su filial en Río una pérdida de un millón de dólares lo que sin duda revelaba sus buenos sentimientos. Inmovilizar un expediente en el ministerio de Viaçao, era mucho más barato. La burocracia brasileña es la más imaginativa que he conocido: siempre faltaba algo, una coma, un «carimbo», hasta un análisis de orina y una muestra de sangre. La maquinaria gubernamental chorreaba corrupción y demora en proporciones kafkianas.
Téngase en cuenta que las relaciones entre Cuba y los países americanos, incluidos los Estados Unidos, eran todavía «normales». La agresión contra PL era por supuesto una partícula de la agresión global que se gestaba. Los tropiezos que menciono se reprodujeron en las veinte filiales latinoamericanas de PL. Que hayan podido superarse, bien o mal, es un tributo al genio de Masetti. Un año después de creada PL tenía además sucursales en Washington, New York, Londres, París, Ginebra, Praga. Convenios firmados con Tass, CTK, Tanjug, Hsin Hua, y agencias egipcia, indonesia y japonesa le daban un ámbito mundial. L’Express de París y el New Statesman de Londres habían cedido sus derechos latinoamericanos por ínfimas sumas; The Nation y The New Republic, de Estados Unidos, los daban gratis. Más de cien clientes en América Latina y muchos centenares en los países socialistas, un volumen noticioso comparable al de las agencias norteamericanas, colaboradores regulares de la talla de Sartre, Waldo Frank, Wright Mills: todo esto era realidad a mediados de 1960.
La cobertura de ciertos episodios latinoamericanos como los terremotos de Chile, el primer golpe militar contra Frondizi o la revolución de Castro León en Venezuela, fue excepcional. Pero también se dieron algunos buenos «palos», como decían los cubanos, en territorio enemigo: Angel Boan ( que después murió en Argelia) fue el único en conseguir un reportaje a Chessman doce horas antes de su ejecución. El mismo Boan le sonsacó una divertida entrevista a Trujillo ( no teníamos corresponsal en Santo Domingo, por supuesto) mediante el simple expediente de llamarlo por teléfono en nombre de una agencia rival, mientras un colega argentino conseguía en Madrid la primera declaración de Perón favorable a Fidel Castro. Una noche, en el aeropuerto de La Habana, hice el reportaje más corto de mi vida. Era Ernest Hemingway, que decía: «Vamos a ganar. Nosotros los cubanos vamos a ganar». Y agregaba : «I’m not a yankee, you know».
Algunas veces excedíamos los límites habituales del periodismo. Fue PL quien señaló con meses de anticipación el lugar exacto en Guatemala – la hacienda de Retalhuleu – donde la CIA preparaba la invasión a Cuba, y la isla de Swan donde los norteamericanos habían centralizado la propaganda radial por cuenta de los exiliados.
Vivíamos, puede decirse, al pie de la teletipo, pero no recuerdo un trabajo que se hiciera con tanta felicidad. Masetti era incansable, un temperamento meridional, lleno de recóndito humor. Un tabaco y una guayabera que alternaba con el traje oscuro y la corbata negra, le bastaba para sentirse «aplatanado» sin abandonar una sola inflexión de su lenguaje porteño. Era pintoresco verlo irrumpir en la redacción donde predominaban los cubanos y gritar sus órdenes tratando a todo el mundo de vos. Se casó, por segunda vez, con su secretaria cubana. De madrugada, cuando cerraban los últimos canales, había tiempo para reunirse en su oficina donde circulaba un mate y un tocadiscos pasaba un tango. Alguna vez la presencia de un centinela guajiro en la puerta cerrada indicaba la presencia del Che. La amistad que los unía llevaba el sello indisoluble de la Sierra.
La suerte de Prensa Latina estaba ligada a la revolución cubana. La SIP, regenteada entonces por el coronel Dubois, dictó el úkase definitivo prohibiendo a sus miembros usar los servicios de PL. Una noche, en una callejuela de Costa Rica, la casualidad deparó a Masetti el placer de decirle en tres palabras lo que pensaba de él. Dubois se hizo el sordo pero ya las puertas de los diarios estaban cerradas.
Es conocida la presión implacable que llevó a los gobiernos latinoamericanos a romper con Cuba. En cada caso la ruptura fue precedida por el cierre de PL. Masetti lo había previsto con mucha anticipación. Cuando llegó el momento la agencia contaba con equipos de escucha capaces de suplir en parte el vacío, y la construcción de una potente emisora llegaba a su fin. Cuba no podía quedar aislada. PL sigue hasta hoy dando al pueblo cubano las noticias del mundo, e informando a los que quieran o puedan escucharla, lo que pasa en Cuba. Esa es la obra de Masetti.
En marzo de 1961, Masetti renunció a Prensa Latina. Su alejamiento tiene que ver con el auge momentáneo del sectarismo, pero por sobre todo con su deseo de ocupar un puesto de más riesgo en la tarea revolucionaria a la que ya estaba entregado por completo. Esa oportunidad se dio en seguida, en Playa Girón. Masetti retomó el comando de la agencia y vio sucumbir bajo el fuego de las milicias las últimas tentativas norteamericanas por reimplantar su dominio en la isla.
Después marchó a Argelia, donde se combatía aún. Era el intermedio necesario antes de acometer su última empresa, la guerrilla de Salta.
La idea de traer la lucha armada a la Argentina no era nueva en Masetti. Nació en la misma Sierra, la meditó largamente en La Habana. Puede discutirse, se discute, si el momento elegido era el apropiado, si la teoría del foco es o no correcta, si la lucha armada puede entablarse sin el respaldo de una sólida organización política. La honestidad de Masetti, la coherencia consigo mismo, la fidelidad al precedente cubano, están fuera de la discusión. Pertenece a esa lista ya larga de hombres que en América Latina vivieron sus ideas hasta el sacrificio:De la Puente Ojeda, Lobatón, Camilo Torres, Ernesto Guevara. Sabía que la victoria final de la revolución está amasada con los fracasos anteriores. El triunfo fulminante de los cubanos en enero de 1959 no basta para borrar las derrotas que lo precedieron, ni aún la más memorable de esas derrotas: el asalto al Moncada. Dentro de esa perspectiva no hay quizá victorias ni fracasos individuales, aunque haya experiencias que recoger y asimilar.
En los campos de Argelia, Masetti volvió a tomar contacto con la guerrilla. A fines de 1962 estaba de regreso en Cuba, alcanzó a conocer a su hija recién nacida, después se alejó para siempre. Cuando reaparece en la provincia de Salta, el pequeño grupo de rebeldes que lo acompaña lo conoce solamente por su nombre de guerra: Segundo. La elección está explicada en una carta a Federico Méndez y Juan Jouvé, sobrevivientes de la guerrilla encarcelados hasta hoy:
«Al ingresar en el EGP (Ejército Guerrillero del Pueblo) cada miembro adoptaba un nombre de guerra, y Masetti eligió el de Segundo por el siguiente motivo: el Che, que en ese momento realizaba tareas imprescindibles para la Revolución Cubana, pertenecía en forma honoraria al EGP, conociéndosele a ese fin por el nombre clave de Martín fierro… Masetti eligió el de otro gaucho famoso, Segundo Sombra… Luego Masetti fue conocido simplemente por Segundo, aunque fue realmente nuestro primer y único comandante.»
Otro sobreviviente recuerda:
«Nunca hablaba de su vida personal. Sabíamos que tenía mujer e hijos porque una vez los mencionó. En cierta oportunidad, él mismo habló de Masetti en tercera persona. Pero yo ignoraba que fuese él, y las fotos que después me mostraron tenían poco que ver. Cuando lo conocí tenía una gran barba negra, casi azul. Costaba tutearlo: era imponente.»
A comienzos de 1962 Masetti escribía a su mujer: » Ya van cuatro meses y medio que aguardamos, con ansias controladas pero que nos devoran, el momento de rendir «nuestra materia». Siempre presentes, las primeras palabras de la carta de Martí a Mercado que constituyen también las iniciales de la Segunda Declaración de La Habana: «Ya puedo escribir… Ya estoy todos los días en disposición de dar la vida por la patria»», y agregaba: «La Revolución ya no es un hecho a observar, un hecho histórico a criticar, sino que la Revolución somos nosotros mismos… es nuestra conciencia, la que nos juzga y nos critica y nos exige.»
Se sentía fuerte y optimista, a pesar de las dificultades de la vida en el monte. Adiestraba a su gente, se movía sin cesar eludiendo cualquier choque. No había perdido su buen humor, su ácido espíritu de broma. Cargaba la mochila más pesada, a pesar de una dolorosa desviación de columna vertebral que lo hacía sufrir bastante. A fines de 1963 dice en una nueva carta a su mujer: «Ahora llevamos recorridos más de un centenar de kilómetros en el mapa, aunque en realidad son muchísimos más. Nuestro contacto con el pueblo es desde todo punto de vista positivo. De los coyas aprendimos muchas cosas, y los ayudamos en todo lo posible. Pero lo más importante es que quieren pelear… Es ésta una región en que la miseria y las enfermedades alcanzan el máximo posible, lo superan. Impera una economía feudal… Quién venga aquí y no se indigne, quien venga aquí y no se alce, quien pueda ayudar de cualquier manera y no lo haga, es un canalla…»
A comienzos de 1964 los diarios publican las primeras noticias de la guerrilla, cuyos días estaban contados. En marzo los servicios de informaciones consiguen infiltrar dos hombres que promueven un incidente donde resulta herido el guerrillero Diego. La gendarmería captura un campamento con cuatro hombres, donde estaban todas las provisiones. El hambre acosa ahora a la guerrilla: la zona está desprovista de caza, incluso de pájaros. El guerrillero Antonio muere despeñado. El 18 de abril es sorprendido un nuevo grupo. Días después en un confuso choque con la gendarmería resultan muertos Hermes (Hermes Peña, cubano) y Jorge. Diego, César y Marcos mueren de hambre. Los dispersos van cayendo en grupos de dos o tres.
Masetti no aparece nunca. Se ha disuelto en la selva, en la lluvia, en el tiempo. En algún lugar desconocido el cadáver del comandante Segundo empuña un fusil herrumbrado. Tenía al morir 35 años, había nacido en Avellaneda.
Rodolfo Walsh, marzo de 1969
Que su nombre siga casi tan ignorado en su país como el pedazo de selva que esconde sus huesos era previsible para Jorge Masetti. Periodista, sabía cómo se construyen renombres y se tejen olvidos. Guerrillero, pudo presumir que si era derrotado el enemigo sería el dueño momentáneo de su historia.
Masetti, desde luego, era un rebelde integral. La guerrilla de Salta, su presencia en Argelia y en Playa Girón, Prensa Latina, este libro, son eslabones de una misma cadena de admirable coherencia. Entre 1958 y 1964 vivió para la revolución latinoamericana cuya semilla está en Cuba y la revolución vivió tempestuosamente en él..
Hubo sin duda un proceso cuya génesis atestiguan estas páginas. Masetti era reportero de radio «El Mundo» cuando en 1958 decidió ir a ver que sucedía en Cuba. Sus contactos eran débiles, sus medios escasos, su objetivo -Fidel en la Sierra- desmesurado.
La medida del peligro está dada, sin énfasis, en su propio relato: de los dos periodistas extranjeros que Masetti encontró en la Sierra, uno fue asesinado, al descender, por la policía de Batista; al otro lo torturaron y «cantó».
Mortales esperas, escondites, marchas imposibles a pie y en mula, la confianza jugada a cara o cruz en cada instante, lo acercaron a los grandes protagonistas de su historia. En el camino iba quedando el pueblo cubano, sus campesinos ametrallados, sus aldeas arrasadas con napalm. Masetti, que confesaba no haber tirado nunca un tiro, se encontraba de golpe bajo el fuego de las ametralladoras 50 con que un avión rociaba en la meseta lo único que daba señales de vida: él y su guía. Una campesina le entregaba un revólver 22 no para defenderse, sino para suicidarse si topaba con los guardias. Cambiaba él mismo su ropa oscura de porteño con aires de compadrito por la guayabera del campesino, por el uniforme del ejército rebelde. Pero en ese ilusionismo de periodista ingenioso había como un oscuro rito, una transformación auténtica. Había ido lleno de dudas, prevenciones, sutilezas y se lo tragaba la insuperable experiencia colectiva de un pueblo en revolución.
Los reportajes a Fidel y al Che, transmitidos por Masetti desde la radio rebelde, fueron importantes en la propia isla: era la primera vez que el pueblo cubano escuchaba a sus líderes. En aquel momento la revolución – agraria, popular, antiimperialista- no se definía aún públicamente por el socialismo. Eso llegaría después. «Mucho de lo que estábamos haciendo ni lo habíamos soñado», declaraba Guevara.
Los combatientes se volvían revolucionarios en la lucha misma, sacudían sus ataduras mentales, sus prejuicios, sus lazos con el pasado. Pero al mismo tiempo procuraban no alarmar más de lo indispensable al enemigo verdadero que se ocultaba tras la dictadura de Batista: conocían ya el napalm y el fósforo vivo de fabricación norteamericana que regaban los aviones. Los amigos de la revolución libraban una dura batalla dentro de los propios Estados Unidos para contener esos embarques de armas que antes y después han masacrados pueblos enteros. Que Fidel Castro hablara de elecciones, que otros dirigentes eludieran una definición sobre el comunismo, que la revolución no alejara a sus momentáneos aliados de la burguesía, eran necesidades implacables en la guerra. Las decisiones, en todo caso, surgirían del pueblo en armas.
Cuando Masetti regresa a La Habana, está marcado. Las radios del Caribe retransmiten todavía su reportaje, el país entero ha escuchado su voz, la policía conoce su cara. Los únicos que parecen ignorar su hazaña son sus jefes en Buenos Aires. Un angustioso cambio de telegramas le confirma que no han recibido nada. Entonces hace algo que requiere un coraje excepcional: vuelve a la Sierra y graba por segunda vez su reportaje.
Las tretas que usa para sortear el cerco represivo lo pintan a Masetti. Turista alemán, viajante italiano o presunto esposo de una campesina gorda, no pierde en mitad del peligro su agudo sentido de lo cómico. Mucho menos esa mirada fotográfica del periodista nato, capaz de dar en cuatro líneas lo esencial de cualquier situación. Los pequeños retratos de la pequeña gente brillan con luz propia junto a los héroes mayores del Olimpo. Santiago a oscuras, la carretera desierta, «el sonido de fondo» que acompaña su reportaje a Guevara, son estampas memorables en un relato sin pausas.
Este reportaje es, en mi opinión, la mayor hazaña individual del periodismo argentino.
Al salir de Cuba con su pasaporte rudimentariamente falsificado, Masetti tuvo la sensación de que desertaba, de que volvía al mundo de los que lloran y dejaba atrás el mundo de los que luchan. Esa tajante división iba a decidir su vida, precipitar su muerte.
La revolución triunfante eligió a Masetti para una tarea más difícil que su reportaje en Sierra Maestra. A comienzos de 1959, crea la primera agencia latinoamericana que consigue inquietar a los monopolios informativos yanquis. La deformación por la prensa internacional de las noticias cubanas había empezado mucho antes de la caída de Batista, cuya larga permanencia en el poder profetizaba la revista Times en su primer número de 1959, cuando ya el régimen se había desplomado… La campaña contra el gobierno revolucionario alcanzó una intensidad jamás vista en la historia. United Press y Associated Press, las agencias que monopolizan el mercado mundial de noticias, pusieron en marcha esa catarata de basura informativa que dura hasta hoy, preparando el terreno para la cadena de agresiones que iba a culminar en Playa Girón. Para contrarrestar en lo posible ese ataque incesante y despiadado, nació Prensa latina.
La empresa pudo parecer utópica. Los monopolios informativos reaccionaron ante la competencia como todos los monopolios. La guerra desatada contra Prensa Latina invocó el pretexto de que era una agencia oficial. PL era, por supuesto, tan oficial como United Press, Reuter o France Presse: no hay en el mundo una agencia que no responda a los intereses de un estado nacional, o de un grupo monopolista estrechamente vinculado a ese estado. La diferencia consiste en que los países dominantes del mundo occidental prohíben ese lujo a los países dependientes. Las tentativas realizadas en Argentina y Brasil durante los gobiernos de Perón y Quadros fracasaron ante la embestida de las agencias norteamericanas que contaron como aliados a los grandes diarios comerciales de ambos países, para quienes el periodismo estatal es un crimen cuando se trata del estado nacional, y no lo es cuando detrás se oculta el poder extranjero.
En el caso de Prensa Latina había otra diferencia, más «criminal» aún. Todos los periodistas que trabajaron en ellas eran latinoamericanos. Plinio Mendoza y Gabriel García Márquez en Colombia, Mario Gil en México, Díaz Rangel en Venezuela, Teddy Córdova en Bolivia, Aroldo Wall en Brasil, García Lupo en Ecuador y Chile, Onetti en Uruguay, Tríveri en Estados Unidos, Angel Boan en cualquier parte, demostraron que una agencia no era algo tan misterioso como pretendían los viejos amos del periodismo. Dondequiera hubo que pelear por la noticia en igualdad de condiciones, llegaron antes y la escribieron mejor. Como testigo de esa competencia pude comprobar que el periodista norteamericano es profesionalmente mediocre, apegado a la rutina, desprovisto de curiosidad y de amor por lo que hace. Al tener que competir con nosotros, con un conocimiento del medio local que no excedía los despachos ministeriales o el lobby de los grandes hoteles, se encontraban en una impresionante desventaja. Esa prueba no les gustaba para nada, y aunque mejoraron momentáneamente su servicio, acentuaron la campaña de desprestigio y la presión sobre los dóciles gobiernos.
Tuve una idea de lo que esa presión significaba en mayo de 1959, cuando en ruta a La Habana debí hacer escala en Río de Janeiro por 48 horas que se convirtieron en 48 días. Se trataba de tomar una oficina, arrendar un canal de teletipo y designar un jefe de corresponsales brasileño, tres cosas sencillas para las que no existían obstáculos legales. Las dificultades que surgieron eran tan absurdas que no tenían explicación dentro del marco idílico de la libertad de prensa, la libre competencia y otras fantasías. Ese año la United Press confesaba para su filial en Río una pérdida de un millón de dólares lo que sin duda revelaba sus buenos sentimientos. Inmovilizar un expediente en el ministerio de Viaçao, era mucho más barato. La burocracia brasileña es la más imaginativa que he conocido: siempre faltaba algo, una coma, un «carimbo», hasta un análisis de orina y una muestra de sangre. La maquinaria gubernamental chorreaba corrupción y demora en proporciones kafkianas.
Téngase en cuenta que las relaciones entre Cuba y los países americanos, incluidos los Estados Unidos, eran todavía «normales». La agresión contra PL era por supuesto una partícula de la agresión global que se gestaba. Los tropiezos que menciono se reprodujeron en las veinte filiales latinoamericanas de PL. Que hayan podido superarse, bien o mal, es un tributo al genio de Masetti. Un año después de creada PL tenía además sucursales en Washington, New York, Londres, París, Ginebra, Praga. Convenios firmados con Tass, CTK, Tanjug, Hsin Hua, y agencias egipcia, indonesia y japonesa le daban un ámbito mundial. L’Express de París y el New Statesman de Londres habían cedido sus derechos latinoamericanos por ínfimas sumas; The Nation y The New Republic, de Estados Unidos, los daban gratis. Más de cien clientes en América Latina y muchos centenares en los países socialistas, un volumen noticioso comparable al de las agencias norteamericanas, colaboradores regulares de la talla de Sartre, Waldo Frank, Wright Mills: todo esto era realidad a mediados de 1960.
La cobertura de ciertos episodios latinoamericanos como los terremotos de Chile, el primer golpe militar contra Frondizi o la revolución de Castro León en Venezuela, fue excepcional. Pero también se dieron algunos buenos «palos», como decían los cubanos, en territorio enemigo: Angel Boan ( que después murió en Argelia) fue el único en conseguir un reportaje a Chessman doce horas antes de su ejecución. El mismo Boan le sonsacó una divertida entrevista a Trujillo ( no teníamos corresponsal en Santo Domingo, por supuesto) mediante el simple expediente de llamarlo por teléfono en nombre de una agencia rival, mientras un colega argentino conseguía en Madrid la primera declaración de Perón favorable a Fidel Castro. Una noche, en el aeropuerto de La Habana, hice el reportaje más corto de mi vida. Era Ernest Hemingway, que decía: «Vamos a ganar. Nosotros los cubanos vamos a ganar». Y agregaba : «I’m not a yankee, you know».
Algunas veces excedíamos los límites habituales del periodismo. Fue PL quien señaló con meses de anticipación el lugar exacto en Guatemala – la hacienda de Retalhuleu – donde la CIA preparaba la invasión a Cuba, y la isla de Swan donde los norteamericanos habían centralizado la propaganda radial por cuenta de los exiliados.
Vivíamos, puede decirse, al pie de la teletipo, pero no recuerdo un trabajo que se hiciera con tanta felicidad. Masetti era incansable, un temperamento meridional, lleno de recóndito humor. Un tabaco y una guayabera que alternaba con el traje oscuro y la corbata negra, le bastaba para sentirse «aplatanado» sin abandonar una sola inflexión de su lenguaje porteño. Era pintoresco verlo irrumpir en la redacción donde predominaban los cubanos y gritar sus órdenes tratando a todo el mundo de vos. Se casó, por segunda vez, con su secretaria cubana. De madrugada, cuando cerraban los últimos canales, había tiempo para reunirse en su oficina donde circulaba un mate y un tocadiscos pasaba un tango. Alguna vez la presencia de un centinela guajiro en la puerta cerrada indicaba la presencia del Che. La amistad que los unía llevaba el sello indisoluble de la Sierra.
La suerte de Prensa Latina estaba ligada a la revolución cubana. La SIP, regenteada entonces por el coronel Dubois, dictó el úkase definitivo prohibiendo a sus miembros usar los servicios de PL. Una noche, en una callejuela de Costa Rica, la casualidad deparó a Masetti el placer de decirle en tres palabras lo que pensaba de él. Dubois se hizo el sordo pero ya las puertas de los diarios estaban cerradas.
Es conocida la presión implacable que llevó a los gobiernos latinoamericanos a romper con Cuba. En cada caso la ruptura fue precedida por el cierre de PL. Masetti lo había previsto con mucha anticipación. Cuando llegó el momento la agencia contaba con equipos de escucha capaces de suplir en parte el vacío, y la construcción de una potente emisora llegaba a su fin. Cuba no podía quedar aislada. PL sigue hasta hoy dando al pueblo cubano las noticias del mundo, e informando a los que quieran o puedan escucharla, lo que pasa en Cuba. Esa es la obra de Masetti.
En marzo de 1961, Masetti renunció a Prensa Latina. Su alejamiento tiene que ver con el auge momentáneo del sectarismo, pero por sobre todo con su deseo de ocupar un puesto de más riesgo en la tarea revolucionaria a la que ya estaba entregado por completo. Esa oportunidad se dio en seguida, en Playa Girón. Masetti retomó el comando de la agencia y vio sucumbir bajo el fuego de las milicias las últimas tentativas norteamericanas por reimplantar su dominio en la isla.
Después marchó a Argelia, donde se combatía aún. Era el intermedio necesario antes de acometer su última empresa, la guerrilla de Salta.
La idea de traer la lucha armada a la Argentina no era nueva en Masetti. Nació en la misma Sierra, la meditó largamente en La Habana. Puede discutirse, se discute, si el momento elegido era el apropiado, si la teoría del foco es o no correcta, si la lucha armada puede entablarse sin el respaldo de una sólida organización política. La honestidad de Masetti, la coherencia consigo mismo, la fidelidad al precedente cubano, están fuera de la discusión. Pertenece a esa lista ya larga de hombres que en América Latina vivieron sus ideas hasta el sacrificio:De la Puente Ojeda, Lobatón, Camilo Torres, Ernesto Guevara. Sabía que la victoria final de la revolución está amasada con los fracasos anteriores. El triunfo fulminante de los cubanos en enero de 1959 no basta para borrar las derrotas que lo precedieron, ni aún la más memorable de esas derrotas: el asalto al Moncada. Dentro de esa perspectiva no hay quizá victorias ni fracasos individuales, aunque haya experiencias que recoger y asimilar.
En los campos de Argelia, Masetti volvió a tomar contacto con la guerrilla. A fines de 1962 estaba de regreso en Cuba, alcanzó a conocer a su hija recién nacida, después se alejó para siempre. Cuando reaparece en la provincia de Salta, el pequeño grupo de rebeldes que lo acompaña lo conoce solamente por su nombre de guerra: Segundo. La elección está explicada en una carta a Federico Méndez y Juan Jouvé, sobrevivientes de la guerrilla encarcelados hasta hoy:
«Al ingresar en el EGP (Ejército Guerrillero del Pueblo) cada miembro adoptaba un nombre de guerra, y Masetti eligió el de Segundo por el siguiente motivo: el Che, que en ese momento realizaba tareas imprescindibles para la Revolución Cubana, pertenecía en forma honoraria al EGP, conociéndosele a ese fin por el nombre clave de Martín fierro… Masetti eligió el de otro gaucho famoso, Segundo Sombra… Luego Masetti fue conocido simplemente por Segundo, aunque fue realmente nuestro primer y único comandante.»
Otro sobreviviente recuerda:
«Nunca hablaba de su vida personal. Sabíamos que tenía mujer e hijos porque una vez los mencionó. En cierta oportunidad, él mismo habló de Masetti en tercera persona. Pero yo ignoraba que fuese él, y las fotos que después me mostraron tenían poco que ver. Cuando lo conocí tenía una gran barba negra, casi azul. Costaba tutearlo: era imponente.»
A comienzos de 1962 Masetti escribía a su mujer: » Ya van cuatro meses y medio que aguardamos, con ansias controladas pero que nos devoran, el momento de rendir «nuestra materia». Siempre presentes, las primeras palabras de la carta de Martí a Mercado que constituyen también las iniciales de la Segunda Declaración de La Habana: «Ya puedo escribir… Ya estoy todos los días en disposición de dar la vida por la patria»», y agregaba: «La Revolución ya no es un hecho a observar, un hecho histórico a criticar, sino que la Revolución somos nosotros mismos… es nuestra conciencia, la que nos juzga y nos critica y nos exige.»
Se sentía fuerte y optimista, a pesar de las dificultades de la vida en el monte. Adiestraba a su gente, se movía sin cesar eludiendo cualquier choque. No había perdido su buen humor, su ácido espíritu de broma. Cargaba la mochila más pesada, a pesar de una dolorosa desviación de columna vertebral que lo hacía sufrir bastante. A fines de 1963 dice en una nueva carta a su mujer: «Ahora llevamos recorridos más de un centenar de kilómetros en el mapa, aunque en realidad son muchísimos más. Nuestro contacto con el pueblo es desde todo punto de vista positivo. De los coyas aprendimos muchas cosas, y los ayudamos en todo lo posible. Pero lo más importante es que quieren pelear… Es ésta una región en que la miseria y las enfermedades alcanzan el máximo posible, lo superan. Impera una economía feudal… Quién venga aquí y no se indigne, quien venga aquí y no se alce, quien pueda ayudar de cualquier manera y no lo haga, es un canalla…»
A comienzos de 1964 los diarios publican las primeras noticias de la guerrilla, cuyos días estaban contados. En marzo los servicios de informaciones consiguen infiltrar dos hombres que promueven un incidente donde resulta herido el guerrillero Diego. La gendarmería captura un campamento con cuatro hombres, donde estaban todas las provisiones. El hambre acosa ahora a la guerrilla: la zona está desprovista de caza, incluso de pájaros. El guerrillero Antonio muere despeñado. El 18 de abril es sorprendido un nuevo grupo. Días después en un confuso choque con la gendarmería resultan muertos Hermes (Hermes Peña, cubano) y Jorge. Diego, César y Marcos mueren de hambre. Los dispersos van cayendo en grupos de dos o tres.
Masetti no aparece nunca. Se ha disuelto en la selva, en la lluvia, en el tiempo. En algún lugar desconocido el cadáver del comandante Segundo empuña un fusil herrumbrado. Tenía al morir 35 años, había nacido en Avellaneda.
Rodolfo Walsh, marzo de 1969
[Aclaración: Masetti murió a los 34 años, no a los 35; tampoco se casó por segunda vez como señala en el texto Walsh sino que tuvo una segunda mujer (su secretaria cubana). Masetti nunca se divorció de su esposa argentina ni hizo una separación legal, lo que en aquel momento, hubiese sido posible. (Aclaración de la familia de Masetti).-
FUENTE: AGENCIA DE COMUNICACION RODOLFO WALSH]
Envio:RL





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