3 de julio de 2020

OPINION.

La moderación también lleva al hambre
Por Aram Aharonian | Resumen Latinoamericano, 2 julio 2020
Pese a lo que se dice y escribe, la situación económica de la Argentina es grave, y para peor en plena pandemia del covid-19. La crisis que se avecina será peor que la de 2001, que terminó con el estallido del “que se vayan todos” logrando, al menos, que el presidente Fernando de la Rúa huyera en un helicóptero.
Pero hay que ser claros: el estallido social –contra el gobierno neoliberal de Mauricio Macri- en la Argentina fue interrumpido por el triunfo del Frente de Todos en las elecciones primarias del 11 de agosto. Está suspendido, porque sus causas siguen vigentes.
Con un presidente, como Alberto Fernández, que se autocalifica de “moderado”, este gobierno insiste en un Frente Nacional que implica una parte mayoritaria de la clase trabajadora y los sectores populares, pero también a los grupos económicos.
Éste es un gobierno en disputa, que muchos esperaban fuera de transición. Y hay que destacar que en medio de la pandemia pudo colocar en la agenda política temas como el impuesto a la riqueza, la expropiación de la quebrada agroexportadora Vicentin y la realidad de un poder judicial complaciente con los poderosos.
El presidente, apurado a atender prioritaria –y casi exclusivamente- la pandemia y la cuarentena, formuló una frase o expresión deseos, que, quizá, lamente después: “Queremos un capitalismo en el que ganen todxs”. Difícil de asimilar.
Fernández aseguró que sus contactos con empresarios y sindicalistas apuntan a construir «un nuevo contrato social» para crear en la Argentina «un equilibrio social más justo». Dijo que con los directivos de grandes empresas «estuvimos de acuerdo en que un capitalismo que no sea más justo no es un buen capitalismo».
Pero no sorprende: es repetición del “capitalismo progresivo” de Joseph Stiglitz, línea que sigue su ministro de Economía, Martín Maximiliano Guzmán, quien encabeza las negociaciones de la deuda externa con los fondos de inversión y organismos multilaterales, y que la derecha, que prefiere a un empresario en esa cartera, lo desprecia.
La falta de autocrítica que le reprocharon tantas veces al kirchnerismo parece haber encontrado su reverso en el gabinete de Alberto Fernández.
Como un mantra flagelante, sus colaboradores más cercanos reconocen en privado que faltó énfasis en reivindicar la cuarentena a medida que se acerca el pico de infecciones con Covid-19, que debieron haber explicado mejor a la sociedad la crisis de la agroexportadora Vicentin para justificar su intervención y que tampoco estuvieron a la altura del desafío que plantea el anuncio de Latam de levantar sus operaciones y echar a casi dos mil empleados, señala Alejandro Bercovich.
Si uno de los arietes con que asfixian a los pueblos son las deudas, la negociación del gobierno no incluye quita alguna de capital: ya entregó 10.000 millones de dólares de ventaja a los acreedores, que aspiran a cobrar sus bonos a 55 y, apostando por un crecimiento de la economía nacional, vender luego a 70. Los bonistas siguen presionando, el trato no está cerrado, y aún el país puede salir más perdidoso.

Guzmán, de apenas 37 años, vivió una década en Estados Unidos Un año antes de finalizar la tesis en Brown University, fue invitado por la Sociedad Internacional de Economía para comentar públicamente una investigación del Premio Nobel  Joseph Stiglitz.
Lo que la pandemia deja al descubierto
Este año, la aparición del Covid-19 dejó a la intemperie varias realidades. Será inevitable replantearse varios temas. Las esperanzas de producción de riquezas del gobierno estaban depositadas en la explotación de los yacimientos de hidrocarburos de Vaca Muerta y en poner nuevamente en funcionamiento las fábricas y ensambladoras automovilísticas, dos proyectos que la realidad del mundo hizo naufragar.
El gobierno de Alberto Fernández comenzó con una publicitada guerra contra el hambre, pero las cifras del primer semestre del año muestran un fracaso. Y todo indica que los guarismos serán aún peores en el segundo semestre. Pero, se sigue viviendo una estabilidad política, que nadie sabe cuánto durará.
Oportunamente, ese establishmentdefraudado por el gobierno neoliberal de Mauricio Macri, apostó por las diferencias que Fernández expuso durante nueve años respecto a las políticas económicas del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Pero no consigue digerir la palabra “estatización”.
El gobierno jugó sus cartas a una reestructuración de la deuda externa, tema “incomible” para la población, y en pleno default sigue en el tira y afloje con bonistas, fondos buitres y el Fondo Monetario Internacional, en lugar de hacerse cargo de la consigna “primero está el pueblo” y no pagar la deuda odiosa. Ni siquiera adelantó la exigida auditoría de la misma.
Difícil quedar bien con todos. La producción de riquezas del país debiera estar íntimamente vinculado a la sobrevivencia de las personas y en mejorar la situación de millones de trabajadores, luego de los cuatro años del gobierno neoliberal de Mauricio Macri. Y ante todo, es imprescindible darle prioridad a los sistemas de salud pública.
La oposición política y los grandes empresarios no entienden de eso, y exigen –en medio de la pandemia que se agiganta- flexibilizar las medidas de distanciamiento y cuidado para satisfacer las exigencias de la economía o, mejor dicho, de sus ganancias. Negociar con ellos es mantener el statu quo neoliberal.
La cuarentena dejó a la intemperie la enorme desigualdad que vive el pueblo argentino, sobre todo en el impacto mortal de la pandemia en los barrios pobres, en las villas miseria, donde el hacinamiento y la precariedad hacen difícil o imposible imponer medidas de aislamiento o distanciamiento. En un cuartucho viven, duermen, comen familias numerosas.
Y quedó en evidencia, asimismo, la incapacidad de un Estado –desarmado durante el macrismo- de proveer de alimentos a quienes no tienen qué comer, mientras los movimientos sociales hacen lo imposible para llenar esos huecos que el Estado no sabe cómo tapar.
El gobierno puso en marcha un ingreso familiar de emergencia para nueve millones de personas, mientras sigue en la nebulosa el cobro de un impuesto extraordinario a las grandes fortunas de un país, donde once mil personas tienen patrimonios superiores a los tres millones de dólares. Son medidas transitorias, de emergencia y por ahora no asoma una reforma al inmoral reparto de riqueza que subsiste en el país.
El difícil camino
Políticamente, Alberto Fernández logró lo que le encomendó su mentora y ahora vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Unió al disperso peronismo para lograr desalojar al gobierno neoliberal y luego, desde la Casa Rosada, juntó a las diversas variantes políticas en la lucha común contra la pandemia, logrando altos índices de aprobación.
Hoy sólo parte de su equipo de gobierno cree en la recuperación económica. Y todos sabemos quién paga los platos rotos de los desatinos. Difícil recuperar un horizonte como sociedad sin operar cambios estructurales, sobre todo cuando se insiste en el camino del centro.
Si algún anuncio oficial obtuvo repercusión favorable en los sectores populares, ese fue el correspondiente a la intervención/expropiación de la firma Vicentin SAIC, que resume la historia del gran capital saqueador de la riqueza nacional, decisión tomada a las apuradas, sin estudiar en detalle el tema ni construir consensos previos.
Carente de programa conocido de largo plazo, procuró hacer de Vicentin una causa digna, enarbolando livianamente la bandera de la soberanía alimentaria, cuando tomar el tema en serio supondría al menos revisar la matriz productiva extractivista establecida desde 1996.
Un capitalismo en el que ganen todxs
La moderación, el arte de dialogar con todos y tratar de complacerlos (no para convencerlos de sus planes), sin avanzar en cambios estructurales de la sociedad, puede convertirse en escollo. Más allá de la remanida frase de que los más necesitados tendrán prioridad, la realidad muestra el crecimiento de pauperización de la sociedad y la insatisfacción de sus demandas en pro de una vida digna que, en definitiva, fueron las que lo llevaron al gobierno.
La añeja polarización persiste, se revitaliza y por momentos recupera el centro de la escena, pese a la voluntad de diálogo de las principales figuras dedicadas a gestionar. El impedimento para que se estabilicen ciertos consensos duraderos no es la ideología, sino una crisis social que atenta contracualquier pacto por razonable que parezca.
Si bien aún loa niveles de aceptación de Fernández son altos, el día que ésta disminuya del 50%, los factores de poder económico y político –la derecha- comenzarán a jugar la carta de la desestabilización. Ya trabajan arduamente, aupados por una prensa hegemónica complaciente con el poder real.
A siete meses de gestión, puede considerarse que el Caso Vicentin constituye la primera iniciativa de gobierno de un presidente que hasta la fecha ha sido un mero administrador de la cuarentena. Para bien o para mal, indudablemente la crisis abre oportunidades. Pero, ¿cómo se para el gobierno argentino ante el 1% de los más super ricos del mundo que pujan por asegurarse que el “nuevo orden” sea una versión mejorada de este horroroso mundo previo al coronavirus?
En distintos países de la región va tomando forma un momento de afirmación nacional, un cambio en el sentido de esa globalización, no por incidencia de alguna ideología, liderazgo o discurso, sino por las consecuencias de una pandemia que dejó a la intemperie el fracaso del modelo capitalista.
Por las redes circularon muchas expresiones laudatorias hacia el Presidente a propósito del proyecto de rescate estatal del consorcio agroexportador  Vicentin (con una deuda de 1.350 millones de dólares, incluso con el Banco de la Nación por unos 350 millones de dólares), cuando aún se desconoce si la decisión tendrá las características que desearía el equipo del ministerio de Agricultura que lo estructuró,  o supondrá otro negociado del tipo de Repsol-YPF.
El rumbo estratégico decidido frente a la situación creada por una empresa que decidió profundizar el proceso de endeudamiento y extranjerización de la economía argentina,  quedó reducido como única tribuna de discusión a las posiciones de  los medios hegemónicos gráficos, audiovisuales y a las opiniones vertidas en redes sociales de la derecha, tratando de imponer el imaginario colectivo de que se trata de “comunismo”.
Con la otra mano, el Ministerio de Relaciones Exteriores, anunció la baja de aranceles para importar insumos destinados a la fabricación de glifosato, ratificando la vigencia de la matriz productiva generada desde la expansión del «desierto verde» sojero, que inauguró Felipe Solá, hoy canciller y entonces ministro de Agricultura de Carlos Menem. 
Desde dentro del gobernante Frente de Todos -donde convergen conservadores, moderados y progresistas-, hay sectores que reclaman una política de Estado más activa, con el control del comercio exterior para garantizar la soberanía y la estatización de las empresas energéticas y otras de servicios públicos.
Mientras, sectores sociales lanzaron un Manifiesto Hacia un gran Pacto Ecosocial y Económico donde señalan que la pandemia desnudó y agudizó las desigualdades sociales y económicas haciéndolas más insoportables que nunca.
“Esto nos impulsa a mirar el estado, los mercados, la familia, la comunidad y la naturaleza desde otra perspectiva, mientras recuperamos aquellas alternativas que hace solo unos meses parecían inviables, para encontrar una salida diferente a esta crisis, a partir de una reconfiguración integral que sea social, sanitaria, económica y ecológica y que tribute a la vida y a los pueblos”, añaden.
La pandemia postergó el reparto de cargos entre los políticos que conformaron la coalición que llevó a Alberto Fernández al poder, y que suponía un cogobierno con las organizaciones sociales. El asistencialismo no llega a todos. Hay sectores que no han sido tenidos en cuenta. Y para ellos sólo queda la calle, el reclamo. En tiempos de hambruna y miseria, puede llevar al estallido social.
Lejos de las negociaciones y enjuagues, y dado que el hambre no admite dilaciones, parece crecee la desobediencia civil desafiando al confinamiento, con marchas del sindicalismo combativo y distintos movimientos sociales.
Lo cierto es que el gran empresariado ni siquiera insinuó alguna disposición de morigerar las penas del alarmante contingente de pobres, desempleados e indigentes que crece a diario, permitiendo la difusión del temor de que en la pospandemia aumentarán la miseria y el hambre. Y, también la violencia, los saqueos y la posterior represión.
¿De qué va a vivir la mayoría del pueblo argentino en la pospandemia?  Lo primero que debiera hacer el gobierno es garantizar la soberanía alimentaria, dicen desde los movimientos sociales.
Aram AharonianPeriodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la) y susrysurtv.
Fuente: Rebelión



Pandemia, incendios y el queso crema de tu desayuno
Por Natalia S., Resumen Latinoamericano, 02 de julio de 2020
En esta nota intentaremos establecer la relación entre la pandemia actual, comenzada en una ciudad de China, los desmontes e incendios en el Delta y el sistema agroalimentario argentino, incluyendo a Vicentín.
Hace casi 10 años visité algunos feedlots en la ciudad de Saladillo y lo recuerdo como si hubiera sido ayer. No sólo ver las vacas encerradas y caminando sobre su propia caca, sino escuchar los relatos de vecinos que tuvieron que mudarse por la invasión de moscas y ratas que llegaban a sus casas. El modelo extractivista me estaba mostrando una de sus caras más crueles y asquerosas
Los feedlots, es decir, el engorde animal en corrales para su alimentación más rápida, fueron promovidos y subsidiados por el Estado durante muchos años. Es un sistema en el que el ganado es encerrado desde muy pequeño y alimentado para su rápido engorde y comercialización. El 2020 comenzó como un buen año para el feedlot, según datos de la Cámara Argentina de Feedlot (1).
A su vez, Greenpeace dice que “la presión para lograr nuevas tierras para uso ganadero es una de las facetas de un modelo agropecuario que arrasa con bosques y humedales. Cabe destacar que los sectores Agricultura, Ganadería, Silvicultura y Otros Usos de la Tierra representan el 39% de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero del país” (2). ¿Cómo es posible? ¿Se encierra a los animales, pero también se les buscan más tierras para pastar?
Esta expansión del modelo ganadero viene de la mano con la expansión del modelo agroindustrial extractivista en su conjunto. También es la soja, por poner el ejemplo más trillado. Se trata de commodities exportables a precios lo suficientemente altos como para que sea rentable destruir bosques, pastizales, humedales y poblados.
Hace un par de semanas, el Delta del Paraná, incluidos los campos frente a la ciudad de Rosario, estuvieron rodeados de humo y fuego durante varios días. En la misma nota de Greenpeace indican que el Delta del Paraná alberga unas 700 especies de vegetales y 543 especies de vertebrados, mientras que su gran riqueza en aves, con 260 especies, representa el 31% de la avifauna de Argentina. Pero también la expansión descontrolada de la industria ganadera está generando un verdadero crimen sobre el Gran Chaco, el segundo ecosistema forestal de Sudamérica, después del Amazonas. Allí conviven 3.400 especies de plantas, 500 especies de aves, 150 mamíferos, 120 reptiles, 100 anfibios.
Estas zonas arden, son deforestadas, sus pobladores son desalojados a la fuerza y se convierten en terrenos ganados para la ganadería intensiva y la agricultura extensiva. Es irónico (o no) que durante la pandemia, los campesinos y pequeños productores no puedan moverse y deban estar aislados, mientras que el agronegocio es considerado esencial y puede seguir operando como si nada ocurriera. O peor. Según el informe de Greenpeace, “durante el aislamiento social preventivo y obligatorio se desmontaron 14.906 hectáreas (7.759 en Santiago del Estero, 3.073 en Formosa, 2.435 en Salta y 1.639 en Chaco)”.



Estos desmontes tienen consecuencias a corto, mediano y largo plazo. De hecho, la pandemia actual es consecuencia del mismo modelo extractivista e industrializante, que no tiene tapujos en avanzar sobre el ambiente ni sobre las personas que lo habitan. Pero no sólo el desarrollo de este virus, sino también otras enfermedades derivadas de esta modificación de los ambientes azotan a las poblaciones, particularmente a las más pobres. Fidel Baschetto, veterinario cordobés y docente universitario, cuenta: “Si hacemos historia de las modificaciones ambientales en la Argentina, han ocurrido hechos que pasaron desapercibidos pero se han estructurado en un formato de normalidad. Por ejemplo, la conquista de la llanura pampeana y esta modificación y domesticación a mansalva que se hizo de ella, provocó una enfermedad que fue y es la fiebre hemorrágica argentina” (3). Otro ejemplo es el de la fiebre amarilla, que se cobró la vida de hasta un 15% de la ciudad de Buenos Aires en 1871, y tuvo de base la interacción del hombre con zonas prístinas de la selva misionera.
En ese mismo relato se inserta el rol de la empresa Vicentín en Argentina. Para Gabriela Merlinsky y Virginia Toledo López, se trata de una empresa pionera, emblema del modelo del agronegocio en Argentina que, además, desde el año 2007 es un actor económico clave del mercado de la agro energía, cuando inagururó (en asociación con la trasnacional Glencore) una planta dedicada a la exportación de biodiesel, “mercado en el que rápidamente nuestro país se posicionó como el principal exportador a nivel mundial y entre los principales productores de agrocombustibles” (4).
Además, Toledo López y Merlinsky cuentan que a través de empresas propias y en participación en diferentes paquetes se dedica a la molienda de soja para la elaboración de aceite (principalmente destinada a la elaboración de combustibles). También participa en otros negocios agroalimentarios como frigoríficos, lácteos, vinos, producción de algodón y posee empresas empaquetadoras, centros de logística y un puerto en San Lorenzo, provincia de Santa Fe (5). En 2015 ocupó el sexto puesto entre las empresas de mayor facturación en el país y exportó casi el 10% de los cereales, oleaginosas y subproductos de la agricultura industrial (sector que representa el 40% de todas las exportaciones nacionales).
Es decir que Vicentín forma parte de este entramado agroindustrial devastador del ambiente y las poblaciones rurales (y urbanas). A su vez, los grandes medios argentinos se dedican a promocionar la soja como la gran solución frente al hambre, promocionando lo que ya comprobamos (de la peor manera) que es dañino también como alimento. En esa línea, Soledad Barruti recuerda que “en 2002 se distribuyó tanta soja en los comedores que los efectos fueron evidentes: “Un experimento involuntario: los cuerpos de quienes adoptaron esas dieta se empezaron a deteriorar. La acidez de la bebida carcomió los dientes de miles de personas y las hormonas vegetales que tiene la soja en forma natural provocó menstruaciones precoces en niñas y crecimiento mamario en niños. El asunto fue tan escandaloso que ese mismo año el ministerio de Desarrollo Social tuvo que regular las donaciones: quedaron prohibidas para menores de dos año y restringidas a pocos momentos en menores de cinco. Una política sanitaria que se mantiene vigente pero que nadie podría asegurar se esté cumpliendo al día de hoy” (6).
Antes de Vicentín, o más bien coincidiendo su inicio con el fin de la otra, la compañía inglesa La Forestal cerró sus fábricas en los ‘60, “después de haber talado casi el 90 % de los bosques de quebracho de Santa Fe y Chaco, con un proceso de desertificación y un daño ecológico calculado en 3.000 millones de dólares. La empresa había llegado al país en el siglo XIX y se convirtió en la primera productora de tanino a nivel mundial. Fundó 40 pueblos, puertos, 400 kilómetros de vías y 30 fábricas. Al retirarse del país cerró las ciudades que había fundado. Miles de trabajadores se quedaron sin empleo”, según relatan Arlen Buchara y Ricardo Robins (7).
¡Ah! ¿qué tiene que ver todo esto con el queso crema? Todo. El queso crema, como representante de los alimentos ultraprocesados que naturalizamos en nuestra vida cotidiana, es parte de este proceso de industrialización de la agricultura y despojo de los pueblos y los productores rurales, es parte de la propuesta de “agricultura sin agricultores”, en la que nos ponen en nuestras mesas comida que no es alimento.
Fuente: RedEco


Aprender a germinar
Por Natalia Tangona, Resumen Latinoamericano, 02 de julio de 2020
Sin distribución justa de la tierra y sin preservación de las semillas nativas, no hay soberanía alimentaria ni igualdad económica y social realizables. Esto es un principio básico e indiscutible. La organización territorial impuesta por las transnacionales -en beneficio del modelo extractivista- ha convertido a América Latina en la región más inequitativa en relación a la tenencia de la tierra. En Argentina, sólo el 1% de la población posee aproximadamente el 36% de la propiedad del suelo. 
“En el caso del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), el acceso masivo de los sectores populares a la ciudad se produjo, entre 1940 y 1960, a partir del modelo de acumulación sustitutivo de importaciones y el fenómeno de migración interna, del campo a la ciudad. Por entonces se produce la densificación del área central y una fuerte expansión periférica sobre la primera y segunda corona del Gran Buenos Aires”. La política de erradicación de las villas llevada adelante por la última dictadura militar (1976-1983) desencadenó las históricas “tomas de tierra” en la década del ‘80 en la periferia metropolitana. “A partir de las formas organizativas que se daban en los asentamientos puede hablarse de cierto ‘modelo organizativo’. Este modelo fue replicándose en muchas experiencias, que retoman los antecedentes de los asentamientos surgidos en San Francisco Solano (Quilmes) en el año 1981”.
Allí en San Francisco Solano, en 1981, nació el Centro Ecuménico de Educación Popular (CEDEPO). Allí, la lucha por la tierra urbana se asentó en la apropiación del derecho a la vivienda digna, del derecho a la salud y a la educación, y en la construcción de la soberanía alimentaria a través de la agroecología. Allí nace la historia de La Parcela del CEDEPO y la Casa de las Semillas. Allí luchó Alicia González desde el comienzo, quien hoy relata cómo surgió y cómo persiste este proceso de autodeterminación popular en el sur del conurbano bonarense.
La historia de La Parcela tiene que ver con la historia de CEDEPO. Nos ubicamos allá en el año 1981, 1982, cuando un grupo de militantes y educadores populares que trabajábamos en alfabetización participamos en una lucha histórica de nuestro pueblo, que fue la lucha por la tierra urbana en San Francisco Solano. Ahí se construyó no una villa, sino un asentamiento con sus calles delimitadas, con sus lugares destinados a plazas, escuelas, a centros sanitarios. Estaban todavía los militares, así que fue muy fuerte la represión, cercaron el asentamiento. Era una ocupación muy grande, 40 hectáreas con miles y miles de familias. Nosotros estábamos ahí, en esa zona, trabajando en alfabetización de adultos con toda la perspectiva de Paulo Freire, y en relación a lo que consideramos que era una necesidad muy sentida, que era el tema de la alimentación. Esa lucha potenció todo nuestro trabajo. Ese asentimiento estaba bloqueado por el ejército, buscaban ahogarlopero logramos ingresar para llevar el agua, que era lo que no querían. Se resistió y a partir de ahí salieron muchos centros de alfabetización con esta perspectiva”.
La disputa por la tierra urbana en aquellos años se constituyó, en efecto, como un movimiento social interseccional y territorial. “Una de las características más salientes desarrolladas en las ocupaciones de tierras es un extenso trabajo comunitario, expresado en innumerables instancias participativas en los barrios: las comisiones de salud, de mujeres, de jóvenes; los espacios recreativos y educativos; la resignificación de espacios públicos, entre otros. El componente comunitario viene a fortalecer un tejido social fragmentado por las políticas que encuentran un hilo conductor en la precarización de la vida”
En este sentido, Alicia relata: “La gente trazaba su lote pensando en una vivienda digna, por lo tanto tenía patio, tenía lugar donde producir en una huerta; no era la villa donde nuestro pueblo consigue un pañuelito chiquito para sobrevivir con su famila. Aquí era la búsqueda de una vivienda digna. En ese momento llegaron las elecciones y ganó Armendáriz [iv]. La organización y unidad del pueblo era tan fuerte que el primer anteproyecto de ley que envió al parlamento fue la expropiación de esas tierras, porque era tierra privada, y entonces se logró la conformación de esos barrios, con dignidad. Esas tierras eran basurales, así que, después de trabajarlas, de limpiar, sacar piedras, basura, las familias podían pensar en una huerta. Aquí es necesario mencionar quiénes son esos adultos y jóvenes analfabetos en nuestro conurbano bonaerense. Son los campesinos expulsados de la tierra, del monte, de las chacras. Entonces, de esa experiencia de alfabetización construimos módulos pedagógicos ligados a la producción de huerta, la cría de gallinas, a la alimentación y con esos materiales se alfabetizaba”.
Las luchas populares se entrelazaron en esta experiencia llevada adelante por migrantes de origen agrario, cuyos saberes fueron fundamentales para trazar los cimientos de una organización colectiva con anclaje rural y de agricultura de base campesina en el territorio urbano.
Esto creció mucho, fue reconocido por un funcionario del Ministerio de Desarrollo de la Provincia, que nos contrató para formar promotores de alfabetización con esta orientación en alimentación. Ese contrato significó un aporte que nos permitió comprar 5 hectáreas, lo que hoy es La Parcela, en Florencio Varela. En ese proceso conformamos CEDEPO, que nace como un equipo de educadores populares. De pronto nos relacionamos con articulaciones latinoamericanas como el CEAL (Consejo de Educación de Adultos de América Latina), el MAELA (Movimiento Agroecológico de América Latina y el Caribe) y así fuimos construyendo nuestra propuesta para La Parcela Agroecológica. Promovimos un Programa de Desarrollo Local Sustentable y unimos la educación popular con la agroecología”.
Hoy, las instalaciones de La Parcela cuentan con 11 hectáreas de biodiversidad donde se desarrollan mecanismos de reciclado de nutrientes mediante el uso de rotaciones de cultivos, sistemas de asociación de cultivos, ganado y forestación, en un predio que posee más de 200 variedades de arbustos y árboles forestales multipropósitos. Se construyen tecnologías apropiadas para el uso de energía y recursos, como cocinas solares, hornos de barro, boyeros solares, secaderos de hortalizas, biodigestores, salamandras y construcciones en barro. Se aplica un manejo natural en la cría de animales, y se producen localmente cultivos adaptados mediante la producción de semillas criollas, logrando variedades vegetales más resistentes a las enfermedades y a la acción de depredadores, a través de la Casa de las Semillas.
Esas 5 hectáreas que compramos eran suelo decapitado, como todos los de la zona, que es una zona de productores de subsistencia, de trabajadores rurales, eran suelos muy malos. El INTA lo llama el ‘sector marginal del cordón hortícola’. Entonces el manejo del suelo fue una de las tareas principales a las que tuvimos que abocarnos. Primero había que aprender cómo se recuperaban esos suelos. Tuvimos que estudiar, que recuperar saberes ancestrales con los antiguos agricultores de la zona, esos agricultores tradicionales que tenían una cosmovisión más integral, que tendía a la articulación entre los distintos componentes de la naturaleza. Fue mucho trabajo de muchos, porque La Parcela se construyó con el aporte voluntario de muchos compañeros. Entendimos pronto que la producción tenía que ser diversificada. Eso nos permitía hacer un reciclado de la materia orgánica, la cama de pollo, de gallina, por ejemplo. Fue un muy rico proceso de aprendizaje de lo que es el manejo del suelo. Hoy podemos decir que la agroecología, a nivel agronómicotiene dos grandes patas: una de ellas es un suelo vivo, la otra es la biodiversidad; y estos dos componentes están profundamente interrelacionados. Hoy tenemos una producción hortícola de mucha calidad en esos suelos recuperados. Lo que logramos es un suelo realmente vivo y por eso podemos tener esa calidad en la producción”, sostiene Alicia.
El Programa de Desarrollo Local Sustentable ya lleva 25 años en pie y el CEDEPO 34 años de vida. En La Parcela funciona un centro comunitario de salud donde asisten más de 400 familias a las actividades y a la atención del centro comunitario. Alicia comparte que “cuando los médicos consideran que hay problemas alimentarios en una familia, recetan huerta. Así que las mandan atrás donde estamos nosotros y acompañamos a la familia para que produzca su huerta, para mejorar su alimentación”.
En palabras de la organización, la agricultura industrial expulsa a los agricultores del campo e impone el monocultivo como práctica dominante de manejo. Uniendo el conocimiento tradicional de los agricultores con los aportes de la ciencia moderna, se crea un diálogo de saberes que establece principios agroecológicos y agronómicos que guían la actividad. En los predios agroecológicos no puede haber relaciones de explotación entre quienes trabajan. El principal objetivo de la Casa de las Semillas es producir, intercambiar y comercializar semillas criollas que puedan ser cultivadas, multiplicadas, conservadas y mejoradas por los agricultores que las adquieran.
Cuando empezamos esto, comenzamos a producir las semillas de manera informal, asistemática. No nacimos con la Casa de las Semillas, fue una construcción posterior. Nuestras semillas muchas veces no germinaban, no tenían poder germinativo, y si lo hacían germinaban poco, las plantas no tenían vigor, nos costaba mucho conservarlas, se las comían siempre los ratones, los bichos. Fueron muchos años de trabajo y aprendizaje hasta que fuimos gestando en articulación con otras organizaciones de agricultores, como la Mesa provincial de organizaciones de la provincia de Buenos Aires, y ahí fuimos construyendo esta idea de la Casa de las Semillas. Al principio era una participación de los productores locales más informales que se acercaban con sus semillas y llevaban las de otros. Promovimos las que fueron las ferias de semillas provinciales y nacionales. Eso nutrió mucho de semillas a nivel local porque hubo un intercambio riquísimo. Esas ferias se hacían en el Parque Pereyra Iraola, eran multitudinarias, con la presencia de organizaciones de todo el país. Conocimos toda la experiencia de producción de semilla de Jujuy, de Misiones, Santiago del Estero, fue una etapa de mucho enriquecimiento y aprendizaje”.
Las semillas criollas, gracias a un proceso continuo de mejora, están adaptadas a condiciones locales de clima y suelo, y presentan resistencia frente a enfermedades y cambio climático. Además permiten la gestión de la producción por parte del agricultor, que gana independencia y autonomía al poder seleccionar sus propias semillas e ir adaptándolas a sus necesidades y no tener que comprarlas anualmente.
Alicia detalla: “El rescate y preservación de las semillas requiere mucha perseverancia, mucha observación. Conocer el ciclo de las plantas, pero también la relación de las plantas con otros factores de la naturaleza, como la luna y las estaciones, y con la tradición familiar y milenaria de estas semillas. No por casualidad cuando uno estudia esos procesos en la humanidad, esta tarea estuvo principalmente en las manos de las mujeres. No por casualidad. Tiene que ver con esa manera de relacionarnos con la semilla y con todo lo que ella trae atrás. Creemos que cuando cultivamos semillas criollas se da una relación de complementariedad que pasa desde la preparación de la tierra para sembrar esa semilla que va a ser la madre de las semillas, como por el cuidado de la abundancia de la cosecha, de la sanidad y la diversidad de esos alimentos que aseguran salud y autonomía. En relación con los productores de la zona nos preguntábamos por qué un sector importante de los agricultores no usaban ni producían sus semillas criollas, y descubrimos que había una pérdida de confianza. Nos decían que las semillas no servían, que tenían mala germinación, que era una pérdida de tiempo y eso nos llevó a asumir la producción de semilla como un reto. Las semillas criollas tenían que tener mucha calidad, sino podía ser una tarea interesante pero no cumplirían con los objetivos sociopolíticos que nosotros creíamos que tenían que cumplir”.
En el año 2015, la Casa de las Semillas dio un salto cualitativo, al conformar un equipo de trabajo integrado por la Cooperativa APF Varela, el Movimiento Nacional Campesino Indígena, la Comunidad Warisata del Movimiento de Mujeres Indígenas del Abya Yala, la Cooperativa de Producción Agroecológica, la Cooperativa Raíces de Vida y el Pro Huerta, para satisfacer la propia demanda y necesidad de las producciones, y para el intercambio y la comercialización. Establecieron un proceso sistemático teórico-práctico que incluye los aspectos técnicos de cada variedad, y fueron construyendo herramientas de registro que dan cuenta de la trazabilidad de cada lote de semillas con un seguimiento en la producción de la semilla madre, en la cosecha, en la limpieza y en el almacenamiento. Esa articulación entre organizaciones, que hoy funciona en la Casa de las Semillas, se llama Minka Semillera.
Nosotros creemos que las semillas son una creación colectiva que tiene que ver con la historia de los pueblos, especialmente de las mujeres. Las semillas que tenemos hoy son herencias, son un legado que nos han dejado las comunidades indígenas, campesinas, agricultoras, producto de un largo proceso de domesticación. Millones de guardianas de semillas a lo largo de miles de años crearon la diversidad de alimentos que consumimos. Esto parece tan obvio, pero en general en la sociedad las semillas están bastante ocultas. Es una de las dimensiones ocultas de este capitalismo que hoy se construye y que tanto daño hace a la naturaleza y a los pueblos. Nosotros, los que vivenciamos esa relación que establecimos con la semilla, con la tierra, con el viento, con la lluvia, sabemos que esa semilla tiene incorporados todos esos elementos de la naturaleza junto con conocimientos, afectos, visiones, formas de vida que se ligan con el ámbito de lo sagrado. Las semillas han circulado libremente entre las poblaciones garantizando su soberanía y autonomía alimentaria, caminando miles de años por el mundo. Creemos que esa crianza mutua entre los pueblos y las semillas promovió formas específicas de cultivar y de ver el mundo, que tienen que ver con las relaciones que establecemos entre nosotros, entre los seres humanos, y con la naturaleza, la alimentación, la sanación y con las prácticas ligadas a las normas comunitarias, las responsabilidades, las obligaciones y los derechos. Tienen que ver con todo eso”.
Este vínculo entre la reproducción de semillas, la agroecología y la soberanía alimentaria denota toda una concepción sociocultural y política de organización del mundo. Al cuestionar lo que comemos, cuestionamos el origen y las formas de explotación y saqueo que atraviesan al sistema de producción de alimentos industrializado. Cuestionamos el acaparamiento de la tierra y de los recursos, el monopolio comercial, la manipulación y el patentamiento de las semillas, y la criminalización de las campesinas y los campesinos, de las trabajadoras y los trabajadores rurales, de las defensoras y los defensores de la soberanía de nuestros territorios e identidades.
Creemos que los derechos para cultivar, guardar reproducir y usar semillas son un campo de batalla clave para determinar quién controla la alimentación y la agricultura. Las semillas son el primer eslabón de la cadena alimentaria y lo que pase con ellas repercute directamente sobre los alimentos. El consumismo repercute sobre su calidad, su precio, pero también sobre la soberanía de esos alimentos, sobre quién decide qué y cómo se produce, y qué se consume en el territorio y en el país. Sabemos que los sistemas de semillas campesinas se enfrentan a graves amenazas, porque el saqueo corporativo de la naturaleza y la destrucción acelerada de la biodiversidad agrícola por parte de esas corporaciones está avanzando todos los días. Las transnacionales de las semillas, de los agrotóxicos, buscan privatizar, monopolizar y controlar las semillas atentando, mercantilizando la fuente misma de la vida. En nuestro país hay un intento permanente de modificar nuestra Ley de Semillas, justamente para cuidar los intereses de estas corporaciones nacionales e internacionales, y en perjuicio de toda la sociedad”.
La agroecología de base campesina es una acción social y colectiva que, con distintas denominaciones de acuerdo a la impronta cultural y territorial, se presenta como una herramienta tanto de base como de transformación global, y como la alianza común entre el campo y la ciudad. Cuando nos preguntamos Qué agroecología necesitamos, la respuesta no es única. Cada territorio construye su agroecología de acuerdo a su historia, su identidad, su realidad y sus luchas. La condición imprescindible, sea sobre el suelo que sea, es la pertenencia a los pueblos y nunca al mercado. Alicia lo resume perfectamente.
Creemos firmemente que el desarrollo de huertos familiares y de campesinos y campesinas con tierras en producción agroecológica es la fortaleza última para la lucha por la soberanía alimentaria, contra el hambre, la malnutrición y la erosión de la biodiversidad. Creemos en el poder transformador de las semillas. Ellas pueden pasar tiempo, mucho tiempo ocultas, escondidas, guardadas u olvidadas. Pero cuando encuentran una tierra fértil y húmeda son capaces de hacer la revolución: germinar, crecer, florecer, fructificar y multiplicar. Aprendamos de la semilla, que de esto se trata, ¿verdad?”.
Fuente: RedEco
Envio:RL

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