17 de noviembre de 2020

OPINION.

Opinion

Ni patología ni pobreza, cumplimiento de mandato

LA VIOLENCIA AMARILLA

17/11/2020

A fuerza de repetición se instala la creencia de que la violencia contra las mujeres es perpetrada por enfermos mentales sin remedio o por villeros salvajes que crecieron a los palos.
VICTORIA SANTESTEBAN*
Un bombardeo mediático sobre el intento de femicidio en Belgrano invadió las pantallas argentinas. Sebastián Villarreal (30) acuchilló a la profesora de danzas, Julieta Antón (26) y a la dueña del gimnasio, Sofía Bobino (36), quien intervino para proteger a Julieta pues, nos cuidamos entre todas. El disparo de un policía que -por suerte- hizo caso omiso de la doctrina Chocobar, logró reducir al femicida y evitar lo que pudo haber sido otra muerte por machismo, y otra por gatillo fácil.
La cobertura mediática del intento de femicidio en Belgrano revictimizó a la profesora atacada contando una historia que habilitó la farandulización porque Julieta había formado parte del staff de Tinelli, a la vez que trató de enfermo al atacante. La noticia vendió por tener el circo siempre cotizable de chusmerío y sangre. Tal banalización y patologización de la agresión es más violencia machista, en su faceta simbólica-mediática.

Violencia simbólica.
Una amiga de la víctima contó que Julieta no sabía cómo pararle el carro a Villarreal, y esto despertó el hambre legranezco de preguntar livianamente qué hizo o qué no hizo Julieta para que Sebastián la acuchillara. ¿Lo denunció? Como si denunciar fuera un trámite fácil y rápido, como si garantizara protección, como si no generara más violencia cuando el Estado no está a la altura de la 26.485 ni de Belém do Pará. Como si denunciar no etiquetara luego a Julieta como la loca, resentida y exagerada. La sospecha sobre la denunciante constituye también violencia simbólica, y violencia institucional si el Estado se une a los coros.
El abordaje periodístico de lo acontecido en el pituco Belgrano fue violento en los términos de la ley 26.485 en tanto implicó la repetición de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos que transmiten y reproducen dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de la mujer en la sociedad.

Normalidad machista.
La violencia simbólica permite la validación de todas las demás, en tanto cimenta el andamiaje patriarcal que normaliza la supremacía del varón, la cosificación de la mujer y los estereotipos de género perpetuadores de desigualdades. Este universo simbólico se legitima a partir del discurso que naturaliza y reproduce el maltrato. La sutileza de la violencia simbólica opera como herramienta de autenticación del machismo y lo instala como «normalidad». A fuerza de repetición generacional, esta violencia acostumbra las mentes y los cuerpos al corsé sofocante, y dificulta su identificación porque no tiene la brutalidad del golpe: pasa inadvertida, lastima sin moretones. La violencia imperceptible del discurso se camufla jactándose de «natural» o pretendiéndose norma, para los más positivistas. Los chistes se burlan de cuerpos y sexualidades, las órdenes mandan a la mujer a lavar los platos y al varón a traer el pan, las habladurías demonizan a la mujer que ejerce su libertad sexual mientras festejan la promiscuidad del varón, las sentencias husmean la ropa y vida de las mujeres para salvar al violento, los titulares dicen que el femicida de Belgrano es un loco al que la cuarentena le agudizó el desequilibrio.

Patologización.
Del femicida de Belgrano se dijo que estaba obsesionado con su víctima y que los efectos de la cuarentena lo habían exacerbado. Además de servir a la estrategia de declararlo inimputable, la patologización reproduce esto de que el violento es un enfermo fuera de sus cabales, como si la violencia machista respondiera a la biología. El gen del delincuente que teorizaba Lombroso sirve al discurso que desvincula el femicidio del sistema patriarcal para atribuírselo a la constitución genética. El violento no está enfermo y el ataque no es un hecho aislado adjudicado a su estado mental. Ese varón es, en realidad, hijo sano del patriarcado.
La ausencia de lecturas con perspectiva de género, ya sea por ignorancia o malicia, refuerza el ideario colectivo que reproduce que los femicidas son psicópatas o pobres, son el «otro» a neutralizar. A fuerza de repetición se instala la creencia de que la violencia contra las mujeres es perpetrada por enfermos mentales sin remedio o por villeros salvajes que crecieron a los palos. No es patología ni pobreza, sino cumplimiento de mandatos. Sin una crítica contra el sistema opresor, el hilo se corta por lo más fino: por las víctima o por los victimarios, como las manzanas podridas que el sistema penal tendrá que atacar. Lo podrido es el sistema, y nos pudre su olor nauseabundo.

Chocobar.
El policía no disparó a matar contra Villarreal, lo cual se celebra, a la vez que arroja ciertos interrogantes: ¿incidió en la decisión del policía que el hecho tuviera lugar en Belgrano y no en el medio de una villa; que el agresor fuera rubio y no coincidiera con el identikit de pibe chorro; que el delito no fuera contra la propiedad privada sino contra mujeres? O bien, se trató de un policía que cumplió bien su deber y disparó para reducir al atacante, no para matarlo. Ensayar respuestas pone en jaque al concepto de «seguridad» y a un sistema penal que criminaliza al pobre, adjudicándole todos los males -violencia de género incluida-, jerarquiza la propiedad privada por sobre la vida, y continúa considerando fuera de su jurisdicción a la violencia contra las mujeres, en especial si es intrafamiliar.
A Sebastián Villarreal se lo declaró imputable y la carátula de la causa en su contra pasó de lesiones graves agravadas por mediar violencia de género a intento de femicidio. También es alentador el haber encontrado medios que cubrieran las noticias sin reproducir violencia, dando cuenta que así como la violencia se aprende, se desaprende, y que por eso mismo la ley prevé el trabajo terapéutico con agresores, para la construcción de nuevas masculinidades, de varones, por fin, deconstruidos. Porque macho se hace, no se nace.

Abogada. Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles

Fuente:laArena

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