El pájaro que canta hasta morir
21/03/2021
El mundo no es justo, no señor. Véase si no el caso de los Países Bajos, a los que tanto debe la humanidad. La Escuela Flamenca de pintura, Van Gogh, el sistema financiero, la Heineken, incontables avances tecnológicos… y cuando le preguntan por Holanda, el vulgo sólo atina a recordar que allá la gente anda en bicicleta y que la marihuana es legal. En el estrecho imaginario popular, Amsterdan tendría la más alta concentración de ciclistas drogados del mundo (con la sola excepción del Tour de France).
Cassette.
Estas reflexiones nos asaltan al hacerse pública la triste noticia del fallecimiento, a los 94 años, del bueno de Lou Ottens, el holandés inventor del cassette. Por supuesto, a los millenials -que creen que internet existió siempre y que la PC es un artefacto prehistórico- hay que explicarles todo. Entre otras cosas, qué es un cassette, uno de los inventos más revolucionarios de la historia del audio.
Fue una noche aciaga, en 1963, mientras Ottens procuraba escucharse unos temitas con su fiel grabador de cinta abierta, cuando no va que, en un descuido, la cinta se escapa del carretel y el living de Lou se transformó en un plato de spaguettis plásticos. A la mañana siguiente, ofuscado, reunió a su equipo de diseño en la Phillips -gloriosa compañía holandesa- con la consigna de idear un sistema práctico y portable de escuchar cintas de audio, contenidas en una caja para que no se descuajeringuen.
«Sabíamos que iba a ser un éxito, pero no que iba a ser una revolución», comentaba, entre modesto y divertido, el genial inventor. A partir de allí el formato comenzó a imponerse, incluso superando en ventas al disco de vinilo, para comenzar a languidecer en los años ’80, con el advenimiento de otro invento revolucionario: el compact disc de música digital, a cuya invención también contribuyó sustancialmente Lou Ottens.
Revolución.
El mundo se enamoró del cassette, de su portabilidad y su cálido sonido. Los artistas comenzaron a usarlo para grabar en el acto ideas musicales. Los piratas comenzaron a registrar conciertos de incógnito para luego venderlos en el mercado negro. Los fabricantes de autos comenzaron a incluir pasacassettes en el torpedo de los autos (y los ladrones, a robarlos). Y a fines de los setenta, los japoneses inventaron el walk-man, un reproductor de cassettes tan pequeño que podía llevarse mientras uno caminaba o trotaba, escuchando su música favorita. Increíble.
Pero acaso más importante aún, el cassette cambió la cultura melómana, la forma de disfrutar y compartir la música. Ahora era posible grabar los discos ajenos que no se podía comprar, por caros o por raros, y hasta compartir con los amigos y amantes las selecciones musicales propias, en lo que representaba no sólo un acto de expresión, sino también de amor.
La industria discográfica, siempre esquizofrénica, imprimía en cada disco una leyenda donde advertía que grabar discos (¡incluso prestarlos!) constituía un delito contra la propiedad intelectual. Y se trataba de las mismas compañías (Phillips, Sony) que vendían los cassettes vírgenes y sus grabadores/reproductores, hasta incluso los centros musicales en los cuales la posibilidad de pasar discos a cassette era una función central.
Identidad.
¿Qué habrá sido de todas aquellas selecciones musicales («mix-tape» las llamaban los gringos) con las que expresaron tantos sentimientos? ¿Cuántas amistades se forjaron, y rupturas sentimentales se enmendaron, al calor de aquellas melodías? El fenómeno era tan extendido, que hasta hubo quien lo empleó como tema para una tesis doctoral. No había sentimiento que no pudiera expresarse en una canción, o mejor aún, en una secuencia única de canciones registradas en un TDK o en un BASF.
Y aunque el cassette está volviendo a ser objeto de culto -si bien en forma bastante más marginal que el disco de vinilo- buena parte de aquel universo sonoro, aquellas bandas de sonido de tantas vidas, parecen haberse perdido.
Hay una especie de pájaros en Australia, los mieleros regentes (Anthochaera phrygia) que actualmente se encuentra en peligro de extinción. Como la cantidad de individuos de esta especie ha descendido tan abruptamente, se da el caso de que algunos machos jóvenes no llegan a tener contacto con sus mayores, para aprender de ellos las canciones de cortejo. Algunos lo intentan imitando el canto de otros pájaros, pero fracasan en seducir así a las hembras -que sólo se conmueven con el repertorio tradicional-, haciendo aún más crítico el peligro de extinción.
Así como aquellos frustrados cantores australianos, para nosotros la pérdida de la identidad cultural puede tener efectos devastadores. Y esa identidad abarca no sólo la música en sí, sino también la tecnología con la que aprendimos a compartirla.
PETRONIO
Fuente:LaArena
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