El mejor de los nuestros
Las despedidas son esos dolores dulces
“Donde hay dolor, habrá canciones”, dice el Indio, y hace una canción. Donde hay dolor habrá lucha, podría haber dicho tranquilamente el Juane, y mierda que luchó. Donde hay dolor, habrá periodismo comprometido, decimos desde La Masa, y acá estamos haciendo la edición que nunca hubiéramos querido hacer de El Eslabón.
Se nos fue el tipo que nos abrió la puerta para ir a jugar, a militar, a escribir lo que tiene que ser escrito. El tipo que discutía hasta la hora del cierre el título de tapa, la línea editorial, una coma, sin jamás perder la calma pero tampoco la discusión. Se nos fue el capitán del barco, el marinero, el que sacaba el agua del bote a baldazo limpio. Se nos fue el tipo que nos convenció de que un diario se hace con el corazón.
¿Se nos fue, dije? ¡Qué mierda se nos va a ir si está acá, adentro nuestro! Adentro mío, que escribo esto, adentro de Laura que se calzó para siempre el buzo de DT y de Javi, craneando el diseño y la diagramación. Juane está adentro de Pablo, para llevarnos a viajar por el mundo, de Euge, reseñando cuanto libro ande dando vueltas, y de Manolo, que nos tatuó en la piel la camiseta de la autogestión. Adentro de Facu, para que ruede La Bola, del profe Montenegro, para seguir construyendo la Patria Grande y de Juampi para que no nos falte el rock. Juane está adentro de Andrés, disfrazado del Sr I, adentro de Lucho, poniéndose serio con las crónicas serias y adentro de Horacio, gritando Viva Perón. Adentro del Negro, discutiendo por cualquier pavada, adentro de Peko, apurándolo con una gestión, y de Guille, tratando de encontrarle aunque sea un error. Juane está adentro de Manu, gatillando la cámara, adentro del Facu, dibujando hasta la eternidad, y de Marcela, bancando a muerte la educación. Juane está adentro del Gabi, chicaneando del Clásico, adentro de Tomás, con la remera de Hijos puesta, de Marce y de Sheila, en la administración. Adentro de Julián, fundando un periódico, adentro de Andrés y de Franco, sacando fotos, y de Hilo diciendo “Yo no sé, no”. Adentro de las tres Soles, de Lucía, de Grillo, de Lalo, y de Belén. Adentro de la Cande, de Vicki, de Diego, de Juanma, de Iván, de Lucas, de los Maxi, de Silvia y de José… Juane está adentro nuestro, adentro de estas páginas y de todas las que vendrán.
El mejor de los nuestros
A Juane no se lo lleva nadie
La muerte se empeña en lograr que uno se acostumbre. A menudo parece que la misión de la muerte fuera esa, doblegar el espíritu humano, que se aferra a la idea de que se trata del estado menos natural que ofrece la vida, aún cuando sepamos desde el nacimiento que algún día vamos a morir.
La muerte está blandiendo su cimitarra todo el tiempo cerca de nuestras cabezas, amenazante, ostentosa, se diría que presume de un único poder, definitivo, perentorio.
Nada la embellece, nada puede redimirla. Hasta los más oscuros poetas han dejado en sus versos lo más horrendo que oferta el destino.
Juane vivió sorteando siempre las trampas que siembra la muerte ajena pero cercana. Lo hizo con hidalguía. Se puede tener coraje y espíritu de lucha, pero la hidalguía es cosa seria, se templa en el silencio solitario, en el vacío que deja lo más amado y lo más desconocido. ¿Se elige ser hidalgo? Quién sabe. Lo cierto es que pocos lo son, y Juane era uno de ellos.
Los molinos de viento contra los que luchó no eran, por cierto, imágenes literarias. Jueces y fiscales que insultaban con sus actos a quienes clamaban como él por juicio y castigo a los culpables de un horror que lacera de sólo conocer sus pormenores. Políticos con vocación de cobardes toreros, esos que se aseguran de que la bestia esté donada antes de salir al ruedo. Medios que enmascaran aún hoy la muerte, la tortura y los crímenes del pasado terrorismo oficial.
A Juane no se lo llevó todo eso. A Juane se lo llevó el maldito azar con que la Parca juega su sucio juego, ése que tantas veces nos hace pensar que se van los mejores de los nuestros.
Y en verdad a Juane no se lo lleva nadie, porque ni la filosa guadaña de la muerte ni el reptante andar de los cobardes nos lo va a arrebatar de nuestro lado, ni podrá evitar que a cada rato murmuremos “presente, Juane, ahora y siempre, hermanito”.
La muerte podrá pasearse oronda frente a las narices de todos y todas, pero a Juane no se lo lleva nadie.
El mejor de los nuestros
Una de dos
Mientras estamos en el velatorio, un compañero me dice: “Hay dos cosas que Juane nunca nos perdonaría”. Lo miro expectante, el compañero responde sin que le pregunte cuáles son: “Una es que no hagamos este número de El Eslabón. La otra es que él sea la tapa”.
Rotos por el dolor, atravesados por la sorpresa, incrédulos todavía sobre lo ocurrido hace apenas doce horas en una canchita de fútbol 5, se decide en la vereda de la casa de servicios fúnebres que complaceremos el primero de los deseos que, interpretamos unívocamente, tendría Juane: no permitiremos que la pena nos paralice, la cadena informativa no puede detenerse tras el repentino desprendimiento de este eslabón imprescindible, irreparablemente esencial, tanto en su extensión como en su funcionamiento.
Mientras escurrimos lágrimas, entonces, nos ponemos a hacer una edición urgente del semanario de papel que Juane fundó en 1999 junto a un grupo de estudiantes de Comunicación Social, bajo el halo magnético de la obra de Rodolfo Walsh.
La segunda voluntad de nuestro hermano la incumpliremos con un argumento periodístico: es noticia. Y desde hace más de 20 años hacemos un periódico culpa –entre otros- suya, que nos metió en esto. Que nos señaló con su ejemplo el camino en el que se confunden amablemente el “ejercicio de la profesión” –históricamente ligado a una práctica liberal- con la militancia popular, la denuncia de los horribles, el reclamo por Memoria, Verdad y Justicia, la resistencia al neoliberalismo.
El mundo es peor sin el bebé que hace 44 años nació en cautiverio y fue anotado como Juan Emilio Saint Girons, luego se convirtió en Juan Emilio Basso al ser adoptado por Hugo, para finalmente ser todo eso más Feresín, el apellido de su padre biológico, secuestrado por la dictadura un día antes de su alumbramiento en un cuartel militar de la provincia de Entre Ríos.
El mundo es mucho más feo sin Juane, aun cuando buena parte de la población mundial no lo sepa. Los que lo conocemos no lo dudamos: se fue de viaje –y perdón por el lugar común- un tipo imprescindible, notable, amigazo, noble, porfiado, corajudo, militante sin descanso, compañero, inteligente, sencillo, admirable, éticamente intachable, medio croto –aunque entusiasta- para jugar al fútbol. ¿Adónde se consigue alguien así?
Nos expuso ante el absurdo de la existencia un tipo afectado desde el parto por la peor tragedia planificada de la Argentina, que convirtió ese dolor originario en una incansable voluntad militante por Justicia, sin olvido ni perdón, pero también sin revanchismo ni venganzas personales.
A los verdugos de su historia –que es la historia del país-, Juane los llamaba con el preciso adjetivo de vendepatria, penosamente caído en desuso cuando más imperioso es. Fueron eso, esbirros de los entregadores y saqueadores cuyo castigo penal es más difícil de lograr.
Si Juane no nos perdonaría lo que de todos modos vamos a hacer, es porque su práctica político-vital transcurrió en lo difuso de lo masivo, por abajo, tejiendo y armando, juntando pedazos, convencido junto a Héctor Oesterheld de que el único héroe posible es el héroe colectivo.
Perdón hermano, con tu ejemplo te ganaste la tapa.
El mejor de los nuestros
Otro cierre de edición
IlustracionLu Fariselo
Hola Juane, ¿cómo va? Anoche tuve una pesadilla horrible pero no te la voy a contar. Nos vemos a la tarde en la redacción. Voy a llegar y me vas a recibir cantando «JaVones flotadores». Me vas a contar tu idea de collage para ilustrar esa nota y no me va a gustar, para nada. Pero vamos charlar un rato y me vas a persuadir de que es la que va. El fotomontaje digital va a ir tomando forma, pixel más pixel menos y voy a leer tu nota para ver qué le ponemos. Porque no hay imagen de archivo que sintetice todo lo que planteás. Inmediatamente voy a reconocer tus berretines literarios, como la expresión “al calor de” (el neoliberalismo, las luchas populares, las masas, o lo que sea), una expresión muy mil novecientos noventa que tanto te gusta tipear o pronunciar en tus prolongadas conversaciones. Vamos a tener que achurar tantos caracteres de acá y llevar el recuadro para allá, porque no entra. Ese título no va, mejor pongamos este que tiene más punch. Unifiquemos el tema del lenguaje inclusivo, ¿es con equis o es con e? La arroba es de principios de siglo, cuando no había redes sociales. Tanto insististe para que arme un manual de estilo, hay que agregar ese punto. Igual les compañeres se lo pasan por el ojete. Pegale una leída a esta nota así se va, nos apuran de la imprenta. ¿No viene nadie más hoy? ¿Que se iban a un velorio? ¡¿Y a quién carajo se le ocurre morirse con todo lo que hay para hacer para que este mundo sea menos mierda?! Bueno, compañero, mandemos esos PDFs y voy a buscar unas latitas que ya es hora.
Fuente: El Eslabón




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