Un destino sudamericano
08/08/2021
La escritora Beatriz Sarlo había entrado en un cono de sombra luego de que, en febrero pasado, afirmara que la habían convidado a vacunarse contra el Covid 19 «por debajo de la mesa», para luego desdecirse de esas acusaciones cuando tuvo que explicarse en sede judicial. Pero la sombra y el silencio no le sientan. Así que esta semana volvió a procurarse sus quince minutos de fama con unas declaraciones altisonantes, según las cuales las Malvinas serían territorio británico: «Cuando la gente dice ‘las Malvinas son argentinas’ no se sientan ni un minuto a pensar, si son argentinas, si no son argentinas, ni qué son las Malvinas. Galtieri mandó militares a Malvinas y eso fue un acto nacional psicótico». Para fundar su postura agregó que esas islas «son parecidas al sur de Escocia».
A gente.
Interesante que el discurso de esta pensadora argentina comience interpelando a «la gente», acusándola de no pensar. Esta es una de las notas características del idioma argentino, que a diferencia del Brasil -donde «a gente» quiere decir «nosotros»- presupone que «la gente» no incluye a quien habla. Así, por ejemplo, expresiones como «la gente está muy loca» o «la gente votó a Menem» se encargan claramente de desligar al emisor del mensaje de la pavada colectiva.
Sarlo reivindica para sí, y con cierta exclusividad, la condición de «pensante». Ella sí se ha sentado a reflexionar sobre las Malvinas. Y lo primero que tiene que decir al respecto es que la guerra de 1982 fue «un acto nacional psicótico». Independientemente de los títulos profesionales que precisaría para formular ese diagnóstico de psicología social, su impresión contradice el recuerdo del resto del país, que jura y rejura que aquel 2 de abril se despertó sorprendido con la noticia de la recuperación de las islas. Aquel acto de guerra, psicótico o no, fue la decisión de un gobierno de facto, no «un acto nacional».
No caben mayores dudas que aquella aventura militar, producto de una pésima evaluación sobre la correlación geopolítica del momento, fue en definitiva una rémora para el centenario reclamo de soberanía argentina sobre las islas. Pero en modo alguno es una demostración de que esos derechos no existan. La soberanía argentina sobre Malvinas está escrita no sólo en la Constitución (un texto que los intelectuales debieran releer de cuando en cuando). Está escrita, también, en el corazón de los argentinos.
Colonia.
Resulta llamativo, por otra parte, que el concepto del colonialismo se encuentre totalmente ausente de su análisis. No era necesario que Sarlo recurriera a sus olvidados orígenes marxistas para eso. Le bastaba con ver la serie de resoluciones tomadas por las Naciones Unidas desde su fundación, sobre este, como tantos otros territorios ocupados por el cadáver del Imperio Británico en todo el mundo. Qué procedimiento discursivo empleó para quitarse del medio ese problema, es algo que ha decidido no compartir con nosotros.
Lo que sí comparte es su experiencia singular de haber visitado las islas. Doña Beatriz no puede dar un paso sin dejar sentada su singularidad. Lo curioso es que haya sacado tan poco de aquella visita, excepto la afirmación de que «no hay habitante de ese lugar que no viva la llegada de militares como una invasión». Convengamos en que no hace falta una gran perspicacia para suponer que si aparece por el horizonte un ejército extranjero (se los distingue, como en el fútbol, por la casaca) la gente, aún la que no se sienta a pensar, suele concluir en que la están invadiendo. En esto los kelpers son sorprendentemente parecidos a nosotros.
Pero no seamos injustos. La escritora hace otra observación de nota. Dice -como aparente fundamento para el carácter británico de las islas- que el paisaje malvinero «se parece al sur de Escocia». Con lo cual de paso nos refriega por la cara otro de sus viajes.
Paisaje.
No se puede negar que apelar al paisaje como fundamento para la soberanía nacional es toda una originalidad. Pero es una idea un poco peligrosa. Podría llevar a que la India reclamara soberanía sobre el Chaco argentino. O a que España reclamara para sí la Avenida de Mayo, tan madrileña ella.
Es cierto que los inmigrantes tienden a establecerse en paisajes que les recuerdan a su terruño de origen. Así, los siriolibaneses en el noroeste argentino, o los escandinavos en Minessotta. Pero el paisaje está determinado por causas naturales (la geología, el clima, etc.) y los países son producto de la cultura, no de la naturaleza. El paisaje de Malvinas tiene que ver con la Patagonia argentina, no con Escocia.
Y, dicho sea de paso, el sur de Escocia -como lo comprueba cualquiera que haga una búsqueda de imágenes en Google- es verde como una esmeralda, como un billar, como los loros de Inodoro Pereyra. Es el norte escocés, escarpado, ventoso y frío, el que probablemente quiso mentar. Se le habrá enloquecido la brújula, que como todos sabemos, apunta al Polo Norte.
A lo mejor es ése el problema con esta singular pensadora. Le resta aún -al decir de Borges- encontrar su destino sudamericano.
PETRONIO
Fuente:LaArena

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