Viernes 18 de Febrero del 2022
Secuestrado a mediados de marzo de 1977, Fernando García pasó por la Brigada de
Investigaciones de la Policía Bonaerense en Quilmes donde supo que había una mujer
embarazada de varios meses. El TOF Nº 1 aceptó el pedido del abogado de Abuelas de Plaza
de Mayo para que se investigue este “nuevo caso posible” de una embarazada que habría
dado a luz en cautiverio. Se trata de Beatriz Alicia Lenain.
“La mujer de Largo se llamaba Beatriz y estaba embarazada. Era hija de un coronel que
había muerto. Tanto ella como su marido siguen desaparecidos. Ahí adentro me entero de que
estaba embarazada. Tengo idea de que era un embarazo de unos 4 ó 5 meses”, afirmó
Fernando García, sobreviviente del genocidio que a principios de mayo de 1977 fue trasladado
al centro clandestino de detención que funcionaba en la Brigada de Quilmes, conocido años
después como el Pozo de Quilmes.
En el marco de la audiencia número 55 del juicio por los delitos de lesa humanidad perpetrados
hace más de 45 años en esa Brigada y en las de Banfield y de Lanús con asiento en Avellaneda
, García brindó un valioso testimonio pues abrió la posibilidad de que haya nacido otro
bebé durante el secuestro de su madre.
Al interrogar a García luego de su declaración, el abogado querellante de Abuelas de Plaza de
Mayo, Emanuel Lovelli agradeció “particularmente” al sobreviviente “porque su testimonio da cuenta de otro bebé nacido en cautiverio al que hay que buscar”.
“Los agujeros en el alma quedaron. Yo sé que definitivamente algo adentro mío
se rompió. A esta altura de mi vida, si el Estado pudiera hacer justicia me daría por conforme”, dijo Fernando García.
Por ese motivo el letrado pidió inmediatamente al Tribunal presidido por el juez Ricardo Basílico
que “libre un oficio a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI) y en
particular al equipo de mujeres embarazadas durante el terrorismo de Estado para que informe
sobre la identidad de Carlos Eduardo Garak ‘Largo” y Beatriz Alicia Lenain”.
El Tribunal que también integran los jueces Esteban Rodríguez Eggers, Walter Venditi y
Fernando Canero, admitió el pedido y ordenó que se “libre oficio con carácter urgente”.
***
García fue secuestrado después del 15 de marzo de 1977. Luego de estar 20 días o un mes
en el Vesubio, donde sufrió tortura, golpes y simulacro de fusilamiento, fue trasladado, con la
violencia habitual, al Pozo de Quilmes.
Fernando García tenía por entonces 29 años. Se había recibido de Ingeniero Forestal en la
UNLP y trabajaba como obrero de zanja en la entonces empresa de electricidad bonaerense
llamada SEGBA. Su mujer estaba a punto de recibirse de abogada en la UBA. Ambos militaban
en la Juventud Universitaria Peronista (JUP), aunque según su declaración, al momento de su
secuestro él estaba alejado de la militancia aunque “de vez en cuando alguna pareja se
quedaba a dormir en el living”, contó al Tribunal.
Lo secuestraron a la madrugada y se lo llevaron en ropa interior encapuchado y con las manos
atadas. Golpeándolo mientras lo bajaban por las escaleras del edificio en Agrelo y Boedo.
A pesar de los 45 años que transcurrieron desde su secuestro, García aseguró que esos
primeros momentos del secuestro “fueron de absoluta violencia” y que la “tortura con picana
fue de varias horas” en el Vesubio, donde dijo que un día escuchó la voz de Elena Rinaldi,
compañera casada con Enrique Poccetti, su gran amigo y compañero. Ambos están
desaparecidos.
Tras un breve paso por una comisaría de Monte Chingolo o Lanús, lo llevaron de madrugada
al Pozo de Quilmes donde lo pusieron solo en una celda. A los días “tiraron a una persona que
estaba medio inconciente”. “Se ve que estaba muy golpeado o picaneado porque decía
que le ‘molestaban los pajaritos que estaban cantando’. Ese muchacho de unos 27 años,
flaquito, morocho y de pelo largo le dijo que lo llamaban el Chino.
Los guardias, contó, hablaban con algunos de los secuestrados más antiguos. Fue así cuando
escuchó “claramente los nombres del Colo y de Largo”. Luego comunicándose con los otros
detenidos supo que la mujer de Largo estaba en el piso de abajo, que estaba embarazada.
Cuando lo liberaron del Pozo de Quilmes, Largo y su mujer quedaron allí.
García recordó a su amigo Enrique Poccetti, desaparecido: “Era un tipo
inteligente, compañero de la Facultad, increíblemente tierno. Que él no esté más me duele”.
Interrogado por el abogado querellante Pablo Llonto, García aseguró que a él le daba la
impresión de que el Colo y Largo tenían una relación de compañerismo y que el primero parecía un militancia barrial o sindical.
Respecto de los guardias, el sobreviviente mencionó concretamente a uno que se presentaba
como “Tatú” y que todos los días les decía “para ustedes yo soy Dios”. García comentó a los
abogados que ese guardia podría ser cabo o sargento. “Tenía el comportamiento de un
suboficial”, aseguró.
También recordó la noche en que lo sacaron de la celda y lo llevaron a una oficia donde
“alguien me dijo que era un coronel del Ejército argentino”. Aunque en ese momento estaba
encapuchado, García aseguró que ese hombre tenía una “forma de expresarse muy distinta a
los guardias de todos los días. Si no era Coronel era algo más que la media” y consideró que
tendría unos 50 años.
Recordó que “se comentaba que quien participaba de los interrogatorios (en el Pozo de
Quilmes) era un barra brava de Quilmes conocido como “el negro Thomson”.
Antes de irse memorizó varios números de teléfono de compañeros que quedaban allí
secuestrados. Con su mujer llamaron a dos números pero luego les dio miedo. Nunca
llamaron al teléfono que les había dado Largo.
La humillación
Como las únicas pertenencias que tenía Fernando García esa noche era su ropa interior, allí
en el Pozo de Quilmes le dieron ropa. “Me dieron un pantalón que descubri que era de mujer
porque tenía el cierre al costado, un pullovercito rosa y un par de zapatos que no me entraban
y que usé como chancletas”, contó.
Desde un auto lo dejaron a metros de la avenida Calchaqui que conocía bien. Después de
intentar en vano tomar un colectivo que lo llevara a Capital, logró que otro le permitiera subir.
Estaba sucio y vestido así. “La imagen que debía dar no debía ser muy confiable”, contó antes
de asegurar que el colectivero le dijo “andá, andá, sentate atrás”.
Así pudo llegar hasta la casa de sus padres en Palermo y poco después volver a reunirse con
su mujer y sus hijos. A fines de junio se fueron a vivir a Brasil.
***
Como en otras audiencias, el juez Rodríguez Eggers le preguntó a García cómo piensa que el
Estado debería reparar “los agujeros en el alma” que le dejó el terrorismo de Estado.
“Los agujeros en el alma quedaron. Yo sé que definitivamente algo adentro mío se
rompió. No pregunte qué es. Algo quedó lastimado ahí. Yo creo que a esta altura de mi vida,
si el Estado pudiera hacer justicia me daría por conforme”, le respondió García al magistrado
antes de volver a pensar en voz alta en su “amigo Poccetti. Era un tipo inteligente, compañero
de la Facultad, increíblemente tierno. Era el que nos hacía escuchar los discos de los Beatles,
nos leía a Cortázar. Que él no esté más me duele”, sostuvo.
“Si el Estado consigue hacer justicia, yo me sentiría satisfecho”, reiteró.
EL TESTIMONIO DE DIEGO GENOUD
Antes del testimonio de Fernando García, declaró Diego Genoud , hijo de Manuela Elmina
Santucho, quien permanece desaparecida.
Genoud, de 46 años, recordó que en el momento del secuestro de su madre en un
departamento en Villa Crespo el 13 de julio de 1976 junto a su tía Cristina Navajas y Alicia
D’Ambra, las tres militantes en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), él, de un
año y 4 meses, estaba con ellas y con sus primos Miguel y Camilo. Manuela era hermana de
Mario Roberto Santucho, fundador del PRT e histórico dirigente del ERP, su brazo armado.
Manuela estuvo secuestrada en numerosos CCD, entre éstos el Pozo de Banfield.

Su padre, Alberto Genoud, estuvo preso entre 1974 y 1982 y por esa razón fue criado por sus
abuelos paternos en Baradero. Recién a los 10 años fue a Santiago del Estero para conocer la
historia materna.
Diego Genoud integró durante siete años la Asociación HIJOS. El martes expresó claramente
su “desconfianza” del Poder Judicial y defendió una noción de justicia “que está más ligada a la
condena social”.
Genoud reivindicó la militancia de su madre. “Tanto ella como el resto de los 30 mil
desaparecidos, fueron víctimas, pero antes fueron militantes, asumieron compromisos,
actuaron detrás de una convicción, pusieron el cuerpo en un contexto específico y participaron
de una experiencia muy intensa y yo reivindico esa lucha, esa militancia revolucionaria de mi
vieja, de mi viejo”, afirmó en esta primera vez que declara como testigo en un juicio de
lesa humanidad.
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