Los que no
pueden más
20/02/2022
Según se lee en un periódico de noticias jurídicas, un tribunal porteño tuvo que dedicarse, por estos días, a decidir sobre la validez como testamento de una nota suicida. Una mujer escribió de puño y letra, poco antes de quitarse la vida, una carta en la cual expresaba su malestar para con su madre y hermana -destinatarias del texto-, pedía ser cremada sin velorio, y manifestaba su voluntad de que unos caballos y una porción de campo de su propiedad, quedaran en poder de un amigo. Este fue quien demandó que se respetara la voluntad de la autora del texto, ya que sus parientes habían hecho caso omiso.
Género.
Siempre resulta curioso observar cómo los jueces, puestos a decidir sobre las instancias más extremas de la vida -y la muerte- humana, adoptan un tono neutro, distante, a lo sumo acudiendo a alguna cita literaria para aligerar el discurso. Por cierto, la nota suicida constituye un particular género literario, que concita un lógico respeto, y que tiene a varias personas célebres entre sus cultores. Entre nosotros, por ejemplo, lo practicaron René Favaloro, Lisandro de la Torre, Leandro Alem y Alfonsina Storni. Género complicado si los hay, ya que sólo puede ejercerse una vez en la vida. Pero algo dice sobre la persona el hecho de que su último gesto entre nosotros haya sido el de escribir.
Sin embargo, con toda la densidad de la cuestión, en este caso todo el debate giró en torno a si esa carta "in extremis" podía ser considerada testamento -esto es, una válida disposición de bienes a favor de una persona que no era heredero forzoso- ya que en su redacción se omitió consignar la fecha, que para nuestra ley resulta ser un requisito obligatorio.
Vale decir, de un texto explosivo, lacerante, no se detuvieron a considerar los temas centrales, sino un detalle nimio. Ya el hecho de que sea una mujer la protagonista es raro: en el mundo occidental mueren entre tres y cuatro veces más hombres por esta causa. ¿Por qué tomó ella esa grave determinación? ¿Por qué estaba enfadada con su familia? ¿Cuál era esta relación que la llevó a disponer como regalo de unos caballos, animal hermoso si los hay? Esas cosas sustanciales no le interesan a la justicia.
Literario.
Un procedimiento similar, aunque con fines literarios, es el que empleara Serge Gainsbourg, un canta-autor francés maldito, cuando en la década del sesenta compuso una canción en la cual un hombre, leyendo la nota suicida de su amante, se dedica a señalar los errores de ortografía y sintaxis que va detectando. Probablemente se trate de la canción más cruel jamás escrita. Muy digna de su autor que, entre otras lindezas, escribió con total desparpajo sobre el sadomasoquismo y sobre el incesto.
La literatura suele ser más indulgente que eso para con los que deciden quitarse la vida. Otra canción popular ("Los amantes de un día", popularizada por Edith Piaf) se basa en el relato, en primera persona, de un empleado de un hotel alojamiento, a quien le toca descubrir los cuerpos de dos jóvenes amantes que han llevado a cabo un pacto suicida. El relator, que se reconoce "un cretino", concluye confesando sin embargo que nunca más alquiló esa habitación, en recuerdo de aquellos clientes tan particulares.
Entre nosotros la cancionística ha dado distintos ejemplos, como aquel de "ni el tiro del final te va a salir" del tango. Pero parece haber consenso en que el tema mejor logrado es "Viernes, 3 AM" de Charly García. Luis Alberto Spinetta opinaba que ésta era la mejor canción de su colega, y que era tan buena que hasta Los Beatles hubieran deseado escribirla.
Peligroso.
La composición está escrita en la segunda persona del singular, lo cual de por sí ya es una audacia literaria. El autor le canta así a ese personaje sin nombre, uno de "los que no pueden más", en sus momentos finales durante una media noche en la que dirá adiós a "el sueño de un sol y de un mar, y una vida peligrosa".
García probablemente le estaba hablando a alguna parte de sí mismo. No puede negarse que él mismo se encargó de procurarse una vida peligrosa, en la que coqueteó con la muerte en más de una ocasión, tanto con sus adicciones, como con aquel recordado salto ornamental algo grotesco, desde la terraza de un hotel de seis pisos, hasta la pileta de natación.
Dicen los expertos que uno de los problemas con el suicidio es su interpretación, esto es, saber qué nos quiere decir el que se fue con ese último acto. Son pocos los que se molestan en dejar una carta, y tampoco hay muchas garantías de que ese texto final revele la verdad por completo. El artificio empleado para provocar la muerte puede ser un indicio.
En "Viernes, 3 AM", el personaje de ficción emplea como método el disparo de un arma de fuego. O, mejor dicho, tres disparos, ya que la letra dice, en el momento culminante: "Bang, bang, bang... hojas muertas que caen". No ha faltado quien le critique este punto flaco, ya que supuestamente después del primer disparo en la sien, no puede haber un segundo, y menos un tercero. Está visto que nunca se puede conformar a todo el mundo: no es de extrañarse, entonces, que haya quienes abandonen todo intento.
PETRONIO
Fuente:LaArena
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