27 de febrero de 2022

OPINION.

 OPINIÓN

El carnaval de los animales

27/02/2022

La mayoría de los lectores tendrá dificultades para recordar a Madeleine Albright, la otrora poderosa canciller del presidente norteamericano Bill Clinton. Y, claro, son cosas del siglo pasado. Checa de nacimiento, maciza, imponente, de gesto adusto, Albright es la clase de señora que cuando los chicos del barrio juegan al fútbol no les devuelve la pelota que cayó en su patio. Hacía rato que no se sabía de ella, recluida como estará en los Hamptons o un lugar por el estilo, en un dorado jubileo donde su mayor preocupación existencial será que ya no hacen los martinis como en los viejos tiempos. Y tendrá razón, ¿qué duda cabe?

 

Reptil.

 

Se ve que estaba también un poco aburrida y extrañaba la acción, ya que por estos días decidió sacarle brillo a su firma y se despachó con un articulazo recordando su primer encuentro, más de dos décadas atrás, con el recién estrenado presidente ruso, Vladimir Putin. Después de confesar de que en su gobierno no tenían idea de quién era este personaje (siempre la "inteligencia" norteamericana, tan poco enterada) comenta al pasar que lo encontró frío, "casi como un reptil".

 

Ese es el nivel de sutileza de la diplomacia norteamericana. Mientras su gobierno estaba tratando de persuadir a Putin de que no invadiera Ucrania, ella se despachó con un insulto de esos que usábamos cuando jugábamos a la pelota de niños.

 

El problema con este juego de poner apodos de animales es que primero tenemos que asegurarnos de no ser nosotros, a su vez, blanco fácil para este tipo de chascarrillo. De no haber estado tan ocupado en conflictos algo menos virtuales, quizá Don Vladimir podría haberle respondido con alguna comparación zoológica. Por ejemplo, con algún ejemplar de la fauna de mamíferos marinos.

 

Tradición.

 

La verdad es que esto de ponerle apodo de animales a los políticos prominentes no es una moda reciente, y vaya si ha tenido cultores entre nosotros. A Don Julio Argentino Roca lo apodaban "El Zorro", aunque no hay registro histórico de que en sus ratos libres se transformara en un bandido rural con antifaz. A Hipólito Yrigoyen le decían "El Peludo", y no precisamente como un elogio, ya que se trataría de un "bicho sucio, retraído, cobardón, huidizo, enemigo de la luz".

 

Más cerca en el tiempo, al bueno de Arturo Illia, los Leuco & Majul de su tiempo le ensartaron el mote de "La Tortuga", ya que la estrategia para voltearlo era acusarlo de lento (en realidad, no había estado lento para enfurecer a las multinacionales petroleras y farmacéuticas, que fueron quienes financiaron su caída).

 

Al milico que lo derrocó, Juan Carlos Onganía, lo apodaban "La Morsa", por su imponente bigotazo. No parecen haber advertido que tampoco la morsa es un animal especialmente veloz. Tras una breve primavera democrática, diez años después tuvimos otro golpe, cuyo líder principal, Jorge Videla, era conocido como "La Pantera Rosa", por su andar desgarbado que recordaba a una caricatura bastante psicodélica, muy exitosa por entonces. Demasiado generosos estuvieron. Bien podrían haberlo apodado "El Dragón de Komodo" por su dieta a base de carne humana.

 

Prosopopeya.

 

En literatura se llama prosopopeya a la figura retórica por la cual se atribuye a los animales características que en realidad pertenecen a los seres humanos. Se habla de la astucia del zorro, de la ingenuidad del ciervo cornudo, de la ferocidad del león... cuando los pobres bichos no tienen la culpa de que proyectemos en ellos nuestros propios defectos.

 

Los animales han desarrollado determinadas conductas y habilidades por obra de la evolución, como método para asegurar la supervivencia de su especie en determinado ecosistema. Nosotros los humanos, en cambio, si bien arrastramos un bagaje psicológico y cultural difícil de ignorar, la mayor parte de las veces tenemos la opción de corregirnos a nosotros mismos, tras advertir los errores que cometemos.

 

Pero para eso tenemos que vernos y escucharnos, a nosotros y a nuestros semejantes. Una conducta que, lamentablemente, está ausente entre nuestros dirigentes, empeñados como están en posar para la cámara, y en jugar a comparar la longitud de sus apéndices.

 

La Albright, por ejemplo, haría bien en reconocer sus propios errores. Como hace diez años, cuando respondiendo a una afirmación del entonces candidato republicano Mitt Romney, de que Rusia era el "enemigo geopolítico número uno" de los Estados Unidos, opinó que eso probaba que Romney tenía "poca comprensión de lo que realmente estaba sucediendo en el siglo XXI, y no está actualizado, lo cual es muy peligroso". ¿Te parece, Madeleine?

 

PETRONIO

Fuente:LaArena


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