23 de agosto de 2022

A 50 años de la Masacre de Trelew.

 

Fernando Vaca Narvaja, uno de los 

organizadores de la fuga del penal 

de Rawson: “El principal legado de 

Trelew es la unidad»

Resumen Latinoamericano, 22 de agosto de 2022.


Fernando Vaca Narvaja, exmiembro de la cúpula de Montoneros y único sobreviviente de la fuga de la Unidad 6 de Rawson el 15 de agosto de 1972 –evento que desembocó en la Masacre-, declaró en una entrevista con el diario local Jornada, que “el principal legado de Trelew es la unidad con la particularidad de que mezclamos sangre además de convicciones. Era la ciudad con mayor información política de lo que estaba pasando en el país y ese protagonismo de la ciudad hizo que a 50 años tenga esta repercusión”.

Sobre el concepto de unidad explicó que “mezclar sangre y convicciones es indestructible, está a la vista en estos 50 años de lo que vuelve a convocar Trelew, realmente impresionante”.

Vaca Narvaja planeó y ejecutó la fuga del penal y en el momento que despega su avión junto a cinco de sus compañeros, puede ver que llegan los restantes 19 compañeros, entre ellos su compañera sentimental Susana Lesgart, fusilada el 22 de agosto.

“Junto a Santucho no sólo perdimos a nuestras compañeras sino que atacaron a nuestras familias, tenemos a mi padre desaparecido, a mi hermano lo fusiló Menéndez como pasó en León Suarez en los basurales; a nosotros nos tienen que asesinar como si fuésemos basura. Se hermanaron los compañeros de José León Suarez que vienen a Trelew para este 22. La ciudad tiene esa característica y capacidad de unificar todo este proceso de luchas populares, pero no en un sentido de derrota o fracaso sino en convocae a tener la audacia política de avanzar hacia un proceso de unidad reconociendo siempre que la dictadura busca meterte el miedo para inmovilizarte y perder la voluntad de lucha”.

“Frente a eso tenemos que hacer lo contrario y el legado en Trelew. Lo ves en Jornada con el reconocimiento a Emilser Pereira que tomó un registro fundamental para nuestra historia. Nos mandaron a Trelew para aislarnos política y geográficamente, se les invirtió la taba porque lograron el efecto contrario”.

“Trelew era el lugar que tenía mayor información política de lo que pasaba en Argentina, porque ese grupo de abogados que teníamos, espectaculares y la mayoría desaparecidos, uno de ellos Mario Abel Amaya muy reconocido acá pero aún no revindicado a nivel nacional; permitía que cada vez que venía un abogado se reunieran la juventud y los compañeros y tuvieran actualizado lo que pasaba en el país. Ni Córdoba tenía ese nivel de información. Eso significó parte del crecimiento político de Trelew. Luego de 50 años vas a cualquier provincia y te señalan con el dedo donde está Trelew, eso tiene que ver con ese protagonismo del pueblo”.

“El principal legado de Trelew es la unidad en términos estratégicos; estamos de cara a un proceso electoral en el año 2023, en una situación espectacular en el continente latinoamericano y no podemos dejar a la Argentina fuera de ese contexto”.

Según Vaca Narvaja, “es muy probable que gane Lula, en Colombia y Honduras se ganaron elecciones muy importantes, se mantiene vigente la revolución nicaragüense y el proceso venezolano, irrumpieron un Boric con 35 años como presidente de Chile, un campesino se hizo cargo de la presidencia de Perú y nadie los tenía en el radar. Hay un proceso nuevo en el pueblo latinoamericano de resistencia y de movilización”.

“No podemos dejar a la Argentina en manos de Cambiemos en 2023, hay un montón de críticas a nuestro gobierno, está claro que no cumplió con el mandato electoral para el cual fue convocado y todavía tenemos 14 meses para pelear. Recordemos que en el 72 la juventud se puso al frente de la campaña electoral y logro un triunfo el 25 de mayo de 1973; el año que viene estamos a 50 años de ese triunfo y tenemos que garantizar el armado de un frente con una propuesta programática para los miles de compañeros que hoy no están movilizados porque nos falta esa mística política y en esta campaña electoral hay que cumplir con esa mística política y la unidad es la base”, aseveró.

Y en este sentido comentó: “En el proceso actual tenemos que profundizar el proceso democrático, tenemos que interpelar esta democracia porque no es participativa y no tiene un nivel de debate político y programático; lo estamos viendo con las limitaciones que tenemos dentro del frente de todos. Cualquier proceso de transformación en un país requiere de la unión del pueblo”.

38 años de democracia

“Llevamos 38 años de democracia y tenemos índice de pobreza de marginalidad, de pibes desnutridos superior a 72; quiere decir que si no interpelamos esa democracia estamos complicados”, dijo Vaca Narvaja. “Hay que construir la base desde un frente popular y nacional, más la juventud más los pequeños y medianos productores agrarios, junto a los compañeros de la época del 72 que son muchos todavía y tienen que colaborar en ese proceso de unidad; hay que empujar de abajo hacia arriba para que quede claro que a nadie le alcanza con lo que tiene para transformar ese gran objetivo por el que seguimos peleando y que en 2023 se va a expresar una partecita de eso en el proceso electoral”.

Por último, Vaca Narvaja se refirió al reciente juicio civil contra el exmarino Roberto Guillermo Bravo, condenado a pagar una indemnización de 24 millones de dólares a familiares de las víctimas de la Masacre de Trelew a través de una corte del distrito sur de Florida, en los Estados Unidos. Y señaló la distancia temporal con la condenas a Carlos Marandino, Luis Sosa y Emilio Del Real.

“Diez años más nos llevó enjuiciar a Bravo, cayó el último que nos faltaba y esperemos que no falten diez años más para su extradición a la Argentina para que sea juzgado” ,explicó.

“La única posibilidad de derrota es cuando uno pierde la voluntad de la lucha y toda esta represión salvaje va a limarte toda esa voluntad; va a tratar de que no te metás y que no haya una continuidad de un proceso de cambio en la Argentina. Pr eso la salvajada que han hecho con todos nuestros familiares: muchos fueron asesinados y desaparecidos antes del golpe militar, eso quiere decir que ya tenían en la cabeza el genocidio como exterminio”.



Trelew 50 años: Testimonio de un 

soldado que fue testigo de la masacre

Resumen Latinoamericano, 22 de agosto de 2022.

foto: Los tres sobrevivientes de la masacre: Haidar, Berger, Camps,en una conferencia de prensa cuando fueron liberados en 1973.

El exsoldado Carlos Roveta dijo que la mañana del 22 de agosto a los jefes se los notó muy nerviosos. El mismo día de su baja pidió ir al baño y observó los calabozos repletos de balazos y reveló que hubo una orden para que la noche previa al fusilamiento todos los guardias externos se fueran a dormir.


Fin de agosto de 1972. El conscripto Carlos Roveta saboreaba su baja del servicio militar obligatorio parado en una vereda de la Base. Esperaba el micro que lo llevaría a Trelew.
Pidió su último permiso para ir al baño, que estaba enfrentado al sector de calabozos. “Al salir vi muchos agujeros de balazos en el fondo del pasillo y en las paredes laterales donde estaban las puertas de las celdas; no era normal porque nunca había estado así. Eran muchos impactos pero no podría decir la cantidad”. No encontró disparos en la pared de enfrente. No parecían rastros de un enfrentamiento.

Originario de la localidad bonaerense de Las Flores, Roveta el 15 de agosto disfrutaba su franco con una familia amiga de Trelew, sin TV ni radio. Alguien compró cigarrillos en un kiosco y al volver le avisó de la fuga y que la Base convocaba a todos los colimbas. “Llegué en taxi y estaba todo custodiado. En ese momento los presos que venían del aeropuerto bajaban del micro. Me ordenaron vestirme, armarme y esperar instrucciones en la cuadra”. Desde ese día de fuga los colimbas quedaron incomunicados. Razones de seguridad, les dijeron.

Roveta participó de los rastrillajes en zona de chacras en busca de subversivos o colaboracionistas de la fuga. “Llegábamos en camiones al puente de Trelew y de ahí seguíamos caminando casi hasta Gaiman. Ingresábamos a las propiedades privadas armados con FAL pero nunca por la fuerza”.
El 22 de agosto los levantaron a todos, los formaron en la Plaza de Armas y los concentraron en el casino de conscriptos. Ninguno había oído los disparos de la madrugada anterior. Le llamó la atención fue la cantidad de oficiales: estaban los de guardia y varios más. “Allí nos cuentan la primera versión de lo que había ocurrido: que se habían querido fugar, que el señor Pujadas sabía artes marciales, lo había hecho prisionero al capitán Sosa, le había sacado la pistola, le había disparado y lo había herido; las fuerzas de seguridad habían repelido la agresión, habían salvado a Sosa y pasó lo que había pasado”. Según su versión, la noticia la dio un tal teniente Troitiño, de Infantería de Marina.

Entre los conscriptos “evidentemente ninguno lo podía creer”. Roveta miró fijo a los jueces Enrique Guanziroli y Nora Cabrera: “Yo lo estaba mirando y Sosa estaba tan herido de bala como están ustedes dos ahora”, ironizó. “Cualquiera se da cuenta cuando alguien está herido de bala. No les creímos y nos causó mucha indignación porque era una mentira muy evidente”.

Tras esa única explicación, “nos recomendaron que si hablábamos con alguien del tema le teníamos que contar la versión de la fuga”.
En esa reunión militar estaban todos los protagonistas: Rubén Paccagnini, Luis Sosa, Roberto Bravo y el resto. “Se los veía alterados, no era la actitud normal que les notábamos las pocas veces que los veíamos, la mayoría estaban más tensos”. Según supieron luego, a los presos heridos nadie les dio atención médica. Y que un avión los trasladó al Hospital Naval de Puerto Belgrano.

El día de su baja vería las paredes acribilladas y todo tomó sentido. Hasta el dato que le pasaron los chicos que debían hacer guardia la noche del 21. “Lo que nos comentaban los otros colimbas que generalmente hacían guardia por fuera del edificio es que esa noche no habían estado: les habían dado la orden de que se fueran a dormir”.

Locuaz

En su declaración Roveta levantó la voz, ironizó y hasta retó a los abogados y a los jueces. Fue el testigo más locuaz y desinhibido. Como cuando el querellante Germán Kexel lo apuró para reconocer fotos: “¡Pará!”, le reclamó el hombre, entre molesto y confianzudo.

Desacostumbrado, varias veces chocó la boca con el micrófono. “A esto me lo como en cualquier momento”, se quejó.
También bromeó con el juez Pedro De Diego, conocedores ambos del mundo colimba. “Ustedes los infantes la pasaban mal pero los de Marinería mejor, ¿no?”, deslizó el magistrado. “Generalmente ocurría eso, era como River-Boca”, se rió el testigo. Luego se disculpó porque “pasaron muchos años y la neurona no funciona tanto”.

En otro tramo el querellante Eduardo Hualpa lo notó con la boca seca. “Le invito agua a cuenta del tribunal”, dijo. “Hace rato estoy mirando el vasito vacío pero nadie se dio cuenta”, respondió Roveta. “Pasa que es muy fácil invitar con la plata ajena”, retrucó el abogado.
Ante la insistencia de otras preguntas, el excolimba le dijo a todas las partes casi enojado: “Es como si yo les preguntara qué pasó tal día de hace 40 años. Si les digo que no me acuerdo es porque no me acuerdo, no tengo por qué mentirles”, les advirtió. 



La masacre de Trelew, 50 años 

después: “Vi cuerpos amontonados

uno encima del otro, acribillados y 

hechos un colador de tiros”

Resumen Latinoamericano, 22 de agosto de 2022.

Esa madrugada de agosto Agustín Magallanes se despertó por lo que describió como interminables ráfagas de metralleta. Quedó impactado al ver cuerpos baleados y sobrevivientes que se arrastraban por los calabozos con quejidos de dolor. Su confesión ante Ilda, la viuda de Rubén Toschi.

Declaración. Magallanes y un testimonio de primerísima mano.

Declaración. Magallanes y un testimonio de primerísima mano.


Despierto a la fuerza, la madrugada del 22 de agosto del 72 Agustín Magallanes vio un grupo de oficiales discutiendo a los gritos en la entrada de los calabozos de la Base. Aprovechó para colarse por el pasillo angosto y quedó mudo. “Vi los cuerpos amontonados tirados en el piso de la entrada, los detenidos inmóviles uno encima del otro, acribillados, hechos un colador de tiros. Al fondo del pasillo había sangre, algunos se arrastraban y se escuchaban quejidos de dolor”.
Se encontró a su jefe, el teniente Roberto Bravo, que prendía un cigarrillo sentado en un banco largo, ya fuera de la zona de los presos muertos. Habían pasado minutos de los disparos. Se llevaba mal con Magallanes. “Le pregunté qué había pasado y me contestó una incoherencia: `Acá se termina mi carrera´, me dijo. Luego me maltrató y me echó. Fue una cosa impactante y traumática que me afectó”.

El testigo declaró 3 horas y media con detalles clave para la causa. Era oficial de la Infantería de Marina y otro de sus superiores era el capitán Luis Emilio Sosa. Esa madrugada Magallanes dormía a pocos metros del lugar. Lo despertaron las ráfagas. “Fueron muchísimos tiros de secuencias muy largas, lo cual no era habitual porque lo que se aconseja son ráfagas cortas e interrumpidas. Era como si se hubiesen prendido al disparador de la ametralladora y no que a alguien se le haya escapado un disparo”.

Corrió a la guardia apenas vestido, junto con otros compañeros. Pensó que era un ataque a la Base. En el hall del edificio principal vio mucho desorden y gritos. Todos iban y venían. El lío era tal que a nadie se le ocurrió prender las luces. Se encontró con un suboficial de guardia. “Estaba refugiado en un rincón, arrinconado y asustado. Fue el primero que me dijo que los tiros venían del calabozo”.

Alguien alertó por teléfono al jefe de la unidad, Rubén Paccagnini, quien llegó y empezó a discutir y repartir órdenes a los gritos. “Entró rápido y exaltado. Nunca lo había visto así. Pidió desalojar porque había muchos curiosos, como si fuese un accidente”. Magallanes aseguró que el único que trató de tranquilizar a la tropa fue el jefe de la Infantería de Marina, Alfredo Fernández.

En cuanto pudo llegó a los calabozos. Atravesó la discusión de los oficiales. Ya había médicos y enfermeros. Y cadáveres tirados con los pies sobre el pasillo y el tronco dentro de la celda. “El médico iba persona por persona tomando el pulso con un estetoscopio y un maletín, me pidió ayuda y tuve que correr los cuerpos de la entrada para que pudiera pasar. Los corrí, el médico pasó y se dedicó a los que estaban heridos. Ninguno había salido del pasillo”.
La ropa de los guerrilleros estaba rota por varios impactos de bala. Era fácil darse cuenta porque no estaban muy abrigados. Colaboró en la escena hasta que alguien lo echó.

Primero el testigo fue contradictorio y casi no había dado estos detalles. Hasta que el fiscal federal Fernando Gélvez exigió que se leyera su primera declaración de la causa, repleta de datos. “No puede ser que le falle la memoria justo ahora”, se molestó. “Si lo dije en esa ocasión lo sostengo. Sucede que no quiero resultar perjudicado por una palabra mal dicha ni confundir lo que realmente recuerdo con lo que leí luego acerca de los hechos”, se justificó Magallanes, temeroso del falso testimonio.

Participó de la reconstrucción del episodio en los calabozos que ordenó el juez militar, Jorge Bautista, el 23 de agosto. Un fotógrafo subido a una escalera registró el simulacro y un uniformado lo escribió a máquina, paso por paso. Sobre una mesa, las armas que se usaron. Se ubicaron como tiradores fueron Bravo, Emilio Del Real, Carlos Marandino y Marchand. Los dos primeros con pistola, los otros con metralleta. Ni Sosa ni el contador Raúl Herrera portaron armas.
Ese día Sosa relató la versión oficial ante Bautista, que Magallanes escuchó de primera mano: el capitán había pasado entre la fila de presos, le manotearon el arma, forcejeó y ordenó a los otros cuatro disparar. Ante el juez militar esos cuatro admitieron haber abierto fuego. Sosa se zambulló en un calabozo para no ser herido. “Sin embargo el pasillo era muy angosto y hombro contra hombro no cabían 3 personas, de eso estoy seguro”, aclaró Magallanes. “Yo cerré los ojos porque simularon apuntarme a mí y eso me impresionó”. Otros militares presenciaron la reconstrucción de Bautista.

El día de la Masacre, como sucedió con todas las jerarquías, Magallanes y otros oficiales fueron reunidos por Fernández en una oficina de la Base. Oyeron la versión oficial del intento de fuga. “La creí pero luego de la reconstrucción esa hipótesis entró en crisis. Yo no hubiese pasado armado entre dos filas de gente peligrosa”, le dijo al tribunal. “No es lógico porque la única forma de pasar era tocarse y el consejo es poner distancia siempre”.
El testigo describió a Sosa como un militar “de esos que les gusta mortificar el cuerpo del resto de la gente para forjarse y hacerse más duro”. Magallanes era responsable de mantener el parque automotor de la Base. Pero igual el capitán lo hacía correr diez kilómetros cada mañana.

Sosa y Bravo se esfumaron de Trelew. Nadie se atrevió a preguntar por ellos. “Desaparecieron, dejaron de ejercer sus mandos y lo pude notar porque el contacto con ellos era parte de nuestra rutina y por ejemplo, Bravo era quien recibía mi parte diario”, graficó Magallanes.
Entre ambos jefes “había una relación muy estrecha y se llevaban muy bien; coincidían en la manera de conducirse y de hacer las cosas. Siempre estaban de acuerdo y Bravo solía apoyarse en Sosa, por lo cual no había posibilidad de modificar ni recurrir las decisiones que se tomaban”.
El personal de la Base se sorprendió al enterarse de la presencia de Herrera en los calabozos esa madrugada. “¿Qué hacía un contador en actividades ahí? Nos daba curiosidad porque no era habitual. Todo lo que pasaba era bastante anormal y traté de vivir en silencio todo lo que me tocó pasar”.
Magallanes confirmó lo que otros testigos contaron: Sosa fue el responsable de elegir y organizar a los hombres que serían parte de una guardia especial para los guerrilleros. Ese cuerpo sólo le respondía a él. “Separó a un grupo que se dedicaría a eso y no saldría de la Base. Él decidía quién saldría a rastrillajes y controles de tránsito y quiénes se quedaría al control de los detenidos”.

Magallanes fue el primer testigo en confirmar que el día de los fusilamientos aterrizó en la Base el jefe del Estado Mayor Conjunto, vicealmirante Hermes Quijada. También el capitán de navío Horacio Mayorga, jefe de Operaciones en Puerto Belgrano. De él dependían las bases de esta parte del país. Otro que llegó a Trelew fue el comandante de la Infantería de Marina, cuyo nombre el testigo olvidó. No quedó claro si compartieron avión o llegaron por separado. Pero todos estuvieron unas pocas y misteriosas horas.

Ilda Toschi, la viuda de Rubén, una de las víctimas, encaró a Magallanes apenas bajó del escenario. Se presentó. El militar retirado se desorientó un poco. “Mire, disculpe que lo interpele así pero quiero saber cuál es su opinión de lo que pasó aunque los jueces no se lo hayan preguntado”. El hombre la miró y señaló un libro que llevó bajo el brazo en todo momento en su declaración. “Señora, lo que yo opino es exactamente lo que está escrito acá, que para mí es lo que pasó, no tengo dudas”. Era “La patria fusilada”, de Paco Urondo, la entrevista a los 3 sobrevivientes, una especie rara en manos de un capitán de navío retirado. En varias ocasiones el testigo dijo que varios detalles del 22 “ahora los sé gracias a este libro”.

Envio:RL





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