Las mujeres que sobrevivieron a la ESMA
Argentina
es el país de las Madres de Plaza de Mayo, esas locas que hicieron de las
rondas y los pañuelos blancos símbolos de justicia mundial. En estas tierras se
creó el Equipo Argentino de Antropología Forense, que desde 1987 se empeña en
unir historias con huesos; y se inventó el índice de abuelidad, para que
dejaran de estar perdidos quienes fueron arrebatados del nido. Más cerca en el
almanaque, agitamos aguas y surfeamos mareas verdes hasta conquistar el derecho
de las mujeres a decidir sobre nuestros cuerpos.
Desde el extremo sur del continente
americano, Argentina ha sido punta de lanza a la hora de la lucha. A la vez,
faro de otros avances en la región. Y desde siempre los feminismos articulan,
enlazan sus recorridos y aprendizajes con el movimiento de derechos humanos en
una producción política común. El ojo feminista para analizar, por ejemplo, el
modo en que las mujeres padecieron la política represiva de la última dictadura
cívico-militar, las formas específicas de violencia dirigidas hacia las que
subvirtieron con su militancia el orden de género y los modelos femeninos de
los años 70. Al mismo tiempo, el ida y vuelta con los feminismos significó para
muchas exdetenidas desaparecidas, militantes y exiliadas la posibilidad de
revisitar la memoria, de invocar el pasado desde un presente que propone nuevas
preguntas.
¿Por qué sobre las mujeres pesó su
identidad de género como un riesgo de traición? ¿Cómo enfrentaron los estigmas
de haber sufrido ―casi en la totalidad de los casos― violencia sexual durante
el cautiverio? ¿Cómo las afectó el silencio y la falta de escucha? ¿Cómo siguen
impactando estas vivencias?
“La ESMA está presente casi todos los
días. En un aroma; en el pan y el mate cocido, que nos daban de cena; en las
canciones de Julio Iglesias, porque los guardias eran fanáticos de Julio
Iglesias; cuando juega River, porque estando detenida escuchaba los gritos de
la cancha”, dice Liliana Pontoriero, superviviente de la ESMA
“La ESMA está presente casi todos los
días. En un aroma; en el pan y el mate cocido, que nos daban de cena; en las
canciones de Julio Iglesias, porque los guardias eran fanáticos de Julio
Iglesias; cuando juega River, porque estando detenida escuchaba los gritos de
la cancha… Muchas situaciones de lo cotidiano me recuerdan a la ESMA. Escenas
de tortura también. Por eso, cuando me tiro en la cama con las piernas
abiertas, automáticamente las cierro. Tampoco puedo hacer diván en una terapia.
Estar acostada en una cama, de cara al techo hablando con alguien sin verle es
reproducir la situación de la tortura. Genera una sensación de miedo que no
puedo sostener. Hoy ya no siento que estoy dentro de la ESMA, pero el cotidiano
no me permite olvidarlo. Y yo no quiero olvidarlo. Creo que, aunque duela, es
necesario hacer el ejercicio de la memoria”.
Liliana Pontoriero se presenta como
superviviente de la ex Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro
clandestino icono del terrorismo de Estado en Argentina entre 1976 y 1983, por
el que pasaron más de 5.000 personas que continúan desaparecidas. Una de las
particularidades de este eslabón imprescindible del plan sistemático de
secuestro, tortura y exterminio fue el funcionamiento de una maternidad, donde
nacieron al menos 34 bebés. La mayoría fueron robados.
Liliana tenía 22 años cuando la
secuestraron. Cursaba en la facultad las primeras materias de Derecho y hacía
poco había decidido salirse de las filas de la Juventud Peronista, parte
integrante del Partido Justicialista que hasta su muerte encabezó el histórico
líder Juan Domingo Perón. La noche del 4 de julio de 1976, ocho uniformados con
armas largas aparecieron en su casa de la ciudad bonaerense de Lanús y le
informaron a su papá de que tenían que llevársela.
“Uno de ellos se presentó como el
subcomisario Mendizábal, de Coordinación Federal. Dijo que me tenían que llevar
para hacer un careo, pero que esa misma noche estaría de vuelta. El tipo sonaba
creíble. Me pidieron que agarrara ropa de abrigo y mi documento de identidad.
Mientras, ellos recorrían toda la casa y miraban especialmente los libros de
sociología y los de Perón. En la calle me esperaban cuatro autos Ford Falcón
verdes. Pero yo no me asusté, me creí lo del careo. Ya arriba del auto, este
tal Mendizábal me dijo que me iban a cubrir la cara para que no supiera dónde
era el lugar del careo. Yo sentí que me estaban cuidando. Me agaché y me
taparon con un antifaz y una capucha. Era como algo voluntario. Después del
viaje, cuando el auto se detuvo, me bajaron, me esposaron y entonces sí el
clima se puso espantoso. Me sentaron en una silla y me dieron una trompada que
me partió el labio. Yo no entendía qué pasaba. Me empezaron a preguntar por
este, por aquel, por lo otro. Siempre con la cara tapada. Ahí empezó el terror,
la tortura. Me tuvieron prisionera durante 24 días. Hasta no hace tanto notaba
la marca de las esposas en las muñecas y en el tobillo. Me enteré mucho después
que estuve en la ESMA”.
Su torturador asignado, Alfredo
Astiz, le dejó claro que la soltaban solo porque alguien afuera la “creía
inocente”, y le encomendó una consigna: tenía que volver a la facultad para que
la viera una compañera de curso, hija de un capitán de navío retirado. Liliana
cree que ese señor pidió por ella.
“Salí aterrada de la ESMA. Los
milicos me dieron plata y me dejaron en la parada de un colectivo. Yo estaba
con ropa que no era mía y sin documentos. Había adelgazado 15 kilos. Recuerdo
que me acerqué a un kiosco y compré chocolates y caramelos. Necesitaba algo
dulce. De ese viaje en colectivo hasta mi casa no me acuerdo nada de nada.
Cuando llegué a casa, mi mamá, mi papá y mi hermana se alegraron. Pero al rato
mi papá se fue a trabajar. Esa semana me visitaron familiares, vecinos, amigos,
que me traían comida. Pese al estado en que me vieron, nadie me preguntó qué me
habían hecho, o cómo me habían tratado. Lo que yo sentía era que había pánico
para escuchar, veía las caras de terror de los demás. Nunca me preguntaron nada
y nunca conté nada. Todavía hoy mi mejor amiga se refiere a mi detención como
‘cuando pasó lo de tu problema’. No tuve una oreja disponible”.
Mujer detenida, mujer liberada
Laura Reboratti estuvo cautiva en la
ESMA del 6 al 27 de julio de 1976. Una patota [banda] llegó a su casa
para secuestrar a su hermano. Como no estaba, Laura fue la presa consuelo. “Soy
de las viejas, de las antiguas prisioneras”, dice y sonríe. Sonríe con la
mirada clara. Y habla suavecito, despacio, como eligiendo frases que hagan
digerible la narración de los espantos.
“Yo no tenía militancia. El militante
era mi hermano. Y todo consistió en tratar de indagar sobre él. Una noche me
levantaron del colchoncito donde estaba tirada para llevarme a lo que supuse que
era una oficina. Tenía una capucha puesta, no veía nada, pero mi sensación fue
que había un escritorio y del otro lado un señor, con voz grave y exceso de
perfume. Lo trataban de ‘jefe’. Nunca supe quién era. Recuerdo que primero me
preguntó cómo me habían tratado y después dijo: ‘Espero que no vuelvas a ser
montonera’. Al rato me devolvieron mi cartera con mis documentos. La plata no.
Y me subieron a un auto donde estaba Francis Whamond, que era uno de mis
represores. Ordenó que me quitara la capucha y las esposas —yo estaba tan flaca
que me las sacaba aún cerradas— y preguntó a dónde quería que me dejaran”.
El destino fue la casa de unos
primos, el punto de reunión donde la familia esperaba sus llamados, la señal de
vida tras la desaparición. Cuando la reconoció a través de la mirilla de la
puerta, la prima de Laura preguntó si estaba sola.
“Tenían miedo y no me recibieron con
contención. Fue un cimbronazo fuerte la pregunta de mi prima sobre si estaba
sola. ¿Si hubiera estado con los milicos no me abrían? A los pocos meses de mi
liberación me llevaron a vivir a la provincia de Corrientes, de donde es mi
familia paterna. Estuve allá nueve meses. Si bien esa parte de la familia no
comulgaba ideológicamente conmigo, fueron los que realmente me brindaron contención.
Me recibieron sin preguntar nada, sabiendo el riesgo que corrían, y me dieron
trabajo, amistad y cariño”.
“No había manera de compartir lo que
había vivido porque era peligroso. Fueron años de silencio y de tener todo
guardado”, relata Laura Reboratti, cautiva en la ESMA del 6 al 27 de julio de
1976
Fue tener la boca llena de palabras
prohibidas, de relatos que no podían ser contados. “No había manera de
compartir lo que había vivido porque era peligroso. Fueron años de silencio y
de tener todo guardado”, relata Laura Reboratti. “Pero, además, que en aquel
momento no me preguntaran también implicaba que no me estaban juzgando. Mi
familia más cercana, mis padres y primos, pensaban que yo había colaborado con
los militares, que seguía colaborando y que por eso me habían largado, entonces
no les resultaba confiable. Sostuve en mi espalda el estigma de ‘por algo
salió’ durante muchísimos más años de los que duró la dictadura. Entre los
propios compañeros estaba la sospecha de que quienes sobrevivimos habíamos
colaborado. Eso fue muy, muy duro. Yo sentía que era una bolita de mierda y que
a donde iba me esquivaban. Seguí viviendo en tremenda soledad”.
Cargar, encima, con el mote de
traición. La reversión moderna del beso de Judas se instaló sobre varones y mujeres.
En la mira. Sin embargo, volver de un centro clandestino siendo mujer generó un
sentido distintivo.
“La sospecha con nosotras era si
habíamos sobrevivido por alguna participación amorosa con los represores. Y
nunca me pareció justo porque creo que solamente quienes estuvimos
desaparecidos podemos entender lo que significaba hablar o no hablar. Y porque
cada persona tiene estrategias y resistencias diferentes. No todos pueden
sobrellevar las cosas igual. De ahí que dolieran tanto las sospechas y las
acusaciones”, continúa Reboratti.
La marca especial de “ser mujer” en
libertad se hizo notar enseguida. Pero fueron necesarios bastantes años para
reconocer las violencias de género y sexuales sufridas durante la detención. Lo
que significó “ser mujer” en los centros clandestinos de tortura y exterminio
que regentó la Junta Militar argentina.
“Recién cuando compartimos entre las
sobrevivientes lo que vivimos adentro logramos salir de ahí dentro. Cuarenta y
pico de años después. Antes no podíamos: era algo tan íntimo, tan vergonzante.
Desde lo básico, como haberme tenido que bañar desnuda de espaldas con un
montón de tipos cogoteando, mirando; o las chicas que vivieron situaciones de
extrema violencia sexual. Y no importa cuál de las historias te tocó, todas se
debieron a que fuimos mujeres detenidas. Nos pasaron a todas y eso nos aúna,
nos hermana, nos relaciona con el concepto nuevo de sororidad”.
Tiempo de encuentros
Con la invitación a decir, a darle
espacio a un tiempo de encuentros entre las supervivientes que ayude a reparar,
a sanar, a construir una memoria sobre el pasado desde el presente, se organizó
la muestra Ser Mujeres en la ESMA, una iniciativa conjunta del
Museo Sitio de Memoria ESMA y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS),
con financiación de la Embajada de Alemania en Argentina.
“Desde el CELS creemos que los sitios
de memoria son espacios propicios para generar este tipo de encuentros. En este
caso fue la posibilidad de encontrarnos en un ámbito en común entre mujeres con
experiencias diferentes, de generaciones diferentes y entonces abrir preguntas
que abrieron nuevas posibilidades”, explica Marcela Perelman, directora del
Área de Investigación del CELS.
Para Reboratti, la muestra permitió
el encuentro en un contexto histórico atravesado por el feminismo y la
reivindicación de género: “Las concepciones del 76 no tienen nada que ver con
las actuales. Resignificar, entonces, algunas vivencias nos dio coraje para
contarlas. Empezamos a desnaturalizar y a valorar distinto lo que habíamos
vivido, en consonancia con lo que está sucediendo con las jóvenes y las luchas
de las mujeres. Muchas nos revisamos, nos volvimos a mirar, y fue un alivio
poder decir, poder pensar y entender que lo que nos pasó se relacionó con que
éramos mujeres. Pero no porque provocáramos situaciones o fuéramos culpables o
cómplices. Al contrario, por la concepción machista y patriarcal los milicos se
ensañaron con nosotras. Es un alivio entenderlo y, sobre todo, darnos cuenta de
que la sociedad ahora lo entiende así. Finalmente, ya no nos culpabilizan”.
Liliana también se sumó a revisar la
experiencia de cautiverio en el centro clandestino desde una perspectiva
feminista: “En la ESMA había una naturalización del maltrato y la violencia al
cuerpo de la mujer. La violación sexual estaba naturalizada. ¿Cómo no iba a
pasar? Fue la Ola Verde la que nos hizo empezar a ver que eso estaba mal. Una
cosa es el crimen político y otra cosa es el apoderamiento del cuerpo de la
mujer. El feminismo nos abrió la cabeza”.
Encuentros que actúan como puntal.
Apoyo, sostén que protege y ayuda a curar.
A partir de participar en la
exposición, Laura se animó a hablar con sus cuatro hijas: “Nunca les había
contado ciertas cuestiones íntimas de lo que me hicieron estando detenida.
Tampoco lo conté en los juicios. Era un tema tremendamente tabú. Pero a la vez
lo sentía una deuda. Y la charla con mis hijas fue maravillosa, de gran
amorosidad. Incluso, liberadora. Logré sentirme más libre”.
Las supervivientes siguen hablando. A
veces, contra las limitaciones de los discursos de las instituciones. Contra la
escasa capacidad de escucha de seres queridos, de la sociedad en su conjunto.
Todavía hoy. Las supervivientes siguen hablando porque no pueden no hacerlo.
De esta salimos juntas.
Ahora cuando más se necesita, la
crisis económica está golpeando a El Salto. En el último año, cerca de 2.000
personas socias se han dado de baja, casi cinco al día, la mayoría por motivos
económicos. Aunque la entrada de nuevas suscripciones ha compensado en parte
esta caída, ahora mismo estamos muy por debajo de la cifra que asegura la
sostenibilidad de este proyecto de 30 años de historia. Necesitamos 1.000
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De esta salimos juntas.
Fuente:ElSalto

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