23 de enero de 2023

Zárate, entre el enojo y el pedido de justicia.

 


Cómo ven en la ciudad de los rugbiers el juicio a los acusados por el crimen de Fernando

Zárate, entre el enojo y el pedido de justicia

La sociedad está atravesada por la indignación y el miedo: casi todos conocen o tienen referencias sobre algunos de los rugbiers. Las quejas por la violencia cotidiana.

Por Silvina Freira
Imagen: Fabián Restivo

Las tensiones están en el aire de una sociedad atravesada por la indignación y el miedo hacia los rugbiers o “los hijos del poder”, como los califican. “Zárate, ciudad de guapos”. La pintada se leía como una provocación luego del brutal asesinato a Fernando Báez Sosa, aunque fue escrita para celebrar que esta ciudad, situada sobre la ribera del río Paraná, fue declarada “la capital provincial del tango”. La frase no está más. Ahora hay un enorme mural con las figuras de Lionel Messi y Diego Armando Maradona. Extirpar a los “guapos” de la pared es un intento de exorcizar la molestia que genera ser la tierra donde nacieron, crecieron y se educaron los imputados por el crimen: Máximo Thomsen (23), Enzo Comelli (22), Matías Benicelli (23), Blas Cinalli (21), Ayrton Viollaz (23) y los Pertossi: Luciano (21), Ciro (22) y Lucas (23). Algunos dan la cara y hablan. Otros piden permanecer en el anonimato, especialmente por temor a la familia Pertossi, “toda gente conflictiva”, y porque “acá nos conocemos todos”. "Son ellos o nosotros", resume una mujer el sentir de la ciudad.

“La desgracia es la pérdida de una vida”

En la plaza Mitre no quedan huellas de la gran marcha que se realizó el pasado miércoles 18 de enero, a tres años del crimen. Más de 700 personas reclamaron justicia por Fernando Báez Sosa, asesinado a golpes en la puerta del boliche Le Brique en Villa Gesell. José Luis Hans tiene 45 años y camina con su carrito juntando cartones por Belgrano, una de las calles que rodea la plaza. “Ellos siempre andaban con autos importados. Una vuelta me bardearon, una sola vez, y yo los observé y los esperé, pero eso pasó porque estaban drogados. El que me bardeó es uno de los que le pegó al pibe (por Fernando Báez Sosa)”. ¿Máximo Thomsen?, pregunta esta cronista. “Ese mismo; es el más picantito de todos, el que manda a los otros --responde--. Siempre le pido a Dios que no salgan más de la cárcel; porque tienen plata quieren pasarse el mundo por arriba y acá estoy cansado porque a mí me pasaron por arriba gente que tiene plata”. José Luis, que trabaja con el carrito hace siete años, sale a las siete de la mañana desde su casa del barrio Reysol para juntar la mayor cantidad de cartones en el camino. “Laburé en la isla, hice el monte, fui albañil, hice de todo”, resume con una sonrisa pícara “el viejo rezongón”, según cuenta que le dicen porque vive renegando.

Diego, el dueño del Plaza Café, en la esquina de Belgrano y Justa Lima, habla detrás de la barra, mientras prepara un café con leche para uno de los clientes. “Se puso el foco en Zárate y en los rugbiers cuando no todos son rugbiers; están metiendo a todos en una misma bolsa equivocadamente --matiza Diego--. La verdad que la ciudad lo vive con tristeza no sólo por los pibes, sino por lo que le pasó a Fernando también; la desgracia es la pérdida de una vida”. Para Diego las peleas a las salidas de los boliches son algo “cotidiano”, no sólo en Zárate. “Si bien ya pasé la etapa de la noche, he vivido un montón de situaciones de peleas. Gracias a Dios nunca pasó una tragedia. No es nada del otro mundo las peleas de la noche; es algo habitual”, insiste el dueño del café que está frente a la plaza Mitre.

--¿Matar en una pelea también es habitual?

--No, para nada. Esa es la desgracia que le pasó a Fernando. Todo lo otro la justicia lo irá arreglando.

Aunque Diego no tiene “afinidad” con la familia de los rugbiers confiesa que son “conocidos” y “muy buena gente” y aclara que hay una diferencia generacional muy grande con los “chicos” (así llama a los imputados) porque él tiene 52 años y jugó al básquet. “Soy más de la edad de alguno de los padres de los chicos”, precisa y continúa despachando café, tostados y jugos.

“Ojalá que les den perpetua”

Dalila es una joven de 18 años que prefiere que su apellido no salga publicado ni en qué barrio vive. “Siento mucha bronca, ¿cómo puede haber gente tan mala? No tienen vergüenza; les chupa un huevo todo, pueden matar una persona y es normal para ellos. Casi todas mis amigas publican en Instagram que se haga justicia por Fernando”. Aunque Dalila no suele ir a bailar a los boliches del lugar, sabe que “hay pibas que las han agarrado a palos” en la calle.

Sheila González, que tiene 18 años y trabaja como promotora, no pudo estar en la marcha que se realizó el día en que se cumplieron tres años del asesinato porque estaba trabajando. “Los rugbiers hacían desastres acá. En el boliche Zeta, uno de ellos estaba discutiendo con una piba y le pegó y un chico saltó a defender a la chica. Todos sabemos que eran muy problemáticos. En los boliches hay mucha violencia; se cagan a botellazos y a la salida se pegan. Una vez, en Zeta, empezaron a los botellazos y casi me pegan a mí en la cabeza. No hay control de nada; tendrían que tener más cuidado”. Juliana Torres (29 años), compañera de trabajo de Sheila, advierte que el problema se genera adentro de los boliches. “Cuando los sacan afuera, se sacan el problema de encima: ‘listo, arréglense ustedes’. Los boliches se lavan las manos. Los rugbiers eran muy violentos. Como las familias de ellos están económicamente bastante bien, la mayoría se calla la boca y no dice nada por miedo a que les pase algo o que les hagan algo”.

El club de los rugbiers (foto Sandra Cartasso).

Las dos promotoras coinciden: “Ojalá que les den perpetua”. Juliana asegura que cada vez que Zárate “sale en la tele” es por algo malo. Y menciona un caso reciente durante el último mundial: un muerto como consecuencia de los destrozos a la heladería la Real, ubicada en pleno centro de la ciudad, después de la definición por penales entre Argentina y Países Bajos, el viernes 9 de diciembre. El dueño de la heladería, Miguel Ventura, murió de un infarto luego de intentar que los violentos descendieran de la costosa cartelería ubicada en la marquesina del local. Sheila y Juliana están sentadas en uno de los bancos de la plaza Mitre, cerca de un cartel que recuerda a Rocío Abigail Juárez, una joven de 22 años que fue asesinada de un tiro en la cabeza y parcialmente quemada por los hermanos Pablo y Matías Escobar el 4 de junio de 2013. Los hermanos Escobar fueron condenados a la pena de prisión perpetua en 2015. 

Ocho albañiles que trabajan en una obra en construcción cercana descansan acostados sobre el pasto. Uno de ellos se queja porque los Pertossi “tienen mucha plata”. Otro, el rubio-colorado del grupo, escudado en el anonimato, lanza un exabrupto: “¡Que los condenen a la silla eléctrica!”.

Bullying a las mujeres

“Los muchachos (por los rugbiers) son responsables”, sentencia Eduardo Molina, uruguayo que vive y trabaja en Zárate como parquista en la costanera. En el barrio Villa Massoni, Brisa (22 años) repite una y otra vez que fue “horrible” lo que le hicieron a Fernando. “En mi casa, cuando vimos la noticia, nos largamos a llorar todos. Espero que les den la condena que se merecen y que se haga justicia. Lo único que le puedo decir a los jueces y a los gobernantes es que no apoyen a esos chicos porque no se lo merecen”. La cara de una joven que trabaja en un local comercial se transforma cuando se menciona a los imputados. Ella estudió en la Escuela Nacional de Zárate, un colegio público donde cursó Lucas Pertossi. No fue su compañera de aula porque es un año menor. “Era malo; a mi mejor amiga le decía cosas horribles, comentarios sobre su cuerpo. Los más violentos son los Pertossi, siempre hacían mucho bullying a las mujeres”, revela con una bronca que deviene amargura por lo que sufrió su mejor amiga. Mientras atiende repasa el momento en que se enteró del asesinato. “Me sorprendí porque no pensé que iban a llegar tan lejos, pero cuando vi quiénes eran no me extrañó”.

Un joven decide hablar. No quiere que aparezca la edad, de qué trabaja, nada que pueda identificarlo. Reconoce que tiene mucho miedo. Muestra lo que escribió en Instagram Alejo Milanesi, primo de los hermanos Ciro y Luciano Pertossi, con quienes jugaba al rugby junto a Blas Cinalli en el Club Naútico Arsenal de Zárate. Milanesi estuvo más de viente días preso antes de ser sobreseído en la causa, junto a Juan Pedro Guarino, ya que no se pudo comprobar su participación en el asesinato. “Desde el primer momento estuve a disposición para contar lo que viví y ayudar en la causa. Por temas ajenos a mi voluntad, desistieron a mi testimonio. Gracias a mi familia y amigos por acompañarme, fueron años difíciles para mí. Lamento mucho todo lo que pasó. Deseo que todo esto termine como debe ser, con respeto a las familias y JUSTICIA”, posteó Milanesi el lunes 16 de enero, el día en que se presentó ante el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) Nº 1 de Dolores. No declaró porque, a pesar de haber sido citado como testigo, la defensa y la querella desistieron de su testimonio.

La conflictiva familia Pertossi

“Todos los rugbiers siguen en contacto con su círculo de Zárate a través de Instagram y Facebook. Todos --subraya el joven--. Sus amigas nunca dejaron de interactuar en sus publicaciones. Se habla mucho de que hay una expectativa de baja condena. Pese a que hay muchas pruebas, se sabe que todo el equipo de (Hugo) Tomei está haciendo lo imposible para lograr condenas menores”. El joven sugiere que Tomás Colazo sería quien financia a Tomei, el abogado defensor de los imputados. “Nunca se habló de Colazo, su nombre apareció en muy pocas notas; es el chico que sale de negro en uno de los videos, el que fue confundido con Luciano Pertossi”, explica el joven sobre Colazo, apodado “Pipo”, que nunca jugó al rugby pero era amigo de los ocho imputados y estaba en Villa Gesell cuando sus amigos asesinaron a patadas a Fernando. “No fue detenido en ese momento porque era menor de edad (17 años) y no había pruebas de que haya estado en el boliche”.

El miedo a hablar sobre los imputados se percibe en la forma de mirar, como si estuviera huyendo de un peligro inminente. “La familia Pertossi es muy numerosa y toda gente conflictiva --los define--. Pese a todo lo que pasó, el hermano menor, Ramiro Pertossi, tuvo denuncias por robos y tenencias de armas de fuego después del asesinato de Fernando, es decir que el accionar en la familia no cambió en nada. Esta gente tiene en su naturaleza la violencia”.



El juicio por el crimen de Fernando Báez Sosa

Culpas, penas y responsabilidades

Por Guillermo Levi
Imagen: Télam

Primo Levi, el genial italiano sobreviviente del centro de exterminio de Auschwitz, dedicó mucha prosa testimonial para reingresar al mundo de los humanos a los asesinos nazis que él y tantos millones habían padecido.

No lo animaba ninguna compasión frente a los genocidas ni alguna intención solapada de habilitar impunidades: le molestaba cómo las sociedades --en la demonización de determinadas personas y en la expulsión del mundo de los “normales y buenos” de determinadas prácticas-- hacían un camino, en general inconsciente, de eliminar cualquier reflexión acerca de sus propias responsabilidades, dedicando toda la energía a extirpar de la humanidad y de la modernidad a los que ahora eran calificados como demonios, expulsados de la especie humana.

Esa intención, y no la difícil de meterse a entender por qué el horror había sido posible en Europa, el mismo corazón de la civilización, parecería ser el móvil de esa indignación tan desesperada por acotar al máximo a los culpables, poniendo toda la virulencia en un grupo determinado y en un contexto excepcional, limpiando de toda responsabilidad a cualquiera por fuera de esos bordes bien marcados.

Esa operación cultural y también geopolítica tenía un norte: la culpabilización absoluta de la generación alemana del nazismo, su demonización y su expulsión del mundo civilizado. Por otro lado, la contracara necesaria: el perdón al resto de la humanidad, sobre todo a las potencias vencedoras. Las responsabilidades del horror y la furia se descargarían bien delimitadamente en determinados cuerpos, naciones y momentos.

Mario Villani, sobreviviente de cinco centros clandestinos de detención entre 1977 y 1981 y fallecido hace muy pocos años, fue nuestro "primolevista". En su intento por humanizar a sus captores, algunos vieron equivocadamente indulgencia. Sin embargo, su denuncia y relato hacían mucho más potente la confrontación con los genocidas que la de quienes intentaban construir demonios no humanos donde había personas nacidas y criadas en la misma sociedad que sus víctimas.

Mario hablaba del Turco Julián, uno de los más tremendos torturadores --que gracias a nuestros juicios terminó sus días en prisión-- y contaba las peores aberraciones de él a la vez que nos relataba sus raptos de humanidad. Jamás salió de su boca que el Turco Julián no tenía que ir a prisión ni pagar por sus crímenes. Su intención era otra: entender de qué manera se produce un “Turco Julián”, como única herramienta para que la sociedad deje de producir asesinos como produce mercancías.

La cadena nacional a la que estamos asistiendo estas semanas en torno al juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa, su integración a la lógica del espectáculo y su ingreso a la lucha por el rating entre los canales nos conecta algo con todo esto.

De repente pareciera ser que toda la sociedad argentina en su conjunto tiene tolerancia cero con cualquier crimen, que los umbrales de tolerancia al horror son mucho más bajos de los que realmente son, por más que la acumulación de tantas luchas contra la impunidad por décadas nos hayan construido pisos de tolerancia que en otras sociedades son, seguramente, más bajos.

Los jóvenes que mataron a Fernando, los que miraron y avalaron el espectáculo de su martirio, los que lo filmaron y festejaron, deben ser condenados sin duda con todo lo que la ley contemple para cada una de estas acciones, ni menos ni más. Ni ejemplaridad ni agravantes que no existan.

La demonización siempre es funcional a la pereza intelectual y a la moral que no desea ser interpelada, a los que quieren evitar preguntas comprometedoras. Ellos ocho, con la misma lógica de concentrar la furia y aplicar el castigo lo más preciso posible, pueden ser no todos sino sólo los que ocasionaron en forma directa la muerte. Lo que no aparece, más allá de la condena, es la cadena de responsabilidades, el entorno en el que esos pibes crecieron y se formaron. Esa furia asesina no nació en el verano del 2020.

Una buena parte de nuestra sociedad, que contempla y se indigna conducida por sus medios de comunicación, también produce esa misma operación de acotar responsabilidades y preguntas, poniendo en ellos ocho toda la criminalidad y la furia existentes en este país.

La defensa de los ocho chicos que se convirtieron un día en asesinos intenta inscribir su acción en la excepcionalidad: ahí aparecen las ideas de “tragedia”, “pelea”, “exceso de alcohol”. En cuanto a “la pelea”, en donde se intenta mostrar a la víctima también como responsable, si bien la estrategia penal sólo apunta a obtener una condena menor por homicidio en riña, tiene una funcionalidad más profunda. Haciendo un uso improvisado, pero bien incorporado socialmente producto de una pedagogía de décadas de nuestra teoría de los dos demonios, la víctima se vuelve corresponsable de su martirio.

Algo similar sucede con los femicidios, cuando algunos intentan demonizar al victimario como “enfermo”. Las mujeres alertan, en términos de Primo Levi, que es "un hijo sano del patriarcado”, no para indultar al que asesinó y diluirlo en responsabilidades colectivas, sino para interpelar a toda nuestra estructura social, que produce y acompaña al femicida hasta el momento del crimen.

¿Ahora qué decimos? ¿Es el rugby? Queda un poco chico, trasladamos la demonización a un deporte, es poco serio.

Por lo menos formulemos preguntas acerca de las familias de esos chicos, acerca de las escuelas a las que fueron, acerca de los códigos, valores y límites con los que se criaron; preguntemos por el clasismo y el racismo que subyace en la elección de la víctima, por la lógica de espectáculo con la que filmaron la paliza mortal, pero que miramos indignados todos los días en la TV.

Nuestras emociones así conducidas van para muchos lados distintos: punitivistas en este caso, indulgentes cuando aceptamos que se muestre a una piba violada y asesinada como provocadora de su violación y/o crimen o dejamos arrastrar nuestra bronca con el horrible crimen de un niño para ir contra las parejas del mismo sexo, como si en el asesinato de un niño por su padre (tantos más y en general junto con su madre) provocara que alguien cuestionara a las parejas heterosexuales como productoras de asesinatos.

Esa indignación así concebida no nos hace necesariamente mejores, ni nos aleja de la criminalidad que anida en toda sociedad. No nos inmuniza contra la estigmatización, el clasismo y el racismo.

Las condenas justas son fundamentales para prevenir. La impunidad consolida y amplifica injusticias.

Sin duda la justicia bien dictada es un paso que ordena y limita. Sienta jurisprudencia en términos sociales, o sea, precedentes. Precedentes que no impiden reiteraciones pero que van marcando los pisos y límites en los que nos movemos.

El salto como sociedad no se produce por una indignación televisada, sino por animarse a ver cuánto de nosotros hay en esos hoy victimarios y empezar a construir los anticuerpos necesarios. 

Guillermo Levy es sociólogo. Profesor UBA/UNDAV.

Fuente:Pagina12


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