6 de febrero de 2023

Báez Sosa: una vigilia a horas de la sentencia por el crimen de Fernando.

 

Se acercaron los padres de la víctima

Báez Sosa: una vigilia a horas de la sentencia por el crimen de Fernando

Espontáneamente, a través de WhatsApp, la organizó un grupo de vecinos del barrio Club Ferro. "Al ver a tanta gente que me sigue apoyando siento la fuerza para seguir", dijo Graciela Sosa.

 Imagen: Télam

Un grupo de vecinos de la ciudad de Dolores organizó el domingo por la noche una vigilia para brindar "un abrazo solidario" a los padres de Fernando Báez Sosaa pocas horas de que el Tribunal Oral en lo Criminal 1 local dé a conocer la sentencia del juicio a los ocho acusados de matarlo a golpes.

La iniciativa fue impulsada por vecinos del barrio Club Ferro. Cerca de las 22 se acercaron hasta el lugar Silvino Báez y Graciela Sosa, padres de la víctima, quienes agradecieron a los organizadores y reiteraron su pedido de justicia por el crimen.

"Quisimos darle un abrazo desde acá como vecinos a los padres. Organizamos esta vigila de manera espontánea a través del grupo de whatsapp que compartimos", dijo a Télam Lidia Moisá, una de las impulsoras de la convocatoria.

Como parte de la iniciativa, los vecinos encendieron antorchas en latas con aceite quemado sobre el cordón de las veredas.

La madre de Fernando se acercó hasta el lugar de la vigilia minutos después de las 21.30, y expresó su "emoción por este gesto de afecto".

"Al ver a tanta gente que me sigue apoyando siento la fuerza para seguir, y viendo esta vigilia que armaron por Fernando me llega hasta lo más hondo de mi corazón", agradeció Graciela. El padre de la víctima se sumó minutos más tarde, y expresó que "el apoyo de la gente da la fuerza necesaria para seguir adelante".

"Sea lo que sea mañana (por el lunes) la sentencia, vamos a seguir adelante, seguir luchando. Dios quiera que sea un ejemplo para que esto no vuelva a pasar. Me gustaría que mañana la juventud tome consciencia y tome coraje para que no haya otro Fernando", aseguró el padre.



El agua entre los dedos

Por Sonia Santoro
 Imagen: Télam

No soy hombre, no estoy en mis veinti. No sé lo que es ser parte de un grupo de varones, jóvenes, que van a un boliche sabiendo que probablemente se pelearan con alguien. Pero tengo dos hijos varones. El mayor, de la edad en que algunos de los acusados tenían la noche del 18 de enero de 2020, me dice que por eso nunca le gustó salir a boliches, porque es normal que se agarren a piñas. Eso dicen también mis sobrinos. Es común, habitual, es lo que pasa siempre. Solo que esta vez terminó mal.

Hay algo que me da vueltas, que supera a la pertenencia rugbier de estos pibes. Se juega también la cultura de los hijos del poder, aunque sea un poder chiquito, de una ciudad periférica. Pero especialmente hay una cuestión que tiene que ver con lo que pasa con esos grupos de varones en los que las individualidades hacen cosas que solos no se atreverían a hacer. Está estudiado el poder del grupo, donde alguno impone, otro sigue, un tercero no quiere ser menos o tal vez hay una puja entre algunos por ver quién es el más poronga, y nadie se quiere quedar atrás, nadie quiere ser menos, incluso nadie puede querer ser menos.

Recordé el cuento de Osvaldo Lamborghini, “La causa justa”, en el que después de un partido, en un vestuario, empiezan “las pioladas y las bromas de mal gusto, ese repugnante clima de “formamos todos una gran familia” creado generalmente por los acostumbrados al naranjín, pero que la juegan de campeones del “vinacho” –como dicen ellos, y que a las tres copas ya perdieron”, y siempre hay uno que prepotea a otro, se va de boca, lo humilla, el atacado responde, y esa escena se repite porque todos por acción u omisión la avalan. Pero un día Tokuro, un hombre de otra cultura, que no entiende de dobles sentidos, exige que el que arenga cumpla con lo que dice. Y lo que ese hombre venía diciendo es que si fuera puto le chuparía la pija al otro, pero como no es no lo hace. El asunto es que Tokuro que sabe de artes marciales, exige que se cumpla con la palabra empeñada o los mata a todos. Y todo el grupo de guapos arruga, frente a ese que se animó a cortar semejante circo.

Para Fernando no hubo un Tokuro. Y con esto no quiero decir que oriente no tenga sus propios rituales de crueldad entre hombres. Sin embargo, en la historia de Lamborghini, me gusta leer que es el hombre de otra cultura, alguien que viene de otro lado y está excluido del pacto que los sostiene a todos, el que logra romper con ese juego perverso de afirmación de la masculinidad siempre heterosexual, blanca y de clase acomodada.

A Fernando Báez le faltó un Tokuro, repito. Alguien que no naturalizara la violencia, alguien que interrumpiera esa carnicería. Alguien o muchos, mejor dicho, entre todos los que estaban viendo lo que pasaba, que pudiera impedir que lo mataran.

También recordé otro cuento, esta vez de Raymond Carver, “Tanta agua tan cerca de casa”, en el que una mujer relata cómo su esposo y tres amigos, “gente honrada, hombres de su casa, hombres que se ocupan de su trabajo” fueron a pescar. Apenas llegar al río encontraron a una chica muerta, desnuda, el cuerpo enganchado en unas ramas en el agua. Uno de los hombres dijo que tenían que avisar a la policía de inmediato, pero los otros se opusieron, dijeron que la chica ya estaba muerta, no se iba a ir a ninguna parte, y ellos estaban cansados, acababan de llegar, era tarde y no tenían ganas de volver. Así que siguieron con sus planes, acamparon, hicieron fuego, tomaron whisky, ataron a la chica para que no se la llevara el río, pescaron, desayunaron y cenaron, jugaron a las cartas, contaron historias, durmieron, tomaron más whisky, siguieron pescando y después recién decidieron volver. Entonces llamaron a la policía y se quedaron esperando las instrucciones sin ninguna vergüenza, ni remordimiento ni culpa.

Ellos no la habían matado. Sin embargo, les resultó más cómodo aprovechar su fin de semana que abortar sus planes porque habían encontrado una chica muerta, seguramente asesinada. Imposible no asociar la actitud de esos hombres con la de los pibes yendo a comer después de ser conscientes de que Fernando había “caducado”.

En el cuento, la mujer está furiosa con el marido. Va al velorio de la chica. Duerme en el sofá. Le habla poco y mal a su marido. Recuerda que en su adolescencia habían matado a una chica, también la habían tirado al río, y declararon inocentes a los únicos sospechosos. Al final ella vuelve a su casa -había dejado a su hijo con el padre unas horas para ir al velorio - y teme que le haya pasado algo. Esa desconfianza hacia su marido dura un instante, hasta que encuentra al chico sano y salvo. Finalmente se reconcilia con su marido y todo hace creer que las cosas seguirán como hasta el momento.

No dejo de pensar en esas cofradías de hombres que se potencian, se tapan, se sostienen, se dejan llevar. Y por otro en las mujeres que a veces tenemos un rapto de lucidez, desconfiamos, pero después dejamos que todo siga en su lugar.

Lo que quiero decir es que hemos normalizado durante siglos y milenios esa violencia. Sin ir demasiado lejos, en los últimos años no es raro que los medios nos hablen de violaciones grupales que en algunos casos terminan en asesinatos, de hombres matando a otros hombres y a mujeres. Lo que pasó con Fernando no es nuevo. Tal vez lo nuevo es que haya tantos registros fílmicos y testigos de lo que pasó.

Me pregunto si una “condena ejemplar” -aunque un amigo letrado me aclara que las condenas no deben ejemplificar nada- permitirá cambiar esa costumbre ancestral de machos preocupados por cuidarse las espaldas sin importar las consecuencias.

Me pregunto si como sociedad estaremos a la altura, si seremos capaces de producir Tokuros (lo digo como concepto, más allá de lo individual), o seguiremos cada uno en nuestros asuntos y diremos, como el protagonista de “Tanta agua tan cerca de casa”, como justificación:

-Estaba muerta. Y lo siento como el que más. Pero estaba muerta.

 

Y seguiremos leyendo el diario, tomando una cerveza, fumando un cigarrillo mirando la nada. O nos enojaremos por un tiempo y luego dejaremos que todo siga su curso, como el río, o mejor dicho, como el agua del río que se nos escurre entre los dedos.


Instancia final en los tribunales de Dolores

🔴En vivo. Juicio por el crimen de Fernando Báez Sosa: a qué hora es el veredicto y las penas que podrían recibir los rugbiers

En sus alegatos, la querella y la fiscalía coincidieron en pedir una pena de prisión perpetua para los ocho acusados. Mientras que la defensa pidió que sean absueltos o juzgados por el delito de homicidio en riña. La vigilia a la espera de la sentencia. Cómo ver en vivo el veredicto. 

El 2 de enero comenzó en los Tribunales de Dolores el juicio contra los ocho rugbiers imputados por el asesinato de Fernando Báez Sosa, que tenía 18 años cuando fue atacado a golpes a la salida del boliche Le Brique en Villa Gesell.

Luego de tres semanas de audiencias en las que declararon testigos, peritos y acusados, el juicio llegó al último tramo. En sus alegatos la fiscalía y la querella pidieron que los rugbiers sean condenados a prisión perpetua.

Mientras que la defensa pidió la absolución de todos los acusados o que sean juzgados por el delito de "homicidio en riña", que prevé una pena máxima de seis años de prisión.


CÓMO VER EN VIVO EL VEREDICTO

El juicio por el crimen de Fernando Báez Sosa, el joven asesinado en 2020 en Villa Gesell, llega a su fin este lunes con la sentencia del tribunal.

Los jueces darán su veredicto en una audiencia que se desarrollará a partir de las 13 en Doloresque se podrá ver en vivo a través del canal de Youtube de la Suprema Corte de Justicia bonaerense. Página/12 transmitirá la audiencia en directo.



Fuente:Pagina12

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