Causa Caballero: Juicio oral - Día 20
“Meza dice que me tenían que matar porque los conocía a todos”
Declaró este jueves Antonio Zárate, el último de la lista de testigos que encabezaron los hermanos Julio y Carlos Aranda. El imputado Ramón Esteban Meza siguió parte de las instancias de pie.
“Meza dice que me tenían que matar porque los conocía a todos”
Declaró este jueves Antonio Zárate, el último de la lista de testigos que encabezaron los hermanos Julio y Carlos Aranda. El imputado Ramón Esteban Meza siguió parte de las instancias de pie.
Carlos y Julio ArandaCon la mitad de los testigos presentes (3 de 6), comenzó el jueves una larga audiencia, en el juicio oral y público por la Causa Caballero, que contó con el arquitectónico relato de Carlos Aranda, de su hermano, Julio, y de Antonio Zárate, todos detenidos el 3 de noviembre de 1976.
También tienen en común ser los únicos sobrevivientes de los presos políticos que pasaron por la Jefatura de Policía de la avenida 25 de Mayo. Carlos Tereszecuk, Reynaldo Zapata Soñez y Raúl María Caire fueron fusilados en la Masacre de Margarita Belén el 13 de diciembre de 1976.
Los torturadores sabían que Zárate conocía a la mayoría de ellos. Por eso, en la Brigada de Investigaciones, uno de ellos sugiere que lo deben matar por esa razón.
Hermanos
El destino de los hermanos Aranda está atravesado de lugares comunes, como la madrugada que los fueron a detener a su casa familiar de Corrientes, con el militar imputado Luis Alberto Patetta como jefe del operativo y Ramón Esteban Meza, en el apoyo policial.
A Resistencia, lo traen en automóviles distintos, pero de la misma manera: a los golpes. Julio reconoce cuando pasan el peaje por la caja registradora y un insulto del conductor del vehículo: “Pedazo de boludo, nosotros no pagamos. Pasamos a cada rato”. En cambio, Carlos perdió la noción del tiempo y el espacio.
Ya en la Jefatura de Policía, sus destinos volverían a cruzarse.
Fusilamiento
En la Jefatura de Policía, Julio estuvo parado en el descanso de una escalera durante 17 horas. En ese lugar, “lo único que me hicieron fue colocarme una pistola en el trasero y decirme: esto te vamos a hundir. También realizan simulacro de fusilamiento”.
Luego, lo llevan a la pieza donde estaban torturando a su hermano: “Parecía un sapo de los experimentos de la escuela”, fue la gráfica imagen. El que “ordenaba darle máquina (picanearlo) era (el ex fiscal Carlos) Flores Leyes (fallecido en el proceso). Patetta era el que pegaba, un muy buen pegador”, describió.
Los tormentos continuaron: entre cinco torturadores, entre ellos Meza, lo llevaron a un baño, donde lo ahogaban en una bañera y le tiraban agua en las fosas nasales con una tetera.
Ya en la Brigada de Investigaciones, lo llevan primero a uno de los sótanos, donde ve colgado a Víctor Giménez, que “se meaba y se cagaba de tanto que le pegaban”. En la “Sala negra” (Área Restringida) de la planta alta, “a las mujeres lo menos que le hacían era cogerla entre todos…”. En pocas palabras: “Eran dueños de nuestras vidas”.
Cuando lo liberan, lo convocan a la oficina donde estaba el jefe del Área Militar 233, Jorge Larrateguy, el comisario Carlos Thomas (ambos fallecidos), que tenían sobre el escritorio un revólver Mágnum y un látigo. Lo soltaron, diciendo: “A tu hermano lo vamos a hacer boleta”.
En libertad vigilada, Patetta y el cabo 1º Rubio lo visitaban periódicamente en su estudio de Arquitectura, colocando siempre una pistola en el tablero de dibujo para intimidarlo.
Ratón de Meza
Ni bien llega a la Jefatura de Policía, Carlos “Ratón” Aranda es desnudado y atado a una cama con flejes metálicos, donde, de inmediato, comienzan a torturarlo. Como resistía la picana, le pusieron una toalla mojada sobre los testículos y el pene y comenzaron a aplicar corriente eléctrica en esa zona, en los párpados, en los labios, en las tetillas, en la entrepierna.
En ese momento, “lograron sacarme. Me metí como en un embudo de luz y creo que perdí el conocimiento”. Durante 10 ó 13 días conoció la peor de las torturas, incluida la prohibición de dormir. Cada vez que dormitaba, un guardia le pegaba en los diez dedos de los pies con una regla. También lo pusieron frente a frente y sin vendas con Tereszecuk y Zapata Soñez. Si bien se conocían, simularon no conocerse. A Carlos, también lo recuerda de la tortura, cuando amenazaban con empalarlo.
Más tarde, en el mismo baño donde lo ahogaban en agua, después le permitieron bañarse. Y lo obligaron a bañar a Tereszecuk. Luego, lo trasladan a la Brigada de Investigaciones, donde volverá a cruzarse con su hermano: cae encima de él y se reconocen por un “santo y seña” parecido a una carraspera de garganta.
En la Brigada, recuerda “los gritos más de terror que de dolor”.
Ya en la alcaidía policial, Carlos fue torturado por Octavio Ayala, el jefe de la guardia dura. Lo llevaron haciendo salto rana al comedor –donde después torturarían a las víctimas de la Masacre- y lo golpean para saber la edad y dónde vivía su hermana.
Mientras Carlos hacía memoria para identificar físicamente a Meza, éste seguía las instancias de pie y la defensa apelaba al recurso de atraparlo. Pero, la descripción llegó: “Estatura normal, corpulento y morocho”. También la defensa se quedó sin argumento, cuando explicó, haciendo una analogía con un calidoscopio, cómo usaban los espejos en la alcaidía para mirar desde las celdas.
Caranchillo
Antonio Zárate, uno de los fundadores de la Unión del Personal Civil de la Provincia (UPCP), fue detenido en la calle. Llevado a la Jefatura de Policía e ingresado por la casa que ocupó hasta su muerte Wenceslao Ceniquel.
En el lugar, lo torturaron durante tres días junto con Tereszecuk y Zapata Soñez, con una picana que hacía ruido como de chicharra. Ni su relación de barrio (Villa Centenario) con Ramón Gandola y familia lo salvó. Obtuvo cocido con leche en alguna subrepticia madrugada como consuelo.
Estuvo entre siete y diez días, hasta que lo llevan a Brigada de Investigaciones, junto con Carlos Aranda. En el centro clandestino de detención frente a la plaza central, Antonio (“Caranchillo” para los más íntimos) conocía a todos sus torturadores, incluso a los llaveros, por trabajar en un puesto clave de la obra social del gobierno provincial (ex IPS).
Le pegan con una soga, los torturan en su celda, lo bajan al sótano con escalera metálica, hasta que un día lo llevan hasta una oficina, sin venda ni esposas, donde estaban: José Francisco Rodríguez Valiente, Meza (policías imputados) y Silva Longhi. Enfrente, con una pistola sobre la mesa, José Tadeo Luis Bettolli (mientras los amigos que vinieron a acompañar al militar seguían inmutables la declaración). En ese contexto, “Meza dice que me tenían que matar porque los conocía a todos”.
Sin visa para USA
Carlos Aranda estuvo preso durante siete años, un mes y un día, hasta que el 4 de diciembre de 1983 recupera su libertad. Antes, en 1979, detenido en la U9 de La Plata, logra que EE.UU. le de una visa y lo asile como preso político. “Ya no aguanto más”, se sincera con su padre, su hermano y un amigo que lo fueron a visitar hasta la cárcel bonaerense.
Sin embargo, el destino le jugó una mala –o buena- pasada: el 16 de junio lo liberan. Entonces, va hasta la Embajada de USA y se entrevista con el vicecónsul de ese país, quien le informa que, como estaba en libertad, ya no tenía más visa. El asilo sólo estaba en vigencia si Carlos estaba detenido.
“Eso me ayudó a decidir, porque no estaba muy convencido de aceptar la opción de salir del país. Así que volví a mi casa”. A los 11 días, en un operativo similar al de noviembre de 1976, lo vuelven a detener en su casa. “Hasta había militares camuflados en el baldío de enfrente”, recordó.
Informe: Marcos Salomón
Foto: Gonzalo Torres
FuentedeOrigen:ChacoDiaporDia
Fuente:Agdh
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