El 31 de julio de 1974 la triple a asesinó a rodolfo ortega peña
El abogado del Diablo
Publicado el 31 de Julio de 2011
Por Daniel Enzetti
Cuando juró como diputado nacional en 1973, lo hizo diciendo que “la sangre derramada nunca será negociada”. Y a partir de ahí encabezó la lista con que las bandas de José López Rega organizaron el exterminio previo al golpe de Estado de 1976. Sus asesinos murieron impunes.
Muchachos, la muerte no duele.” Sabía que sus compañeros lo estaban cuidando, pero a la tercera vez que le insistieron con cambiar algunos horarios, que la calle estaba jodida, que se fijara bien si lo seguían cuando llegaba tarde a su casa, y sobre todo que empezara a usar un chaleco antibalas porque las bandas parapoliciales se estaban poniendo densas, Rodolfo Ortega Peña se enojó y los recriminó con eso de la muerte. Máxima que uno puede comprobar sólo una vez en la vida, cuando muere, pero que él usaba siempre, convencido de no equivocarse. En realidad, la contestación filosa de Ortega a los amigos que lo vieron por última vez esa madrugada del 31 de julio de 1974, el día en que la Triple A lo atravesó con un cargador completo de ametralladora, era una forma educada y amigable de mandarlos a la mierda. Pero él nunca los hubiera mandado a la mierda. Los quería como a su familia.
El grupo ocupaba una mesa en un bar cercano al sindicato farmacéutico, y la charla se estiró hasta las dos de la mañana. Estaban Haroldo Logiurato y los hermanos Duhalde: Eduardo Luis, Marcelo y Carlos. Y fue Rodolfo el que les propuso seguir hablando ahí, después de una reunión que habían mantenido en el gremio para organizar un acto en homenaje a los militantes asesinados en la cárcel de Trelew dos años antes.
Ese 31 escribió algunas cosas, y a la tarde trabajó en el despacho que su monobloque De Base ocupaba en el Congreso. Había roto con un PJ corrido cada vez más a la derecha, controlado por José López Rega y su títere Isabelita –y no al revés–, que le confiaba al comisario Alberto Villar la “batalla contra la subversión” y demonizaba a la Tendencia. Para colmo, ese mes los cazadores estaban como cebados. Perón había fallecido el 1º, y en el ambiente sobrevolaba la idea de que cualquiera que se le enfrentara al “Brujo” podía terminar desangrado en un callejón. Pensándolo bien, la recomendación del cumpa Ricardo Beltrán no era exagerada. Pero él definitivamente nunca se pondría chalecos de fierro.
A las 7 de la tarde sonó el teléfono de la oficina. Un supuesto periodista de El Cronista Comercial le preguntó hasta qué hora se quedaría, y arregló con Ortega pasar a las 9 de la noche para entrevistarlo. Pasadas las 9, y cansado de esperar, salió de la Cámara con su mujer Helena Villagra. Caminaron por Callao hasta Santa Fe, entraron en una pizzería, y al rato tomaron un taxi estacionado en Santa Fe y Riobamba, el Siam Di Tella patente C371.002 manejado por Santos Vilella, que repitió en voz alta “Carlos Pellegrini y Juncal” cuando escuchó el destino del viaje, y dejó la luz interior del auto prendida hasta que el “Pelado” le pidió que la apagara. El taxi agarró por Pellegrini y se detuvo después de cruzar Arenales. La pareja bajó, y mientras pagaba, tres hombres con las cabezas tapadas que saltaron de un Ford Fairlane verde lo acribillaron a tres metros de distancia. “Todo se desarrolló en contados segundos”, explicó el diario Noticias en su edición del 2 de agosto del ’74. “La ráfaga de balas continuó ininterrumpidamente hasta que el matador –que escondía su rostro enfundado en una media de mujer– vació la carga de su arma. Había no menos de 24 cápsulas servidas en el lugar. El cadáver de Ortega Peña presentaba ocho impactos en la cabeza, uno en la muñeca y otro en el antebrazo –hecho probablemente al intentar cubrirse con el brazo en un gesto instintivo–, y el resto en distintas partes del cuerpo.”
“¿Qué pasa, flaca?”, le dijo a Helena desesperado, antes de la última andanada. Y cayó al suelo.
“Sabíamos que existía un plan”. Para hablar de Ortega se pueden tomar algunos números que impactan. A los 20 años ya ejercía la abogacía, paralelamente al estudio de dos carreras, Ciencias Económicas y Filosofía. Leía siete idiomas, fue autor de trabajos de investigación sociológica, y hasta sus 38 años, cuando lo mataron, había escrito una decena de libros políticos e históricos junto a su amigo y colega Eduardo Luis Duhalde. Era un polemista obstinado, que discutía con Leopoldo Marechal y Ernesto Sabato sobre literatura, con Julián Marías acerca de Miguel Unamuno, o con Carlos Cossio sobre la ontología del Derecho.
Había arrancado militando en el Partido Comunista, hasta recalar en el peronismo de la mano de César Marcos, mítico cuadro de la resistencia. Desde Militancia, la publicación que dirigió con Duhalde, denunció cada uno de los aprietes que sufrió el gobierno popular, pero al mismo tiempo no tuvo ningún problema en responsabilizar al mismo Perón cuando ese gobierno abandonó “las pautas programáticas” y permitió que los criminales de las policías Federal y Bonaerense avanzaran terreno. Durante la dictadura de Alejandro Lanusse defendió a presos políticos, y a partir de 1973, año de la asunción de Héctor Cámpora, ocupó distintos cargos en la Universidad de Buenos Aires y el Instituto de Historia del Derecho.
Pero en el medio, antes de la “primavera camporista” y el regreso definitivo del líder desde España, Ortega fue clave en el trabajo de protección jurídica y asesoramiento legal que algunos de los cuadros mayor preparados de la resistencia llevaron a cabo para cubrir primero a víctimas del lopezreguismo, y después de la dictadura. Verdadero antecedente de la tarea que los letrados comprometidos con causas de Derechos Humanos impulsaron a partir del golpe de Estado, dos años después del asesinato de Pellegrini y Arenales.
A comienzos de los años setenta, por ejemplo, un grupo sin identificación interceptó a Roberto Quieto en plena calle y lo metió en el baúl de un Falcon, pero la presión de varios abogados logró que la División de Investigaciones Policiales Antidemocráticas (DIPA) “blanqueara” el secuestro en detención. Para transformar el esfuerzo individual en acción conjunta, Ortega le dio forma a la Asociación Gremial de Abogados (ver recuadro), con el aporte de penalistas, militantes e intelectuales como Duhalde, Silvio Frondizi, Roberto Sinigaglia, Manuel Gaggero y Esteban Righi. La liberación de los presos políticos dispuesta por Cámpora, inmediatamente a la jura como presidente en 1973, fue otro de los hechos que lo tuvo como protagonista, pero no sólo en la cárcel de Devoto. Ortega, junto con Carlos Caride, Envar El Kadri, Julio Troxler, Jaime Dri y Diego Muñiz Barreto, entre otros, accionaron, apoyaron y promovieron la salida de cientos de apresados en los penales de Olmos, La Plata, Rawson y Chaco.
Ya estaba marcado antes de la muerte de Perón. Su nombre ocupaba uno de los primeros lugares en un listado de militantes que la Triple A pensaba eliminar y que el mismo López Rega presentó al presidente en la residencia de Olivos, ante efectivos de la Federal, sin que el “Viejo” dijera una sola palabra. Antes de que muriera pude entrevistar varias veces a Reynaldo Benavídez, uno de los fusilados que la madrugada del 10 de junio de 1956 sobrevivieron en el basural de José León Suárez. Benavídez, parte de los grupos que en aquellos años conspiraron contra la dictadura de Pedro Aramburu e Isaac Rojas y se plegaron al levantamiento del general Juan José Valle, se convirtió sin quererlo en fuente fundamental de Rodolfo Walsh para que el escritor denunciara la matanza en Operación Masacre. Y Reynaldo, íntimo amigo de Troxler, otro de los sobrevivientes de aquel tiro al blanco siniestro, conocía muy bien la lista del Brujo. “Sabíamos que existía un plan para exterminar a los principales cuadros políticos que la derecha tenía en la mira desde 1973 –recordó Benavídez–, y también sabíamos que los compañeros marcados no tenían ningún tipo de posibilidad para torcer eso. La única manera de salvarse era irse del país. En esa carpeta estaban Carlos Mugica, Rodolfo Ortega Peña y Julio Troxler como los más destacados, pero había otros, como Bernardo Alberte. Yo mismo intenté decirle a Julio que se cuidara, y realmente no sé si él se enteró de la existencia del informe. Pero siempre me quedó el sabor amargo del tiempo que me faltó para contárselo. Cuando supe lo del plan y quise advertirlo ya era tarde, lo habían asesinado en un callejón de Barracas.”
La palabra como herramienta. Ortega Peña y Duhalde escribieron por primera vez juntos en 1965. Se trató de Felipe Vallese, proceso al sistema, libro editado por la UOM y que relató la historia y desaparición del militante metalúrgico secuestrado en 1962. Ese texto, basado en el aporte que desde revistas como 18 de Marzo y Compañero había realizado el periodista Pedro Barraza, marcó no sólo el debut del Pelado en la investigación y la literatura, sino en la entonces extraña sensación de ser amenazado y perseguido, prácticas que menos de una década después serían moneda corriente para él y para sus compañeros.
Con la misma obstinación, redactaba estrategias legales para la defensa de los intereses de un sindicato (como la tarea en la que se basó el recordado plan de lucha de la UOM en 1964), notas e informes periodísticos (después de Militancia, clausurada por la derecha, editó De Frente, publicación que homenajeaba desde su nombre a la de John William Cooke), y discursos de un altísimo nivel político y social (como el pronunciado por el dirigente Andrés Framini a raíz de la invasión a Santo Domingo).
Se inclinó por el revisionismo histórico, a partir del acercamiento temprano con Juan José Hernández Arregui y José María Rosa. Escribió junto con Duhalde, entre otros libros, El asesinato de Dorrego: poder, oligarquía y penetración extranjera en el río de la Plata; Facundo y la montonera: historia de la resistencia nacional a la penetración británica; Las guerras civiles argentinas y la historiografía; y Felipe Varela contra el imperio británico.
Baring Brothers y la historia política argentina se conoció por primera vez en 1968. Pero en junio de 1973, es decir, pocos días después del arribo de Cámpora a la Casa Rosada, la dupla y ese gran impulsor del pensamiento nacional que fue Arturo Peña Lillo decidieron que era el momento justo para que se volviera a conocer uno de los documentos más lúcidos referidos a los vaivenes de la economía argentina desde su concepción como país. Y publicaron nuevamente Baring. Con la siguiente mención: “Se reedita este libro coincidentemente con el ascenso al gobierno del Movimiento Peronista. Una larga lucha con nuevos mártires queda atrás, y la historia vuelve a ser experiencia alertante para esta etapa que se preanuncia dificultosa. Los intereses imperialistas acechan, entrelazados a los designios de la oligarquía monopolista. Pero una clase trabajadora peronista más conciente que nunca y la voluntad combativa de una juventud que lleva en su frente las lecciones de Scalabrini y Cooke, impedirán que la contrarrevolución perturbe la marcha irreversible hacia el socialismo nacional”.
Trece meses después, Ortega fue obligado a poner el cuerpo para corroborar que aquello de la “etapa dificultosa” que se venía era cierto. Como él había dicho. <
A 37 años del asesinato
Ramiro Ortega Gómez
Viejo, quería contarte que nos sentimos orgullosos de ser parte de este presente histórico donde los juicios a los genocidas concluyen con la impunidad, donde la memoria del pueblo se recupera. Donde tus hijos y nietos son parte del proyecto militante, colectivo, de un país que hace casi ocho años reconquistaba las utopías truncadas por la violencia del Estado. Donde las palabras justicia social, soberanía política e independencia económica sean el bastión que nuestros hijos transmitan a los suyos sin desencuentros, como lo soñaron nuestros padres.
…O volverán nuestros hijos
Sé que tus hijos, Rodolfo,
Y mis hijos y los hijos de cada compañero
Verán hacerse luz la pesadilla.
(Poema de Vicente Zito Lema).
Los matadores
Rodolfo Almirón, fallecido en junio de 2009 y sindicado junto a Juan Ramón Morales como el responsable del asesinato de Rodolfo Ortega Peña, era el jefe de uno de los ocho grupos en que se dividió la Triple A en el momento de diagramar su plan de exterminio. La banda, comandada por José López Rega desde el Ministerio de Bienestar Social y el comisario de la Federal Alberto Villar como responsable operativo, contó desde sus inicios con otros personajes centrales: el teniente del Ejército Horacio Salvador Paino, Miguel Ángel Rovira, José Miguel Tarquini y Rubén Escobar. A los que se sumaron expertos en operativos de represión en el interior del país que habían actuado sobre todo en Córdoba y Tucumán: los principales Jorge Muñoz, Gustavo Eklund y Tidio Durruti; y los inspectores Jorge Veyra, Eduardo Fumega, Alejandro Alais y Félix Farías.
El recordado Carlos Juvenal, en su libro Buenos Muchachos, cuenta que “Almirón, otro defenestrado por la Policía Federal por su visible complicidad con contrabandistas, traficantes y ladrones, la verdadera pesada de la década del sesenta, acumulaba además una acusación por homicidio: el 9 de junio de 1964, él y un tal Vicente Lavía fueron detenidos por el asesinato del teniente Earl Thomas Davies, un norteamericano de 23 años, en la conocida boite Reviens, de Olivos. Almirón y Morales en algún momento estuvieron asociados con la banda de ‘El Loco’ Prieto, que murió quemado en la prisión. Una venganza por sus actividades como delator.”
En su declaración ante organismos de Derechos Humanos en 1983, el entonces comisario retirado de la Federal Rodolfo Peregrino Fernández explicó que “la designación de José López Rega en 1973 como ministro de Bienestar Social trae aparejada la rehabilitación de los oficiales de la Policía Federal Juan Ramón Morales y Rodolfo Eduardo Almirón, que habían sido separados del servicio por su vinculación con importantes bandas de delincuentes comunes. Morales y Almirón fueron ascendidos y reincorporados como oficiales retirados a cargo de la custodia del ministro de Bienestar Social, y posteriormente, de la custodia presidencial.” Y agregó que los asesinos de Ortega Peña, “conjuntamente con el principal José Famá –quien era de confianza personal de López Rega en razón de su parentesco– y sectores parapoliciales reclutados entre conocidos delincuentes comunes, como Antonio Melquíades Vidal, alias Tony, o antiguos represores como Héctor García Rey, conformaron la otra vertiente principal de la AAA, cuya existencia, así como el nombre de sus jefes principales, era conocida por la oficialidad de la Policía Federal Argentina”.
Las Tres A, antes “Comando Libertadores de América”, ya tenían dos crímenes registrados previamente a los de Carlos Mugica y Ortega: los del periodista José Colombo en San Nicolás y el dirigente peronista rosarino Constantino Razzetti. Ensayos de lo que fue el operativo de mayor envergadura del grupo, también coordinado por Almirón: los secuestros y torturas en Villa Constitución apoyados por la gerencia de Acindar, en esa época manejada por Alfredo Martínez de Hoz.
Fuente:TiempoArgentino
Ortega y la Gremial de Abogados
Publicado el 31 de Julio de 2011
El último viernes, y junto a varias entidades profesionales y vinculadas a los Derechos Humanos, la Gremial de Abogados llevó a cabo en el sindicato farmacéutico un acto en recuerdo de Ortega Peña, uno de los principales motores de la Asociación.
Los antecedentes del grupo se remontan a febrero de 1970, con la aparición de la Agrupación de Abogados de Córdoba, a pocos meses del Cordobazo de mayo del ’69. Ya como asociación de carácter nacional, penalistas y expertos en otras corrientes del Derecho comenzaron a editar la publicación Alegato y, al mismo tiempo encargarse de la defensa de presos políticos, accionar contra las dictaduras que detenían y anulaban las matrículas de colegas en distintas provincias, como en los casos de Alfredo Curuchet y Martín Federico.
Ortega y Mario Hernández, por ejemplo, fueron claves para que el colectivo de letrados resistiera las reformas impuestas por la dictadura de Alejandro Lanusse al Código Penal, y también enfrentara la aparición del llamado “Fuero Antisubversivo” de la Cámara Federal Penal de la Nación (tristemente recordado como “Camarón”), mediante el cual los militares intentaban dar luz verde a operativos sin proceso ni acusación formal.
Fuente:TiempoArgentino
Uno de los leales
Publicado el 31 de Julio de 2011
Pablo Waisberg*
Lealtad. Esa palabra, tan significativa para la vida del movimiento peronista, podría ser la razón de su muerte. Fue acercándose a ella poco después del golpe de Estado de 1955, que terminó con el presidente Juan Domingo Perón en el exilio. En ese proceso, que lo llevó de su cuna de clase media acomodada y conservadora a teorizar sobre la revolución en el PC y finalmente al peronismo, conoció todos sus pliegues e interpretaciones. Ese acercamiento al movimiento que recordaba el nombre del líder exiliado tuvo el condimento central de la Resistencia Peronista: jóvenes y no tanto que abrazaron la causa sin el respaldo del Estado, sino más bien todo lo contrario. Posiblemente ese proceso, de peronizarse lejos de Perón y trabajar para su regreso al país, le permitió ver los dobleces y reinterpretaciones del concepto de lealtad, que fue puliendo con el tiempo. Por eso tuvo espacio para ser abogado de sindicatos, historiador revisionista, defensor de presos políticos y diputado nacional por el Frente Justicialista de Liberación Nacional. Pero llegó a ocupar el cargo ya con fuertes diferencias con el proyecto político que había ido mutando entre el 25 de mayo de 1973 y los primeros meses del año siguiente. “Cuento con el apoyo del pueblo. Creo que lo que está solo es el Parlamento, que hace leyes antipopulares. Yo voy a tratar de hacer proyectos que respondan a lo que el peronismo quiere y a las necesidades populares. El Consejo (Nacional Justicialista) piensa que yo no soy peronista mientras que el pueblo me reconoce como tal. Esto es lo que cuenta”, dijo después de asumir su banca, en marzo de 1974. Cuatro meses después fue acribillado en pleno centro porteño. Su asesinato fue el primer crimen reivindicado por la Triple A.
*Autor, junto a Felipe Celesia, de La ley y las armas, biografía de Rodolfo Ortega Peña.
Fuente:TiempoArgentino

No hay comentarios:
Publicar un comentario