“Me sentía una hilachita, como muerta dentro de mí”
Año 4. Edición número 175. Domingo 25 de septiembre de 2011
Por Raúl Arcomano
Hoy. Vive en Ginebra y es doctora en Letras. || Algo se quebró en mí. De cómo terminó mi adolescencia en una celda de castigo. Autora: Gladys Ambort. Editorial: Peña Lillo. Ediciones Continente.
Entrevista: Gladys Ambort, ex detenida. Fue encarcelada por su militancia en 1975. Estuvo tres años en diferentes prisiones. Pudo partir al exilio gracias a la presión de organismos de DD.HH. El relato de su historia, plasmado en un libro.
La delató una profesora del colegio al que iba, el Comercial de Córdoba. Su “delito”: ser militante de Vanguardia Comunista. Gobernaba María Estela Martínez de Perón con El Brujo López Rega digitando todo desde las sombras. Gladys Ambort tenía 17 años y ya estaba casada. La policía irrumpió en la pensión donde vivía con su esposo el 27 de mayo de 1975. Se los llevaron a los dos. Él quedó en libertad a los cinco meses. La odisea de ella fue más larga. Los siguientes tres años los pasó detenida: pasó por una comisaría de Río Cuarto, en un convento, en la penitenciaría de Córdoba y finalmente en Villa Devoto. Por presiones de organismos de derechos humanos logró salir de la cárcel en enero de 1978. Partió, como tantos otros, al exilio. París la esperaba de brazos abiertos: vivió allí nueve años, luego en México y ahora en Suiza. Hoy reside en Ginebra y es doctora en Letras. Toda esa experiencia dolorosa la plasmó en el libro Algo se quebró en mí. De cómo terminó mi adolescencia en una celda de castigo, prologado por Osvaldo Bayer. Miradas al Sur habló con ella.
–¿Cómo recuerda hoy sus días de militancia?
–Como un período de mucha ebullición. Todo evolucionaba a gran velocidad y vivíamos de manera sumamente apresurada. Rompíamos con los valores que habíamos recibido, y ajustábamos nuestra vida a nuestros valores revolucionarios y a la política y plan de acción del partido.
–¿Cómo fue el día de su detención?
–Un día normal en el que me preparaba para ir a la escuela. Fue el primer día en que no pude asistir a clases. Eso fue lo que más me preocupó y me dolió. La escuela era muy importante para mí. Nosotros queríamos cambiar nuestros valores, pero los que nos parecían retrógrados. Queríamos cambiar métodos y sistemas de enseñanza, pero no la educación en sí.
–¿Pudo perdonar a la profesora que la denunció? ¿Y a la directora?
–Nunca supe nada de ellas. ¿Perdonarlas? No recuerdo haber tenido sentimiento alguno por ellas. Si hoy pienso en ellas, las imagino dos pobres mujeres chatas, superficiales y desgraciadas. Fantasías mías, claro está.
–A su esposo también lo detuvieron.
–Sí, pero lo liberaron antes. Al cabo de dos meses de detención, a él le quitaron el decreto del Ejecutivo que nos habían aplicado a los dos. Cuando a los cinco meses el juez nos dictó el sobreseimiento provisorio, él pudo salir. Yo, en cambio, quedé a disposición del PEN.
–¿Siempre estuvo detenida de manera “legal”?
–Sí. En esa época, las detenciones ilegales todavía no eran una práctica tan habitual, y a pesar de todos sus déficit, todavía funcionaba la Justicia.
–¿Por qué se sentía aislada de sus compañeras en Devoto? ¿Diferencias ideológicas, generacionales?
–Las diferencias eran sobre todo ideológicas, pero quizá también había algo relacionado con el nivel generacional. Yo era muy joven. A esa edad, dos o tres años de diferencia son importantes. La convivencia fue siempre buena. Predominaba la solidaridad, pero me parece que con el tiempo los aspectos ideológicos y la política de las detenidas dentro del penal llegaron a superar ese espíritu de camaradería que había entre nosotras.
–¿Qué se quebró en la celda de aislamiento?
–Yo.
–¿Logró recuperarse?
–Bueno, es un proceso. Y no creo que tenga un fin. La tortura psicológica puede destruir completamente a un individuo. Sus efectos me requirieron mucho esfuerzo y años de trabajo y reflexión. Nunca podré decir “ya está, ya me he vuelto a hacer”, pero realicé un trabajo de reconstrucción de mi persona que me hizo muy bien.
–¿Qué pensó el día que subió a un avión con destino a Francia?
–No mucho. Estaba demasiado agotada para sentir cualquier emoción. Me sentía una hilachita, como “muerta dentro de mí”.
–¿Cómo fueron los primeros años de exilio?
–Difíciles. Pero también me abrieron las puertas de otros mundos que de otro modo no sé si hubiera llegado a descubrir. Y no me refiero solamente a mundos materiales y geográficos.
–¿Siguió al tanto de lo que pasaba en Argentina?
–Al principio, sobre todo durante el año del Mundial de Fútbol de 1978, me comprometí con una política de testimonio y denuncia. Pero con el tiempo me encerré en mí misma. Comencé entonces a seguir y a vivir lo que sucedía en la Argentina de más lejos, aunque también de cerca. Por un lado, no quería saber lo que estaba sucediendo, pero por otro, a la Argentina la llevaba adentro, era imposible no saberla, no vivirla.
–¿Qué opina de los juicios de lesa humanidad que se hacen en el país?
–Que son fundamentales para la reconstrucción de la sociedad, para la construcción de un modelo preciso de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que está permitido hacer y lo que no.
–¿De qué manera cambió su vida la cárcel y el exilio?
–El relato que hago en mi libro ofrece en detalle el análisis que hago de esa experiencia. Es el objetivo del libro. Un objetivo que perseguí durante años: lograr poner palabras a lo que había vivido. Esa experiencia, que sí cambió radicalmente mi vida, no se pueda reducir a pocas palabras. ¿De qué manera la cambió? Como en el caso de una demolición. No se renueva, se tira abajo la casa para construir de nuevo, con todas las dificultades que en un trabajo de construcción pueden surgir.
Fuente:MiradasalSur
Memoria de las presas políticas
Por Soledad Lofredo
La cárcel de Devoto fue, durante la dictadura militar, el centro de detención de más de 1.500 militantes políticas. La mayoría de ellas eran madres que, además de luchar para que sus pequeños hijos puedan visitarlas una vez al mes, lo hicieron para sobrevivir en medio de represión y de no poder ver la luz del día. “Esta es otra parte de la historia de las mujeres, la de hacer un bloque indestructible”, dice Blanca Becher, una de las sobrevivientes de aquella época.
La mayoría de las presas estuvo en Devoto desde 1976 hasta el retorno a la democracia. Junto a más de cien ex compañeras del penal Becher recuperó 2.500 cartas que enviaban a sus familias, como forma de volver a recordar y aclarar la memoria, y publicaron el libro Nosotras, presas políticas.
–¿Cómo surgió la idea de la publicación?
–La idea la tuvo una compañera que falleció. Nos empezamos a juntar las memoriosas, pero nos dimos cuenta de que ninguna tenía bien en claro las fechas de cuándo pasaron las cosas. Entonces, decidimos empezar a recuperar y juntar las cartas que habíamos enviado durante esos años. Fue un trabajo pesado porque algunas estaban destruidas y borrosas, pero por otro lado era el reencuentro con toda la historia. Nos llevó siete años hacerlo, lo terminamos en el 2006. De a poco fuimos recordando, porque no fueron todos los días iguales.
–¿Cómo fue vivir en la cárcel en esa época?
–Rescato las partes positivas de esos años, porque salimos más o menos enteras. Lo bautizamos “contra norma”: teníamos un régimen muy estricto, donde todo estaba prohibido, y los castigos a flor de piel. Pero nosotras hacíamos igualmente todo: bordar, cantar, hacer coros, cosas que estaban totalmente prohibidas. Y ellos nos reprimían con “el ocio reparador”, una época en donde teníamos que estar sentadas, sin hacer nada, sin mover las manos, ni nada, en todas las horas que no eran las horas de sueño. Por las noches, cuando nos acostábamos, empezaban los piquetes de luz, y no podíamos dormir porque empezaban a molestar, a gritar, nos revisaban enteras para ver si teníamos puesta la ropa, y nos hacían cosas espantosas. Amén de que durante todos esos años, todos los días, vivíamos cuatro mujeres en una pieza de 2 x 2, con la letrina y una pileta.
–¿Sobrevivieron viviendo?
–Una compañera me decía que, por lo que contábamos, daba la impresión de que hubiésemos estado en un liceo de señoritas. Y no fue así. Nosotras fuimos tan perseguidas y torturadas como en todas las historias que se conocen. Que no hayamos centrado el eje del libro en el sufrimiento es una decisión para que se conozca otra parte de la vida: desde dónde uno puede sacar fuerzas para hacer cosas. A mí me gusta que mis nietos sepan que frente a las adversidades de la vida uno tiene, aunque crea que no, herramientas para poder superarlas. Y cómo nosotras nos basamos en la solidaridad, una cosa ineludible, en el pensamiento político. Nosotras no estábamos ahí adentro porque pasábamos por la calle. Éramos militantes políticas, sí sabíamos por qué estábamos presas. Hoy podemos verlo desde otro lugar, podemos pensar qué estuvo bien, qué estuvo mal. Pero en ese momento estuvimos pensando que eso era lo mejor que podíamos hacer.
–¿Cómo fue la recepción del libro?
–Nos satisface mucho que se conozca esta parte de la historia. Sí se sabe la de los compañeros desaparecidos, de los chicos que faltan, pero esta parte, de estas abuelitas hoy, que salimos vivas, que nos reunimos, jugamos al volley en donde haya un jardín, que podemos estar tres días juntas con el mate y hablando, no se conocía. Además, la alegría del reencuentro con otras compañeras fue algo increíble.
Fuente:MiradasalSur

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