Viernes 23 de Septiembre de 2011
“Sos estudiante, vivís en La Plata, sos inteligente y getón”, dijo un ex conscripto
Esos fueron los motivos del secuestro que un ex conscripto mencionó en su testimonio durante el Juicio por la Verdad en La Plata. A su vez, declararon en Tribunales un hombre privado ilegítimamente de su libertad acusado de participar en el ERP y dos que presenciaron la detención de un trabajador.
Foto: archivo internet
Cuatro testigos se presentaron en la Cámara de Apelaciones platense para declarar acerca de sus propios secuestros y del de un trabajador desaparecido durante la última dictadura cívico-militar.
“Es la primera vez que vengo”. Así comenzó la declaración de Bernardo Luján Segovia, quien fue detenido el 23 de mayo de 1976. Él viajaba en el micro 159 cuando la policía frenó al colectivo en Monte Verde para pedir documentos. Lo bajaron, mostró un papel del Registro Civil ya que había extraviado su identificación, y volvió a subir. “Un oficial me dijo que abajo de mi asiento había volantes del ERP, yo no los vi”, explicó el declarante.
Entonces, lo hicieron descender del vehículo y le pegaron. “Ahí había gente en el pasto que venía de otro micro”, sostuvo y agregó: “Me pusieron el pulóver en la cabeza, me sacaron el Montgomery, me tiraron y me apuntaban”. Así estuvo alrededor de cuatro horas, mientras escuchaba las palabras de los oficiales:
-Usted intervino en el ataque al Regimiento de Monte Chingolo
“Si fuera así, no estaría acá”, afirmó Segovia. Además, comentó que lo llevaron a la Comisaría Primera de Varela, donde lo dejaron en camiseta y vaquero. Recordó que había varias personas en un patio y luego lo trasladaron a una sala pequeña.
-Cantá, delatá gente.
-Yo iba al médico, no tengo nada que ver.
“Me tiraron al piso y comenzaron a pegarme con las botas”, detalló el testigo. Lo dejaron en otra habitación y a las dos de la mañana lo trasladaron en el baúl de un Falcon o Torino junto a dos personas más. Arribaron a un territorio donde observó que había un zanjón, un tejido de dos metros y luego una pared. “Vi como diez que estábamos contra el paredón porque se me corrió la venda e hicieron un simulacro de fusilamiento”, expresó el declarante.
Después los separaron en celdas individuales. “Me llevaron a un lugar donde me pusieron en una cama y comenzaron a picanearme”, remarcó. En otra celda, lo mojaron con toallas y le pegaron, al punto de que Segovia perdió el sentido. Un policía se acercó a él:
-Creí que no volvías, pibe. Te quedaste duro anoche.
El testigo recordó que cuando lo bañaron vio a dos mujeres. En otra oportunidad, conversó con una de ellas:
-Me llamo Brenda Novoa, estoy embarazada y no sé dónde estoy. ¿A vos te pasa lo mismo?
-Sí.
Aprendieron sistema Morse. “Había una chica, Carla Touson, ella se comunicaba a las tres o cuatro de la mañana”, expuso el declarante y añadió: “Cada vez que los guardias cantaban ‘El toro enamorado de la Luna’ nos venían a picanear”.
Una noche escuchó la voz de Carla:
-¡Hijos de puta, denme armas así me muero peleando!
Fue la última vez que la oyó.
Luego lo trasladaron a otro sitio, donde las celdas tenían rejas. Post tortura lo llevaban a una sala que, según contó el testigo, los hombres del Centro Clandestino de Detención lo llamaban el lugar de los “masajes”, donde le pegaban con toallas y botas, tirado en el piso. “Muchas veces pedí que me mataran, que me volaran la cabeza de un tiro antes de que me picanearan, no quería sufrir más”, afirmó.
Un guardia le dijo que lo iban a interrogar por última vez y luego podría salir. Primero lo ablandaron con la picana para dar paso a las preguntas:
-Acá tenés que decir la verdad. Te vimos el 20 de diciembre en el Cruce Varela- el interrogador indicó un sitio cercano a Monte Chingolo.
-Puede ser que me hayan visto, yo ahí iba a comprar, vivo cerca.
-Usted hace inteligencia para el ERP. Está con Santucho.
-No lo conozco, sólo por las noticias de la radio o la televisión.
El cuestionario incluyó interrogantes políticos y otros vinculados a su familia. Luego, otra vez la picana y más preguntas. Segovia mencionó que el Coronel Wolffe también lo indagó:
-¿Por qué querés que te matemos?
-Porque no quiero sufrir más. ¿Por qué me picaneás?
-Porque vos no decís la verdad y a nosotros no nos gustan los mentirosos. Cantá.
-No hice nada.
-Sos durito. Te voy a preguntar por última vez: ¿Tenés algo que ver con el Regimiento?
-No.
-Entones picana.
-No quiero sufrir más.
-No creí que los terroristas eran tan cagones.
-Seré cagón, pero no tuve nada que ver.
Al día siguiente los guardias jugaron a la ruleta rusa con los detenidos. A las dos de la mañana, lo dejaron en una tranquera en Burzaco junto a otro prisionero: “Hay un francotirador. No se muevan”, les adviertieron.
El otro muchacho se fue de ese lugar y nunca más lo volvió a ver. Estaba barburdo y con una camiseta sucia. “Si me ve la policía así, soy boleta”, pensó. Una pareja le dio un peso para el colectivo San Vicente. Llegó a una parada de taxis, pero nadie quería transportarlo, excepto un conductor:
-¿Qué te pasa, pibe?
-Me secuestraron.
-Yo tengo un hermano que no apareció. Te voy a llevar.
¿Dónde estaba el matadero?
El testigo recordó las palabras de los guardias:
-¡Zurdos! ¡Comunistas! Ustedes quieren el trapo rojo y no la bandera celeste y blanca.
Por eso, les hacían cantar el Himno Nacional, la “Aurora” y la “Marcha de San Lorenzo”.
“Yo pienso muchas veces que a mí me llevaron equivocándose”, explicó y describió un diálogo que tuvo con el “facultativo” (así llamaban los guardias al médico):
-Qué suerte que tenés que estás aguantando. Muchos se quedaron en el camino.
-¿Cuánto voy a durar?
-Y no sé. Quizás dos días más. Depende de lo que hablés.
El testigo afirmó que la mayoría eran policías de la Provincia y escuchó que llamaron al Servicio Penitenciario. “Nunca he ido a declarar por miedo a revolver otra vez la herida, pero calculo que estuve en el Pozo de Banfield”, comentó Segovia y añadió: “En los últimos meses había olor a sangre. Era como si hubieran reciclado un matadero”. Se le exhibieron los planos del Pozo de Banfield y Quilmes, pero la descripción no coincidía con los mismos. De todas maneras, dado que están hechos de acuerdo a diferentes relatos, se lo añadió a esa causa.
El conscripto detenido
Gustavo Horacio Patat ingresó al Servicio Militar en febrero de 1977. Trabajaba en la administración del barrio de suboficiales Sargento Cabral. Como permaneció veinticuatro horas de guardia solo, el teniente Swaw, quien en palabras del declarante “parecía un alemán salido de una serie televisiva”, le dijo que le iba a dar unos días de franco, si le hacía el favor de dirigirse a una pinturería. En el trayecto, lo levantaron tres o cuatro personas, quienes lo encapucharon y subieron a un auto. “De ahí me trasladaron a una casa en un lugar despoblado. Me hicieron quitar la vestimenta y empezó el interrogatorio, querían hacerme creer que eran Montoneros”, comentó el testigo.
Le pegaron y llevaron a otra habitación, donde había una cama: “Ahí soy atado en forma de cruz, me tiraron agua y me sometieron a picana en un interrogatorio muy difuso”, explicó. Le decían que él formaba parte de una columna de la organización peronista mencionada. Lo dejaron solo y las preguntas no retornaron hasta pasados los siete días.
El declarante comentó que con el transcurrir del tiempo le dieron unas almohadas en las que figuraban los nombres de sus compañeros y se dio cuenta de que la comida coincidía con la que antes le daban en la conscripción.
Una mañana lo subieron al baúl de un auto ya que lo iban a trasladar a Rosario. “Después de dos horas, paramos en un lugar que para mí era el Parque Pereyra. Seguimos una hora más de viaje”, detalló Patat. Cuando arribaron al lugar de destino, los esperaba un joven de bermudas, como si estuviera en una quinta:
-¡Qué mal te han tratado! Acá te vamos a tratar mejor, son unos animales.
“Soy esposado a un elástico de cama con un colchón y compartía un box con otra persona”, declaró Patat. Allí se acercó un médico, quien afirmó que él no estaba listo para ser interrogado y lo obligaron a ingerir tres o cuatro pastillas.
“Yo creía que no hacían torturas en ese lugar”, contó el testigo, pero luego se sorprendió: “Fui introducido en una sala para aplicar tormentos, me llamó la atención la sofisticación de la tortura”.
Allí había hombres del Servicio Penitenciario de la Provincia, Policía y los de la Marina. Estos últimos repartían pavas y mates. Los detenidos que estaban sueltos cebaban a los demás, “ahí fue donde vi a Pérez Catán”, dijo y aclaró que lo reconoció el año pasado durante una declaración.
Asimismo, Patat mencionó que debajo del sitio se oían mujeres y se decía que allí estaban las embarazadas. “En algún momento apareció una de ellas y empezó a curarme. Mientras lo hacía, fue brutalmente golpeada por el guardia”, detalló el testigo y agregó: “Más doloroso que la tortura es escuchar que torturan. Es desgarrador”.
Un día le confirmaron lo que él ya suponía:
-Te vas a ir. Nos equivocamos.
Lo llevaron a Campo de Mayo. Le quisieron hacer creer que un guardia era un detenido y luego que otro se dormía con la Itaca libre. En un auto lo obligaron a ir cantando hasta que le pidieron que se agachara porque venían los “azules” (la policía). Lo tiraron atado de manos y con capucha en un zanjón. Lo trasladaron a la Comisaría de Tigre y luego al Comando de Instituto. Quedó preso en el cuartel, pero pudo llamar a su casa y los padres lo sacaron. “Conseguí licencia por quince días y volví al Servicio normal con pánico”, expresó Patat.
Cuando le preguntó al Jefe Militar por qué lo había secuestrado, la respuesta fue sencilla:
-Sos estudiante, vivís en La Plata, sos inteligente y getón. Para ellos, eso alcanza.
Una vez liberado, Patat se enteró de que su padre conversó con un Coronel de Monte Caseros, quien le dijo que iba a intentar a hacer algo, siempre y cuando el conscripto no estuviera “metido en algo”. El ex secuestrado explicó que él notó un cambio de actitud en los guardias, la cual coincidía con el momento de la charla mencionada.
Con respecto a las posibles causas de su detención, el testigo sostuvo: “Yo tuve una discusión muy acalorada con el capellán del cuartel y había un compañero judío al cual lo obligaba a escuchar y participar del culto. Eso para mí era una barbaridad”.
Al final de su testimonio, se le exhibieron los planos de La Cacha y los identificó.
Noticias de un secuestro
Rúben Maugeri fue testigo del secuestro de Juan Carlos Loyola: “Estábamos en la esquina de su casa. Él cruzó a un kiosco y ahí lo agarraron”, expresó y agregó que un auto frenó y se lo llevaron. “Después nunca más supe nada, nunca tuvimos contacto con nadie”, puntualizó el declarante.
En relación a la misma detención, el primo de Rúben, Jorge Eduardo Maugeri, quien también fue testigo presencial de la captura, dijo: “Lo conocía porque éramos amigos de la infancia, el día que tuvo el inconveniente él había estado en mi casa”. Luego explicó que Loyola había ido a comprar cigarrillos y a los quince minutos escuchó gritos de los vecinos:
-¿Viste lo que le pasó al Gordo?
Le comentaron que apareció un vehículo, que lo agarraron y le pegaron.
Por último, Maugeri indicó que Loyola trabajaba en la Petroquímica Sudamericana.
Fuente:OnLine911

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