14 de noviembre de 2011

LA LITERATURA COMO ORIFICIO.

Domingo, 13 de noviembre de 2011
La literatura como orificio
La obra de Nicolás Casullo era sartreanamente bicéfala: por un lado, el intelectual que intervenía con ensayos y artículos en la discusión de las ideas y de la política; por el otro, el escritor de novelas realistas. Pero tras su muerte, ha aparecido un tercer Casullo: el de la novela Orificio. Escrita durante los ’90, ambientada en una Buenos Aires post-derrumbe, moviéndose entre las facciones de la ciudad y las esquirlas de un lenguaje estallado, y publicada ahora por la flamante editorial Astier, el libro no es sólo un presagio áspero e inspirado de la hecatombre, sino también un anticipo inesperado de la reconstrucción.
Por Horacio Gonzalez

En Ezeiza subiendo al avion que lo llevara al exilio, diciembre de 1974.Imagen: Ana Amado

Se lo escuchaba decir muchas veces a Nicolás Casullo la palabra “pesadilla”. En realidad, rondaba alrededor de un concepto: lo pesadillesco. Esta novela, Orificio –novela extraña, que gira alrededor de un punto fijo, acumulativo–, es el relato de una pesadilla. Buenos Aires aparece como una zona arcaica de la memoria, una zona sin tiempo ni razón, donde ha ocurrido un cataclismo que no puede nombrarse. Apenas se perciben efectos, destellos parciales de un gran siniestro cuya causa se ha perdido. Los barrios, las calles, todo es familiar, con intersecciones conocidas –Córdoba y Maure, Avellaneda y Cucha Cucha–, pero al haberse trastrocado la historia con una gran devastación, sus habitantes pertenecen a tribus místicas o alquímicas, que en realidad son pedazos rotos de una lengua extinguida. Orificio es una novela sobre un lenguaje que se ha extraviado y del que restan algunos detritus que ahora –en un tiempo inconcebible, ignoto– dan nombre a personas y agrupamientos de sobrevivientes.

Hay un gesto conocido del Casullo novelista, que es la aglutinación de capas de sentido hasta lograr un resultado abrumador e intolerable, que mantiene permanentemente una cuerda graciosa. Es la gracia barroca de Casullo, su chiste programático: describir por saturación, proceder por exuberancia y darle un aspecto absurdo a la superposición de redundancias. “Se generalizó la construcción de catacumbas, los crecientes incendios edilicios, costumbres neoantropofágicas, la inmolación de niños y enemigos en antiguas salas de cine, el ametrallamiento de transeúntes entre sí, el cuentapropismo en la rama de enterradores y sepultureros, los efectos de las nuevas tecnologías en las relaciones sexuales de los agentes con animales caseros y de granja, las peregrinaciones por las cloacas, la permanente violación anal de encuestadores, el libre albedrío y el libertinaje en los cultos de la santa Tarca que nos protege.” Hojas de un mito que se ha enloquecido a sí mismo y emite apuntes sueltos de un antropólogo exasperado e hilarante.

En La tierra baldía escribió Eliot: “El dosel del río se ha roto: los últimos dedos de las hojas / se aterran y se sumen en la húmeda ribera. El viento cruza, silenciosamente, la tierra parda. Las ninfas se han marchado”. Casullo no puede filiarse fácilmente en la novelística argentina. Su norma es la poética de la destrucción del lenguaje captada en su esplendor jubiloso. Sin tomar ese lirismo de mago cuidadosamente burlador de Eliot, Casullo usa también el recurso de la hecatombe mítica captada por hombres barriales, con algo marechaliano que subsiste como grano último de sus alegorías del quebranto.

Es Buenos Aires como tierra baldía, con los barrios que conocemos, de los que solo queda el nombre pero recorridos por conciencias ruinosas que perdieron su nombre y adquieren una función que los llama: Orificio, el protagonista, alude a las dificultades de la memoria, el extravío de un sentido real de su presencia en el mundo, el agujero por donde se escurre toda la masa existencial disponible y el acto de cacería con el que ametralla la realidad en atmósferas desprovistas de significado. Su función es la de producir la excavación, el pozo negro del relato de Nicolás.
Orificio. Nicolás Casullo Astier libros 202 páginas
¿De que trata Orificio? De lo que admite la versión apocalíptica de una Buenos Aires desolada: la función de Orificio. Es la de seguir perforando la capa idiomática de la ciudad con astillas sueltas de la memoria. Para Casullo la memoria alude a un pasado en estado mítico que alguien se desespera en evocar y solo consigue fragmentos perdidos que lo llevan a la melancolía. Sus ensayos tratan ese tema exclusivamente. Sus novelas también. Y Orificio, escrita vaya a saberse cuándo, se convierte ahora en una publicación póstuma, como sosteniendo con un puntillazo final toda su obra. Surge de esta novela el desencanto con el lenguaje argentino que solo sienten los escritores sugestivos, porque así se lanzan a reconstruirlo a partir de un sarcasmo superior. En medio de un recorrido por una ciudad irreal, como si fuera la de Madame Sosostris, con tiroteos, incendios, bombardeos, dioses oscuros, hechiceros en desvarío, alquimistas fantochescos y sexopatías infames, lo que se pone en juego es el presente de una ciudad, vista a través de sus sueños destrozados.

Toda utopía –y ésta de Casullo satura la idea utópica hasta un extremo inconcebible– surge y muere con una idea del presente. El presente de Orificio solo tiene el oído puesto en las conversaciones de este tiempo. Se entrelazan de una manera fantasmal, como palabras ya acontecidas y que, perdidas para siempre, se burlan de los hombres reapareciendo a través de señales equívocas y solicitando ser tratadas como religiones muertas pero amenazadoras. Casullo pensó de este modo las cosas para poder ser un hombre activo al servicio de una esperanza que por pudor no se permitía exhibir plenamente. Prefirió hacerlo a través de historias desvanecidas de las que quedaban palabras sueltas.

Orificio se encuentra ante unos papeles que hablan de “unitarios, federales, gobiernos conservadores... peronistas, montoneros, desaparecidos, CGT y Unión Industrial... caos y anarquía, globalización, el país roto...” La novela de Casullo está concebida como la búsqueda de un imposible relato contemporáneo, visto desde un tiempo donde todo ha ocurrido y a partir de un personaje que encarna la función de una memoria macedoniana, un juego de injertos extemporáneos que en Casullo aparecen no con el humor complaciente del autor de Papeles de Reciénvenido sino con una socarronería dolorida: “te compaginaron a jeringazos una historia de guerrero cazador”, le dicen a Orificio. Libros, papeles, misteriosos escritos se mencionan continuamente en la novela. Es que si de algo trata Orificio es de las prácticas intelectuales y culturales que conocemos y que son consideradas por Casullo con un jocoso modo despiadado. Había creado un sentimiento de inmolación para juzgar jergas, lenguas dominantes, hábitos discursivos. Todo deriva en sectas urbanas, en una ciudad arrasada, sacudiendo al lector con una probable y secreta ética reconstructiva.
Fuente:Pagina12-Radar

Domingo, 13 de noviembre de 2011
UNO DE LOS EDITORES DE LA NOVELA CUENTA EL BACKSTAGE
Amistad y gratitud
Por Gabriel D. Lerman
Nicolas Casullo durante un viaje a Francia, el 12 de abril de 1968.
Nicolás Casullo escribió la novela Orificio a comienzos de los ’90, en pleno auge menemista. En esa escena política desoladora, mientras Ricardo Piglia escribe La ciudad ausente y el guión de La sonámbula –película de Fernando Spiner–, Osvaldo Soriano aborda Una sombra ya pronto serás y José Pablo Feinmann la emprende con La astucia de la razón, Casullo escribe, en voz baja, sin aspavientos, Orificio. Fue, según él, un ejercicio estilístico para escapar de la escritura acaudalada, de oraciones prolongadas, de su novela anterior, El frutero de los ojos radiantes (Folios, 1984). Pero decide no publicarla, al parecer porque el final no lo convencía. Sospecho que había en esa novela una suerte de fantasma encerrado, un misterio violento e innombrable que le devolvía una imagen ardua, difícil de ubicar literariamente en el contexto nacional. Era la proyección de un Apocalipsis social en medio del silencio, que presagiaba como horizonte una demolición áspera. Luego escribe La cátedra, novela menos ríspida, más exquisita. Sobreviene la crisis de 2001, y entonces el reloj empieza a correr nuevamente con rapidez. Todo el énfasis de la crisis, los esfuerzos intelectuales y políticos por comprometerse con la realidad, por hallar caminos comunes, espacios de reflexión y acción, repone al Casullo que, una vez más, pone desde el ensayo su luz en el panorama contemporáneo de las ideas. Desde el diario, desde la revista, desde la cátedra, el intelectual sartreano despliega sus talentos. Orificio queda en el cajón por mucho tiempo, hasta que en 2008 el reloj de la vida le impone una final adelantado, y el Casullo escritor retoma la corrección de la novela pendiente.

Conocí personalmente a Casullo a mediados de 2003, cuando evaluó mi tesina de Comunicación sobre Plaza de Mayo y, al terminar, me propuso anotarme en la Maestría en Cultura y Comunicación de la UBA, que empezaba a dirigir. Con todo lo que me había costado llegar hasta allí, pensar que alguien como él pudiera aconsejarme seguir era mucho más de lo que jamás hubiese esperado. Desde entonces me abrió las puertas de tantas cosas que sólo guardo gratitud. Pero además, y esto realmente es más de lo que nunca había anhelado, me devolvió una sorpresa y una provocación constante, un presenciar y convivir no tanto con la obra del maestro consagrado que mira quieto y satisfecho desde la torre sino con un tipo con los brazos arremangados que te interpela con nuevos libros, con intervenciones públicas por arriba de lo común, con alguien que empezaba a sentir que el desenlace político de 2001-2003 con la emergencia de Kirchner era una vuelta de la historia que arremolinaba su vida y su obra, y lo arrojaba inesperadamente al centro del ring.

Hay caminos en la vida que nunca se cruzan, que transcurren de forma paralela e independiente, y aunque si se las busca uno puede hallar relaciones y resonancias entre unos y otros, cierta prevención o incluso ciertas reglas del decoro y las incumbencias específicas, recomiendan no mezclarlos. Hasta que algún acontecimiento, como se dice, opera en contrario. Conocí a Claudio Zeiger una tarde de septiembre del año 2000 cuando le llevé mi primera novela, recientemente publicada, en busca de una reseña bibliográfica. Tenía fama de duro, de crítico literario exigente. Lo seguía desde mucho tiempo atrás en Página/12 y en V de Vian. Sabía de su novela Nombre de guerra, pero no le conocía la cara, ni mucho menos había conversado con él alguna vez. Me recibió en el hall de la histórica redacción del diario de la avenida Belgrano, tomó en sus manos el libro, escuchó algún tartamudeo mío sobre no sé qué y en pocos segundos me saludó y se fue. Recuerdo que ya entonces solía paralizarme el vértigo arrollador de los medios, la rapidez con que la gente habla y toma decisiones, frente a mi lentitud resfriada y mi parsimonia de otro mundo. Un mes y pico después recibí un llamado donde me preguntaba si tenía una foto mía y, con ese tono halagador de la inminencia periodística, me avisaba que esa semana iba a salir la reseña de Rutas para cuatro viajeras. Pasó el tiempo, sobre todo ese 2001 tan demoledor y desestructurante de hace diez años. En algún momento comenzamos un diálogo esporádico, luego nos encontramos a cenar un par de veces y fue naciendo una amistad. En mayo de 2002 escribí mi primera nota para Radar cuyo título era “Plaza llena, corazón contento”, y en la cual recuperaba algunas notas sobre la historia política de Plaza de Mayo, que había reunido para la muestra 2010 Plaza de Mayo, que por esos días se presentaba en el Museo Nacional de Bellas Artes. A partir de allí me interné durante meses en el laberinto de la Plaza, y debo a esa muestra y a esa nota el origen de la tesina que presenté con la dirección de Eduardo Rinesi, y que Casullo evaluó.

Supe de Orificio por Mariana Casullo. Tras la muerte de Nicolás intenté escribir algunas cosas sobre él, condensar cosas sueltas. Un día, Mariana me dice que hay una novela inédita. Que es una novela distinta, potente, con la que su padre tuvo desavenencias, idas y vueltas, pero que estaba ahí, sin publicar. Cuando recibo ese manuscrito, fotocopia de un original escrito a máquina con enmiendas de puño y letra de Nicolás, me produjo una conmoción. Allí había un Casullo desconocido, de una literatura muy jugada, encriptada y bella, alejado de sus otras novelas y de su ensayismo, pero no porque algunas de las líneas profundas de Orificio no pudiesen leerse en el reverso de sus reflexiones sobre estética y política, sobre todo las de los últimos años en la revista Confines, sino porque aquellas intempestivas contra la cultura y la política sembraban la esperanza o el deseo de que algo de todo aquello fuese volcado finalmente al propio arte. Como aquella máxima algo demencial de Steiner que sólo admite como respuesta válida a una obra de arte, otra obra de arte. Y la sensación al tener Orificio en la mano fue que ahí estaba la respuesta que Steiner reclamaba.

Una de las veces en que más hablé de literatura con él fue cuando surgió una especie de intercambio sobre los ‘80. En aquel momento organizó un dossier sobre “País y Literatura” que se publicó en junio de 2006. Quise saber qué pensaba de la literatura argentina de entonces. Lo noté muy incómodo, casi como si se tratara de un tema inaccesible. Había en él un barruntar de extrañeza con el grupo Shanghai y la revista Babel. Recordó con pudor, porque no era alguien que se pusiera de ejemplo de nada, que su novela El frutero de los ojos radiantes había sido premiada en 1984 por Enrique Pezzoni, Héctor Tizón y, remarcó, Beatriz Sarlo. Como si extrañara una posición, acaso un reconocimiento que habían amagado darle en el terreno literario y luego, había pasado de largo. Enseguida dijo que si bien estaba acostumbrado a que tanto él como Horacio González aparecieran permanentemente en Crisis, Fin de Siglo y Babel, encasillados y convocados en calidad de peronistas setentistas, no los habilitaban para opinar de tantos otros temas y formas.

De alguna manera, la novela Orificio y la editorial Astier vieron la luz juntos. El proyecto editorial empezó a ser un boceto. Se supone que un escritor se pone a editar cuando necesita decir algo más de lo que encaja en las dimensiones de una novela o un cuento. Cuando necesita acompañar, empujar una corriente de ideas. Algo del orden de la inconformidad, respecto de ciertos abordajes de lo literario nacional, está en el fondo de todo esto.

Le pusimos Astier como un homenaje directo a Roberto Arlt, particularmente a Silvio Astier, el protagonista de El juguete rabioso. Pero no fue de un día para otro. Cuando decidimos arrancar y nos tocó elegir el primer título, Orificio volvió a posarse como emergente de una erupción volcánica. Después vinieron las largas conversaciones con Ana Amado, su sensibilidad y su testimonio directo del trabajo que había invertido Nicolás en el texto, de sus diálogos sobre la ficción, sobre la posibilidad de imaginar una civilización en un terreno conocido. Cuando la novela ya marchaba a imprenta, conocimos la obra de Liza Casullo y su aliento joven, desprejuiciado, nos permitió pensar a Orificio desde lugares originales: el cine, la música, el teatro, la plástica. Es notable, pero si algo caracteriza a esta novela es un tipo de imaginación oscura, precisa, como si el autor fuese un dibujante del país de las últimas cosas.

Leí que los sabios y los poetas de todos los tiempos han exaltado siempre la amistad. Que, para los griegos, la amistad expresa virtud y que es un regalo de los dioses. Cicerón dijo algo así como que “sólo en el peligro se conoce al verdadero amigo”. Pues en todos estos años tengo para mí que, por distintos caminos, tanto Claudio como Nicolás han cumplido todas y cada una de estas características, y no tengo la certeza, por mi parte, de haber empardado esa correspondencia. A lo mejor el proyecto Astier Libros se aproxime a la huella de un camino a veces olvidado, donde el placer y la rebeldía se dan la mano.
Fuente:Pagina12-Radar

Domingo, 13 de noviembre de 2011
UN FRAGMENTO DE ORIFICIO
Los restos de Palermo
Por Nicolas Casullo
el mapa de la ciudad dibujado por casullo para la novela e incluido en la edicion.
Esa noche, Tirolibre McBride apareció más tarde que de costumbre, con dos gallinas vivas en una valija. Presintió que a esa hora resultaría improbable que pasase un auto. Ni apoyando la oreja en el asfalto escuchaba vibraciones de algún motor en marcha. El Sordo propuso ir a pie hacia el Congreso, pero Orificio lo hizo desistir de la ocurrencia. Corrientes era una caverna oscura donde los salteadores apagaban temprano las fogatas. Tirolibre coincidió con él: era arriesgado atravesarla sin ninguna contraseña.

El Sordo chasqueó la lengua. Maldecía la idea de mudarse, pero no se atrevió a discutirla. Se había acostumbrado a la zona, a sus tardes en el galpón de los juegos electrónicos abandonados, y le importaba poco saber que en los barrios vacíos los antepasados vagaban como alma en pena. Se construyó una antena de televisión para captar imágenes. Ignoraba desde qué lugar de Buenos Aires transmitían imágenes. Creyó siempre que las ondas llegaban desde los Parques, donde los hombres de las jaurías fueron arriando algunos equipos técnicos, aprovechando las revueltas.

Tirolibre avisó que rondaba un coche. No muy lejos. El Sordo corrió hacia Córdoba para divisarlo. Su tarea era hacerlo desviar hacia el Congreso. Del resto se encargaba Orificio, arrodillado detrás de un par de barriles. Accionó el seguro de la metralleta justo en el momento en que el Sordo agitaba los brazos. Los del auto mordieron el anzuelo. Los vio doblar en dirección a la boca de su fusil.

(...)

Caminaron muy despacio, con la mayor cautela, por los restos de Palermo. Un barrio destrozado por los bombardeos durante las revueltas de las Primaveras, que no habían dejado casa en pie. Fue uno de los tantos alzamientos de los guerrilleros, y también una derrota más. Tiempo después de las refriegas se intentó repoblar los lugares menos devastados, limpiar los escombros, cubrir las manzanas con carpas monumentales. Pero fue inútil, la gente se fue, no volvió, y la guerrilla se trasladó más al norte, pasando el puente de las vías donde ahora se apostaban los centinelas.

Al llegar a Godoy Cruz y Cerviño los dejaron pasar, tal cual lo habían previsto. Conocían a Orificio de otros tiempos. Por eso apostó a encontrar protección en esa zona, aunque para Fointaneblú los guerrilleros habían terminado hacía mucho. Ahora engordaban recordando sus viejas leyendas, como una casta de melancólicos que aspiraban todavía a un tiempo de fraternidad.
Fuente:Pagina12-Radar

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