13 de febrero de 2012

OPINIÓN: LA HUÍDA DE OSVALDO.

opinión
La huida de Osvaldo
Por:Miriam Lewin
Estoy cruzando la calle en diagonal, como seguramente no se debe hacer. Me llamaron de Familiares de Desaparecidos para decirme que hay ahí esperando alguien que quiere conocerme. Corro a través de Riobamba a la sombra del anexo del Congreso y toco el timbre. Me hacen entrar a una sala, y por un pasillo oscuro y profundo, empujado suavemente por quien me lo presenta, aparece él, entre las sombras. Osvaldo. Ni él ni yo nos conociámos por nombre. Nos juntamos sin dudar en un abrazo interminable, y lloramos. Sobre todo él.
Lo miro como no pude mirarlo cuando los dos estábamos encerrados en celdas enfrentadas, en el chupadero de la Fuerza Aérea, ahí en pleno centro, a pocas cuadras de donde ahora nos encontramos cara a cara por primera vez. Él me acaricia el pelo y la mejilla, y me toma la mano. Yo le sonrío. Todos estos años pensó que estaba muerta. Y que él era el responsable.
Era de madrugada. Yo había escuchado su voz, baja, débil, murmurándole a los guardias que nos traían un plato de comida dos veces por día. Cada dos o tres horas hacían una ronda de control, inclusive de noche, cuando por lo general no había movimiento. Salvo que trajeran algún secuestrado nuevo y lo torturaran en un cuarto de pisos crujientes, al pie de la escalera de cemento que llevaba al piso bandeja donde estaban nuestras dos celdas. No podíamos hablar, lo que nos hubiera consolado.
(...) Mi celda era pequeña, con un camastro, sin luz natural, salvo los orificios de una puerta doble y ciega atravesada por una cadena gruesa con un candado que cerraban desde afuera. La otra, la de él, era aun más chica, también sin luz, sin cama, sin cadena, pero con un barral que se cerraba desde afuera. Yo tenía el beneficio de estar suelta dentro de mi celda. A los que pasaban por la otra, los mantenían esposados.
Escuché varias veces que pedía fósforos para fumar. Después del salvajismo de los golpes y la picana y antes de la muerte, me imagino que no se los negaron.
(...) En el silencio de la noche, acostada, empecé a percibir un ruido como de fósforos. Me imaginé que fumaba… o que jugaba a ver el fuego una y otra vez .Lo que siguió se parecía al ruido de maderas quebrándose, cediendo, astillándose para desintegrase de a poco. Cric, crac, cric. Me mantuve quieta, casi sin respirar. Escuché que unos pasos se acercaban por el pasillo que unía las dos celdas, y un jadeo del otro lado. Alguien, él, sostenía la cadena, gruesísima en sus manos. Fueron unos segundos. Era imposible romper el candado, si era eso lo que quería. ¡Iba a escaparse! ¿Quería llevarme con él? La intensidad de su desesperación, que sentí del otro lado de la puerta, fue casi material. Con la misma desesperación trepó un muro interminable y accedió al otro lado, al cielo abierto, a la ciudad.
Hice fuerza para dormirme. Para imaginar que no había sido testigo de una pequeña gran victoria contra la oscuridad. Esperé, casi inconsciente. Tardaron más de una hora en darse cuenta. Abrieron mi puerta y encendieron la lamparita. Tapándome los ojos, hice de cuenta que dormía profundamente. “¿Qué pasó?”
–Nada. ¿Escuchaste algo?
–¿Algo de qué?
–Nada, nada repitieron, y aseguraron el candado. Hubo una catarata de pasos alrededor de la escalera.
Creo que no me creyeron.
–¡Se escapó! ¡El muy turro se escapó! La puta madre que lo remil parió, carajo! ¡Llamá, llamá para avisar!
En pocos minutos, la noche se convirtió en un caos. Corridas, ruidos de armas cargándose, motores de autos saliendo de cacería. Y las preguntas de los jefes.
“Fue ella, la muy hija de puta”, escuché cuando llegó la hora de la investigación. “Sólo ella podía saber cada cuanto pasaban las rondas”, decía desde el piso superior la voz del que siempre la había jugado de bueno conmigo, de protector ahí adentro. Me sonó a una condena a muerte. (...). Y yo sonreía por dentro.
Osvaldo, con la fuerza que da el instinto de supervivencia, saltó de techo en techo hasta alcanzar la calle y se comunicó con su padre, que lo convenció para que se entregara a un juez amigo. Había salvado la vida. Era cabo mecánico de la Fuerza Aérea, militaba en el PRT y estaba acusado de sabotear motores de aviones. Una sentencia de muerte segura. En cambio, un consejo de guerra lo condenó a 12 años de prisión. Salió ya en democracia. Todos esos años, después de su gesto de heroísmo cargó sobre sus hombros la culpa de haberme dejado en esa celda, en manos de los asesinos. A tal punto de que cuando fue liberado, contó su historia, la mía y alguien que había leído mi testimonio reconoció las circunstancias y armó este encuentro. Acá estamos, mirándonos por primera vez a los ojos, los dos vivos y libres.
FuentedeOrigen:TiempoArgentino
Fuente:Agndh                                                

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