7 de mayo de 2013

LOS TESTIMONIOS DE LA FAMILIA SALCEDO SIRVEN PARA REVELAR LOS PRIMEROS OPERATIVOS EN LA ESMA.

LOS TESTIMONIOS DE LA FAMILIA SALCEDO SIRVEN PARA REVELAR LOS PRIMEROS OPERATIVOS EN LA ESMA
El inicio del modus operandi del horror
Los Salcedo fueron una familia arrasada a mediados de 1976. Los efectivos de la Marina volteaban casa por casa de los parientes de los hermanos Gregorio y Edgardo Salcedo. Ayer declaró Mirta Romero, hija de Dora Salcedo.
Por Alejandra Dandan
Los Salcedo fueron desapareciendo en el momento en que se organizaban los grupos de tareas en la ESMA.Imagen: Guadalupe Lombardo
María Mirta Romero es hija de César Romero y de Dora Salcedo, parte de una familia arrasada a mediados de 1976 en los comienzos de la Escuela de Mecánica de la Armada. Su madre Dora era hermana de Gregorio y de Edgardo Salcedo. En 1966, Edgardo había plantado una bandera argentina en las Islas Malvinas en un legendario acto de reivindicación de la soberanía organizado por la resistencia peronista. Diez años más tarde, los marinos volteaban casa tras casa de sus parientes para encontrarlo. En el medio fueron secuestrando a parte de la familia. Un día llegaron a la casa de Dora y María Mirta. María Mirta declaró ayer en el juicio oral por los crímenes de la ESMA. En el invierno de 1976, ella tenía 14 años. 

“Adelante nuestro revuelven todo, tiran las bibliotecas, llegan a desarmar el teléfono para que no nos podamos comunicar. Me preguntan a mí por Edgardo Salcedo, les digo que no sé nada, dicen que si no contamos dónde está iban a llevarme. Esposan a (mi tío) Gregorio Salcedo y en ese momento yo, con Gregorio esposado, termino de atarle los cordones. Nunca me voy a olvidar de esa mirada”, explicó.

El operativo iba a marcar la historia de quienes estuvieron en la casa ese día. Estaba María Mirta. Su abuela de 72 años y una bisa-buela. Una tía llamada Celia Salcedo que se había escapado un día antes de otro allanamiento vecino a su casa. Celia estaba en una pieza del fondo con sus cuatro hijos: Juan Manuel, Daniela, Verónica y Mariano. También estaba su tío Gregorio Salcedo al que se llevaron esposado y un bebé recién nacido: Gerardo Salcedo, hijo de Edgardo y de Esperanza Cacabelos, que en esos días estaban buscando un lugar para poder refugiarse porque sabían que cuando la Marina los encontrara iban a matarlos. Lo sabían porque poco antes, el 7 de junio, la Marina secuestró a José Cacabelos, el hermano más chico de Esperanza. La semana pasada una las hermanas de José y de Esperanza contó en el juicio la historia de ese secuestro durante el cual los marinos obligaron a José a comunicarse con su familia al comienzo una vez por semana y luego cada quince días para intentar convencer a sus hermanas de que debían entregarse. Le dijeron que era la única condición de salvarlas. Mientras José seguía secuestrado y empezaban sus llamadas, llegó el operativo contra la casa de María Mirta en una noche a lo largo de la cual iban a repetirse los ingresos y las volteadas de otras cosas de la familia.

El hilo familiar
Un esquema que en estos días puede verse detrás de varios testimonios de familias y es una clave para entender cómo en los comienzos se aceitaba la máquina de matar. “Yo vivía en un mismo domicilio con mis abuelos, en Boulogne Sur Mer”, dijo María Mirta. “Me crié con Edgardo y Gregorio Salcedo. El 7 de junio de 1976 es secuestrado José Cacabelos y el 12 de junio nuestra casa es allanada por un grupo de tareas a las 10.30 de la mañana. Golpean la puerta. En ese momento, (Gregorio) Goyo Salcedo al escucharlos se va hacia el fondo y cuando se va, ve que estaba rodeada la medianera por personas vestidas de fajina y con ropa militar apuntando hacia la casa”, dijo Mirta entre lágrimas.

Una parte de la familia estaba adelante de la casa y otra atrás. Adelante estaban Gregorio, el bebé Gerardito, la abuela y la bisabuela de Mirta y ella misma. Celia con los chicos estaba al fondo. “Entran estas personas, había una vestida de civil que los dirigía y se dan dos escenas al mismo tiempo. Cuando Gregorio sale corriendo lo apuntan y lo esposan. Preguntan por Edgardo, y Celia les dice que no sabemos nada. Se burlaban. Le decían a los chicos: ‘se van a quedar sin su mamá, si tu mamá no dice la verdad’. En ese momento, mi tía tenía a su hijo de dos años en los brazos. Y le decían, ‘qué lindo llevarme una nena’, porque tenía rulito, y seguían: ‘qué lindo que te quedes sin tu mamá, yo necesito un chiquito’.” En tanto esposaron a Gregorio. “Había muchas cosas que pensar –dijo ella–. En la casa estaba el hijo de Edgardo, era peligroso que estos hombres se enteraran de que era el hijo de Edgardo el que estaba ahí. Cuando yo lo voy a abrazar a Gregorio, estando esposado, me hacen a un costado y se lo llevan. Esto fue a las tres y media de la mañana aproximadamente, queda toda la casa revuelta, se llevan el intercomunicador del teléfono, lo hacen adelante mío, nosotros no teníamos ninguna posibilidad de avisar lo que había pasado. Salgo corriendo a ver quién me puede prestar el teléfono y una vecina, sin dejarme pasar a su casa, me dice: ‘Bueno, dame algún teléfono que yo aviso que vinieron a allanar tu casa’.”

La seguidilla
Se llevaron a Gregorio esposado hasta la calle Liniers 709 en San Isidro, la casa de otra de las hermanas, Alba Salcedo. Alba vivía al lado de su suegra en una pieza con su hijo de siete meses y su marido. La patota llegó a las 4.30 de la mañana y le preguntaron por Edgardo. “Le dicen: ‘no sabemos nada’, los siguen interrogando, siempre apuntándolos con armas largas.” Después van a la calle Cangallo 987 en Martínez, donde estaba Hebe Salcedo, su marido Esteban de Pedro y sus cuatro hijos: Fernando de Pedro, Javier, Laura y David. “Cuando golpean, las chicas se asustan y van a la cama de su mamá. Esteban abre la puerta. Lo entraron a Gregorio, lo hicieron ir hasta la habitación de Hebe y le preguntan por Edgardo. Mientras tanto, otro grupo de personas le hacía las mismas preguntas a Esteban, él les dijo que hacía meses no sabía nada. Uno de los chicos, Fernando, que tenía 10 años, vio por la ventana de la casa una furgoneta blanca con un conscripto adentro.”

De Cangallo se van a San Antonio de Padua, la casa de Inés Salcedo. Inés vivía con su marido Esteban y cuatro hijos: Silvia, Jorge, María de los Angeles y Ariel. “Tocan la puerta y entran por el costado y lo entran a Gregorio esposado, les preguntan por Edgardo. Mi tía se pone nerviosa. Gregorio Goyo le dice: ‘Inés quedate tranquila, contestá lo que te preguntan’. Hacía mucho tiempo que mi tía Inés no veía a Edgardo, así que contesta que no sabía nada. Ellos estaban construyendo una habitación arriba de la casa. Los hombres con armas intentan abrir la habitación de arriba y mi primo Jorge los acompaña. Mientras tanto, mi tía pone la Biblia sobre la mesa, se pone a rezar y uno de ellos le dice al otro: ‘¿Te gusta? Está linda’. Y se reían mientras ellas rezaba. Hacía mucho frío, así que les piden a ver si podían ponerle un saco a Gregorio, ellos (los marinos) acceden. Eso es lo último que sabemos de Gregorio, nunca más volvimos a saber de él.”

Gregorio está desaparecido. El 12 de julio de 1976 acribillaron a Edgardo Salcedo y a Esperanza en el departamento de la calle Oro 2511, piso 11, departamento C, adelante de Gerardo que ya estaba con ellos, y estaba por cumplir dos años. Tardaron cinco días en entregar sus cuerpos a los familiares. El 11 de octubre, la Marina secuestró a dos hermanas de Esperanza: Cecilia sigue desaparecida y a Ana María la liberaron después. Secuestraron al novio y al padre del novio de Cecilia. A los que le prestaron el departamento a Edgardo y Esperanza. A los compañeros del colegio Ceferino Namuncurá donde ella daba clases. “Yo vengo de una familia que perteneció a la resistencia peronista”, dijo María Mirta cuando le preguntaron por la militancia de su tío. “En mi casa era un orgullo ser militante peronista.”
Fuente:Pagina12


06 05 2013
TESTIMONIOS
Día 48. "Siempre pensé que faltaba espacio y que por eso me liberaron", dijo Laura Reboratti, sobreviviente de la ESMA
Hoy amplió su declaración testimonial como ex detenida-desaparecida. Además, declaró María Mirtha Romero por los casos de la familia Cacabelos-Salcedo. Por su parte, el imputado Siffredi amplió escuetamente su declaración indagatoria. 

El testimonio de Laura Alicia Reboratti, una sobreviviente de la ESMA
Laura Reboratti, ex detenida-desaparecida en la ESMA, fue citada hoy para ampliar la declaración testimonial que realizó en el juicio anterior de la megacausa ESMA. En el marco del intento de no revictimizar a los sobrevivientes, en el debate oral y público se aplican las reglas sugeridas por Casación para abreviar los procesos. Por este motivo, Laura sólo amplió su declaración y incorpora por escrito su relato anterior, que incluyó la descripción de su secuestro, traslado y cautiverio en la ESMA. 

En su declaración anterior, Laura Reborattio contó que el 6 de julio de 1976 fueron a su casa a buscar a su hermano, Alejandro Hugo Reboratti: “Él tenía algún tipo de militancia, ya nos había avisado que ‘cayó Coquito’, que después averigüé se llamaba Adolfo, y que a partir de ese momento iba a haber alguna búsqueda. Él se iba a ir y nos dijo que por seguridad dijéramos que se había peleado con nosotros y que se había ido”, relató y agregó que antes de ir a su casa habían pasado por la de su abuela, “donde él y sus amigos solían juntarse”.


De la casa de los Reboratti se llevaron papeles, una agenda de Laura, unas cartas de quien fuera su novio en ese momento, Jorge Omar Muno, algunas cosas de valor como cadenitas de oro y una linterna. “Mi novio estaba haciendo la conscripción en Córdoba. Cuando me secuestran, su jefe directo le avisó que me habían detenido y que lo iban a tener vigilado. Cuando me liberan se lo informan también y le dan una licencia para que venga a visitarme”, narró. Reboratti dijo que “iba a la villa de Paraná y Panamericana. Yo no tenía militancia, pero lo acompañé alguna vez. Él era de la Juventud Peronista”.


Los Tarnospolsky

En su declaración anterior Laura había hecho referencia a una familia de psicólogos con una hija de 15 años: “La sensación era que eran una familia, puede ser que me hayan dicho lo de los 15, pero no puedo asegurarlo. Alguna de las mujeres se llamaba Laura, eran de origen judío y tenían alguna vinculación con la psicología. Suponemos que era la familia Tarnopolsky”, aclaró que esto lo supo por la manera en que los guardias hablaban de ellos.
(El testimonio de Daniel Tarnopolsky puede leerse el día 26 de la cobertura).

Otros secuestrados

El fiscal Guillermo Friele le pidió algunas aclaraciones sobre otras personas sobre las que ella había hablado en su declaración anterior. Así, Reboratti contó que la muchacha del colchón de su izquierda “fue levantada de la fábrica Squib, cerca de la calle Fleming. Me dijeron que ella iba a salir en libertad la misma noche que yo”.

También supo que en la misma época que ella estuvo secuestrada Ángela “la madre de la novia de mi hermano, madre de Miguel Ángel y Julio César Pittier. Julio está desaparecido, lo seguimos buscando. Me dijeron que ella pudo escucharme mientras estaba allí”.


“‘Víbora’ era un compañero de militancia de mi novio. Se llamaba Mario, o le decían Mario, pero nunca supe qué pasó con él”, relató.


“Con José Cacabelos hablé solo una vez. Me dio la sensación de que estaba deteriorado, cansado, agotado, muy delgado. Hablamos muy pocas palabras. El que más habló fue (Francis William) Whamond, ‘el inglés’, que me dijo que yo tenía que hacer como él y colaborar, que él se estaba portando bien. El 12 de julio, después de una sesión de tortura lo insulté a (Salvio) Menéndez, y Whamond me contó después con lujo de detalles el operativo en la casa de la hermana de José (Esperanza)”, contó Reboratti. 


(El caso de los Cacabelos está relatado el día 44 de la cobertura por la hermana de José, Ana María).

Sobre Miguel Ángel Fiorito declaró que “fue compañero de colegio de mi hermano. Su familia tenía una farmacia, creo. Sé que está desaparecido. Me preguntaron por él varias veces y yo después pregunté por él y me dijeron que ‘no aguantó los 220 y se fue con Bonavena´”.

Llamados y martillazos

A Laura Reboratti la hicieron llamar varias veces a su casa desde la ESMA. “Ellos escuchaban la comunicación y yo tenía que preguntar por mi hermano. No deben haber sido más de cuatro veces. Me hacían bajar al Sótano, todavía existía el ascensor, a veces lo usé y otras veces bajé por la escalera. Yo he estado en el Casino (de Oficiales) después y puedo asegurar que era el Sótano”, relató.

“Una vez Whamond me fue a buscar y mientras bajábamos se escuchaban martillazos. Me hizo esconder un rato y después seguimos bajando. Me dio la sensación de que era gente que no sabía lo que estaba sucediendo”, dijo.


Fotos en la ESMA

Una de las querellas le preguntó si alguna vez le habían tomado alguna fotografía dentro de la ESMA: “Me tomaron una foto, estaba en el colchón, me sacaron la capucha, sentí el flash y me pusieron la capucha”.

“Es una perejila”

Uno de los abogados defensores le preguntó sobre un encuentro que Reboratti relató en el juicio anterior. Whamond la había llevado a una habitación, en la que entraron una mujer y un hombre de unos 25 años de edad: “En ese momento estaban sin grilletes, pero era claro por las marcas que los habían tenido. Ellos a Whamond le dijeron ‘es una perejila’. En esa época significaba que no tenía militancia política. Yo sentí que habían sido mi salvación”, narró.

La liberación

A Laura la liberaron en la madrugada del 27 de julio de 1976. “El 26 de julio se conmemora a Evita y ese día escuché que ellos estaban preparando una redada para levantar gente que se juntaba por esto. Yo siempre pensé que faltaba espacio y por eso me liberaron”, dijo Reboratti.
Para concluir su nuevo testimonios, Laura dijo: “Espero que se haga justicia”.

El testimonio de María Mirtha Romero por el secuestro de Juan Gregorio “Goyo” Salcedo

María Mirtha Romero tenía 15 años de edad y vivía en la casa de sus abuelos en Bolougne cuando el 12 de junio de 1976 este domicilio fue allanado. “Yo me crié con Edgardo y Juan Gregorio ‘Goyo’ (Salcedo). El 12, a las 3:00 am, tocan a la puerta. Juan Gregorio se va hacia el fondo y se da cuenta de que la casa estaba rodeada. Mi tía Griseria estaba con sus cuatro hijos y también estaba Gerardo, el hijo de Edgardo y Esperanza, que no tenía 2 años todavía. Entraron preguntando por Edgardo. Había una persona vestida de civil que dirigía todo. Juan Gregorio sale corriendo y lo esposan”, relató Romero.

“A los chicos les decían: ‘Se van a quedar sin mamá si no dice la verdad’, y también cosas como:  ‘Qué lindo que te quedes sin tu mamá, yo necesito un chiquito’”, contó. También describió que tiraron al piso las bibliotecas, desarmaron el teléfono y amenazaron con llevársela a ella si no les decía dónde estaba Edgardo. 


“A Juan Gregorio se lo llevan. Salgo corriendo a la calle a ver quién me puede prestar un teléfono y una vecina, que no me dejó pasar, se ofrece a llamar a alguien para avisar lo que había pasado y que estaban buscando a Edgardo”, dijo Romero y aclaró que “Ellos nunca se identificaron pero por la forma asquerosa en la que entraron sabía que eran represores”.


El recorrido

Romero continuó su relato narrando que “de allí van a la casa de otra de las hermanas, con Juan Gregorio, y siguen preguntando por Edgardo. Después van a la casa de Esteban de Pedro y Hebe Salcedo. También les preguntan por Juan Gregorio. Allí, mi primo Fernando, que tenía 10 años, recuerda haber visto una furgoneta blanca con un conscripto dentro. De allí van a la casa de Inés Salcedo, en San Antonio de Padua. También lo llevan a Goyo y preguntan por Edgardo. Contestan que no sabían nada. Mi tía se pone a rezar y uno de los del operativo le dice al otro ‘¿Te gusta? Está linda, ¿no?’ Eso es lo último que sabemos de Juan Gregorio”, narró.

Los Cacabelos

“A José Cacabelos lo secuestran el 7 de junio de 1976. Cuando nos encontrábamos, el padre nos comentaba que él se comunicaba con ellos por teléfono desde la ESMA. José es hermano de Esperanza Cacabelos, la esposa de Edgardo y madre de Gerardo”, contó la testigo. El 12 de julio Edgardo y Esperanza fueron asesinados en un operativo en el departamento donde estaban viviendo junto con su hijo, en la intersección de la calle Oro y la Avenida Santa Fe, en Palermo. “Mirta Grosso era la propietaria del departamento, se los había prestado. Está desaparecida”, declaró.
(El caso de Grosso se puede leer en la cobertura del día 43 del juicio).
“A Ana María la conocí en reuniones familiares. Es hermana de José, Cecilia y Esperanza y también estuvo en la ESMA.

Una familia peronista

“Yo vengo de una familia que perteneció a la resistencia peronista. Mi tío Edgardo Salcedo fue uno de los que puso una bandera argentina en las Islas Malvinas en 1966. En mi casa es un orgullo ser militante peronista. Ser peronista es una forma de vivir porque no hay nada mejor que ser compañeros y luchar por una Argentina libre, justa y soberana”, declaró Romero.
“A mi tía Yolanda Salcedo la dejaron cesante en el Hospital Vélez Sarsfield, por ser hermana de Edgardo”, agregó.

Un nuevo allanamiento

“En agosto de 1976 volvieron a allanar mi casa buscando a Edgardo y cuando le dijimos que lo habían asesinado nos dijeron: ‘Disculpe, nos equivocamos’”, contó.

Los Zupán

“Jorge Zupán venía a casa cuando había algún encuentro. Era novio de Cecilia Cacabelos. Lo conocí dos años antes de su desaparición en octubre de 1976 porque era compañero de una de mis primas. Jorge militaba en el mismo lugar que Edgardo y Esperanza”, contó Romero. Además, agregó que “el padre de Jorge también está desaparecido, ya que allanan la casa y se llevan al padre”, detalló. “Por relatos sabemos que los Cacabelos y los Zupán estuvieron en la ESMA”, agregó.

Gerardo

En la comisaría de Palermo le dicen a la mamá de María Mirtha que cuando lo autoricen “las Fuerzas” pueden retirar a Gerardo del Hospital Fernández. “Gerardo había pasado 3 ó 4 días en el hospital. Las enfermeras no sabían su nombre. Por unos días lo llevan a la casa de mi tía Mirtha. Recuerdo el temor de Gerardo a los ruidos fuertes, a las sirenas. Se escondía debajo de la cama”, contó Romero.
Luego, los abuelos lograron la tenencia de Gerardo, tal como lo había pedido su madre Esperanza antes de ser asesinada por el Grupo de Tareas que la masacró en su casa. Gerardo estuvo en la sala escuchando este testimonio y días atrás también presenció la audiencia en la que declaró su tía Ana María Cacabelos y repasó su historia. 

La ampliación de la indagatoria del imputado Siffredi
Hugo Héctor Siffredi, retirado de la Marina, amplió hoy su  indagatoria con el objetivo de pedir la suspensión de la declaración de los dos testigos que había presentado, hasta que se aclare la situación procesal de ellos. Según Siffredi, los testigos hubieran podido aclarar las actividades que él realizaba como alumno en la Escuela de Inteligencia, además de demostrar que en la época en la que se cometieron algunos de los hechos investigados, él estaba destinado a otro lugar y no a la ESMA. Asimismo, denominó como “una especie de escarnio público la publicación de un listado de personas que, por suerte, han llevado tareas para salvar a la patria. Todo Estado necesita de esta gente (de Inteligencia). Por haber estado donde estuvo se salvaron vidas. Hacer esto es un signo de autodestrucción”, finalizó el imputado.

Próxima audiencia

El juicio continuará el miércoles 8 de mayo desde las 10:00 horas con más declaraciones testimoniales. 
Fuente:MegacausaEsma

lunes, 6 de mayo de 2013 
Basterra, Borges, la ESMA, los juicios y el Señor de los Infiernos 
LA RETAGUARDIA
Víctor Basterra declaró el lunes 29 de abril en los Tribunales de Comodoro Py como sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), centro clandestino de detención, tortura y exterminio donde estuvo secuestrado entre 1979 y 1983, durante la última dictadura cívico militar. Dialogamos con él sobre las circunstancias de este testimonio, que se suma a la larga lista de declaraciones que ya realizó en distintos ámbitos y juicios, aunque destacó que en cada oportunidad puede aparecer un nuevo recuerdo, una nueva prueba. También se refirió a sus sensaciones tras declarar, e hizo mención a un texto que les recomendó leer a los abogados defensores, escrito por Jorge Luis Borges tras escuchar la declaración del propio Basterra en el Juicio a las Juntas. 

“He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de tortura cotidiana. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas "sesiones" cualquier hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día. Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita”. 

Así comienza el texto “Lunes, 22 de julio de 1985” que Jorge Luis Borges escribió tras escuchar la declaración de Víctor Basterra en el marco del Juicio a las Juntas. Han pasado casi 28 años y muchas jornadas de testimonios ante distintos tribunales y genocidas, más de treinta según calcula el propio Basterra. La última sí sabe cuándo fue, el 29 de abril pasado durante el tercer tramo del juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en la Escuela de Mecánica de la Armada. También fue lunes, como aquel día de 1985. 

Durante las seis horas que declaró en los tribunales de Comodoro Py fue hostigado por los abogados defensores de los represores. Cuando se habla habitualmente de la necesidad de que los testigos no pasen una y otra vez por distintos juicios por la revictimización que esto implica, es también en referencia a los interrogatorios a los que son sometidos por los abogados de los imputados. Muchas veces se trata de defensores oficiales, pero también de privados, que son quienes por lo general tienen una simpatía ideológica con el accionar de sus defendidos durante el Terrorismo de Estado. En el marco de su declaración en el llamado juicio ESMA III, Basterra debió soportar las insistencias y provocaciones de los abogados, especialmente de parte de Guillermo Fanego, que le hablaban de “cuando fue detenido” o le hacían referencia al lugar “donde trabajaba”: “yo les aclaré que era un secuestrado y que además no laburaba, era obligado a tareas esclavas”, afirmó Basterra en diálogo con La Retaguardia y agregó: “para ellos seguramente yo soy un tipo molesto: primero me dejaron vivo, segundo los recontra cagué, y tercero los puse en evidencia en toda su dimensión. Esto les da mucha bronca y soy el referente de una forma del fracaso de ellos”. Cabe recordar que Basterra fue obligado durante su secuestro a confeccionar documentación falsa que era utilizada por los represores. De cada foto que tomaba guardaba una copia, que fue sacando de a poco en forma clandestina. Estas imágenes sirvieron como prueba para conocer las caras y así poder juzgar a algunos de los genocidas que actuaron en la ESMA. 

“De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal”.

Continúa Borges su texto… Qué diría el escritor al saber que todavía es posible cruzarse con el Señor de ese Infierno por la calle. Algo muy común sobre todo en muchas localidades chicas de distintas provincias argentinas. “Esto es habitual porque los tipos están metidos en todas partes”, señaló al respecto Basterra y recordó sus encuentros casuales con represores, por ejemplo en el subte: “cruzarme alguna palabra con un tal Tejerina que era un comisario de la policía federal, y a ese tipo le dije ‘yo con vos no tengo nada que hablar, y si hablamos va a ser en los estrados de la justicia’. Y el tipo me decía ‘vení, vení que quiero hablar con vos’. Casi nos agarramos a las trompadas en un subte, pero se armó tal escándalo que la gente empezó a rodearnos y ahí el tipo salió rajando, pero fue una circunstancia muy particular. Después siempre eludí (cruzarse con represores) porque me provocaban un profundo rechazo”. 

Tras declarar en este tercer tramo del juicio ESMA, Basterra afirmó que no siente alivio, sino expectativa: “yo no me remito exclusivamente a mi testimonio sino al de otros compañeros y al resultado en definitiva que va a ser la sentencia, y entonces ahí se me afloja un poquito la tensión, pero trato de ser mesurado en mis pensamientos, en las expectativas y en los momentos en que uno todavía tiene que pasar. Esta es una tarea que uno se ha dado al tratar por un lado de transmitir esas circunstancias y por otro lado el resultado de esas circunstancias, el resultado en el conjunto de la sociedad, porque todavía hay gente que dice ‘y a mí no me pasó nada’, entonces yo les empiezo a recordar todo lo que pasó en la Argentina, el aumento impresionante de la deuda externa, la ruptura de la cultura del trabajo, la destrucción de las libertades civiles, la recurrencia permanente que quedó fijada en la sociedad de mirarse el ombligo, perderse la mirada colectiva casi para siempre. Ahora se está comenzando a restablecer esa forma de mirar un poco más al otro. Todo eso hace que haya un poco de alivio en el corazón de aquellos que hemos abrazado la lucha por una sociedad mejor, todavía faltan dos millones de kilómetros pero seguiremos esta historia. Los que nosotros llamamos los horribles o nuestros enemigos en definitiva han trabajado muy bien, la han hecho muy bien, ese es un triunfo realmente de ellos, porque tras treinta años todavía hay gente que dice que no le tocó y capaz son tipos de 55 años, o mejor dicho personas que no piensan, y ese es un triunfo de la dictadura cívico militar”. 

“Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice. 

Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer”. 

Cierra así Borges su texto “Lunes 22 de julio de 1985”, que Víctor Basterra les recomendó leer a los abogados defensores que lo hostigaron durante su declaración testimonial en el juicio ESMA III.
Fuente:Argenpress

No hay comentarios: