- Miércoles, enero 8, 2014 - Librered
Identificación obligatoria, cacheos y registros indiscriminados son las nuevas facultades excepcionales a las que la policía puede someter a los ciudadanos en un parte determinada de Hamburgo. El SPD muestra una faceta poca conocida de estado represivo.Desde el domingo pasado existe una especie de estado de excepción en Hamburgo, limitado a algunos barrios de la ciudad-estado e ilimitado en el tiempo. Según la versión oficial, sostenida por el alcalde y jefe de Gobierno regional, el socialdemócrata Olaf Scholz (SPD), se pretende poner fin a una serie de disturbios que desde las Navidades enfrentan a integrantes de la izquierda y del movimiento autónomo con las fuerzas de orden público.
El SPD de Hamburgo, y sobre todo su senador de Interior, el exmilitar Michael Neumann, reducen el conflicto a los brotes de violencia. Al mismo tiempo, el Ejecutivo de Scholz obvia el fondo social que hay detrás.
El malestar del tradicionalmente muy activo y polifacético movimiento izquierdista de Hamburgo ha sido alimentado por un lado porque Neumann ha puesto bajo sospecha de ser un inmigrante ilegal a cualquier hombre de piel oscura y de aspecto africano.
Por otro, el emblemático centro de los «okupas» alemanes, la Rote Flora, y las históricas «Casas de Esso» deben ser desalojadas al ser objeto de especulación. Al mismo tiempo la burguesía despilfarra 789 millones de euros, procedentes del erario, en la construcción de una filarmonía a orillas del Elba. Por eso se organizaron varias manifestaciones bajo el lema «Esta ciudad es de todos» en defensa de la Rote Flora como centro cultural, la idiosincrasia social de determinados barrios y la dignidad de los refugiados.
La última manifestación se llevó a cabo el 28 de diciembre con 7.300 o 10.000 manifestantes, según la policía y los organizadores, respectivamente. Las autoridades aludieron a varios incidentes para disolverla, lo que causó una mayor confrontación entre manifestantes y unos 3.000 agentes antidisturbios, procedentes también de otros estados federales. La batalla campal culminó con más de 120 policías heridos, 19 de gravedad, según las autoridades.
El «Comité de diligencias», un organismo que asiste a manifestantes detenidos, registró 500 heridos, 20 de ellos graves. Además criticó que la Policía impidió a los abogados asistir legalmente a los más de 320 arrestados. La responsable d política interior del partido Die Linke (La Izquierda), Christiane Schneider, acusó a la Policía de haber recurrido a una «táctica escaladora».
Testigos presenciales y medios locales informaron de que los agentes lanzaron gases lacrimógenos a la multitud de forma indiscriminada. Por último las autoridades anunciaron que los manifestantes habían atacado la conocida comisaría Davidswache. Con este supuesto ataque justificaron la instalación de las denominadas «zonas peligrosas». Poco después el seminario «Der Spiegel», originario de Hamburgo y de orientación centro-liberal, demuestra la falsedad de dicha acusación. El Gobierno regional admite este extremo pero no retira sus medidas excepcionales.
Ante este «estado de excepción» fáctico, los «sospechosos habituales» han iniciado «paseos» por las «zonas peligrosas». Esta forma de protesta es secundada también por ciudadanos ajenos al mundillo de la izquierda radical porque se sienten afectados injustamente por las medidas excepcionales. Estas últimas se basan en la Ley de Policía, hecha por la Unión Demócrata Cristiana (CDU) en 2005 y calificada como «la más dura de Alemania».
Desde entonces las autoridades han recurrido a ella en 40 ocasiones para establecer «zonas peligrosas».
Estas estaban limitadas en el tiempo y a un lugar en concreto, por ejemplo a las horas antes, durante y después de un partido de fútbol y al respectivo estadio. Asimismo se aplicó esta ley para combatir el tráfico de droga en una determinada de estación de tren porque permite que la Policía prohíba a ciudadanos entrar o permanecer en ese lugar.
Política represiva del SPD
Sin embargo, es la primera vez que se aplican estas medidas a 50.000 personas y para un tiempo indeterminado. En teoría la Policía no tiene derecho a prohibir a un ciudadano volver a su casa, pero aún así aumenta la protesta contra las medidas decretadas por el SPD de Hamburgo. Die Linke quiere llevar el asunto al Parlamento regional para que ponga fin a esta medida excepcional pero los socialdemócratas gobiernan con mayoría absoluta.
En el campo jurídico está por ver si el tribunal constitucional se va a pronunciar sobre la alegada anticonstitucionalidad de esta Ley de Policía. Algunos juristas apuntan a que ningún juez tiene que legalizar estas medidas, otros aducen que su aplicación limita la libertad de movimiento, de concentración y el derecho civil sobre el uso de datos privados.
Que justamente el SPD se preste a aplicar esta severa ley no extraña porque tradicionalmente ha representado el ala más represiva para mantener a raya cualquier movimiento que surja a su siniestra. Ya en 2001 intentó adelantar a la CDU mediante una política policial drástica y fracasó en las elecciones regionales porque el electorado prefirió el original antes que la copia. Ahora Scholz y Neumann quieren ganar puntos entre la burguesía, presentándose como guardianes de «tranquilidad y seguridad» frente a una supuesta «izquierda violenta».
Con esta estrategia Scholz, a la sazón vicepresidente del SPD, quiere ganar terreno político cara a las elecciones generales de 2017 de las que su formación quiere salir como vencedora para reconquistar el gobierno perdido en 2005.
Para ello recurre a una Ley de Policía que hasta ahora nunca ha sido empleada de forma tan extrema. Cabe pensar que el SPD quiere ver hasta qué punto funciona legal y prácticamente. Conviene recordar que casi el 20% de los alemanes vive al borde de la pobreza y un 30% no participa en las elecciones. Hasta ahora no ha habido rebelión social en Alemania porque la República Federal no ha entrado en crisis ni existe formación política izquierdista que articule el descontento social.
Los intereses económicos y la gentrificación originan las protestas políticas y sociales
El Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) pretende reducir el conflicto político-social de Hamburgo al enfrentamiento violento entre policías y manifestantes izquierdistas obviando el trasfondo social y económico de las protestas.
En el centro del conflicto se halla la lucha por la Rote Flora, un teatro ocupado desde 1989, que en los últimos 25 años se ha convertido en un símbolo del movimiento okupa europeo. A lo largo de este cuarto de siglo sus ocupantes lograron ser tolerados y hasta cierto también legalmente protegidos por la política.
Esta situación terminó definitivamente a finales de 2013 cuando el propietario del inmueble, Klausmartin Kretschmer, reanimó el conflicto, evitando la actuación de una banda de música y exigiendo a los inquilinos de la Rota Flora el pago mensual de 25.000 euros aduciendo pérdidas de unos nueve millones de euros por todas las actuaciones culturales que los «autónomos» habían llevado a lo largo de este cuarto de siglo. Ante la previsible imposibilidad de pagar la cuota deseada, Kretschmer anunció el desalojo del edificio.
En su día compró el inmueble por 375.000 marcos (190.000 euros). Según sus propias palabras, la propiedad podría valer ahora unos 20 millones de euros. Un panorama parecido se da en el emblemático barrio Sankt Pauli donde hace poco las autoridades desalojaron los 110 apartamentos de las históricas «Casas de Esso» después de que inquilinos avisaron de extraños movimientos en las estructuras de los edificios. Un inquilino desalojado dijo a la prensa que por un piso de 80 metros cuadrados tenía que pagar 930 euros al mes a pesar del pésimo estado en el que se hallaba el edificio.
Tanto la empresa propietaria como la administración de Hamburgo optan por su pronto derribo mientras que una iniciativa popular aboga por la renovación. Los dueños rechazan esta idea porque quieren edificar allí apartamentos de venta y de alquiler además de un centro comercial.
De esta forma las «Casas de Esso» muestran cómo se quiere llevar a cabo la gentrificación, es decir el cambio social de un barrio a consecuencia de un determinado proyecto inmobiliario. Ante la pasividad de las autoridades a la hora de buscar una solución adecuada tanto para los afectados en particular como para el barrio en general, varios manifestantes asaltaron las «Casas de Esso» y las ocuparon.
El tercer foco de conflicto se centra en un grupo de refugiados africanos que se halla en Hamburgo. El senador de Interior, Michael Neumann (SPD), opina que se trata de inmigrantes ilegales y el año pasado ordenó a su policía que controlase a cualquier hombre de apariencia africana. Desde la izquierda autónoma se le acusó de proceder una forma racista ya que también la Iglesia había concedido «asilo parroquial» a los denominados «refugiados de Lampedusa».
En la otra cara de esta misma moneda se encuentra el ambicioso proyecto de dotar a Hamburgo con una gran sala de conciertos. Desde los años 80 la ciudad portuaria opta por atraer a turistas mediante la ubicación de espectáculos musicales en sus respectivos teatros.
Esta política dio lugar al conflicto por la Rote Flora que anteriormente había sido un antiguo teatro que debería ser renovado para fines empresariales. En esta misma línea se ubica la decisión de los sucesivos gobiernos regionales de Hamburgo de construir la impresionante «Filarmónica del Elba».
Sin embargo, y lejos de la famosa «perfección alemana», este proyecto se ha convertido junto con el polémico aeropuerto internacional de Berlín en un símbolo del despilfarro público. En 2007 las autoridades de Hamburgo dijeron que la obra iba a costar 77 millones de euros.
En 2013 admitieron que los costes llegarían a los 789 millones de euros. La inauguración está prevista para 2017 pero nadie se fía ya de la fecha porque en el pasado ha sido cambiada en varias ocasiones.
El 10% de la población de Hamburgo controla el 65% de la riqueza de la ciudad, unos 33.000 millones de euros. Al mismo tiempo, el 13% de los ciudadanos recibe ayudas estatales. Hamburgo lidera la lista de los pensionistas que no pueden vivir de lo que cotizaron en su vida laboral.
El 23% de los niños requiere asistencia del Estado porque son considerados pobres. En algunos barrios este porcentaje sube al 50%. Con un índice de paro del 7,3%, Hamburgo se sitúa por encima de la media alemana del 6,7%.
Ingo Niebel
Tregua en la batalla de Hamburgo
Una rebelión de manifestantes de ultraizquierda en la ciudad alemana llevóa la policía a limitar las libertades civiles en un área con 80.000 habitantes Juan Gómez El País es Hamburgo 10 ENE 2014
Una rebelión de manifestantes de ultraizquierda en la ciudad alemana llevóa la policía a limitar las libertades civiles en un área con 80.000 habitantes Juan Gómez El País es Hamburgo 10 ENE 2014
La ciudad-Estado impuso la zona de peligro tras denunciar, el pasado 29 de diciembre, un ataque de entre 30 y 40 personas embozadas a la Davidwache, la célebre comisaría del barrio chino de Hamburgo. El primer relato policial pintó un asedio planificado y semimarcial en el que un agente sufrió graves fracturas en el rostro. Ocho cristales de la Davidwache siguen rotos, pero el vistoso edificio de ladrillo rojo tiene obvias propiedades de fortín que obligaban a admirarse ante el candor de un policía veterano de 45 años que lo abandonó a cara descubierta "con un puñado de compañeros" para enfrentarse a la turbamulta.
Una ley regional de 2005 permite a la policía responder a situaciones extremas demarcando zonas en las que se concede a sí misma poderes excepcionales, como dar discrecionalmente el alto y exigir la identificación o controlar mochilas y efectos personales de los viandantes. Nunca antes una zona de peligro, propia de eventos como partidos de fútbol, había sido tan amplia ni tan prolongada. Cientos de habitantes de los barrios afectados se han manifestado contra una medida que consideran abusiva, con el apoyo de la oposición de centroizquierda (Die Linke y Los Verdes) al Gobierno regional del socialdemócrata Olaf Scholz (SPD).
Las protestas encontraron un inopinado símbolo en las escobillas de baño, después de que la policía se incautara de una de ellas —arma de cuerpo a cuerpo— al registrar la mochila. Cientos de jóvenes de Hamburgo como Anna S., una estudiante de 24 años, llevan ahora escobillas —blancas— de baño en la mochila como "burla a la arbitrariedad policial" y en protesta por el "constante engorro, los cacheos y los controles" en los barrios con mayor presencia de grupos alternativos e izquierdistas en Hamburgo. Anna no quiere dar su apellido porque, explica, está "harta y amedrentada" y cree que "esto puede estallar". De momento puede constatarse la carestía de escobillas de baño blancas en las tiendas de la popular zona de Hamburgo conocida como Schanzenviertel.
El portavoz policial Mirko Streiber admite ahora que su colega no fue herido en ese ataque, sino cuando patrullaba a cientos de metros de distancia. Con la credibilidad del ataque en solfa, Streiber aseguraba ayer que la “zona de peligro” no se debió “solamente” al episodio: “Los enfrentamientos se recrudecieron desde la gran manifestación de la izquierda radical el 21 de diciembre”. La zona de peligro ha “contribuido a reducirlos” y por eso, dice, la han acotado. Un éxito.
El abogado Andreas Beuth se reía por la tarde: "Cada vez dicen una cosa". Mientras se liaba un cigarro con los dedos amarillos, el letrado denunciaba a mediodía que "han reducido la zona, pero sigue siendo muy considerable". Controlan, aclara, "a los que quieren". Resguardándose de la lluvia fina en un soportal frente a la famosa institución okupa de Hamburgo Rote Flora, el letrado explicó que tiene testigos de que el ataque a la comisaría Davidwache no fue tal. Sugiere Beuth que la supuesta batalla debía servir a la policía para "pedir nuevo armamento y mejores sueldos". También para proponer más medidas represivas ante el auge de las protestas de izquierda. También el portavoz policíal Streiber reconocía la "repolitización" de las protestas en Hamburgo: "Hace unos años deteníamos a muchos jóvenes apolíticos, turistas de algarada, en muchas manifestaciones; ahora vemos un descontento político organizado".
En la Rote Flora es difícil dar con alguien, un centro cultural okupa tiene sus propias rutinas o falta de ellas, como reía el proveedor de bebidas que la aprovisionaba de cerveza para la tarde de ayer. El viejo teatro en pleno centro tiene una gran sala que sirve "para todo tipo de actividades: teatro, bar o centro de reuniones y conferencias". Rolf Müller, un hombre menudo de 37 años que trabaja a dos manzanas de allí, sonreía al deletrear su apellido —entre los más comunes del país— para que no cupiera duda de que es un nombre falso. Colabora en una organización próxima a la Rote Flora asesorando a militantes de la izquierda radical con problemas con la policía. Está de acuerdo con las autoridades en el "trasfondo claramente político" de los enfrentamientos recientes. También coincide con Streiber al señalar tres temas principales en la discusión política de la izquierda extraparlamentaria: "La exclusión por la subida de los alquileres, la política de refugiados del Gobierno regional y la amenaza repetida de que desalojen la Rote Flora".
La portavoz del Gobierno regional de Hamburgo Swantje Glismann descartaba que el centro okupa vaya a ser desalojado, tal y como pide su propietario. Rote Flora "va a seguir igual", dijo. Pero a unas manzanas de la comisaría Davidwache se levanta otro símbolo de la protesta, un edificio a punto de ser demolido para dejar paso a viviendas nuevas y más caras. El transportista Peter Alert expresaba su enfado al caer la tarde: "La gente se tiene que ir a la periferia, los inversores dejan desmoronarse edificios enteros para obtener permisos de derribo y nueva construcción".
Bajando de allí hacia el puerto que hizo de Hamburgo una de las primeras capitales comerciales del mundo se atisba la inconclusa Filarmónica del Elba, trituradora de millones públicos que costará el 1.000% de lo presupuestado en 2007: 800 millones de euros para conciertos. También puede olerse el Elba desde los ocho contenedores blancos que acogen en el jardín embarrado de la iglesia de St. Pauli a 24 refugiados que, como el gambiano Ansumana Nfati, sobrevivieron a la travesía entre África y la isla italiana de Lampedusa huyendo de la guerra y el hambre. "Son estas cosas", decía el falso Rolf Müller con una sonrisa suave, "las que están politizando a la gente".
Envío:Amarelle


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