5 de enero de 2014

BRASIL.

Será el Mundial más caro de la historia
Año 6. Edición número 294. Domingo 05 de enero de 2014
Por Carlos Sprei, economista IUEAN
internacional@miradasalsur.com
“Patrón FIFA”: Los manifestantes reclaman la misma calidad para la salud y la educación públicas.
Descontento popular en Brasil contra las imposiciones de la FIFA y por el descontrol de gastos en estadios que han triplicado su valor previsto, cuando muchos de ellos no servirán para nada después de la Copa del Mundo.

El planeta fútbol se rindió con alegría y expectativas a la decisión de la FIFA, en octubre de 2007, cuando la entidad designó a Brasil como la futura sede de la Copa del Mundo de 2014. La FIFA que vive de sus altos patrocinios, derechos de televisación, festivales futbolísticos y de diversas copas menores, de lo alto de su orgullo de tener más países afiliados que la ONU, imaginaba que una Copa Mundial en Brasil era el escenario ideal. La sociedad del espectáculo ganaba un espacio geográfico lúdico, la reconocida alegría de su pueblo, la música mansa y un carnaval frenético fuera de temporada. Tiempos felices que prenunciaban un vuelo cómodo hasta llegar a destino. Al final, una suma simple entre identidad nacional y fútbol inspiraba tantas certezas que nunca llevarían a imaginar un Brasil joven, activo, cuestionador, movilizado y reivindicativo. Ni el analista más perspicaz hubiera imaginado seis años antes que la FIFA y sus convidados tendrían que encerrarse en un resort en la Costa de Sauípe, a 80 kilómetros del centro de Salvador, en Bahía, alejados de la posibilidad de movilizaciones anti FIFA, para realizar el sorteo de las llaves mundialistas.

Economía y política pasaron a conjugarse en tiempo presente a través del fútbol y sus perspectivas. Al final, en octubre de 2014, habrá elecciones presidenciales en Brasil, y en las urnas se juzgarán 12 años de gobierno del Partido de los Trabajadores, su continuidad y las posibilidades del arco opositor. Así, en la Copa se juegan el futuro, la política y la emoción. El país mundialista se autopromocionará durante 30 días en las pantallas de la TV para un número calculado en casi 2000 millones de espectadores, pero ahora, para algunos, se corre el riesgo de hacer un mal anuncio de sí mismo o, minimamente, exponer a la "Familia FIFA" y su autoritarismo. Va a depender del punto de vista y perspectivas de cada uno. Seguramente, para la FIFA la elección de Brasil pasará a ser un error si el pueblo vuelve con vigor a las calles. Se juega mucho por esos días, inclusive quien ganará la Copa.

Toda esta incertidumbre tiene su origen en las importantes manifestaciones y movilizaciones populares que tuvieron lugar durante la Copa de las Confederaciones en junio pasado, que es considerada por la FIFA como un examen final pre Copa. Durante semanas, las calles que inicialmente fueron ocupadas solamente en San Pablo por pocos estudiantes que reclamaban por el aumento del pasaje de ómnibus, rápidamente se multiplicaron por todo el país en un reclamo más amplio y nacional. La presentación de los seis nuevos estadios en las ciudades sede del torneo despertó la indignación popular. Carteles y banderas de los manifestantes exigían el "patrón FIFA de calidad" para hospitales públicos, escuelas, transporte urbano y seguridad. La extravagancia y desperdicio en estadios como el "Mane Garrincha" en Brasilia, el más caro de la Copa, que costó más de 900 millones de dólares, estimularon a jóvenes y adultos en una ola que se transformó en un tsunami para los partidos políticos brasileños, que no vieron la tempestad que se estaba formando. En su ápice, en un solo día, más de un millón de personas recorrieron las calles de 45 ciudades brasileñas haciendo oír su indignación. La postura fanfarrona de la FIFA no ayudó a calmar los ánimos. Sus continuas exigencias y críticas al país recrearon en el imaginario popular un nuevo FMI. Si en el pasado el Fondo Monetario Internacional dictaba las reglas de como el país debía conducir su política económica, ahora la FIFA mandaba lo que se podía y debía hacer, incluso pretendiendo estipular cuándo, cómo y dónde los activistas podrían protestar.

El movimiento espontáneo desbordó su comprensión. Los manifestantes exigían explicaciones del Estado y no se identificaban con ningún partido político o sindicato. Posteriormente, diversos grupos, especialmente los anarquistas globales conocidos como "Black Blocs", se sumaron a la violencia represiva desproporcionada de la policía con una respuesta todavía más violenta que llevó al movimiento a una parálisis parcial. Pero Brasil ya no era el mismo. Persiste para 2014 la duda, el tema está instalado en las conversaciones en bares, encuentros de amigos, redes sociales y medios. Hay una pugna de versiones sobre el devenir. La "Familia FIFA” está inquieta, le molesta trasmitir al mundo que su fiesta es demasiado cara para países con necesidades básicas tan extraordinarias. Al final, atropelló leyes locales, impuso condiciones draconianas, monitorea plazos. Sus exigencias resultan agobiantes y su lucro operacional, previsto en 2500 millones de dólares, injustos para solamente traer el espectáculo. Pero la voracidad de la FIFA no tiene límites. El reciente affaire mundial de las entradas, sorteadas de forma poco clara por Internet sin esperanzas para los hinchas globales ocultó su otro gran negocio con los ingresos corporativos (destinados a las empresas que patrocinan el evento y allegadas) que están monopolizados entre un conglomerado local (el Grupo Aguia, ligado a la Confederación Brasileña de Fútbol), y otro de la FIFA (Grupo Match), propiedad de Philippe Blatter, sobrino del presidente de la FIFA, que juntos recibirán a 130.000 turistas corporativos con derecho a los mejores lugares en los estadios, a un costo medio de 2500 dólares por persona y día.
Para el ex jugador Romario, ahora diputado federal por el Partido Socialista Brasileño, esta será un Copa para las elites, una copa "Emblanquecida", excelente para ricos y millonarios, pero no para el pueblo que estará ausente de los estadios. Para el ex jugador, en el acuerdo que Brasil firmó con la FIFA, el memorándum "Ley General de la Copa", el país aceptó algunos artículos que hieren su soberanía nacional y el pueblo esta pagando por eso.

Los medios, las organizaciones civiles y el gobierno discuten como atender y hacerse entender por la FIFA. La entidad, que se auto enaltece de ser apolítica, hace política diariamente presionando por el tal "patrón de calidad", que incluye exigencias que van desde la exención de impuestos nacionales a la liberación de la venda de bebidas alcohólicas en los estadios, situación penalizada por las leyes brasileñas. ¿Cómo administrar políticamente estos condicionamientos?

El gobierno de Dilma Rousseff, que inicialmente fue el más afectado por los movimientos de las calles, llevando a disminuir su popularidad en casi 50%, viene mes a mes recomponiendo sus índices de popularidad y aprobación, ganando hoy de la oposición, en todas las encuestas, por más de 30% para las próximas elecciones de octubre 2014. Entretanto, el gobierno Federal, entre el fuego cruzado de lo que pasó y de lo que se viene, hace un esfuerzo de comunicación para explicar su papel en los gastos de la Copa, frente a las acusaciones de sobornos y corrupción. ¿Cómo explicar a esos jóvenes y a una sociedad inquieta que el valor gasto para la construcción de 12 estadios nuevos, un número nunca visto en copas anteriores, saltó desde 2010 en más de 66% de los costos previstos en la matriz de responsabilidades? En valores absolutos, solo para la construcción de estadios, el presupuesto subió de 2.650 millones de dólares a 4.500 millones de dólares, incluyendo los privados, que son financiados por el poder público a través de traspasos del Tesoro Nacional al Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (Bndes). Cómo explicar también una copa que triplicó su presupuesto inicial llegando a costar casi 14.000 millones de dólares, considerando seguridad, movilidad urbana y mas de 98 ítems propuestos en la agenda FIFA. La Copa en Brasil sobrepasó todas las previsiones, va a costar tres veces el valor de la de Alemania en 2006 y cuatro veces la de Sudáfrica en 2010.

Brasil va a organizar la Copa más cara de todos los tiempos, el gobierno le debe esas explicaciones a una sociedad que exige respuestas y se moviliza por el desperdicio del dinero público y los gastos exorbitantes en la preparación del evento.

Se discute el legado de la Copa, los estadios considerados "elefantes blancos" de dudoso aprovechamiento en el futuro, especialmente los de Manaos, Cuiabá, Natal y Brasilia, ciudades que ni siquiera poseen equipos en la primera división del fútbol brasileño. Entretanto, nada frenó el apetito de la FIFA y su afán de ganancias extraordinarias. Todos los caminos y atajos fueron emprendidos para llegar a su meta financiera.

Pero la gente percibió que algo va mal en un país donde la mitad de la población no tiene acceso a agua y cloacas, la economía se desindustrializa y se hace primaria a pasos muy rápidos, el retrato de la desigualdad es poderoso, con 40 millones de brasileños que no tienen capacidad de lectura y los hospitales públicos están degradados. En este universo, 50 millones de personas viven de la ayuda de los programas sociales. Este es el país que moviliza a jóvenes y adultos y desafía al PT a sacudir la comodidad de la gestión del poder.

Partido y gobierno al igual que 200 millones de brasileños sueñan con un final feliz el 13 de julio de 2014 en un Maracaná renovado. Hasta allá, el gobierno deberá mostrar credenciales de un eficiente administrador entre las demandas populares, la presión de la FIFA y el encanto brasileño, poblado ahora por más de 30 millones de personas que en los últimos años, gracias a los planes de inclusión social del gobierno Lula-Dilma, ingresaron a las clases "c" y "d", aspirando por un modelo menos desigual, más justo e integrador.


El despegue militar de Dilma
Año 6. Edición número 294. Domingo 05 de enero de 2014
Por Emiliano Guido
eguido@miradasalsur.com
Con la compra de 36 cazas de combate a Suecia, en un acuerdo que incluye transferencia de tecnología y la posibilidad de venderlo a sus vecinos, Brasil se consolida como el escudo militar de la región.

Brasil crece y se protege. La consultora británica CEBR vaticinó esta semana que el gigante sudamericano será, gracias al boom sojero y a su mayor peso en los acuerdos globales de la OMC, la quinta economía del mundo en diez años. Además, al vecino país el futuro le sonríe porque con la Amazonía verde –la mayor fuente de biodiversidad del mundo– y la denominada Amazonía azul –las enormes reservas off shore en la Cuenca de Santos– cuenta con una plataforma energética ideal para alimentar su bonanza comercial. Por ese motivo, las fuerzas armadas verdeamarelhas vienen protagonizando durante la era lulista un despegue militar tan pronunciado como el salto cualitativo que dio el país en materia de crecimiento del PBI o del superávit comercial. Brasil construye submarinos convencionales y nucleares; además, el socio mayor del Mercosur ya cuenta con el know how necesario para generar helicópteros para el transporte de tropas made in Brasil y, periódicamente, nutre su músculo castrense comprándole a la Rusia de Vladimir Putin misiles defensivos. Por último, el gobierno de Dilma Rousseff acaba de firmar un contrato con la empresa sueca Saab para dotarse de 36 cazas de combate en una compulsa donde fueron relegadas otros pesos pesados de la industria militar como la norteamericana Boeing y la francesa Dassault. Por aire, tierra y mar, el mensaje es más que claro. Brasil se viste de fajina y fortifica su lugar en el mundo.

La decisión de la jefa de Estado brasileña no fue fácil. Es más, el propio Luiz Inácio Lula da Silva transitó sus dos mandatos presidenciales deshojando la margarita y nunca decidió si quería más a los F-18 Super Hornet de la estadounidense Boeing, al famoso caza Rafale o a los nórdicos Gripen NG. Lula especulaba al ritmo de los intereses geopolíticos del momento. En un principio, el ex tornero de San Pablo se encaminaba a pactar con los norteamericanos pero, rápido de reflejos, el entonces primer ministro Nicolás Sarkozy endulzó los oídos del líder trabalhista asegurándole que, junto a las tres docenas de los Rafale de la firma Dassault, el gobierno de París otorgaría cuotas de autonomía importante a las Fuerzas Armadas de Brasil en la construcción de los aviones de guerra. Pero esa negociación colisionó con una coyuntura donde Francia jugó en contra de la propuesta del Palacio Itamaraty para destrabar las sanciones internacionales al programa atómico iraní. El Palacio Planalto quería demostrar que podía tallar alto en política internacional, y junto a Turquía habían logrado elaborar una propuesta diplomática que contradecía la hoja de ruta propuesta por las potencias occidentales en el marco del, supuestamente, polémico capítulo energético de Teherán. Finalmente, Sarkozy torpedeó el camino iniciado por Lula en Naciones Unidas y, en consecuencia, Dassault dejo de ser tenida en cuenta por el complejo militar brasileño.

Por lo tanto, en el sube y baja de la licitación por los 36 cazas, la Boeing emergió en las consideraciones de Lula tras la caída en las acciones de los Rafale. Pero, unos años después, en plena luna de miel entre Washington y Brasilia en términos de cooperación militar, surgieron las revelaciones del ex contratista Edward Snowden. Dilma Rousseff se anotició que los supuestos secretos comerciales de Brasil, incluidos los de Petrobras, tenían más agujeros que un queso gruyere. De esta manera, la saga de una compra por 4500 millones de dólares termina con un final feliz inesperado para la empresa sueca Saab. Trascartón, la resolución de la licitación de los cazas de combate ha disparado una batería de análisis sobre el paso dado por Brasil. En general, la mayoría de los especialistas celebró el acuerdo alcanzado entre Dilma Rousseff y la empresa europea. Sin embargo, especialistas de la coyuntura sudamericana como el politólogo argentino Atilio Boron han calificado el hecho como "un increíble (y enorme) error geopolítico". "El motor que propulsa al Gripen-NG es un desarrollo de una turbina fabricada por la empresa estadounidense General Electric. Sólo con eso es suficiente para que, ante una controversia entre Washington y Brasilia, Suecia pueda verse obligada a interrumpir el suministro de partes y software para los aviones vendidos al Brasil, a menos que esté dispuesta a enfrentar los costos de un serio conflicto con Estados Unidos", advirtió Boron en su blog personal.

Para leer este capítulo del despegue militar brasileño, Miradas al Sur entrevistó al especialista Raúl Zibechi, autor del recomendable libro Brasil potencia, recientemente editado en Buenos Aires por el colectivo periodístico La Vaca. La virtud del trabajo elaborado por el periodista uruguayo del semanario Brecha consiste en que logra articular una mirada macropolítica del significativo momento de Brasil en las grandes ligas del sistema global con un trabajo de territorio con los novedosos movimientos sociales brasileños.


–¿Por qué el gobierno de Dilma Rousseff termina acordando con una empresa que se supone no tiene la estatura de la Boeing o la Dassault en la fabricación de aviones de combate?
–El avión sueco es más pequeño que sus competidores y tiene menos capacidad de fuego, pero es más económico y se adapta a la realidad de un país cuya prioridad es la defensa y no el ataque. Pero el punto fundamental es que Brasil no quiere comprar sino fabricar: busca una transferencia completa de tecnología, que los aparatos sean montados en su territorio por la Embraer (tercera empresa de aviación civil del mundo por su tamaño), y que al final del proceso la propiedad intelectual del producto quede en manos del Estado. Además, en pocos años, el 40% del caza y el 80% de su estructura serán fabricados en Brasil por cientos de medianas, grandes y pequeñas empresas que vienen trabajando desde hace tiempo con Embraer. Y esto es posible porque el Gripen NG es un avión en desarrollo, proceso en el cual Brasil se inserta a partir de este momento, algo que era imposible con otros aparatos, incluyendo los rusos Sukhoi.
Por último, la hora de vuelo del Gripen es la mitad de la del Rafale y el F-18. Además, no olvidemos lo más importante: Brasil podrá no sólo producir su propio caza sino venderlo a los demás países de la región, a Sudáfrica –que ya tiene su lote de Gripen– y a otros países africanos.


–Sin embargo, analistas como Atilio Boron advirtieron que la decisión de Rousseff podría en el futuro restarle autonomía al complejo militar local porque entiende que la Saab puede ser vulnerable al lobby del Pentágono y, de esa manera, no cumplir con su palabra en lo que se refiere a la transferencia de tecnología.
–Más allá de las consideraciones geopolíticas, la compra de un aparato tan importante para la defensa de un país no puede hacerse según afinidades del momento, menos aún por simpatías ideológicas. Hoy ningún país que pretenda construir una defensa potente puede prescindir de la tecnología occidental. Las fuerzas armadas de China construyen sus defensas con piezas importadas de Alemania, Reino Unido y Francia, aliados de Estados Unidos. Sin embargo, esta situación no pone en riesgo su independencia política y estratégica.

Por otro lado, la soberanía nacional de Brasil tiene en este punto dos ejes: diversificar las compras y construir una sólida industria de defensa. Hoy Brasil está construyendo submarinos convencionales y nucleares gracias a un acuerdo estratégico con Francia, que ha permitido que se construyan en astilleros brasileños con técnicos formados en Francia. Del mismo modo está construyendo helicópteros de transporte de tropas, mientras compra a Rusia misiles defensivos, además de corbetas y fragatas al Reino Unido.


–¿La decisión de Brasil de estrechar lazos militares con Suecia es una novedad en el mapa del proceso de integración regional?
–En estos momentos las fuerzas aéreas de la región están equipadas de forma muy desigual y muestran sus opciones con el tipo de aparatos que vuelan: Colombia tiene cazas Kfirs israelíes; Perú MIG rusos y Mirage franceses; Venezuela renovó toda su flota con Sukhoi rusos y Chile tiene la fuerza aérea más potente en base a los F-16 estadounidenses. Pero todos compran, ninguno fabrica. Por ese motivo, con la decisión de Brasil de fabricar cazas, por más discutible que les parezca a quienes habrían optado por aviones rusos, la región ha dado un paso significativo en su independencia militar.
Fuente:MiradasalSur

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