Reagan en el Paraná
15/04/2014
Por Carlos del Frade
El único periodista rosarino invitado a participar desde antes de la ejecución del operativo de seguridad que encabezó Sergio Berni, ofreció su punto de vista sobre el histórico desembarco, en la edición 138 de el eslabón.
El 20 de marzo de 1975, durante el llamado Operativo Rocamora, el sur de la provincia de Santa Fe fue intervenido por casi cuatro mil integrantes de fuerzas de seguridad nacionales coordinada, en aquel momento, por el Ejército. El objetivo fue la ocupación de Villa Constitución, el secuestro de doscientos delegados de fábrica y el desmantelamiento de la conducción de la UOM, liderada en aquellos momentos por Alberto Piccinini. El presidente del directorio de Acindar, José Alfredo Martínez de Hoz pagó 200 dólares a cada uno de los participaron en aquella invasión. Desde entonces no había existido una intervención federal de la magnitud que tuvo el desembarco del pasado miércoles 9 de abril, cuando casi tres mil numerarios de la Policía Federal, Gendarmería, Prefectura y unidades de las TOE, coordinadas por Sergio Berni, el secretario de seguridad de la Nación, coparon 67 puntos clave del Gran Rosario, produciendo más de ochenta allanamientos, escaso número de detenciones y magra cantidad de cocaína y marihuana.
En realidad, buscaron marcar presencia y recuperar los territorios y presentar en sociedad la llamada coordinación entre el gobierno provincial y el nacional que se hará efectiva a través de mil quinientos gendarmes y prefectos hasta junio. Fecha que el gobernador Antonio Bonfatti quiere estirar lo más que se pueda. La conferencia de prensa que dieron al finalizar el operativo (este cronista fue el único periodista rosarino que fue invitado a participar desde antes de su ejecución a las 16.05) presentó a los funcionarios celebrando la “recuperación” de los barrios, sabedores del reclamo permanente de seguridad de parte de los vecinos.
El problema es que esta receta es la impuesta por el imperio, por Estados Unidos, el verdadero patrón del mal, desde julio de 1988 cuando Ronald Reagan convocó a la guerra contra el narcotráfico a partir de la participación de las fuerzas de seguridad nacionales en los grandes conurbanos latinoamericanos. Se llamó Plan Colombia, Plan Mérida en México y el ejército copando las favelas de Río de Janeiro y San Pablo. En todos los casos el resultado fue el mismo: miles de muertos, cientos de familias desplazadas y grandes negocios inmobiliarios, por un lado, o de las multinacionales de los medicamentos que explotaron regiones de flora original al servicio de sus industrias. El narcotráfico multiplicó dinero y consumidores. Provincia y nación trabajan juntos porque el Norte es el que manda. Fase superior del imperialismo.
En forma paralela, este cronista, al tener el privilegio de estar varias horas con los distintos funcionarios en el Centro Operativo de Prefectura, tuvo la posibilidad de asistir a comentarios que merecen compartirse como información.
-Es el mapa de la pobreza– dijo Raúl Lamberto, el ministro de Seguridad de la provincia. Tenía razón. Los 67 puntos rojos marcaban los lugares estragados por la injusticia social. Pero el centro de la ciudad, vacío de marcas, señalaba, en realidad, el núcleo duro donde se lava y se incentiva el flujo de dinero ilegal que produce el narcotráfico. El problema es el otro mapa, el de la riqueza, donde los grandes empresarios reciben créditos de la familia Cantero, donde abogados, contadores y representantes de futbolistas pasan la mayor cantidad de horas de su vida, sabedores que no hay estrado judicial que los convoque ni mucho menos fuerza policial que los moleste.
“Desde ese búnker ordenaron dispararme”, apunta Antonio Bonfatti, en otro tramo de la tensa espera duró casi tres horas, mientras llegaban los informes del líder Alfa de cada uno de los 67 puntos. El gobernador apuntaba a una mujer que trabajaría para los Alvarado, hoy detenidos, como los potenciales responsables del atentado de octubre de 2013.
Y mientras se repetían los “negativos” del otro lado del micrófono que pulsaba el Jefe de Comunicaciones de la Policía Federal, comenzaba a pensarse en la filtración que se había producido para que, por ejemplo, hubiera búnkers con compradores esperando mientras los vendedores hacía poco que ya no estaban allí.
Las dos mujeres embarazadas de casi nueve meses que oficiaban de vendedoras en otros dos puestos de comercialización de drogas, marcaba la perversión del negocio. Están convencidas que trabajar para narcos les dará la posibilidad de un futuro mejor a las vidas que están a punto de alumbrar en una ciudad que hace rato dejó de ser obrera, industrial, portuaria y ferroviaria, como aquella de 1975, cuando se produjo el
Operativo Rocamora.
¿La respuesta para esas mamás vendrá de la boca de un fusil de un gendarme?.
¿Lo que buscan los clientes de cada búnker será reemplazado por los servicios de la Policía federal?.
Mientras el cronista veía el mapa rosarino devenido en una pizarra virtual tachonada de soles rojos y comentaba en voz alta: “Mirá vos en qué se convirtió la ciudad”, un alto jefe de Gendarmería le susurró al oído: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.
Rosario, definitivamente, forma parte del mapa latinoamericano, tal como lo soñó Ronald Reagan. La esperanza, como siempre, sigue en construir sentido existencial para que cada pibe en cada barrio recupere un proyecto propio, porque el que vive sin sentido, mata o es matado sin sentido.
Fuente:RedaccionRosario

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