6 de febrero de 2022

OPINION.

 OPINIÓN

El garrote y el estetoscopio

06/02/2022

El comienzo de esta columna dominical, habitualmente jocosa, no tiene nada de tal. Y es que, como el lector no podrá ignorar, en la semana que se cierra, veinticuatro personas murieron en el Conurbano bonaerense por haber consumido una partida de cocaína adulterada. Desde ese lamentable hecho, que causó una obvia conmoción, el país entero parece estar bajo el efecto de algún narcótico, pero no es una sensación de energía y omnipotencia como la que proviene de la cocaína, sino una suerte de viaje alucinado producto de drogas psicodélicas.

 

Esquizo.

 

Debe decirse ante todo, que la reacción estatal ante la emergencia parece haber sido acertada, y habría evitado que las víctimas fueran muchas más. El ministro de Seguridad bonaerense, apenas alertado de lo ocurrido por su par de Salud Pública, lanzó un alerta a la población, pidiendo encarecidamente que, si habían adquirido cocaína en las últimas horas en esa zona, se abstuvieran de su consumo.

 

En realidad, la población está acostumbrada a que desde el Estado se le diga que no hay que drogarse. Lo que varía aquí es que el polémico funcionario en cuestión emitió su mensaje, no vistiendo el uniforme militar, ni el traje de abogado, sino el delantal médico (créase o no, el hombre reúne en sí mismo, en una suerte de terrenísima trinidad, las tres profesiones mencionadas).

 

Esto es, el mensaje estaba siendo emitido desde una perspectiva de salud pública, no de política criminal. Lo que se advertía es que ese consumo, habitualmente tóxico, lo era aún más por la adulteración, con claro peligro de muerte. Y la exhortación partía de una actitud de cuidado por la vida, no con la amenaza del garrote que implica una legislación que, aún hoy, responde a cualquier cuestión relacionada con las drogas con alguna grave amenaza de prisión.

 

Psicodelia.

 

Lo que siguió a continuación en el show televisivo sería hilarante si los hechos de fondo no fuera tan lúgubres y graves. El discurso oficial hacia las "personas con consumos problemáticos" (antes se les llamaba, simple y brutalmente, "drogadictos") por momentos rozaba la esquizofrenia. Poco faltó para que se les recomendara que concurrieran a Defensa del Consumidor para reclamar que se les devolviera su dinero por la compra, y se les garantizara su derecho a la información sobre el contenido de lo que les estaban vendiendo.

 

El show más interesante lo montaron, como siempre, los periodistas televisivos, con sus "ingeniosas" preguntas, y su actitud de indignación mal actuada. No faltó el que le preguntara al ministro cuáles eran los efectos de la cocaína (¡muchachos...!).

 

Algunos miembros de la oposición política, en modo "El regreso de los muertos vivos", comenzaron a batir el parche del punitivismo, quejándose de que "no se desarman más bunkers" y de que "no se controla el ingreso de precursores", todo lo cual forma parte de un discurso que atrasa más de cincuenta años, y que forma parte de un paradigma (la "guerra contra las drogas" de Nixon) respecto del cual, todos los expertos serios en la materia han acordado, hace rato, que fue un fracaso estrepitoso. Un discurso que, por cierto, es el más funcional para el crecimiento y afianzamiento del narcotráfico.

 

Pero eso no sería lo grave: lo que preocupa es que ese discurso retrógrado está presente en la legislación nacional en la materia, pese a que hace más de doce años -más exactamente, desde agosto de 2009- que nuestra Corte Suprema se encargó de fulminar por inconstitucional la norma que castiga la tenencia de drogas para consumo personal.

 

Narcóticos.

 

Este último dato es absolutamente central para comenzar a considerar la cuestión, y, por supuesto, ha estado totalmente ausente en el debate. No hay modo de comenzar a hablar del consumo de drogas como una cuestión de salud pública -sea que se considere o no la adicción como una enfermedad, cosa que está en debate- si el Estado se presenta con un estetoscopio colgado del cuello, pero también con un garrote amenazante en la mano.

 

Es curioso, pero la punición de la tenencia de drogas no fue revisada ni siquiera cuando se trató la ley que habilitó el cultivo de cannabis con fines medicinales. Tampoco se debate en nuestros días, en que los mismos sectores de derecha que impulsan la punición, por otro lado avalan otra forma de "auto-lesión" como es la negativa a vacunarse.

 

¿Qué están haciendo nuestros legisladores nacionales, en vez de ocuparse de este asunto que, como se ve, es de la mayor urgencia e importancia? No se sabe si es por efectos de algún narcótico, pero hace doce años que duermen.

 

A lo mejor esa falta de empatía se debe a que les interesan otros vicios. Hay uno que es tan amante de la tómbola que hasta sortea su propio sueldo todos los meses. Otro, en cambio, no practica la ludopatía sino la concuspicencia, al punto de mostrarse en cámara succionando pechos femeninos en plena sesión legislativa. La lista sigue, completando los siete pecados capitales, más otros recién inventados. ¡Si tan sólo estuviera aquí el Dante, para cantar sus andanzas!

PETRONIO

Fuente:laArena

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