Londongrad, mon amour
Si el lector está deprimido por la mala racha que le proporcionan la inflación, la pandemia, el tole tole político y el retiro de Juan Martín del Potro, en esta columna le proponemos un consuelo: mucho peor la están pasando los pobres oligarcas rusos radicados en Gran Bretaña, con las sanciones que les viene imponiendo la Pérfida Albión como represalia por la guerra que ha desatado Papaíto Putin en Ucrania. Desde aquí, al otro lado del océano y cerca del otro polo del planeta, se escuchan los suspiros atormentados de estos tristes ricachones, cuyo trágico destino de incomprendidos recuerda (bueno, al menos un poco) al de la familia Romanov.
CCCP.
¿Pero qué hacen en esas tierras hostiles todos estos millonarios, en vez de residir disciplinadamente en su país de origen, como hacemos todos? Habiendo paraísos fiscales a donde mandar la plata de vacaciones, como hacen los ricachones argentinos, ¿cuál es la necesidad de emigrar a tierras extrañas?
Bueno, hay una explicación posible, que tiene que ver con el origen de esas fortunas. Todos estos personajes se forraron durante los primeros años posteriores a la caída de la Unión Soviética. De alguna manera, se las ingeniaron para que los cuantiosos recursos de aquel poderoso estado socialista -que, se supone, eran propiedad colectiva- pasaran a sus privadísimas manos. De tal suerte, inadvertidamente o no, vinieron a demostrar una vez más aquella máxima marxista, según la cual, toda propiedad tiene origen en un robo.
Pero ¿por qué el Reino Unido, por qué Inglaterra, por qué Londres? Muy simple: porque la ciudad de Londres, o mejor dicho, la City, es el mayor centro de lavado de dinero corrupto del mundo. Un estado dentro de otro estado, con sus propias reglas, con un sistema bancario aceitado por siglos de impunidad, y sobre todo, con un nivel de hipocresía superlativo, que sólo los británicos pueden haber cultivado. Y esto excede a los gobiernos de turno: de hecho, en los años noventa, cuando ocurrió este fenómeno, estaba en el poder el "laborista" Tony Blair.
Roja.
Así fue como se instalaron estos magnates con sus familias en los barrios más exclusivos como Eaton Square, ahora rebautizado Red Square (Plaza Roja). La propia City ahora pasó a tener un apodo rusófilo: Londongrad (Londresgrado).
Llegaron, miraron, conquistaron. Primero se compraron imponentes mansiones que valen millones de libras esterlinas (la legislación inglesa permite que esas compras sean anónimas, esto es, no se revela el nombre del adquirente). Luego comenzaron a comprar lugares en las mejores escuelas y universidades para sus hijos. Y luego, cuando se cansaron de probar todas las opciones del menú de inversiones inglés, hasta comenzaron a comprarse clubes de fútbol como Roman Abramovich con el Chelsea londinense, actual campeón de la Champions League y del mundo.
Después de todo, el fútbol es uno de los negocios más opacos y corruptos del mundo (dicho sea de paso, ¿recuerda el lector adónde se celebró la última Copa del Mundo?). Los hinchas del club azul se habían acostumbrado a que la plata dulce de Don Román les comprara los mejores jugadores (entre ellos, los argentinos Juan Verón, Hernán Crespo y Gonzalo Higuain) y los llevara a una ristra de títulos como nunca habían tenido en su historia.
Ahora se preparan para la decadencia. Sus finanzas serán objeto de una endoscopía fiscal, sus jugadores estrellas comenzarán a emigrar, su sitio en la tabla a descender. Los negocios del club, como un hotel de lujo junto al estadio, están clausurados. Los hinchas que estaban comprando recuerdos en la tienda oficial del club debieron abandonar sus carritos cuando llegó la ley a poner las fajas de clausura.
Oscuro.
No es muy claro qué relación tienen estos millonarios con el Kremlin, como para justificar que se los castigue con tanta vehemencia, después de haberlos tolerado con tanto mimo. Pero no hay nada claro respecto de esta colorida comunidad de extranjeros londinenses, algunos de cuyos miembros, cada dos por tres, aparecen envenenados con polonio o algún otro mineral radioactivo.
Después de treinta años de pasarla bomba, ahora volvieron a la habitual melancolía rusa, con la mirada vidriosa (¿son lágrimas o vodka?) y el pánico mal disimulado, mientras tratan de esconder sus bienes. Como por ejemplo, esos yates y transatlánticos monumentales, que, por cierto, también valen millones de libras esterlinas, y que ahora vagan por el Mediterráneo cual barcos fantasmas, en busca de un puerto amigable. O por lo menos, alguno en el que no hayan puesto precio a sus cabezas.
Mientras tanto, el propio gobierno inglés comienza a trepidar, cuando advierte que la economía nacional depende en no poca medida del flujo de todo este dinero sucio. Su propia codicia se les está volviendo en contra, y sus convicciones con relación a la guerra en Ucrania comienzan a relativizarse. Después de todo, son gente pragmática. ¿No hicieron un trato con Hitler en 1938, acaso?
Ah, pero, eso sí: la pelota no se mancha.
PETRONIO
Fuente:LaArena
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