13 de marzo de 2022

OPINION.

 OPINIÓN

Recuerdos del futuro

13/03/2022

Por estos días se están cumpliendo dos años del inicio de la pandemia. Aquel extrañísimo momento en el que tomamos conciencia de que una sombra ominosa se cernía sobre el planeta, y las autoridades nos mandaron a guardarnos en nuestras casas, y a adoptar medidas de higiene y profilaxis extremas. El inicio de un período de introspección, en el que algunos descubrimos la soledad, otros la convivencia extrema, y muchos, sin techo donde refugiarse, continuaron en el desamparo. Pero hoy, a dos años de aquello, si bien sabemos que la pandemia no terminó, y que no hay que bajar los brazos, tenemos por primera vez la sensación de que hay un mañana. El virus nos pegó con todo lo que tenía en enero pasado, y sin embargo, a fuerza de pinchazos en el brazo, nos mantuvimos en pie pese a la enorme cantidad de contagios. ¿Cómo será ese mañana que ahora comenzamos a saborear?

 

Mejores.

 

Está bastante claro que aquella fantasía hippie de que "de la pandemia saldremos mejores" habrá que clausurarla. Hoy sabemos que mientras muchos pensábamos en el bien de la humanidad, otros -entre ellos, las compañías farmacéuticas- se enriquecían a mansalva a costa del sufrimiento ajeno. Y ahora, para rematarla, nos estamos despachando con una nueva guerra, evitable como todas, con todo su saldo de miseria y dolor. ¿Mejores? No way, José.

 

Pero algo nos dice que, si no hemos mejorado demasiado, por lo menos tendríamos que tratar de hacer algún ejercicio de memoria colectiva con respecto a esto que nos pasó. Entre otras cosas, para que las futuras generaciones tengan alguna pista de qué hacer cuando el día de mañana, en un siglo o quizás menos, la naturaleza nos mande otra plaga de Egipto.

 

No podemos darnos el lujo de que vuelva a ocurrir como con la pandemia de 1918, la mal llamada "gripe española", que infectó a un tercio de la humanidad y se cargó la vida de 50 millones de personas, y que habíamos olvidado por completo. Claro, también en aquel entonces estábamos distraídos en guerras mundiales, compitiendo con el virus a ver quién mataba más. Tiene que haber un kit de supervivencia que podamos legar a nuestros nietos. Y, por cierto, alguna forma de honrar a los que perdimos. Más de 127 mil argentinos.

 

Niebla.

 

Pero ¿qué recordaremos mañana de estos años extraños? ¿La sensación de volver al útero materno que nos proporcionó el encierro? ¿Nuestra impensada intimidad con las arañas que poblaban los rincones de la casa? ¿Nuestro descubrimiento de la vocación de albañiles, carpinteros y plomeros?

 

¿Nos seguirá pareciendo real cómo en las mañanas comenzamos a percibir cada vez

 

con más intensidad el canto de los pájaros? ¿Eran de verdad, al fin, esos somorgujos y chotacabras que se aposentaban en la ventana? Y esas imágenes de animales paseando por las ciudades desoladas, caballos haciendo cola para entrar al banco, carpinchos tomando sol en el Delta, ¿eran de verdad? Los peces de colores brillantes saltando en las aguas ahora cristalinas de Venecia ¿no fueron en realidad una película de Disney?

 

¿O recordaremos el terror, la paranoia de contagiarnos, o de contagiar a nuestros seres queridos? ¿La sensación de impotencia al descubrir que nunca pudimos adoptar todas las medidas de seguridad, como si nos autosaboteáramos? ¿La marca mental ominosa al pasar frente a la casa de algún conocido que falleció? ¿O todas estas cosas se perderán entre la niebla del Riachuelo como los barcos encallados que sueñan, sin embargo, que hacia el mar han de partir?

 

Ciencia.

 

Los neurólogos parecen haber descubierto cosas interesantes sobre la memoria, últimamente. Parece que dentro de las neuronas hay unas cosas llamadas "nanomáquinas" que se encargan de almacenar nuestros recuerdos. Pero dicen que hay, también, otros robotitos de estos que se encargan de desactivar algunas memorias para permitir el mejor funcionamiento del cerebro.

 

Vale decir, que eso de olvidar -salvo, claro está, el olvido patológico del Alzheimer o la demencia senil- es una cosa buena, una señal de salud. Como la literatura ya lo había intuido en el cuento de Borges, "Funes, el memorioso", recordarlo todo puede transformarse en un verdadero calvario. El llamado síndrome de estrés postraumático es básicamente eso, la imposibilidad de olvidar los hechos que nos dañaron, que así se proyectan sobre nuestra vida, incapacitándonos.

 

Tal parece que el olvido nos protege de esa ansiedad debilitante, no porque desaparezcan los hechos de nuestro pasado, sino su peso emocional. Es así como construimos nuestras relaciones, por ejemplo: por nuestra habilidad para dejar pasar el resentimiento que nos provocan las ofensas de quienes queremos, para poder seguir caminando juntos. Si no, el equipaje se hace demasiado pesado, y el viaje un suplicio.

 

Por supuesto, como sociedad tenemos la obligación de no olvidar la pandemia. En particular, nuestro deber de gratitud para con el personal de salud, los que estuvieron en la primera línea de combate, a los que habrá que compensar de alguna manera efectiva, por ejemplo, garantizándoles una jubilación anticipada.

 

Pero cada uno de nosotros, por mucho esfuerzo de hagamos, comenzaremos de a poco a olvidar, no del todo ni de golpe, pero sí en la medida en que nuestro cerebro necesitará de "memoria RAM" para funcionar en el día a día. Y eso no está mal.

 

PETRONIO

Fuente:LaArena

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